Aunque
presentada para un coloquio sobre el tema «homosexualidad
y adolescencia»1, ésta de ningún modo es
la exposición de un especialista en adolescencia. Se
trata de una especie de puesta en entredicho – por lo demás
bastante difícil- de un cierto número de presupuestos.
Una elaboración, entonces; y en nuestra disciplina una
elaboración es en primer lugar y necesariamente una catarsis.
El psicoanálisis necesita mucho de esto y constantemente.
Stoller, con su gran libertad de pensamiento y, por momentos,
su lado divertido, compara la teoría psicoanalítica
actual al Panteón de la Roma imperial, donde coexistían
los templos de Isis, de Júpiter, algunas iglesias de
los orígenes, los templos de Mithra, etc. Del mismo modo,
el psicoanálisis reúne pequeños templos,
un hotel particular, un pequeño edificio suplementario
sobre el foro freudiano, sin preocuparse en absoluto por su
articulación. Una pizca de lo simbólico, un toque
de apuntalamiento, una cucharadita de lo negativo, una pequeña
dosis de seducción, una brizna de transitividad, sin
que importe sobre qué se construye ni cómo se
puede articular.
1.
El pensamiento sólo se sitúa bien gracias a las
distinciones, incluso si es para luego establecer pasajes. Ahora
bien, el tema de hoy necesita muy especialmente de distinciones.
Retomo los términos del artículo de Chiland publicado
en la revista Adolescence: «ser claro en los términos
empleados»; e igualmente en resonancia con la exposición
que le sigue de Bergeret: distinguir homosexualidad y homoerotismo
.
Hubiera podido apelar a la triada género-sexo-sexual,
que también me parece esencial hoy en día. La
dejaré para otra vez, cuando pueda introducir la noción
de género, porque, recordando brevemente esta cuestión,
en la fórmula princeps de Freud para la homosexualidad:
«yo (un hombre) lo amo a él (un hombre)»,
se hacen variar todos los términos salvo el primero,
«yo, un hombre»… es decir, el género de «ego».
Voy a hablar un poco de «traducción» y de
«terminología», un poco de «concepto»,
pero también mucho de la realidad tal como es pensada
por el psicoanálisis. Ocurre que el problema conceptual
y el problema de la traducción atraviesan nuestro mundo
psicoanalítico desde hace cerca de ochenta años.
Lo atraviesan generando confusión, pero la confusión
se da también en lo real. Como me gusta decir un poco
irónicamente, «la teórico-génesis
reproduce la ontogénesis».
Partamos entonces de lo más simple. La traducción
de la palabra freudiana Trieb por «instinto». Una
traducción princeps desde la edición de Strachey,
que es ya muy antigua, por instinct en inglés. En francés,
una traducción por instinct, o bien, de un modo verdaderamente
estrafalario, pulsion ou instinct [pulsión o instinto],
como dice sin más Marie Bonaparte. No es una cuestión
de purismo ni de traducción automática. Recordaré
que para una gran cantidad de conceptos el alemán cuenta
con dos palabras: una de origen latino y otra de origen germánico.
Así, para «concepción» existe a la
vez Auffassung y Konzeption; para «moral», Sitlichkeit
y Moralität. A menudo son palabras de derivación
análoga, una del latín o de lenguas romances y
la otra de raíces germánicas. Ahora bien, el hablante
alemán puede escoger ya sea utilizarlas como puros sinónimos,
ya sea percibir la diferencia, ampliarla, establecer entre ellas
una distinción conceptual. Pero incluso distinguiendo
muy bien los términos, el riesgo de confusión
está siempre presente. Así ocurre con Trieb, que
traduciré desde ahora por «pulsión»,
e Instinkt, que verteré por «instinto».
Hablaré de lo que encontramos en Freud. ¿Es que
él distingue los dos términos o conceptos? En
todo caso nunca los reúne ni los opone, nunca los compara
verdaderamente. Y veremos sus ambigüedades a propósito
de Trieb, a propósito de la pulsión. Pero en lo
que respecta al instinto, al Instinkt, es mucho más claro.
Se trata de un término que utiliza poco pero de forma
constante, casi siempre a propósito del instinto de los
animales. Cito de memoria: «Si existe en el hombre algo
análogo al instinto animal, sería las fantasías
originarias» (vemos bien que no hubiera podido decir «si
existe algo análogo a la pulsión animal»).
O incluso, «en la cría humana están ausentes
la mayor parte de instintos de supervivencia propios del animal».
El pasaje más punzante para nuestro propósito
de hoy aparece en el caso de homosexualidad femenina.
Se trata, pues, de un padre que lleva a su hija a análisis,
por lo demás con cierto recelo. He aquí el pasaje
de Freud: «La homosexualidad de su hija tenía algo
que despertaba en él la más profunda amargura.
Estaba decidido a combatirla por todos los medios. El desprecio
por el psicoanálisis, tan difundido en Viena, no lo disuade
de dirigirse a él para solicitar su ayuda. En caso de
que esta vía fracasase, de todos modos tenía como
reserva el antídoto más poderoso; un matrimonio
rápido debería despertar los instintos naturales
de la joven, sofocando sus inclinaciones no naturales»2.
Observen la oposición: los «instintos» (se
trata sin ninguna duda de Instinkt y no de Trieb). Es una joven
que no está lejos de la pubertad. Un matrimonio rápido
debe despertar al fin el instinto natural (la complementariedad,
diría Gutton) y sofocar las «inclinaciones»,
es decir las Triebe no naturales.
Vemos el carácter pernicioso de la unificación-
bajo el comando del instinto- de ambos términos. En Strachey,
en Marie Bonaparte, en una línea persistente incluso
en Francia, encontramos esta confusión general en el
nivel de la lengua y del uso que Freud hace de ella.
Pero una unificación bajo el comando de la pulsión
no es menos peligrosa. Tal es el caso en Lacan, a quien cito:
«Freud nunca escribió la palabra instinto»3.
A partir de allí, es la pulsión la que ocupa todo
el campo; interpretada, además, como «deriva»,
por un juego de palabras a partir de la palabra inglesa drive,
ya que desde ahora estamos en la «pura deriva»,
en la «pura pulsión». Pero, ¿deriva
a partir de qué? Porque si la pulsión no deriva
a partir del instinto, ¿cómo podemos decir que
ella deriva?
En
Freud también encontramos una recaída. Hace veinte
o treinta años que vengo insistiendo en ello. Un plegamiento
de la pulsión sobre el instinto o, a veces, una suerte
de mixto: pulsión-instinto. Respecto a esta confusión
– al lado de la distinción- mencionaré por ejemplo
que Freud nunca se pronunció contra la traducción
de Strachey y que sólo en contadas ocasiones, por no
decir nunca, tematizó la oposición. La tematización
más clara es el famoso texto de presentación de
los Tres ensayos, que voy a recordar dentro de un instante.
La palabra «instinto» no es pronunciada, pero sin
duda se la encuentra bajo el encabezado de lo que Freud llama
la «visión popular de la sexualidad».
He
aquí el texto de base: «La opinión popular
tiene representaciones bien precisas acerca de la naturaleza
y las propiedades de esta pulsión sexual. Faltaría
en la infancia, advendría en la época de la pubertad
y en conexión con los procesos de maduración [todos
los términos son importantes], se manifestaría
en los fenómenos de atracción irresistible que
un sexo ejerce sobre el otro, y su meta sería la unión
sexual o, al menos, las acciones que apuntan en esa dirección.
Pero tenemos pleno fundamento para discernir en esas afirmaciones
una imagen muy infiel de la realidad; la fábula poética
[les recuerdo que se trata de la famosa fábula de Aristófanes]
de la partición del ser humano en dos mitades – hombre
y mujer- que aspiran a reunirse de nuevo en el amor se corresponde
de maravilla con la teoría popular de la pulsión
sexual»4.
Es un texto de base para nuestro propósito, pero que
sólo encontraría su verdadero esclarecimiento
con la distinción pulsión/instinto. Ahora bien,
a pesar de los Tres ensayos, a pesar de la verdadera «deriva»
(retomo este término) que propone para la sexualidad
infantil, Freud no cesará de plegar a la pulsión
sobre un modelo instintual. No retomaré aquí los
largos desarrollos que, para mostrarlo, presenté en «El
extravío biologizante de la sexualidad». Luego
volveremos a ello parcialmente. Haré simplemente dos
alusiones:
El
modelo de la disminución de la tensión y de la
homeostasis es un modelo instintual. Se trata de un modelo constante
en Freud; desde sus primeros textos sobre las «neurosis
actuales», donde da una visión mecanicista muy
precisa, hasta «Pulsiones y destinos de pulsión».
Por
otro lado, el mito de Aristófanes, el de la complementariedad,
será nuevamente empleado en la teoría de las «pulsiones
de vida», de las que se podría pensar, tal vez
a justo título, que son finalmente «instintos de
vida». He aquí cómo Freud, quince años
más tarde, retoma el mito de Aristófanes, esta
vez no para criticarlo sino, al contrario, para asumirlo a propósito
de la «pulsión de vida». Citaré simplemente
el final porque el comienzo es más complejo. Como ustedes
saben se trata de seres dobles: cuatro miembros, dos cabezas,
genitales dobles, etc., pero que en el mito de Platón
se trataba de tres tipos de seres dobles: los hombre-hombre,
los mujer-mujer y los hombre-mujer. Retomo solamente a los últimos,
que evidentemente simplifican las cosas en lo que respecta al
instinto. Así que imaginemos que son los andróginos
quienes son cortados en dos: «Entonces Zeus se vio llevado
a dividir a todos los seres humanos en dos partes, como se corta
a los membrillos para hacer conserva… El ser completo estaba
ahora partido en dos. Entonces el anhelo empujaba a ambas mitades
a reunirse: entrelazaban sus manos, se fusionaban entre sí
deseando recuperar su unidad»5.
2-
Lo que por mi parte propongo es, decididamente, utilizar las
dos nociones, la de pulsión y la de instinto; mostrar
su oposición, mostrar su presencia, por lo demás
a menudo difícil de delimitar, precisamente en función
del último punto, es decir, sus articulaciones y recubrimientos.
Se
me dirá: «¡He aquí Laplanche regresando
al instinto y por lo tanto al cuerpo!». Tendré
que repetir, aún una vez más, que yo nunca he
dejado de lado al cuerpo y nunca he opuesto lo psíquico
al cuerpo. Al oponer la pulsión al instinto no estoy
oponiendo lo psíquico a lo somático. Para mí
un matemático es tan neurobiológico cuando resuelve
una integral como cuando devora un bifteck. La pulsión
no es más psíquica que el instinto. La diferencia
no pasa entre lo somático y lo psíquico, sino
entre lo innato, atávico y endógeno, por un lado
y, por el otro, lo adquirido y epigenético (pero no por
ello menos anclado en el cuerpo).
Recordaré
que cuando Freud abandona la teoría de la seducción
no dice que «el factor psicológico pierde su imperio
en beneficio de lo biológico», sino que «el
factor hereditario recupera su imperio».
Así,
pues, el instinto y la pulsión. Conceptualmente y también
concretamente en el hombre.
Me
esforzaré por ser esquemático. El instinto se
propone como hereditario y adaptativo. Retomo una de sus definiciones,
la que propuso Tinbergen hace ya mucho tiempo: «un mecanismo
nervioso organizado jerárquicamente que, sometido a ciertas
excitaciones incitantes y desencadenantes, tanto de origen interno
como externo, responde a ellas mediante movimientos coordinados
que contribuyen a la supervivencia del individuo o de la especie»6
. No dudo de que podrían encontrarse varias formas para
mejorar o para criticar esta definición de instinto.
De todos modos se trata de un modelo que a menudo fue retomado
por Freud: el instinto tiene un carácter hereditario,
fijo, adaptativo, una tensión somática inicial,
una «acción específica» y un objeto
adecuado a la satisfacción, que llevan a un alivio sostenido.
En cambio la pulsión, en sentido estricto, no sería
hereditaria ni necesariamente adaptativa. El modelo: fuente-meta-objeto
adecuado se le aplica mal. He insistido más de una vez,
especialmente a propósito de la idea de fuente, en que
si acaso podemos decir que el ano es la fuente de la pulsión
anal – digo bien, si acaso- ¿cómo sostener que
la pulsión de ver, la escoptofilia, apuntaría
a aliviar algo que podríamos llamar «la tensión
ocular»?
La
paradoja económica. Es en este nivel donde encontramos
la diferencia más notable y donde más se percibe
la contradicción en Freud. De nuevo un término
alemán concentra esa contradicción. El alemán
puede tener dos palabras para una cosa o para una o dos cosas
(lo vimos hace un instante a propósito de Trieb e Instinkt)
y dijimos que esa diferencia de los así llamados sinónimos
podía ser ampliada hasta crear una diferencia conceptual.
Pero inversamente, como cualquier otra lengua, el alemán
tiene palabras que concentran en sí mismas una contradicción.
Tal es el caso de la palabra Lust. Habitualmente traducida por
«placer», encierra una contradicción que
Freud mismo señala. Primero están las dificultades
para enunciar el principio llamado de «placer»,
el Lust prinzip, pues en todas las formulaciones de Freud es
o bien una tendencia a la homeostasis, es decir una tendencia
que aspira al mejor nivel posible, o bien una tendencia a la
descarga completa, es decir al nivel más bajo posible.
Es, pues, la diferencia entre un vaciado total, podría
decirse, un funcionamiento completamente desmedido, anti-fisiológico,
y por otra parte uno óptimo.
Pero
sobre todo están las ambigüedades en el propio término
Lust, que en la lengua alemana significa a la vez (y Freud lo
señala en Tres ensayos en dos ocasiones, en dos notas):
«placer» (como lo traducimos habitualmente) y «deseo».
En el sentido de «placer» es descarga y apaciguamiento,
pero a veces significa, por el contrario, «búsqueda
de la excitación», incluso hasta el agotamiento.
Así ocurre con el término Schaulust, que quiere
decir Lust de ver, que no sólo es placer de ver sino
también deseo de ver, ganas de ver, o con Berührungslust,
que no es tanto el placer de tocar, como el deseo de tocar.
Freud ha señalado esta ambigüedad en dos ocasiones
y en dos notas de los Tres ensayos que son muy características:
en una de ellas dice «Feliz contradicción que nos
permite justamente navegar en la dialéctica»; y
en otro momento, «Desafortunada contradicción que
no nos permite encontrar un término perfectamente equivalente
para libido», ya que, nos dice, «me gustaría
utilizar un término alemán y no latino para la
libido=deseo. Pero no puedo utilizar la palabra Lust, pues ella
quiere decir también placer y no solamente deseo».
El
«Lust» es entonces a veces sinónimo de «pulsión»,
de «libido», «ganas de», «deseo
de» y «búsqueda del desequilibrio».
La saciedad en este caso no es alcanzada jamás.
Sin embargo, desde el punto de vista del fondo y no de la terminología,
recordemos que se trata de dos modelos radicalmente diferentes:
el de la pulsión, que busca la excitación al precio
del agotamiento total, y el del instinto, que busca el apaciguamiento.
3- ¿Cómo y dónde encontramos al instinto
y la pulsión en el ser humano? Podemos pensarlos por
relación a los dos dominios clásicos desde Freud,
y que no podrían negarse completamente: el de la autoconservación
y el de la sexualidad.
La autoconservación, hay que decirlo, se concilia muy
poco, por no decir en nada, con la variabilidad y la deriva
de lo pulsional. El modelo llamado «primario», del
«proceso primario», no es un modelo biológico.
Cuántas veces he intentado que se acepte esta idea de
que lo primario del proceso primario no es lo que viene «antes».
El proceso «primario» sólo tiene lugar secundariamente,
a continuación de la represión y en el dominio
del inconciente. Un organismo que funcionase según el
principio descrito en los primeros capítulos del «Proyecto
de psicología científica», donde la única
meta buscada es la evacuación total de la energía,
no podría sobrevivir ni un segundo. La idea misma de
«autoconservación» implica una homeostasis,
un retorno a un nivel de base óptimo y no mínimo
7. La idea de objeto adecuado a la satisfacción, de acción
específica, nos conduce a la idea de instinto.
De hecho, al final de nuestro siglo veinte encontramos dos modelos:
el del instinto y el del apego. Vayamos paso a paso. Los modelos
del instinto se vuelven más flexibles especialmente con
Lorenz. Él dejó claro que incluso el instinto
tiene una variabilidad mucho mayor de lo que se había
creído. Introdujo la noción de entrelazamiento
o de alternancia. El término alemán es Verschränkung,
que expresa bien lo que quiere decir. Se trata de una verdadera
trenza entre componentes instintivos innatos y componentes adquiridos
por aprendizaje o inteligencia.
Pero la cuestión esencial no está ahí.
La distinción más importante que debe plantearse
para los comportamientos autoconservativos se da entre aquellos
comportamientos que no tienen necesidad del otro y aquéllos
que sí la tienen. El modelo del apego, introducido primero
por Bowlby, sin duda recoge un aspecto esencial del instinto,
quiero decir el aspecto innato. Pero al mismo tiempo introduce
la idea de una reciprocidad. Tomo una de las definiciones de
apego: «comportamientos innatos que tienen por función
reducir la distancia y establecer la proximidad y el contacto
con la madre. Estos comportamientos innatos existirían
también en la madre y tendrían la misma función,
incluso si el aprendizaje juega un rol en la expresión
de los mismos» (Montagner)8.
Dentro de los comportamientos que tienen por meta la conservación
de la vida, debe pues distinguirse cuidadosamente primero las
funciones autónomas, biológicas, que en cierto
modo no tienen necesidad del otro. Así, la función
homeostática del mantenimiento del gas carbónico
en la sangre es un mecanismo relativamente autónomo;
o incluso la conservación del nivel de glucosa en la
sangre.
¿Y
el calor? Pues bien, para el calor ya no es tan simple. La distinción
mayor se da entre los «poikilotérmicos» y
los «homeotérmicos». Los primeros son los
que no tienen necesidad de mantener un nivel de calor interior
y los segundos son los que pueden mantener tal nivel. Pero justamente
en los segundos, los homeotérmicos, la homeotermia es
al comienzo imperfecta. Es decir que es una homeotermia que
sólo se establece poco a poco. Todos ustedes conocen
aquello del golpe de calor o el golpe de frío que puede
sufrir el lactante. Los peces éclos (poikilotérmicos)
no tienen necesidad del otro, pero las especies homeotérmicas,
que entonces al comienzo sólo lo serían imperfectamente,
necesitan comunicarse para mantener el calor. Un día
quedé muy sorprendido por lo que dijo Jouvet (y le escribí
sobre ello sin obtener respuesta): la barrera entre las especies
que sueñan y las que no sueñan es prácticamente
la misma que separa a los poikilotérmicos de los homeotérmicos.
Ahora bien, me parace que esta distinción es también
aquélla que encontramos entre las especies con comunicación
-cría/adulto- y las especies sin comunicación.
Pero tal vez quien tiene la mayor necesidad de interacción
es el hombre. De ahí la frase de Freud que cité
hace un momento: «la cría humana carece de los
instintos necesarios para sobrevivir». Lo que evidentemente
es sólo una primera aproximación, ya que por otro
lado nos habla de una «pulsión de autoconservación».
Con esa frase se refiere entonces, sin duda, a la deficiencia
de los instintos cuando falta la intervención del otro.
En efecto, hay toda una serie de reacciones innatas que no existen
en la cría humana, y los numerosos experimentos que se
han hecho al respecto, por ejemplo sobre el temor al vacío,
el mantenerse alejado del fuego, etc., confirman esa frase de
Freud.
La teoría del apego surgió como una máquina
de guerra contra el psicoanálisis, contra la sexualidad
y contra el inconciente, y todavía lo es. De ahí
el interés de examinar más a fondo las cosas.
Primero para recordar que hay algo en Freud que anticipa la
idea de apego y que es la noción de «ternura».
Cuando Freud opone la relación «tierna» o
la «corriente tierna» a la «corriente sensual»,
no hace otra cosa que hablar del apego en oposición a
la sexualidad 9. La ternura que Freud (al menos en su primera
teoría de las pulsiones) coloca bajo el dominio de la
autoconservación, corresponde al hecho de que el adulto
«nutre» y «protege». Así que
de entrada encontramos algo más amplio que un «apego»
en el sentido exclusivamente literal del término, es
decir en el sentido de prensión, de necesidad de contacto,
de fouissement. La corriente tierna, la relación tierna,
incluye muchas relaciones iniciales madre-bebé, justamente
más allá de la búsqueda del calor; y por
otro lado, ella no se limita en absoluto a la madre sino que,
eventualmente, incluye a varios otros adultos; y sabemos que
la relación de apego puede existir también en
ausencia de una madre, por ejemplo con una cuidadora.
¿Existe
una relación de autoconservación innata en el
hombre? El debate se ha visto infestado por la oposición
entre un supuesto bebé de la observación y un
supuesto bebé psicoanalítico. Pues aquí,
especialmente en la observación del lactante, en verdad
vemos sólo lo que queremos ver; pero si queremos verlo
también debemos poder detectarlo por la observación.
Pienso en Melanie Klein, esa promotora de la prioridad del «mundo
interior» que no dejó de escribir un artículo
titulado: «Observando el comportamiento del lactante»
(Klein, 1952). Sin embargo, ello es muy difícil y la
observación animal es en cierto modo indispensable, aunque
totalmente insuficiente. Indispensable especialmente porque
nos permite intentar observar, por «defalcación»,
lo que es esencial en el hombre. ¿Debemos decir que eso
esencial en el hombre es la comunicación? ¿Debemos
negar toda comunicación en el animal? Por supuesto que
no (lo indicaba hace un instante a propósito de los homeotérmicos
y el hecho de que tal vez sueñan); pero ella es infinitamente
menos desarrollada. Existen sistemas de comunicación
animal pero no un verdadero lenguaje. Claro que la comunicación
adulto-bebé no es de entrada lenguajera, y he insistido
en ello numerosas veces. Pero sí está de entrada
marcada en su diversidad, su complejidad y sus ambigüedades
por el hecho de que el hombre es un animal lenguajero. En otros
términos, la complejidad del lenguaje verbal ejerce una
especie de contagio sobre las comunicaciones pre-verbales.
Se debe insistir en el hecho de que el apego en el hombre es
primeramente una relación recíproca de comunicación
y de mensajes. Pero el segundo punto de «defalcación»
por relación a la observación animal es mucho
más importante: la presencia del inconciente sexual en
el adulto. Puede borrarse toda la teoría de las pulsiones,
pero ¿se borrará el inconciente sexual? Y no se
hace ningún favor al análisis al pretender establecer
aquí la diferencia entre un bebé de la observación
y un bebé psicoanalítico que sólo se construiría
après-coup 10. Porque si el inconciente del adulto está
presente en la relación primordial y no se lo ve en la
observación, es que no se dan los medios para verlo.
No necesariamente para explorarlo, sino al menos para detectar
los síntomas 11.
Si he hablado del animal es porque el apego en el hombre tal
vez nunca es observable en estado puro. Y esto por dos razones:
está infiltrado por la relación narcisista, y
está contaminado, comprometido, por lo sexual del adulto.
Es lo que no queremos ver, por ejemplo, al oponer un apego «seguro»,
es decir tranquilizador, y un apego «no seguro».
Pues lo no tranquilizador no es sino el otro aspecto -el aspecto
extremo, claro está- de lo enigmático. Si es «patológico»,
tal vez lo es justamente porque lo sexual en sí mismo
es desviación, quiero decir, lo sexual pulsional.
4- Pero antes de volver a la relación entre lo sexual
y el apego, paso a hablar de lo sexual en sus dos modalidades:
lo sexual infantil y lo sexual en la adolescencia.
Lo sexual infantil es el gran descubrimiento de Freud. Es lo
«sexual-pulsional», ampliado más allá
de los límites de la diferencia de los sexos, más
allá de lo sexuado. Es lo sexual parcial, ligado a zonas
erógenas, que funciona bajo el modelo del Vorlust, donde
ustedes reencuentran la palabra Lust, que quiere decir a la
vez placer y deseo. El Vorlust podría entenderse como
el «placer-deseo preliminar»; no un placer de apaciguamiento
sino un placer de aumento de la tensión. En efecto, nada
permite afirmar que el «placer-deseo» infantil corresponde
a una tensión fisiológica interna y que exige
descarga.
Hablemos por un instante del cuerpo, volvamos a la endocrinología.
Sabemos que las hormonas sexuales e hipofisiares que continúan
presentes luego del nacimiento, disminuyen muy pronto, desde
los primeros meses, hasta desaparecer, para resurgir recién
en la pubertad o poco antes. Se habla de «latencia»
pero, en mi opinión, habría lugar para hablar
de dos tipos de latencia. La latencia pulsional es la clásicamente
definida por Freud. Es la latencia ligada a la represión
y al Edipo, que se ubica entre la edad de cinco o seis años
y la pubertad. Latencia por lo demás relativa, como sabemos.
La latencia instintual es en suma aquélla definida por
la famosa «visión popular de la sexualidad»,
es decir, una latencia que existe desde el nacimiento hasta
la pubertad, latencia endógena durante la cual sólo
la pulsión tiene curso libre. Silence-radio del instinto.
Retomo aún algunas proposiciones negativas. Nada permite
afirmar que la erogenidad de las zonas erógenas esté
ligada a una tensión endógena innata. Nada permite
afirmar que la Vulgata de la sucesión de estadios corresponde
a un mecanismo genético programado12. Me aterra ver que
se sigue encontrando programas para enseñar a Freud como
se haría con el catecismo, con la sucesión ordenada
de estadios infantiles de la sexualidad. Nada permite ver en
la evolución siempre más o menos caótica
de la pulsión sexual algo que se inscriba en un esquema
más basto, finalizado, que prepare para la pubertad como
si fuese su meta. Una tal reinscripción de la pulsión
en el dominio del instinto es lo que Freud quiso finalmente
operar al diseñar, pese a todo, una suerte de desarrollo
programado donde la sexualidad infantil, por un lado, y la sexualidad
pubertaria y adulta, por otro, están en continuidad.
5- Antes de llegar a la pubertad, ¿cuál es, pues,
la relación entre el vínculo instintual autoconservativo,
que se complejiza y se enriquece en la ternura, y lo sexual
pulsional? En este punto la teoría del apuntalamiento
a la que hacía alusión hace un momento, cada vez
más invocada, cada vez más redescubierta y reinterpretada,
cada vez más integrada en la «Vulgata», puede
volverse perniciosa.
Si la sexualidad infantil no tiene un mecanismo endógeno
innato, ¿cómo podría surgir conjuntamente
a la autoconservación? Y si corresponde a una simple
fantasmatización de las funciones corporales de apego
y autoconservación, ¿por qué milagro esa
fantasmatización, por sí sola, otorgaría
a las funciones somáticas un carácter sexual?
He enunciado varias veces que la pretendida «experiencia
de satisfacción» y que la pretendida «satisfacción
alucinatoria del deseo» era, en Freud, un ejercicio exitoso
de prestidigitación. Hacer surgir lo sexual de la insatisfacción
de lo autoconservativo como se hace aparecer al conejo del sombrero.
Pero hace falta, precisamente, que alguien haya metido al conejo
en sombrero, y quien lo metió es sin duda el adulto13.
La teoría de la seducción, que no retomaré,
propone un modelo del surgimiento de lo sexual en el seno de
la relación recíproca de apego. «Recíproca»:
sin embargo, una interferencia o un ruido viene a parasitar
esta comunicación, y es un ruido que al comienzo proviene
de un sólo lado, del lado del adulto. El adulto que es
por lo común la madre, pero no en tanto madre, repetiré
yo, sino en tanto adulto. A falta de tiempo, no desarrollaré
aquí la representación o el modelo que puede darse
para los procesos de la represión, la constitución
del inconciente y la aparición de la pulsión.
La fuente de la pulsión sexual infantil es el inconciente
y sus caracteres están marcados por ese origen. La pulsión
sexual infantil es búsqueda sin fin y no conoce el apaciguamiento.
No conoce el orgasmo, a pesar de la analogía que Freud
creyó percibir entre el apaciguamiento del lactante que
acaba de lactar y el apaciguamiento que sigue al orgasmo. No
conoce el apaciguamiento por el objeto adaptado complementario,
está siempre en trabajo de ligazón, es ambivalente.
6- El intento de ligazón más importante es el
Edipo, el Edipo infantil. Pero antes de hablar de ello llego
al instinto sexual. Gutton nos propone un modelo con la noción
de «pubertario». Si lo entiendo bien: un instinto
sexual que corresponde a la maduración genital con una
búsqueda innata del «complementario» (es
su término): la zona erógena complementaria y,
como dice la canción, «la persona del sexo opuesto».
Es exactamente la «visión popular» que Freud
rechaza en los Tres ensayos para luego adoptarla en Más
allá del principio de placer. Después de todo,
Freud no tiene nada contra ella pero a condición de delimitarla
bien. Yo no tengo nada contra ella pero a condición de
situarla, de situar ese instinto, o esa complementariedad, no
en continuidad ni tampoco en transformación sino en ruptura.
Como un momento cualitativamente nuevo, y no como el apogeo
de la pulsión infantil.
Comenzamos a saber algo sobre el instinto sexual pubertario
en el animal, pero se trata de un conocimiento muy parcial y
un poco ridículo. Respecto a lo que ocurre en el hombre,
creemos saberlo desde épocas milenarias y con Mozart:
«Mi corazón suspira». ¡Pero justamente
esas cosas que creemos saber están tan recubiertas por
lo cultural y por lo sexual infantil! Lo que el psicoanálisis
quiere enseñarnos es que, en el hombre, lo sexual de
origen intersubjetivo, por lo tanto lo pulsional, lo sexual
adquirido, viene antes que lo innato, cosa del todo extraña.
La pulsión es anterior al instinto, el fantasma es anterior
a la función; y cuando aparece el instinto sexual, la
butaca ya está ocupada.
Un punto ejemplar es el del problema del Edipo: «el amor
al padre del sexo opuesto y la rivalidad, o la destrucción,
o el odio al padre del mismo sexo». Digo gustosamente
que esta formulación nos propone un Edipo «homotético».
Rivalidad de un lado, atracción del otro. Homotético
porque el pequeño triángulo entre ego, su pareja
y su niño reproduciría en homotecia el gran triángulo
parental padre-madre-ego. La estructuración aparece como
simple. La identificación es una identificación
al rival. Identificación que algunos han llamado «mimética».
Pienso en Girard y en el éxito de esta idea de mimetismo.
Ahora bien, la descripción que hace Freud sobre el Edipo
infantil es muy diferente. El Edipo infantil es siempre bipolar.
A la vez directo e invertido. No describo las cuatro mociones
en cuestión, que son evidentes. De modo que (esto es
lo esencial), la identificación siempre reemplaza a la
relación de amor. Consiste en colocar en el interior
al objeto perdido. Freud nos dice explícitamente que
la identificación es o bien la forma primordial de la
relación con el objeto, o bien un sustituto de la relación
con el objeto de amor. La identificación con el objeto,
y no con el rival, es indispensable para toda aproximación
a la homosexualidad y a la heterosexualidad. El homosexual,
en una de las formulaciones más importantes de Freud
a propósito de Leonardo, se identifica con el objeto
de amor: la madre. Y, del mismo modo, el heterosexual debe haber
amado fuertemente al padre, y con un amor homosexual, para identificarse
con él. En los textos de Freud la identificación
con el rival siempre se desdibuja. He tenido ocasión
de mostrarlo a propósito del texto sobre «Psicología
de las masas y análisis del yo»14. En el mejor
de los casos, las mociones positivas y negativas están
presentes en toda identificación.
7-En la adolescencia nos encontramos, pues, en la confluencia
de dos ríos de aguas fuertemente heterogéneas,
sin que pueda probarse que llegarán a una mezcla armoniosa.
Por un lado la pulsión y el fantasma infantil; por el
otro, el instinto pubertario. Retomo los puntos de diferencia
y hasta de incompatibilidad. 1) Los dos Edipos, siendo uno de
ellos «complementario» mientras que el otro es irremediablemente
bisexual y al mismo tiempo ambivalente, es decir, sexual de
vida y sexual de muerte. El aspecto sexual del parricidio, tomando
este término en su sentido más amplio -es decir,
la muerte del padre-o-madre [parent]-, el aspecto sexual del
parricidio no podría ser tan fácilmente borrado,
como bien se nos quiere hacer creer. Gutton nos habla de un
«desinvestimento erótico del rival que facilita
su eliminación»15, pero ahí precisamente
se intenta olvidar que la eliminación en el Edipo infantil
es un acto erótico. 2) El lugar del objeto es otro elemento
de diferencia y hasta de oposición: objeto complementario
de la satisfacción, por un lado; objetos-fuente o, como
también los llamo, significantes designificados del inconciente,
por el otro. 3) Las dos modalidades económicas que indiqué
hace un momento: por un lado la búsqueda del apaciguamiento
y el orgasmo, por el otro la búsqueda de la excitación
inherente a lo pregenital. Lo pregenital pero también,
hace falta insistir en ello e incluirlo, lo genital infantil.
Claro que está lo que llamamos la integración
de los placeres pregenitales en el placer preliminar, pero esto
necesitaría de numerosas observaciones. Lo que debe ser
integrado en el supuesto primado-genital no es sólo lo
pregenital; es todo lo pregenital y lo paragenital o genital
infantil, que se encuentran confrontados a lo genital pubertario
y luego adulto. Lo genital infantil, lo fálico, permanece
como «paragenital» y más tarde como «preliminar»:
aunque en el culto a la performance fálica se lo piense
sólo como componente a menudo predominante de la sexualidad
adulta, sobre todo moderna.
Pero, por otra parte, si la búsqueda de la excitación
pulsional pudiera integrarse totalmente en el instinto, ¿dónde
quedaría la creatividad humana? Y si esa integración
no se lograse al menos parcialmente estaríamos ante lo
que Freud llama «fijación a metas sexuales preliminares»,
o sea en la vía, siempre presente, de la perversión.
Para
concluir
El objeto del psicoanálisis es el inconciente, y el inconciente
es ante todo lo sexual en el sentido preciso de lo sexual freudiano,
lo sexual pulsional, infantil, pre o paragenital, o genital
infantil. Es lo sexual que tiene su fuente en el fantasma mismo,
por supuesto implantado en el cuerpo.
Y para retomar aún los términos de instinto y
pulsión, recapitulo en algunas palabras:
1- Existe un instinto de autoconservación en el hombre
a condición de entender que: 1) Se trata en gran parte
de la ternura o el apego, es decir, está mediatizado
por la comunicación recíproca; 2) de entrada está
recubierto, y por lo tanto disimulado, por los fenómenos
propiamente humanos y sexuales de la seducción, por un
lado, y de la reciprocidad narcisista, por el otro.
2- En el hombre la pulsión sexual es la que ocupa el
lugar más importante, decisivo, desde el nacimiento hasta
la pubertad. Es ella la que constituye el objeto del psicoanálisis
y la que está oculta en el inconciente.
3- Hay un instinto sexual, pubertario y adulto, pero que «encuentra
el lugar ocupado» por la pulsión infantil.
Este instinto es, pues, epistemológicamente muy difícil
de definir, en la medida en que, concretamente y en lo real,
no aparece en estado puro sino en las transacciones inciertas
con lo sexual infantil que reina en el inconciente.
Notas
* Pulsion et instinct, en Adolescence, 2000, 18, 2, 649-668
y en Jean Laplanche La sexualité élargie au sens
freudien (2002-2006), PUF, 2007 [La traducción de este
texto ha sido revisada por última vez en Diciembre de
2008. N. de T.]
1.
1989 (vol.7, n1).
2.
Freud, O.C. XVIII, Amorrortu, p.143.
3.
Ecrits, p. 834.
4.
Paris, Gallimard, 1987, p. 37-38.
5.
Freud, Más allá del principio de placer 1920,
OC VIII, Amorrortu, p. 56.
6.
Tinbergen, The study of instincts. Oxford, 1951, citado por
M. Bassy, en REP, 1953, 17, 1-2, p. 11.
7.
Laplanche, 1970; Vida y muerte en psicoanálisis, Amorrortu,
1992, cap. 6.
8. Montagner, L’attachement, en Le carnet psy, n 48, 2000, p.
13.
9.
Freud, 1912,
10.
Sin contar con que el après-coup existe muy pronto en
el ser humano, sin duda desde el segundo año.
11.
Cf. a este propósito Roiphe y Galenson, La naissance
de l’identité sexuelle, puf, 1987, especialmente cap.13
y 14.
12.
Melanie Klein ya ha luchado contra esta idea.
13.
El adulto que aquí es seguido, en la teoría, por
Freud. Una vez más la teórico-génesis reproduce
la ontogénesis.
14.
Cf. Laplanche, 1980 p. 341-347. La angustia, Buenos Aires: Amorrortu,
1988.
15.
Gutton, 1991, p. 46.
BIBLIOGRAFÍA
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fémenine. OCFP XV. Paris : PUF.
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