El
texto freudiano de los Tres ensayos de teoría sexual, dadas las
sucesivas aportaciones que recibe a lo largo de sus cinco ediciones,
que se extienden desde 1905 hasta 1924, presenta como ningún otro
la producción de Freud en su discurrir a través de momentos sucesivos,
en los que particularmente puede verse la evolución de la teoría
freudiana en su movimiento de gestación de la sexualidad infantil
y, a la vez, en sus cambios de giro al respecto, que le llevan
a hacer coexistir y mantener en su teorización posiciones claramente
contradictorias.
Pues bien, el giro que se produce
en la edición de 1915 es realmente profundo, pues aparecen más
de cincuenta revisiones que a veces comportan añadidos enteros
de ciertas secciones, pero sobre todo porque se va a producir
una nueva teorización sobre lo sexual infantil.
Para hacerse una idea más cabal
de las razones de este gran giro, hay que tener en cuenta –en
primer lugar- que la redacción de esta nueva edición en el otoño
de 1914 es contemporánea de la escritura del análisis del Hombre
de los lobos. Lo que implica que al menos en parte estuviera condicionada
por este caso, en el que Freud, viéndose confrontado de modo muy
particular con el papel seductor del otro como fuente u origen
de lo sexual, sin embargo hará retroceder el rol de lo accidental
sexual en la estructuración patológica. Es decir, ante un caso
en el que todo habla a favor de una seducción (que, por cierto,
Freud no deja de sacar a la luz) se va a imponer la primacía del
fantasma, que da prioridad a la hipótesis de los fantasmas originarios,
cuya emergencia es de orden endogenista. Con lo cual los escenarios
prototípicos van a prevalecer sobre la experiencia, tal y como
se desprende de la siguiente afirmación perteneciente a las conclusiones
del caso: «Donde las vivencias no se adecuan al sistema hereditario,
se llega a una refundición de ellas en la fantasía, cuya obra
sería por cierto muy provechoso estudiar en detalle. Precisamente
estos casos son aptos para probarnos la existencia autónoma del
esquema. A menudo podemos observar que el esquema triunfa sobre
el vivenciar individual»(1). Una generalización
que repercute sobre la visión del conflicto infantil, que va a
ser situado en el marco de un dualismo entre el vivenciar y el
esquema: «Las contradicciones del vivenciar respecto del esquema
parecen aportar una rica tela a los conflictos infantiles»(2).
Y -en segundo lugar- merece la pena
tomar en consideración que por ese mismo período de tiempo(3)
se está gestando en Freud la producción de sus escritos metapsicológicos,
cuya escritura se inicia alrededor del 15 de marzo de 1915. Se
trata, por tanto, de un momento capital de la producción freudiana,
a propósito de la cual E.Jones, comentando precisamente los trabajos
de toda esa época, señala lo siguiente: «La observación más interesante,
sin embargo, se refería a que finalmente había logrado la comprensión
de la base fundamental de la sexualidad infantil»(4).
Al parecer, Jones se apoya, para poder sostener esa afirmación,
en al carta de Freud a Abraham del 10 de julio de 1914, en la
que le dice esto: «Tengo bosquejadas ciertas ideas sobre la organización
originaria de los primeros momentos de la sexualidad humana; os
los añadiré más tarde pues por el momento soy incapaz de hacer
una síntesis»(5).
Pasando ya a precisar detalladamente
y comentar esta edición de 1915, hay que decir que se caracteriza
especialmente por tres añadidos de gran envergadura, que son el
de "La investigación sexual infantil", el referente a las organizaciones
pregenitales, titulado "Fases de desarrollo de la organización
sexual" y la reintroducción de la temática del narcisismo bajo
el epígrafe de "La teoría de la libido", que corresponde ya al
3er ensayo, el de "Las metamorfosis de la pubertad", mientras
que las otras dos secciones están inmersas dentro del 2º ensayo,
que lleva por nombre "La sexualidad infantil".
Respecto del primer gran añadido
hay que comenzar señalando que con anterioridad a este momento
Freud –como ya quedó indicado- apenas se había ocupado de la psicosexualidad
infantil como tal, o sea de la investigación de los niños que
les lleva a construir ciertas teorías. De ahí que esta sección
aporte algunos conceptos como son "la pulsión de saber", "el enigma
de la esfinge", "el complejo de castración y la envidia del pene",
"las teorías del nacimiento", "la concepción sádica del comercio
sexual" y "el típico fracaso de la investigación sexual infantil".
De este modo, esta sección retoma y a la vez articula entre ellas
unas nociones que habían ido gestándose en Sobre las teorías sexuales
infantiles, en La novela familiar de los neuróticos, en el Análisis
de la fobia de un niño de cinco años y en Un recuerdo infantil
de Leonardo da Vinci.
La sección se inicia con un breve
párrafo, que ha sido comentado en algunas ocasiones por J.Laplanche
en el sentido de que es planteada una pulsión, la de saber, cuyos
componentes no son únicamente sexuales, dado que Freud afirma
esto: «La pulsión de saber no puede computarse entre los componentes
pulsionales elementales ni subordinarse de manera exclusiva a
la sexualidad», p.176-177. Además se añaden otros elementos como
el del apoderamiento, sobre el cual Freud va a situar el apuntalamiento
del sadomasoquismo, pero entendiendo siempre el apoderamiento
como algo perteneciente a la autoconservación, pues la pulsión
de apoderamiento para Freud es en principio no sexual. De ahí
que resulte bastante poco riguroso afirmar que la pulsión de saber
es una sublimación de la pulsión de apoderamiento, cuando justamente
ésta no es sexual y por definición entonces no puede sublimarse.
De todos modos, conviene tener en
cuenta que la referencia a una pulsión de apoderamiento acababa
de ser hecha por Freud pocos párrafos antes para dar cuenta de
la crueldad, proponiendo así una génesis del sadismo según el
esquema del apuntalamiento más o menos en estos términos: el sadismo,
como pulsión sexual, deriva de una pulsión o de una actividad
no-sexual que consiste en extender su dominio sobre el objeto
o en apoderarse de él. En las ediciones de 1905 y 1910 Freud lo
planteaba de la manera siguiente: «las mociones crueles fluyen
de fuentes en realidad independientes de la sexualidad» (p.175,
nota 33), mientras que en la de 1915 se expresa de este modo:
«Nos es lícito suponer que la moción cruel proviene de la pulsión
de apoderamiento y emerge en la vida sexual en una época en que
los genitales no han asumido aún el papel que desempeñarán después.
Por tanto, gobierna una fase de la vida sexual que más adelante
describiremos como organización pregenital», p.175.
Por otro lado, a la pulsión de saber(6)
son vinculadas las teorías sexuales infantiles, que son postuladas
como una respuesta a las cuestiones impuestas por lo sexual, frente
a lo cual son unos intentos de adaptación y comprensión: «la pulsión
de saber de los niños recae, en forma insospechadamente precoz
y con inesperada intensidad sobre los problemas sexuales, y aun
quizás es despertada por estos», p.177. De este modo, esta sección
de los Tres ensayos articula las teorías sexuales infantiles con
el resto de la vida sexual infantil, algo que Freud no había podido
hacer en su texto de 1908, en el que afirmaba: «Sé que no he obtenido
un material completo ni he establecido un nexo sin lagunas con
el resto de la vida infantil»(7). Así,
pues, Freud ahora colma esa laguna planteando que –si bien lo
que sacude al niño son unos intereses prácticos y, en ese sentido,
de orden autoconservativo: «No son intereses teóricos sino prácticos
los que ponen en marcha la actividad investigadora en el niño»,
p.177, sin embargo esos intereses se abren a una reflexión sobre
lo sexual y se le imponen al niño al modo de enigmas, cuya base
remite en Freud a lo que más tarde aparecerá bajo el nombre de
Unheimliche (lo ominoso).
Ahora bien, lo que resulta significativo
es que Freud sitúe esta actividad investigadora del niño solamente
a partir de los tres años: «A la par que la vida sexual del niño
alcanza su primer florecimiento, entre los tres y los cinco años,
se inicia en él también aquella actividad que se adscribe a la
pulsión de saber o de investigar», p.176. Eso nos indica que el
niño para Freud, del mismo modo que está cerrado al objeto, está
cerrado a un cuestionamiento sobre el mundo y, por más que en
1920 sitúe esa apertura al mundo a la edad de dos años en lugar
de tres, no obstante eso está hablando de un solipsismo implícito
de fondo y de que la génesis de lo psicosexual es presentada en
un marco claramente pobre o restringido. De hecho, si es cierto
que la introducción de la "pulsión de saber" para dar cuenta de
la génesis de la psicosexualidad supone una gran innovación, sin
embargo la forma de situar esta apertura hacia el mundo es digna
de atención, porque es situada a partir del "apoderamiento", una
noción que estaba ya presente en la edición de 1905, pero que
en 1915 toma en la teoría una fuerza particular, en la medida
en que -en consonancia con la teoría del apuntalamiento, que comienza
a tematizarse a la vez que extraviarse en los años 1910-1912,
como subraya J.Laplanche(8)- el apoderamiento
se convierte en el motor autoconservativo sobre el que se apoya
lo sexual.
En efecto, el apoderamiento que
constituye una noción muy materialista(9)
en el sentido más físico del término, puesto que el niño que se
apodera o domina el objeto es aquél que lo coge y lo agarra con
sus manos para que no se le escape, le permite a Freud establecer
unos vínculos entre lo sexual y lo vital y así plantear un modelo
que permita la salida del niño de ese solipsismo en el que le
ha colocado.
Así, pues, la pulsión de apoderamiento
se inscribe en un intento de articulación entre el terreno de
la autoconservación y el campo de lo sexual, intento significativo
porque introduce de manera subrepticia un cierto pansexualismo
en la teorización freudiana y porque la reaparición de la idea
del apoderamiento da cuenta de las dificultades de Freud a recoger
la exogénesis precoz y estructurante de lo sexual, tal y como
había sido apuntada por el Dr.Josef K.Friedjung en las sesiones
de los miércoles, tanto dando cuenta de las lagunas del sistema
freudiano (en especial las fallas del apuntalamiento) como proponiendo
un esquema más pertinente. Por tanto, la reaparición del "apoderamiento"
corresponde a un intento de salvamento del sistema endogenista,
que se perfila así como una respuesta a las alegaciones presentadas
por algunos miembros de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, surgidas
a raíz de las discusiones sobre el Edipo, que se habían iniciado
en febrero de 1914 y se desarrollaron durante cuatro sesiones,
la última de las cuales tuvo lugar el 20 de mayo de 1914.
De todos modos y para concluir con
lo aportado por esta sección, se puede señalar que al abrir la
teorización a lo psicosexual infantil se opera un cierto cambio
en el reconocimiento de esta psicosexualidad, que va a comportar
el que entre la psicosexualidad adulta y la somato-sexualidad
infantil se establezca una mera diferencia cuantitativa y no cualitativa,
como era hasta entonces. Algo que viene a confirmar la noción
de "estadios pregenitales" infantiles, que van a ser planteados
en la sección siguiente y que van a dar cuenta de una cierta lógica
propia de cada estadio, lógica que habla de un objeto sexual infantil(10).
Los añadidos recogidos dentro de
la sección "Fases de desarrollo de la organización sexual" van
a girar en torno a la "organización pregenital", a la "ambivalencia"
y a la "elección de objeto en dos tiempos". Esta sección, entonces,
propone un escalonamiento del desarrollo en términos de períodos
llamados oral y sádico-anal, escalonamiento que aporta la idea
de un funcionamiento pulsional con su lógica distinta en cada
estadio. En primer lugar, el estadio o la organización oral, que
es reconocido aquí por primera vez y es descrito de la siguiente
manera: «Una primera organización sexual pregenital es la oral
o, si se prefiere, canibálica. La actividad sexual no se ha separado
todavía de la nutrición, ni se han diferenciado opuestos dentro
de ella. El objeto de una actividad es también el de la otra;
la meta sexual consiste en la incorporación del objeto, el paradigma
de lo que más tarde, en calidad de identificación, desempeñará
un papel psíquico tan importante», p.180.
Esta descripción implica que la
pulsión es pensada desde o por medio del modelo de lo biológico,
modelo que no sólo impone la emergencia de lo pulsional desde
lo endógeno(11), sino que además hace
en definitiva equivalentes a lo somático y a lo representativo,
puesto que esto último se obtiene "corporalmente" o "metiendo
en el cuerpo", que es en lo que consiste el incorporar, según
la idea "mística" de que comiendo físicamente al otro se mete
dentro su fuerza y poder(12).
Es cierto que Freud indica, por
un lado, que se trata sólo de un paradigma y, por otro, que la
identificación será algo que venga "más tarde", pero la impronta
del modelo planteado tiene ya sus consecuencias, porque a la hora
de hablar de la identificación en Duelo y melancolía dirá lo siguiente:
«En otro lugar [se está refiriendo a Pulsiones y destinos de pulsión,
en donde incorporar es equivalente a devorar, en el sentido de
que se trata de "una modalidad de amor compatible con la supresión
de la existencia del objeto como algo separado" y eso pertenece
a una etapa del desarrollo de las pulsiones sexuales, sin establecer
diferencia alguna con las pulsiones de autoconservación] hemos
consignado que la identificación es la etapa previa de la elección
de objeto y es el primer modo, ambivalente en su expresión, como
el yo distingue al objeto [Freud habla aquí de la distinción del
yo respecto del objeto, pero luego no logra dar cuenta de la paradoja
presente en toda identificación, que es la transmisión simultánea
de la similitud y de la diferencia respecto del objeto. Sobre
lo cual hay que señalar que fue J. Lacan quien puso de relieve
que la identificación no es para nada la reproducción de lo idéntico,
sino lo que introduce una marca diferencial]. Querría incorporárselo,
en verdad, por la vía de la devoración, de acuerdo con la fase
oral o canibálica del desarrollo libidinal»(13)
y en Psicología de las masas y análisis del yo va a defender igualmente
que la identificación «se comporta como un retoño de la primera
fase, oral, de la organización libidinal, en la que el objeto
anhelado y apreciado se incorpora por devoración y así se aniquila
como tal»(14).
Tenemos, en segundo lugar, la organización
sádico-anal, en la que "son pesquisables la polaridad sexual y
el objeto ajeno" y "ya se ha desplegado la división en opuestos,
que atraviesa la vida sexual", a la vez que "los pares de opuestos
pulsionales están plasmados en un grado aproximadamente igual",
a lo que se llama ambivalencia, noción tematizada por E.Bleuler
desde noviembre de 1910 en una alocución hecha en Berlín y en
la que distinguía ambivalencia afectiva e intelectual.
Esta organización pregenital como
la oral anterior, nos aclara Freud a continuación, son unas hipótesis
sustentadas en el análisis de las neurosis, pero no nos precisa
a qué neurosis se está refiriendo, si bien sabemos que no se trata
realmente de neurosis, sino de situaciones psicopatológicas graves,
a relacionar más con la problemática del desamparo originario
(necesario dada la discontinuidad inevitable de los vínculos con
los objetos primarios, pero que puede ser vivido bajo condiciones
muy desestructurantes, como son las del maltrato, injuria y no
respeto del sujeto infantil como otro distinto, en cuyo caso el
desamparo conduce a incorporar al objeto y aferrarse a él, prefiriendo
un constante combate sadomasoquista con el objeto antes que renunciar
al mismo y sentir una angustia intensísima de separación) que
con la del duelo, porque en este último caso se parte de la pérdida
del objeto, mientras que en la situación anteriormente descrita
no se puede hablar estrictamente de pérdida, sino de persistencia
o pervivencia del objeto dentro de sí y con unas determinadas
características del mismo, que remiten a un funcionamiento unilateral,
atacante y excitante, característico de la llamada pulsión parcial.
Por otra parte, esta sección nos
presenta también la elección de objeto sexual durante la infancia,
cuando la tesis defendida en 1905 era que se trataba de algo que
se llevaba a cabo durante la pubertad: «ya en la niñez se consuma
una elección de objeto como la que hemos supuesto característica
de la fase de desarrollo de la pubertad», p.181. Y sobre esa elección
de objeto nos dice que "se realiza en dos tiempos", separados
por el período de latencia "a consecuencia del desarrollo de la
represión". Ahora bien, al describir la situación de ese modo,
en el que uno de los momentos es bien tardío y acontece tras un
período de latencia, que sólo tiene que ver con el propio sujeto,
necesariamente pierde fuerza la emergencia del objeto (fantasmático)
a raíz de la seducción parental. Pero es que, además, también
de esta manera se suprime el aspecto estructurante de la relación
primaria con la madre, al no ver en ella más que una función excitadora
en correspondencia con "las viejas aspiraciones sexuales de las
pulsiones parciales infantiles". Es decir, Freud cierra las pistas
que los debates vieneses le habían obligado a tomar en consideración
y, en ausencia de esas pistas, es cierto que el Edipo comienza
poco a poco a tomar más cabida en su texto, pero se produce bajo
la condición de que Freud se va a olvidar más y más de señalar
la naturaleza parental del objeto.
Por otra parte, esa cuestión de
las dos oleadas o de los dos tiempos, por medio de cuya idea Freud
y el pensamiento psicoanalítico postfreudiano ha descrito siempre
la sexualidad humana en cuanto específica por ese motivo, ha ocultado
o no ha dejado ver algo fundamental, y es que lo que descubre
el trabajo psicoanalítico es la existencia de dos sexualidades
diferentes (una pulsional y otra instintivo-genital) y no dos
tiempos de la misma sexualidad, siendo además la sexualidad pulsional
la que es objeto específico de la investigación psicoanalítica.
En definitiva, y para concluir con
estas dos secciones enteramente agregadas en 1915, tenemos que
–si bien se estructura el campo de la sexualidad infantil, en
el sentido de que la sexualidad del niño deja de tener un prototipo
orgánico para convertirse en una psicosexualidad, o sea, una sexualidad
vinculada al fantasma y al inconsciente- sin embargo esa psicosexualidad
se piensa más y más desde un modelo endogenista, en el que el
entorno es cada vez más autoconservativo y menos sexual.
La otra gran aportación introducida
en esta edición de 1915 recibe el título de "La teoría de la libido"
y aparece como la sección tercera del 3er ensayo. Se trata de
una sección inspirada en las ideas planteadas en Introducción
del narcisismo, de cuyo texto no sólo se hace una simplificación,
sino que se lleva a cabo un olvido o un cierre de las ideas más
ricas allí expuestas.
Tras precisar que la libido "es
una fuerza susceptible de variaciones cuantitativas", pero que
también tiene "un carácter cualitativo", que se diferencia de
otros procesos "por un quimismo particular" y que esa excitación
sexual emerge "por todos los órganos del cuerpo", nos presenta
la idea de que el representante psíquico de la libido se llama
"libido yoica" o "libido narcisista", que «se nos aparece como
el gran reservorio desde el cual son emitidas las investiduras
de objeto y al cual vuelven a replegarse» (p.199) y que se opone
a la "libido de objeto".
Pero lo que llama poderosamente
la atención es que Freud deje de lado tan flagrantemente lo que
acababa de conceptualizar en su Introducción del narcisismo, tras
un largo recorrido de profundización que ya se perfilaba en su
texto de finales de 1910 Puntualizaciones psicoanalíticas sobre
un caso de paranoia descrito autobiográficamente, esto es, el
que el narcisismo es el momento de emergencia del yo que hay que
situar entre el autoerotismo y la elección de objeto. Mientras
que aquí nos describe la investidura libidinal narcisista del
yo «como el estado originario realizado en la primera infancia,
que es sólo ocultado por los envíos posteriores de la libido,
pero se conserva en el fondo tras ellos», p.199.Lo cual comporta
un modelo, que es el del narcisismo originario de entrada, y que
por cierto va a ser el que se imponga más y más a partir de 1917
(aunque ya asomaba también en Pulsiones y destinos de pulsión),
con su consecuencia correspondiente que es la de la confusión
entre autoerotismo y narcisismo, puesto que el autoerotismo (que
había sido objeto de discusión detallada en el segundo de los
Tres ensayos) pasa a ser el modo de funcionamiento de un narcisismo
primario anobjetal.
Como subraya F.Rexand(15)
en su extensa y precisa tesis doctoral , se trata de una auténtica
inflexión que se observa cuando se sigue con detalle la evolución
de los postulados que organizan la teoría, ya que ésta se encauza
por un modelo que exige el cierre (véase el modelo del endogenismo
y del solipsismo) en lugar de la apertura que se había suscitado
especialmente durante los debates sobre el Edipo y hasta postulado
conceptualmente (véase la idea del narcisismo parental como origen
del narcisismo infantil, pero también la idea de que el orden
pulsional no está presente desde el inicio de la vida del individuo,
sino que tiene que establecerse a lo largo de una génesis y de
una secuencia, que la investigación psicoanalítica descubre y
en la cual el narcisismo se constituye en un segundo tiempo, correspondiente
al de la unificación de las pulsiones parciales en torno al yo
en cuanto objeto).
Pero es que, además, este añadido
supone una cierta ruptura con la lógica de los Tres ensayos, en
la medida en que el papel y la importancia del yo había sido algo
no tenido en cuenta en los ensayos anteriores, y aquí aparece
inesperada y en cierto modo subrepticiamente. Una aparición que
hay que relacionar con la equivalencia o confusión, presente con
gran frecuencia en la obra freudiana, entre el yo de las pulsiones
del yo, es decir, el yo del individuo u organismo psicobiológico,
y el yo del narcisismo, que es concebido y entendido como objeto
de amor. Confusión que le conduce a utilizar como sinónimos los
términos "pulsiones del yo" (que son de autoconservación y por
tanto no son pulsiones "stricto sensu") y "libido del yo" (que
corresponde a lo estrictamente pulsional). Lo cual a su vez va
a servir de base para que Freud se deslice por una pendiente,
en la que el aspecto "demoníaco" de la pulsión sexual quede cada
vez más descartado, pues en la representación de lo sexual durante
estos años se va a insistir de modo especial sobre lo ligado a
expensas de la sexualidad desligada.
La importancia de esta dirección
en la que se comprometía la teoría sexual freudiana ha sido claramente
subrayada por J.Laplanche desde su obra Vida y muerte en psicoanálisis,
en donde se nos muestra cómo en la medida en que lo pulsional
ligado (en torno al yo y al objeto) aplastaba más y más a lo desligado
pulsional (lo que Freud llamaba en el inicio de su obra la sexualidad
"demoníaca"), esto último tuvo que resurgir e imponerse como una
exigencia del pensamiento freudiano en su teoría sexual a través
del término "pulsión de muerte", si bien en esta reaparición lo
sexual desligado ya no tiene la misma frescura conceptual, pues
la pulsión de muerte va a ser concebida bajo una perspectiva mucho
más instintivista, como correspondía al enfoque que iba tomando
la teorización freudiana, pues –mientras que parte del grupo de
los vieneses había intentado salvaguardar la apertura hacia lo
sexual materno, que Sadger había sabido poner de relieve, y el
propio texto de Introducción del narcisismo había recogido ciertos
aspectos de esa apertura hacia el otro significativo- esta revisión
de los Tres ensayos nos muestra al Freud que sigue el camino del
narcisismo originario.
Otros agregados de importancia en
esta edición son unos añadidos que exploran cuestiones que no
habían sido suficientemente bien abordadas en ediciones anteriores
y que giran en torno a la homosexualidad, al sadismo y al masoquismo.
La cuestión de la homosexualidad,
si bien es tratada en cada edición, en esta de 1915 será objeto
de una atención especial, pues Freud va a suprimir y a añadir
elementos que modifican de modo sustancial las pistas anteriores.
Desde 1910 una nota, suprimida en 1915, indicaba que los homosexuales
analizados por Freud (y los de Sadger) eran «individuos cuya actividad
sexual se hallaba en general menoscabada, y su residuo se manifestaba
como inversión», p.132 (nota 13). Pero, además, también fue retirada
del texto otra aportación de 1910, que había sido recogida a raíz
de lo abordado en el texto sobre Leonardo y que señalaba el que
«Debería trazarse una neta distinción conceptual entre diferentes
casos de inversión según que se haya invertido el carácter sexual
del objeto o el del sujeto», p.132 (nota 13).
Pues bien, en 1915 esa línea de
la distinción entre el objeto y el sujeto fue abandonada dando
paso a la concepción según la cual «todos los hombres son capaces
de elegir un objeto de su mismo sexo, y aún lo han consumado en
el inconsciente», p.132 (nota 13). Una afirmación basada de algún
modo en los postulados del Leonardo, en donde se señala en un
momento crucial de la obra que el amor hacia la madre va a ser
reprimido y entonces el varón se va a identificar con la madre,
tomándose a sí mismo como el modelo a semejanza del cual escoge
sus nuevos objetos de amor. De ese planteamiento se deducía una
secuencia en cuatro tiempos, convertidos ya en clásicos, para
dar cuenta de la elección homosexual de objeto.
Ahora bien, si en ese texto Freud
va a insistir sobre todo en la biografía de Leonardo, o sea, en
sus datos históricos y por tanto contingentes, aquí en este agregado
y en esta nota de la p.132 nos dice: «La conducta sexual definitiva
se decide sólo tras la pubertad, y es el resultado de una serie
de factores que todavía no podemos abarcar en su conjunto, y de
naturaleza en parte constitucional, en parte accidental», Con
lo cual lo contingente e histórico pierde preponderancia en la
medida en que tiene que compartir la causalidad con lo constitucional,
que una vez más va a ser resaltado poco después: «En todos los
tipos de invertidos es posible comprobar el predominio de constituciones
arcaicas y de mecanismos psíquicos primitivos», p.132-133 (nota
13).
De todos modos, es cierto que el
papel del otro en la organización singular de lo sexual es recogido
al describir la intervención de lo accidental, del que Freud aquí
nos señala dos elementos particulares: la frustración (véase "amedrentamiento
sexual temprano") y la falta o ausencia de un padre fuerte. Elementos
que están en continuidad con lo explorado en el Leonardo y en
el caso Schreber y en los cuales puede verse que la actividad
seductora de la madre (tan presente en el Leonardo) ha quedado
desplazada hacia el papel del padre como polo de articulación,
lo que conlleva que se borre el papel de la madre en cuanto seductor
y organizador de lo pulsional.
Pero también fueron retrabajadas
en esta edición de 1915 las cuestiones del sadismo y del masoquismo.
Freud, partiendo de la vinculación entre esas dos "perversiones"
hechas por Kraff-Ebing, había aportado en 1905 que una de las
raíces del sadismo se encontraba en el componente agresivo de
la pulsión sexual, componente que se había hecho autónomo, mientras
que había planteado el masoquismo diciendo que "proviene de la
sobreestimación sexual como consecuencia psíquica necesaria de
la elección de un objeto sexual". Pero como el problema, al igual
que en la cuestión de la homosexualidad, parecía más complejo,
Freud en 1915 va a suprimir esas afirmaciones y en su lugar plantea
lo siguiente: el concepto de sadismo corresponde, en sentido estricto
o en cuanto perversión al «sometimiento y el maltrato infligidos
al objeto sexual como condición exclusiva de la satisfacción»
(p.143-144), en cambio para el masoquismo la satisfacción está
puesta en el «hecho de padecer un dolor físico o anímico infligido
por el objeto sexual», p.144.
De esta manera Freud rompe con la
perspectiva defendida en 1905, que ponía el acento en "la sobreestimación
sexual", y pasa a colocar la génesis del masoquismo en la vuelta
hacia el propio sujeto del sadismo. Una precisión que anuncia
ya la postura que va a defender en Pulsiones y destinos de pulsión,
descrita así: «La satisfacción se obtiene, también en el masoquismo,
por el camino del sadismo originario… no parece haber un masoquismo
originario que no se engendre del sadismo»(16).
Claramente en este último texto la postura de Freud es más radical
que la mantenida en la edición de 1915 de los Tres ensayos, en
donde utiliza unos términos más suaves, como "puede dudarse de"
y "quizá de manera regular", y en donde parece dejar entreabierta
la puerta que lleva a la idea del masoquismo erógeno o primario
a través de esa referencia a la "originaria actitud sexual pasiva"(17).
De todos modos, esta génesis del
masoquismo propuesta en la edición de 1915 retoma, tal y como
J.Laplanche ha señalado en Vida y muerte en psicoanálisis(18)
el esquema del apuntalamiento con sus dos aspectos fundamentales,
que son el de la génesis marginal de la sexualidad y el de emergencia
de la sexualidad en el tiempo del retorno sobre sí mismo, y que
comporta el que la pulsión sexual aparece a partir de actividades
no sexuales o instintivas y el que el momento constitutivo de
la sexualidad es el tiempo de vuelta sobre sí mismo. En este marco
debe ser situada la frase de Freud: «A menudo puede reconocerse
que el masoquismo no es otra cosa que una prosecución del sadismo
vuelto hacia la persona propia, la cual en un principio hace las
veces del objeto sexual», p.144.
Ahora bien, según subraya J.Laplanche,
en ese retorno o vuelta se produce un cierto deslizamiento falaz,
porque la actividad que se vuelve sobre el sujeto no es la misma
que la dirigida hacia el objeto exterior, ya que la actividad
dirigida hacia el objeto vital era "no-sexual", siendo solamente
sexual la de la vuelta hacia la propia persona y de ahí que el
masoquismo sea, sexualmente hablando, primario. Por lo que Freud,
cuando designa a ese primer momento como sádico, lo hace de manera
impropia o no pertinente, puesto que es un momento no-sexual.
Es más, repite esa designación impropia una y otra vez cuando
habla, en el último párrafo de la p.144, del "componente agresivo
de la libido", para dar cuenta de esa "agresión mezclada con la
pulsión sexual", que hace remontar a los "apetitos canibálicos",
que describe también como "apoderamiento" y que, en definitiva,
es planteado como esa "otra gran necesidad ontogenéticamente más
antigua".
De esta manera, puede afirmarse
que el apuntalamiento(19) fue claramente
tematizado durante 1915, pues pasó a convertirse en la tercera
característica (aunque será enunciada como la primera) de la sexualidad
infantil: «Esta nace apuntalándose en una de las funciones corporales
importantes para la vida» (p.165), frase que –como indica la nota
18 de la p.165- fue agregada en 1915, precisándose además que
en las ediciones anteriores hablaba Freud de dos características
en lugar de tres. Es más, en las ediciones anteriores el apuntalamiento
estaba restringido a la analidad, tal y como aparece en esta formulación:
«La zona anal, a semejanza de la zona de los labios, es apta por
su posición para proporcionar un apuntalamiento de la sexualidad
en otras funciones corporales», p.168.
En esta misma línea, hay que decir
que durante 1915 el concepto de pulsión va a recibir unas formulaciones
más precisas, pues en lugar del párrafo que se iniciaba en las
ediciones anteriores con «Además de una pulsión no sexual en sí
misma» (p.153, nota 49), Freud nos habla de la pulsión como una
"agencia representante psíquica de una fuente de estímulos intrasomática",
que introduce la idea de concepto límite entre lo psíquico y lo
somático. Y, por otra parte, son añadidas tres puntualizaciones,
esto es, que la pulsión no posee en sí misma cualidad alguna;
que sus propiedades específicas están relacionadas con sus fines
y sus fuentes somáticas; y que su fuente "es un proceso excitador
en el interior de un órgano, y su meta inmediata consiste en cancelar
ese estímulo de órgano". Claro que el centro de ese párrafo está
en la frase: «Así, pulsión es uno de los conceptos del deslinde
de lo anímico respecto de lo corporal» (p.153), que si ciertamente
da cuenta de un modelo para la pulsión menos sexual-orgánico,
lo que permite abrirse a un esquema más psicosexual y desmarcar
mejor el autoerotismo del funcionamiento corporal (al menos en
relación con las ediciones anteriores de los Tres ensayos), sin
embargo no deja de estar bien presente la idea de la delegación
de lo somático en lo psíquico, con lo que eso comporta de rechazo
del origen exógeno de la pulsión, así como una exigencia implícita
de que lo pulsional emerge espontánea y naturalmente a partir
del desarrollo fisiológico o corporal.
Existen también otros agregados
en esta edición de 1915, que son menos importantes en la medida
en que se trata de consecuencias de los añadidos recogidos anteriormente.
Los más relevantes en ese aspecto giran en torno a la masturbación,
a la relación entre lo accidental y lo constitucional y al papel
de lo filogenético en la teoría.
Con respecto al primer tema, hay
un párrafo en la sección cuarta del segundo ensayo, que trata
del papel excitante del contenido intestinal y del tratamiento
que ese contenido recibe por parte del sujeto infantil en el sentido
de ser una parte del propio cuerpo, de ser considerado como un
regalo y de establecer la conexión simbólica entre cacas y niño.
Se trata de un añadido a situar en la línea de un reconocimiento
de la fase sádico-anal y de un trabajo sobre la noción de objeto
parcial.
Aspectos a relacionar con el hecho
de que esta edición de 1915 es ya posterior a los debates sobre
el onanismo, que habían tenido lugar en la Sociedad Psicoanalítica
de Viena entre 1911 y 1912 durante nueve sesiones, debates que
permitieron a Freud salir al paso de las dificultades teóricas,
presentes en las ediciones anteriores, sobre las fases de la actividad
sexual infantil. Lo que puede captarse claramente -por un lado-
en el hecho de que durante 1915 aparecen bien delimitadas las
fases de la masturbación infantil: «La primera corresponde al
período de lactancia, la segunda al breve florecimiento de la
práctica sexual hacia el cuarto año de vida, y sólo la tercera
responde al onanismo de la pubertad, el tenerse en único que suele
cuenta» (p.171), mientras que antes se afirmaba «Durante los años
de la niñez (aún no ha sido posible establecer generalizaciones
en cuanto a la cronología), vuelve la excitación sexual de la
primera infancia», p.171 (nota 28). Y –por otro lado- también
en la precisión aportada en la nota 26 de la p.171 en la que,
a raíz de una frase que viene de la página anterior y en la que
se afirma que "mediante el onanismo del lactante, al que casi
ningún individuo escapa, se establece el futuro primado de esta
zona erógena para la actividad sexual", se detalla que en las
ediciones anteriores se hablaba de que habría en ello un "propósito
de la naturaleza", pero que -dada la "índole teleológica" de ese
planteamiento, fuertemente criticado por Rudolf Reitler durante
los debates sobre el tema en la Sociedad Psicoanalítica de Viena-
Freud se comprometió a cambiar esa formulación poco afortunada.
Y, por último sobre ese tema de
la masturbación, hay que señalar la vinculación entre ésta y la
conciencia de culpa, puesta de relieve por E.Bleuler, que Freud
recoge aunque matizando que ese hecho «aguarda todavía un esclarecimiento
analítico exhaustivo», p.172 (nota 29). Y es que las diferencias
entre Bleuler y Freud al respecto eran importantes, aunque sólo
sea porque Bleuler en ese punto atacaba la noción de sexualidad
infantil, no restringida a lo genital sino ampliada, que Freud
defendía.
Por lo que respecta al tema de la
articulación entre lo accidental y lo constitucional, hay que
dirigirse al capítulo titulado "Lo vivenciado accidentalmente"
del Resumen. Frente a lo que se afirmaba en 1905: «Pero nadie
con alguna penetración pondrá en duda que en esa cooperación de
factores hay lugar también para las influencias modificadoras
de lo vivenciado accidentalmente en la infancia y después», ahora
en 1915 lo accidental va a ser integrado en una proporción por
igual con los factores constitucionales a través de la noción
de "serie etiológica" (expresión sustituida en 1920 por la de
"serie complementaria"): «No es fácil apreciar en su recíproca
proporción la eficacia de los factores constitucionales y accidentales…
En ningún caso debería olvidarse que existe entre ambos una relación
de cooperación y no de exclusión. El factor constitucional tiene
que aguardar a que ciertas vivencias lo pongan en vigor; el accidental
necesita apuntalarse en la constitución para volverse eficaz»,
p.219. Consideración que le conduce a Freud a precisar más adelante
que «La serie etiológica única se descompone, pues, en dos, que
cabe llamar la predisposicional y la definitiva. En la primera,
constitución y vivencias infantiles accidentales cooperan como
lo hacen, en la segunda, la predisposición y las vivencias traumáticas
posteriores», p.219.
Por tanto, cuando parece que la
idea de lo accidental toma cuerpo, la noción de la constitución
particular toma la delantera. Lo que habla de una cierta posición
ambigua por parte de Freud, tal y como aparece reflejada en el
Prefacio de esta edición, en donde -por un lado- da la "prioridad
a los factores accidentales" colocando los "disposicionales en
el trasfondo", pues «Lo disposicional sólo sale a la luz tras
él, como algo despertado por el vivenciar, pero cuya apreciación
rebasa con mucho el campo de trabajo del psicoanálisis(20)»,
p.118. Y –por otro- en el párrafo siguiente va a afirmar lo contrario
cuando dice: «La ontogénesis puede considerarse como una repetición
de la filogénesis, en la medida en que ésta no es modificada por
un vivenciar más reciente. Por detrás del proceso ontogenético
se hace notar la disposición filogenética», p.118.
Precisamente el Prefacio de esta
edición de 1915 se caracteriza por su referencia a la filogénesis
(el tercer tema apuntado en estos últimos añadidos), que da cuenta
de la orientación de esta edición hacia una óptica filogenética,
óptica que asoma abiertamente en el capítulo del Resumen, denominado
"Factores temporales", que fue añadido por entero en 1915 y en
el que se afirma lo siguiente: «La secuencia en que son activadas
las diversas mociones pulsionales, y el lapso durante el cual
pueden exteriorizarse hasta sufrir la influencia de otra moción
pulsional que acaba de emerger o de una represión típica, parecen
filogenéticamente establecidos», p.220. Y es llamativo que esta
afirmación se lleve a cabo por parte de Freud tras un párrafo
en el que habla de "la precocidad sexual", dado que tras el niño
precoz está siempre el niño seducido. Lo que indica que, cuando
se vislumbra en el horizonte la seducción, Freud se ve obligado
a taponar esa vía y echar mano de lo que la viene a obturar por
entero, como es la filogénesis con toda su carga endogenista correspondiente.
Y es que estamos a poco tiempo de distancia de la aparición de
Totem y tabú, cuya fuerte influencia se deja sentir en la teorización
freudiana en distintos momentos de esta edición de 1915, como
por ejemplo cuando Freud, hablando de que la pulsión sexual tiene
que "luchar contra ciertos poderes anímicos", va a afirmar lo
siguiente: «en estos poderes que ponen un dique al desarrollo
sexual –asco, vergüenza y moral- es preciso ver también un sedimento
histórico de las inhibiciones externas que la pulsión sexual experimentó
en la psicogénesis de la humanidad», p. 137 (nota 36).
Está claro, pues, que la idea de
la filogénesis impone su sello, tanto más fuertemente cuanto que
de ese modo queda bien circunscrita para Freud la seducción, pues
el valor que tienen para él los elementos excitantes procedentes
de la relación más precoz con el objeto materno (que se desprendían
de su estudio sobre Leonardo da Vinci) es el de despertar una
sexualidad trasmitida constitucionalmente por vía filogenética.
Ahora bien, esta línea que predomina
en 1915 será confirmada por las ediciones de 1920 y de 1924, con
lo cual la perspectiva filogenética se impone como una solución
o salida a diferentes cuestiones que se le van planteando a la
teoría, apareciendo entonces como una estructura organizadora
que sirve de modelo para dar cuenta del origen y del desarrollo
de lo sexual. Pero si es cierto que la respuesta por medio de
la filogénesis fue una solución frente a un cuestionamiento múltiple
y variado, sin embargo hay que señalar que esa solución emerge
en el momento en el que el rol precoz de la madre se presentaba
claramente como una actividad excitadora. Y ante eso en la teorización
se va a operar un paso que conduce, de dar una posible explicación
a partir de lo sexual arcaico de tipo ontogenético, a explicar
las cosas a partir de la filogénesis.
De todos modos, también hay que
tener en cuenta que en esta edición de 1915 aparece por primera
vez la referencia a lo sexual ligado a través de la introducción
del narcisismo, que propone en la teoría un nuevo modo de funcionamiento
de lo sexual. Y, en ese sentido, frente al aspecto "demoníaco"
de la sexualidad, que era el único contemplado en el primero de
los Tres ensayos, aquí toma cuerpo la sexualidad ligada, con lo
cual la identificación de lo sexual resulta más compleja y al
mismo tiempo va surgiendo una concepción más estructural del funcionamiento
de lo sexual, que permite romper con una cierta temporalización
ficticia, de la que era dependiente hasta ese momento la teoría
freudiana.
(1)
Cf. O.C. Amorrortu, v.XVII, p. 108-109.
(2) Cf. Tres ensayos de teoría sexual,
O.C. v.VII, p.109.
(3) Un período bien difícil para Freud,
según aparece relatado de modo preciso en la Correspondencia con
K. Abraham, porque sus hijos aparecen comprometidos en la primera
guerra mundial, que daba comienzo por entonces, y porque se veía
asediado por varios problemas vinculados con las relaciones interpersonales
en la institución psicoanalítica.
(4) Cf. Vida y obra de Sigmund Freud,
2, p. 198. La versión francesa de esa frase es la siguiente: «
Mais de toutes les observations relatées par Freud, la plus digne
d’exciter notre curiosité est celle où il declare avoir enfin
acquis une certain notion du fondement primaire de la sexualité
infantile », cf. La vie et l’oeuvre de Sigmund Freud, 2, p. 196.
(5) Cf. Sigmund Freud-Karl Abraham. Correspondance
1907-1926, p. 187. La traducción está hecha por mí sobre la versión
francesa.
(6) Sobre este tema de la pulsión de saber,
que sitúa lo sexual en los orígenes de la cognición, se ha detenido
con frecuencia S. Bleichmar, desde sus primeros trabajos y en
particular en los cap. 10 y 11 de su obra Clínica psicoanalítica
y neogénesis, señalando que si bien –por un lado- el objeto de
la pulsión debe ser planteado como un prerrequisito para la inteligencia,
porque produce vida psíquica y saca al sujeto de la naturaleza
y de la autoconservación como “estúpida existencia”, según la
expresión de Lacan; por otro lado, el objeto de la pulsión no
destina, no conduce al conocimiento del mundo ni a la inteligencia
en el sentido productivo y, en esa línea, es poco coherente hablar
de pulsión epistemofílica o de saber en relación con el objeto
de la pulsión, pues la pulsión como tal no busca conocer ningún
objeto externo, ya que el objetivo de la pulsión es la reproducción
satisfactoria de lo idéntico y tiene su base en el funcionamiento
alucinatorio. De ahí precisamente que termine operando en el devenir
psíquico como modo de autodestrucción y no de autopreservación
y que, por tanto, entre en contradicción con la autoconservación
y con la vida.
(7) Cf. Sobre las teorías sexuales infantiles,
O.C., v. IX, p. 198.
(8) Cf. El extravío biologizante de la
sexualidad en Freud, p. 42.
(9) Cf. el artículo de F. Ganthéret “De
l’emprise à la pulsion d’emprise”, NRP, 24, 1981, p.103-116.
(10) Por más que, por otra parte, la idea
misma de “estadios” habla de un desarrollo programado y con un
fin, a la vez que establece una continuidad entre sexualidad infantil
y sexualidad adulta. Y es que plantear la sexualidad infantil
como “pregenital” comporta el teorizarla en continuidad con la
sexualidad genital, cuando la sexualidad infantil no es orgásmica,
no es genital, sino polimorfa y pulsional desligada, de tal modo
que su carácter central es el de ser no resoluble, y se constituye
como sexualidad masoquista, ya que la tensión busca formas de
resolución que conducen a buscar la excitación o, por ejemplo,
a darse golpes.
(11) Modelo que, por cierto, no tiene
en cuenta la contradicción que supone el hecho de que aquello,
que viene a desnaturalizar el instinto, proceda igualmente de
lo innato instintivo.
(12) Lo que, por otra parte, está en consonancia
con la idea defendida siempre por Freud desde el Proyecto, en
el sentido de que la representación proviene de, o reproduce,
una percepción. Planteamiento que habla de una continuidad entre
la percepción (de orden somático) y la representación (de orden
psíquico), cuando la representación o bien procede de la variable
cualitativa que el otro con su exceso pulsional introduce al procurar
los cuidados vitales, o bien su estatuto se reduce al de una simbolización
evolutiva-madurativa, en definitiva adaptativa, y no tan diferente
del simbolismo presente en tantas especies animales.
(13) Cf. O.C., v. XIV, p. 247.
(14) Cf. O.C., v. XVIII, p. 99. A este
propósito, hay que tener en cuenta que en la descripción freudiana
están propiamente confundidas o sin separar la nutrición y la
actividad pulsional, así como tampoco hay una clara distinción
entre la actividad psicobiológica y la actividad representativa,
que sólo puede pensarse con rigor desde las inscripciones implantadas
por el otro y sobre cuyo suelo se va a ir estableciendo tanto
el aparato psíquico como el sujeto, tanto el orden intrapsíquico
como la subjetividad cultural e histórica. Es decir, para poder
pensar la estructuración de la tópica psíquica de manera precisa
y salir así del “impasse” que supone concebir los orígenes de
lo psíquico desde lo endógeno, desde el solipsismo del propio
sujeto o como un epifenómeno de lo biológico, se requiere no sólo
salir de la confusión o mezcla entre lo biológico y lo psíquico,
sino tomar realmente en consideración que “en el ser humano lo
sexual de origen intersubjetivo, y por consiguiente lo pulsional,
lo sexual adquirido viene, algo completamente extraño, antes que
lo innato. La pulsión viene antes que el instinto, el fantasma
antes de la función; y cuando el instinto sexual llega, la silla
ya está ocupada”(cf. Jean Laplanche, “Pulsion et instinct”, Adolescence,
18, 2, p.664). Dicho con otras palabras, los cuidados corporales
no son “stricto sensu” del orden autoconservativo, ya que vehiculan
sexualidad o dinámica pulsional, tanto la inconciente-desligada,
como la narcisista-ligada, vehiculación gracias a la cual se va
a poder instaurar tanto la pulsión como la ligazón de lo pulsional,
implantadas por el otro que cuida. Y es que en el mundo humano
la pura crianza autoconservativa produce seres no humanos.
(15) Cf. L’evolution de la théorie freudienne
du sexuel infantile entre 1905 et 1915 à partir des Minutes de
la Socièté psychanalytique de Vienne et des Trois essais sur la
théorie sexuelle, t.II p. 669.
(16) Cf. O.C., v. XIV, p. 123.
(17) Actitud que ha sido puesta de relieve
especialmente por los trabajos de J. André acerca de una originaria
pasividad pulsional, que se contrapone a la tesis oficial de Freud
en el sentido de una originaria masculinidad libidinal del sujeto
infantil. Por cierto que esa pasividad originaria en el orden
pulsional es generalmente mal entendida, amén de no reconocida
o rechazada, precisamente por mezclar el orden pulsional con el
orden autoconservativo, confundiendo entonces pasividad pulsional
con inercia o con ausencia absoluta de actividad. Cuando se trata
simplemente de la situación a la que se ve sometido de entrada
todo infante al tener que recibir del otro adulto los cuidados
de la crianza, cuidados que están atravesados enteramente por
la sexualidad inconciente del adulto y, por tanto, por un exceso
de orden pulsional, que conlleva realmente la parasitación del
cuerpo infantil por parte de la dinámica pulsional del adulto,
ante la cual el infante se ve inerte y la única vía de salida
será, tras esa situación originaria de pasividad (pulsionalmente
hablando, puesto que en un inicio o antes del encuentro con el
otro adulto el infante es sólo un organismo psicobiológico y,
por tanto, no cabe en él actividad pulsional alguna), la del autoerotismo,
que le convertirá en un ser pulsional.
(18) Cf. su capítulo 5 “Agresividad y
sadomasoquismo”, en particular las pp.119-121.
(19) Tal y como es concebido por Freud,
es decir, de una forma lacunaria y para nada basada en la implantación
pulsional por parte del adulto que cuida y que es quien se apoya
en los cuidados de supervivencia para introducir subrepticiamente
su pasión o exceso de orden pulsional.
(20) Esa expresión de Freud, la del “campo
de trabajo del psicoanálisis”, habla o da cuenta de un intento
de delimitar el objeto de estudio del psicoanálisis, situando
aquí claramente ese campo en el terreno del vivenciar o de lo
accidental, versus lo disposicional, así como poco después en
ese mismo prefacio va a poner de relieve que su investigación
psicoanalítica trata de colocarse en abierta independencia respecto
de la investigación biológica.
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