La feminidad originaria (1)

Jacques André

   

Dora

     Dora ha tenido un sueño que cuenta a Freud:

     «Hay un incendio en una casa. Mi padre está de pie delante de mi cama y me despierta. Me visto rápido. Mamá todavía quiere salvar su joyero, pero papá dice: “No quiero que mis dos hijos y yo terminemos carbonizados por un joyero”. Bajamos deprisa y, una vez fuera, me despierto».(1)

     Ya ha tenido este sueño en otras ocasiones. La primera fue después de la escena del lago con el S.K. El hombre que la había besado por sorpresa cuando ella tenía 14, había optado esta vez por una solución más atenta: declararse. Después del beso robado Dora se escapó por la escalera. Después de la declaración, abofetea al S.K.

     A partir del fragmento del sueño: “Mi padre está de pie delante de mi cama”, las primeras asociaciones de la joven conducen al S.K. Al día siguiente del paseo por el lago, se adormece en una de las habitaciones de la casa de los K., donde ella y su padre estaban hospedándose como invitados. Despertando bruscamente, advierte al S.K. justo delante de ella: “¿Qué hace usted aquí?”. Él le responde que nada le impediría entrar como quisiera en su habitación. Después del fracaso de la declaración, hay un retorno al trato fuerte, a la efracción.

     No es un mérito menor del inconsciente de Dora el tomar prestado del tesoro de las representaciones más clásicas su forma de simbolizar los órganos genitales o el acto sexual. Las habitaciones brutalmente abiertas suceden a las escaleras subidas rápidamente, antes de que lleguemos al joyero.

     El S.K., que también entiende de símbolos, había regalado a Dora un precioso joyero. El recuerdo más antiguo que el elemento “joya” evoca para la niña, son esas perlas en forma de gotas que su padre había regalado a su madre. Entonces ésta había rechazado un regalo que Dora niña hubiera aceptado gustosa. Esta vez nos deslizamos de la fuente adolescente del sueño hacia el material infantil; del S.K. hacia el padre. Freud nota que éste, como todo sueño, se sostiene “por así decir sobre dos piernas”(2). Una se apoya en lo actual, la otra en la infancia.

     Continuemos el proceso asociativo, esta vez a partir de “el incendio”. El sentido común opone agua y fuego como contrarios. El lenguaje de la sexualidad, a imagen del proceso primario, tiende más bien a confundirlos. Lo inflamado y lo mojado metaforizan ambos la excitación, particularmente la femenina. Si el padre de la infancia, como el S.K., también se mantenía al pie de la cama de la pequeña, era con el objetivo de despertarla para prevenir la enuresis (o la masturbación subyacente), con el fin de evitar que mojara su joyero.(3)

     La enuresis pasará (el recuerdo también será reprimido) pero el fantasma subyacente continuará exigiendo lo que le corresponde, con un síntoma vecino y vía la identificación con el « catarro » de la madre: serán las flores blancas de la adolescencia.

     Esta tensión que conduce a Dora de lo actual a lo infantil surge de manera ejemplar en la cura, a modo de una actuación: tumbada en el diván, la joven ofrece a Freud el espectáculo de un juego para ella inconsciente. Manipula un pequeño monedero, lo abre e introduce el dedo, lo vuelve a cerrar, y así repetidas veces. « Aquel cuyos labios callan, se delata con la punta de los dedos.»(4)

     El segundo sueño, traído a la cura un poco más tarde, vendrá a confirmar ampliamente los contenidos inconscientes del primero. Será cosa de bosques, de ninfas, de vestíbulo. Detrás de estas metáforas Freud sospecha la lectura de un diccionario médico y las lecciones de la Señora K., a quien Dora debe la iniciación « al misterio de su propia feminidad.»(5)

     ¿Cómo comprender un fenómeno tal, la represión de un saber adquirido recientemente, sin referirnos a la atracción ejercida por lo reprimido? Los recientes descubrimientos anatómicos de la joven en el momento de una madurez sexual que le permitiría una respuesta adaptada a la tensión de la excitación (por ejemplo: ceder al S.K., a quien ama sin saberlo), estos descubrimientos adolescentes sólo caen bajo la represión porque están en contacto con representaciones inconscientes de la sexualidad infantil.

Freud y la feminidad

     Bien se trate de la simbólica de los órganos sexuales femeninos, de los fantasmas de efracción-penetración, de las angustias asociadas a la representación del cuerpo interno (el episodio de gastralgia, de la falsa apendicitis, de la leucorrea), o también de las traducciones sintomáticas de la excitación, todo en el material clínico aportado por Dora a Freud testimonia una feminidad precoz reprimida.

     Nada falta, ni las representaciones propiamente genitales (como la habitación de los niños donde penetra el padre), ni su expresión regresiva, principalmente oral, en Dora la « chupeteadota ».

     En la obra de Freud, Dora no es una excepción. Hay otros textos clínicos (el análisis del Hombre de los lobos, Pegan a un niño) que hablan con voz fuerte a favor de la hipótesis de una feminidad precoz y de su represión. ¿Cómo comprender que de esta hipótesis impuesta por la clínica, no quede nada (o casi) en los artículos que Freud dedicará tardíamente a la sexualidad femenina(6)? Nos acordamos de su expresión: « la niña es un niño »(7) y, también, de lo esencial de la tesis sostenida por él: la masculinidad originaria del niño sea cual sea su sexo anatómico.

     La feminidad es así reducida a una elaboración psíquica tan tardía como secundaria, superestructura ateniense sobre fondo de civilización minoico-micénica. La desaparición de la figura paterna va a la par de esta construcción. El padre, más que ser elegido como objeto por la niña, surge como una bolla salvavidas en el momento del naufragio del primer vínculo con la madre. El primado del falo, alrededor del cual se articula esta teorización, es el primado de un falo materno.

     La tesis de Freud es quizás más a escuchar, en el sentido psicoanalítico del término, que a entender. Disertando sobre la feminidad, Freud capta muy exactamente el movimiento de teorización del niño. Pero no de cualquier niño: del de la fase fálica, sea chico o chica, para quien decididamente no hay más que uno, que se tiene o no. No hay más que uno o, dicho de otra forma, no hay otro. La teoría freudiana, más que ser una teoría de la sexualidad femenina, que no lo es en sí misma, es una teoría del niño, una teoría sexual, fetichista en la circunstancia.

Feminidad y seducción

     Como contrapunto a la tesis fálica, la obra de Freud, particularmente la clínica, vehiculiza una cripto-teoría donde la consideración de una feminidad precoz y de su represión contradice los enunciados clásicos, ya se trate de la debilidad del superyó femenino o del valor iniciático de la envidia del pene. Esta otra concepción no es nunca expuesta como tal, e intentar construirla supone ir más allá de las concepciones freudianas.

     Entre las razones que han condenado a esta representación de la feminidad precoz a algunas apariciones fragmentarias, el célebre abandono de la teoría de la seducción en 1897 ocupa un lugar nada desdeñable. El psicoanálisis nace en el contacto clínico con los histéricos: el niño seducido y el padre libidinal, la pasividad de uno y la intrusión del otro, lo sexual desligado, traumático, y el fracaso del niño al elaborar aquello que le ataca como una infección... aquí están algunas piezas elementales tanto de la seducción como de la feminidad.

     Al seguir el destino de la teoría de la seducción en la obra de Freud después de 1987, constatamos que no le falta similitud con el de esta otra feminidad que nosotros evocamos. Una y otra desaparecen, aunque no se debiliten como teorías, para resurgir de manera aislada o desplazada.

     El abandono por Freud de la teoría de la seducción ha impedido, en consecuencia, tomar cuerpo a la hipótesis de una feminidad precoz. La recuperación y el desarrollo de esta misma teoría por Jean Laplanche, invita nuevamente a repensar los términos.

     El niño de la seducción originaria es un niño sorprendido por la intrusión de la sexualidad adulta, mucho más allá de lo que su respuesta autoerótica le permite apaciguar. El niño es penetrado por efracción. La conjunción de las posiciones “seducida” y “femenina” encuentran en este lugar su anclaje más arcaico: el niño seducido es un niño-cavidad, un niño-orificio. La efracción de la sexualidad adulta (sexualidad diversificada, plenamente constituida, y tanto más intrusiva por ser inconsciente para el adulto mismo), esta efracción en el psicosoma del niño se redobla de una actividad, mezcla de amor/odio y cuidados, que transita por los puntos de intercambio del cuerpo que son por excelencia los orificios (oral, anal, urogenital).

     El tiempo cero, el momento inaugural de la vida psicosexual, se sitúa por relación al yo como una doble alteridad: la del adulto y la del inconsciente del adulto. La vida sexual no empieza por “yo introyecto” sino por “él implanta, él entromete”, sin saber lo que hace.

     Nuestra propia hipótesis es que la feminidad precoz del niño (sea cual sea el sexo) presenta alguna afinidad privilegiada con la posición originaria de seducción. Entre “él entromete” y “yo soy penetrada por el padre” (enunciado infantil de la posición femenina), el camino de elaboración pulsional es largo, jalonado por las relaciones de Eros y la actividad de simbolización. Pero no por ser largo está menos trazado.

J´appelle un chat un chat(8)

     Al considerar así el encadenamiento de las posiciones seducida y femenina, nos quedamos en un plano estructural: el ser-efractado del niño seducido anticipa y perfila el ser-penetrado de la feminidad. Todo esto no dice todavía nada de la inscripción sexual del proceso, y especialmente de la génesis de la erogeneidad vaginal.

     La seducción conlleva una modificación de la perspectiva con relación al punto de vista endogenético. Ya no se trata de la pregunta que dividía a Freud y Karen Horney: ¿hay un conocimiento temprano de la vagina? La prioridad del otro, del adulto en la psicogénesis de la psicosexualidad, muestra caduca o por lo menos suspende esta interrogación, como también es cierto que del lado del adulto no se cuestiona la existencia de representaciones del interior femenino. Lo que por el contrario sí se cuestiona son las modalidades de marcaje de las representaciones de la feminidad sobre, o en, el psicosoma del niño por el inconsciente adulto. Ese padre evocado por Freud en Pegan a un niño, ese padre que “hace todo” para ganar el amor de su hija pequeña, ¿qué hace? ¿Qué dice? Pega azotes en el trasero desnudo. ¿Pero entonces? Más que retomar el artículo de Freud de 1919, tomaré otro ejemplo producto de la repetición transferencial. Lo que nos devuelve a Dora.

     En la cura de ésta, la prioridad del otro se encuentra particularmente acentuada. Antes que Dora, está su padre. La enfermedad sexual (la sífilis) lo conduce a consultar a Freud. La mejora de su estado es lo que posteriormente lo lleva a mandarle a su hija. ¿Qué pide a Freud el padre de Dora? Algo parecido a lo que ya le había pedido al señor K. Con él, su intención implícita podría formularse así: yo me ocupo de su mujer y a cambio usted acompañe a mi hija. Con Freud, deviene: cure a mi hija para que deje de perturbar mi relación con la señora K.

     Mucho antes que Dora, es el padre quien efectúa la transferencia del señor K. sobre Freud. Y con tanto más éxito ya que Freud, el inconciente de Freud, no pide más que identificarse con el seductor.

     Dora desconfía de los médicos. Teme que ellos penetren su secreto. Es sólo bajo la “orden formal” de su padre que acepta visitar a Freud. Más efractante aún nos parece la forma en que éste último racionaliza y legitima la exploración psicoanalítica: «Yo simplemente reivindico los derechos del ginecólogo. » ¡Ni más ni menos! También el ginecólogo se permite hacer sufrir a las mujeres y a las jóvenes « toda suerte de desnudeces.»(9) Nos encontramos aquí en el meollo de la cuestión, delante de la intrusión constitutiva de la feminidad y de eso que, en el intruso mismo, permanece inconciente.

     Podríamos continuar señalando las manifestaciones del inconciente de Freud, desde la comparación psicoanálisis y ginecología hasta la negación del poder de las palabras y de su fuerza excitante y seductora: « Sería índice de una extraña y perversa lujuria, suponer que unas conversaciones semejantes serían un motivo suficiente para provocar la excitación y la satisfacción sexuales.»(10)

     Pero lo mejor llegará cuando el inconciente humorista, aficionado a los refranes y a las lenguas extranjeras, se vengue de las pretensiones desexualizantes de la racionalidad científica: “Yo llamo a los órganos y a los fenómenos por sus nombres técnicos y comunico esos nombres en caso de que no sean conocidos.”(11) Hasta ahí todo va bien. Hay que quedarse con el sentido propio. Pero cuidado con las figuras pues ellas están íntimamente relacionadas con las operaciones del proceso primario. ¿Quién mejor que Freud, por lo demás, conoce las metáforas animales típicas del sexo femenino? ¿Acaso no las había inventariado en La interpretación de los sueños? Justo después de haber reclamado para el psicoanálisis las desnudeces a las que el ginecólogo tiene derecho, y de defenderse contra todo espíritu de concupiscencia mediante el recurso al rigor en el uso de los términos, concluye, en francés como aparece en el texto: “J’ appelle un chat un chat”!.(12)

La vagina es la cosa misma

     Freud, psicoanalista-ginecólogo, heredero transferencial de los seductores históricos de Dora, ilustra con su expresión la forma en que los significantes verbales de la sexualidad adulta inconciente hacen a la marcación, y por lo tanto a la constitución, de la psicosexualidad infantil. Pero esa no es más que una de las caras de los procesos que vuelven enigmática a la vagina. La otra es la de la excitación. Para que ese chat adquiera status de representante de la pulsión aún hace falta que deje su huella en la carne; y una huella muy fuerte, que necesita la represión de la representación. El anclaje del significante en lo somático, su disposición para una excitación, nos reenvía a la génesis de las zonas erógenas y, en el caso de la feminidad, al problema complejo de la erogeneidad vaginal precoz.

     Confrontado con la histeria de Dora y con la represión de lo infantil que ella supone, Freud considera como un factor decisivo de la evolución neurótica « la aparición precoz de verdaderas sensaciones genitales. »(13) Pero incluso cuando la hipótesis de un « despertar prematuro del aparato genital femenino »(14) se reencuentra bajo su pluma aquí o más allá, su teoría de la feminidad sigue estando ampliamente dominada por la afirmación contraria del falicismo en la niña y de la inexistencia de una genitalidad femenina infantil: la vagina permanecería desconocida hasta la adolescencia, hasta la maduración fisiológica puberal. Llevada hasta sus últimas consecuencias, esta tesis implica que la vagina, al no tener un anclaje en lo infantil, escapa a la sexualidad en el sentido psicoanalítico del término, cayendo por completo del lado de la autoconservación, del instinto y no de la pulsión, del lado de la función de reproducción(15).

     Toda zona de mucosas, escribe Freud en Tres ensayos(16), puede servir como zona erógena: exceptuando, entonces, ¡la mucosa vaginal! Lo extraño de esta declaración testimonia la forma en que la represión añade sus efectos a la construcción teórica.

     Una vez dicho esto la cuestión es difícil. La respuesta aportada por Melanie Klein, y con ella por Jones, se sitúa por completo en el plano psíquico, en el nivel de una migración fantasmática de arriba hacia abajo, de la boca hacia la vagina, de la felación hacia el coito. Dentro de esta argumentación, el cuerpo, aquél de las zonas erógenas y de la excitación, casi no brilla más que por su ausencia.

     Retomemos las cosas a partir de la coexcitación libidinal: « En un comienzo la actividad sexual se apuntala sobre una de las funciones que están al servicio de la conservación de la vida, y sólo más tarde se independiza de ella. »(17) Lo que resulta oscuro en el caso de la vagina es que, a diferencia de la boca, de la cavidad anal y también del pene, ella no tiene ninguna función autoconservativa en la infancia. A lo que falta añadir que a diferencia del clítoris, que tampoco tiene un rol autoconservativo en la infancia ni en la mujer adulta, la vagina queda generalmente fuera del alcance de los gestos del cuidado. Sin considerar hechos de seducción, la única coexcitación libidinal que podría implicar a la vagina es una co-coexcitación, por la vía de la pared recto-vaginal. “Es posible que nada de importancia ocurra en el organismo, que no preste su contribución a la excitación de la pulsión sexual”, escribe Freud(18). La cotidianeidad del tránsito fecal y la conmoción conjunta de la pared en cuestión debería entonces conducirlo a algo más que a la teoría del simple desconocimiento. Por lo menos a la de la confusión cloacal- a la que se aproximará sin llegar a extraer sus consecuencias(19). Lou Andréas Salomé, en un texto muy conocido, ha señalado enfáticamente el parentesco, la complicidad, de los procesos anales y genitales; no solamente en la infancia sino también en el estado de madurez sexual(20). Porque el empuje anal, así como el empuje genital femenino, sumergen al yo-cuerpo interno, estando ambos en una relación estrecha con el ataque pulsional en tanto tal, con el ataque de la envoltura periférica interna del yo por lo sexual.

     La confusión cloacal, la naturaleza interna de los procesos somáticos, la invisibilidad de los lugares excitados, todo ello contribuye a acentuar el carácter indomeñable de la feminidad precoz. La radicalidad de la represión de la que es objeto la segunda fase del fantasma un niño es pegado, es prueba de eso indomeñable; una segunda fase que se enuncia: yo soy pegado(a) por el padre y, más aún, soy penetrado(a) por él.

     Para el niño la cloaca es una teoría del coito y del nacimiento. Una teoría acompañada desde luego de excitación, en la identificación femenina anal. Pero para la niña, la cloaca es a la vez teoría y zona erógena. Para la niña… y ¡para la mujer! En la mujer, escribe Lou Andreas-Salomé, la vagina no es más que una parte arrendada de la cloaca- lo que Freud reprime de manera constante cada vez que cita de memoria a su discípula. Al evocar el hecho de que la mujer goza igualmente cuando la penetración es anal, Françoise Dolto hizo temblar a la respetable asamblea del Congreso de Ámsterdam en 1960. Su declaración le valió esta observación de Lacan: “Tú eres culeada”. No podría decirse mejor, ya que la elección del significante evoca la cercanía y sus confusiones perdurables.

     Sobre la base de la derivación cloacal, la erogeneidad vaginal adquiere un estatuto autónomo a lo largo de un proceso de diferenciación tal vez nunca finalizado por completo. La “soltura” regresiva que encontramos en la clínica femenina es una muestra de ello.

     En su alusión a la anatomía, la teoría parece ubicarse entre dos extremos: o bien se la toma en cuenta y se impone como destino, o bien se la considera despreciable (por relación a la indiscutible importancia del fantasma).De cualquier modo se olvida lo que la anatomía debe a la historia del sujeto. Como lugar de penetración, la vagina es apropiada para retomar, para simbolizar, la intromisión de la sexualidad adulta en el psicosoma del niño - a riesgo de una excesiva cercanía. En los términos hegelianos tan apreciados por Jean Laplanche, podría decirse que la vagina es la cosa misma, el lugar repetitivo de la intrusión seductora originaria y, desde esta perspectiva, particularmente propicia para el mantenimiento del enigma. El ser-penetrado femenino tiene con la represión, concebida como puesta del otro en el interior, un parentesco que no es simplemente un juego de palabras. La dificultad que tienen las pacientes mujeres para elaborar el material genital, la tendencia a sustituir las representaciones orales y anales, tal vez encuentran ahí su motivo más arcaico.

     Cuando Freud escribía en 1897 que « el elemento reprimido por excelencia es siempre el elemento femenino »(21), o cuando mucho más tarde hacía del “repudio de lo femenino” uno de los mayores obstáculos para el proceso analítico(22), se acercaba mucho a una articulación entre lo femenino y la alteridad, entre lo femenino y nuestro otro interno. Nuestra propia hipótesis tiende a conducirnos, entonces, desde los orígenes de la sexualidad femenina hacia la feminidad de los orígenes de la psicosexualidad.

     Acentuando la oposición entre los términos, podríamos formular la hipótesis de que el otro sexo, para cada quien, hombre o mujer, es siempre el sexo femenino: en tanto que es pre-inscrito en el psicosoma del infante por la efracción seductora originaria del otro (del adulto), y porque con el ser-penetrado se repite el gesto y se mantiene el enigma.

     En cambio el sexo masculino, con su simbolización fálica, es para cada quien el mismo, que se tiene o no. El falo es la primacía de un sexo y de uno solo, sin otro que su propia ausencia.

     Una hipótesis como ésta concuerda al menos con una constante de la reflexión freudiana sobre estas cuestiones: la disimetría de lo femenino y lo masculino. Pero a la inversa que su teoría, nuestra hipótesis conduce a ginocentrar la psicosexualidad.

     (La hipótesis desarrollada en esta comunicación es el tema central de un libro que aparecerá a final de 1994: Aux origines féminines de la sexualité, “Biblioteque de psychanalyse”, PUF, Paris, 1995.(23))





(1) Freud, Fragment d´une analyse d´hystérie (1905), Cinq psychanalyses, Paris, PUF, 1954, p.46. (Fragmento de análisis de un caso de histeria, en O. C., v. VII, p.57, Amorrortu.).
(2) Ibid., p. 52. (en O. C., v. VII, p.63.).
(3) Ibíd., p. 52. (en O. C., v. VII, p.63.).
(4) Ibíd., p. 57. (en O. C., v. VII., p. 68.).
(5) C.f. Lacan, Intervention sur le transfert (1951), in Ecrits, Paris, Le Seuil, 1966, p.220.
(6) (Sobre la sexualidad femenina (1931), en O. C., v. XXI. La feminidad (1932), Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, en O. C., v. XXII.).
(7) La feminidad, op. cit.
(8) Se trata de una expresión que en español traducimos “llamo al pan pan y al vino vino” (N. de la T.).
(9) Fragment d´une analyse d´hystérie, op. cit. p. 3. (en O. C., v. VII, p.44.).
(10) Ibíd. p. 34; (en O. C., v. VII.).
(11) Ibíd., p. 34. (en O. C., v. VII, p.44.).
(12) Ibíd., p. 34. (en O. C., v. VII, p. 44). Chatte (gata) en argot sirve para aludir a la vagina. (N. de la T.).
(13) Ibíd., p. 40 n. 2. (en O. C., v. VII p. 51 n. 45.).
(14) Quelques conséquences psychiques de la différence anatomique entre les sexes (1925), in La vie sexuelle, op. cit. p. 130. (Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos, en O. C., v. XIX, p. 259.).
(15) W. Granoff y F. Perrier formulan la hipótesis siguiente, tan inverificable como coherente con la teoría fálica: “Que una niña, naturalmente niña, escapase hipotéticamente a toda estructuración edípica, quizá no le impediría gozar al momento del celo. Engendraría también un hijo y tendría leche para él.” (Le désir et le féminin [1964], Paris, Aubier-Montaigne, 1979, p. 59-60).
(16) Trois essais sur la théorie sexuelle (1905), Paris, Gallimard, 1987, p. 107-108. (Tres ensayos de teoría sexual, en O. C., v. VII.).
(17) Ibíd. p. 105. (en O. C., v. VII.).
(18) Ibíd. p. 138. (en O. C., v. VII.).
(19) La predisposición a la neurosis obsesiva, en O. C. v. XII. es uno de los textos donde Freud avanza más en el terreno de una derivación de la vagina a partir de la cloaca.
(20) Anal et sexuel (1916), in L´amour du narcissisme, Paris, Gallimard, 1980, p. 107.
(21) Manuscrit M, 25 mai 1897, in la naissance de la psychanalyse, Paris, PUF, 1956. (en O. C., v. I.).
(22) Análisis terminable e interminable (1937) (en O. C., v. XXIII, p.255).
(23) Los orígenes femeninos de la sexualidad, Madrid, Síntesis: 2002.

 

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ISSN 1885-5660