La indiferencia de los sexos: ¿ficción o desafío?

CHRISTOPHE DEJOURS

 

 

 

INTRODUCCION

 

 

            La indiferencia de sexos es un tema insólito que podría pasar por un parisismo  o una provocación. Propongo, por tanto, tratarlo bajo la forma siguiente: ¿en qué condiciones la indiferencia de sexos podría considerarse una proposición compatible con la teoría psicoanalítica de la sexualidad?

 

            Primero precisaré las diferencias que podemos establecer entre lo sexual, el sexo y el género.

 

            En un segundo momento, discutiré la noción de asignación de género y la resistencia que la diferencia de géneros opone a toda tentativa de superarla.

 

            En un tercer momento, examinaré una tesis original que consigue sostener de manera sólida el primado ontológico del género sobre el sexo.

 

            En un cuarto momento, discutiré las relaciones entre el género y la economía del amor.

 

            Finalmente, estudiaré las teorías de la indiferencia de sexos y las preguntas que plantean a la teoría de la sexualidad.

 

 

 

LA INDIFERENCIA DE LO SEXUAL NO ES LA INDIFERENCIA DE LOS  SEXOS

 

 

            En la teoría freudiana de la sexualidad, el concepto de pulsión sexual remite primero y antes que nada a la sexualidad infantil. Ahora bien, suponiendo que esta última es un derivado de la seducción por el adulto, como lo sostiene la teoría de Jean Laplanche, nos remite también a aquello que, en el niño, acoge la seducción - a saber, el cuerpo y su potencial erógeno. La erogeneidad apela a diferentes connotaciones: la satisfacción auto-erótica, la pulsión parcial, la independencia relativa o absoluta de las pulsiones parciales y la noción de «perverso polimorfo».

 

            La «excitabilidad» sexual no sólo es propiedad de algunas zonas particulares sino que pertenece, en principio, a todas las partes y los órganos del cuerpo.

 

            La exégesis de esta serie conceptual conduce, efectivamente, a la idea de una indiferencia originaria de lo sexual frente al género. La polivalencia casi ilimitada de lo sexual infantil se manifiesta, por un lado, en una sensualidad abierta a todos los juegos de actividad y pasividad, cualquiera que sea el sexo anatómico del niño; por otro lado, en una indiferencia primitiva al sexo y al género del objeto (en la medida en que las pulsiones parciales se despliegan en un universo «preobjetal»). En otros términos, lo sexual no escatima medios, no conoce ninguna orientación primaria de género ni de sexo ya que apunta, ante todo, al placer de órgano.

 

            Ocurre algo muy distinto con el sexo (a diferencia de lo sexual que acabamos de tratar). Ciertamente, el sexo es primero un dato anatómico; pero hoy en día todos los autores coinciden en reconocer que las diferencias anatómicas – incluso fisiológicas – entre los sexos, no están en el origen de las orientaciones sexuales del deseo erótico, ni de las identidades masculina o femenina (o tomando términos más técnicos: macho o hembra).

 

            El sexo es una categoría anatómica; el género es una categoría social que remite, en primer lugar, al comportamiento, a conductas en el mundo social. Pero aunque la identidad de género no venga dada desde el nacimiento, ella se fija muy precozmente en el niño.

 

            La noción de género fue introducida por endocrinólogos y por un psicólogo, J. Money, confrontados a problemas de ambigüedad sexual en niños que padecían anomalías genéticas o enfermedades endocrinas prenatales (1955-1968).

 

            Luego, el género fue definido por Stoller como la creencia o el sentimiento de pertenencia a uno de los dos géneros, macho o hembra. El transexual hombre → mujer no cree que él sea del sexo femenino. Sabe que su sexo anatómico es masculino. Pero está convencido de que él es del género femenino y, secundariamente, piensa que su sexo anatómico es un error de la naturaleza. El género es, pues, en primer lugar definido socialmente por un conjunto de conductas típicas. Pero después es vivido como algo natural.

 

            Por esta razón Stoller, apoyándose en Money, divide al género en dos:

 

        – el core gender identity;

        – el gender role indentity.

 

            Stoller dirigió largas investigaciones sobre el origen de la identidad nuclear de género (core gender identity), de las que podemos entresacar algunos puntos útiles para nuestra discusión (a partir de Laplanche, 2003) [1] :

 

   –El género en el niño se establece al final del primer año y es inmutable a partir del tercer año.

   –El género no es de origen anatómico, biológico ni endocrino; el género es adquirido y no innato.

   –La adquisición de la identidad nuclear de género pasa por la relación con la madre.

   –La identidad nuclear de género se establece antes del descubrimiento y la percepción, por parte del niño, de la diferencia anatómica de sexos.

   –El género precede en el desarrollo a la identidad sexual; es el género el que organiza el sexo y no al revés.

 

            Poner a prueba la hipótesis de una indiferencia de sexos supone, sin embargo, comenzar admitiendo que no hay una indiferencia primitiva del género ni del sexo. ¡Bien al contrario! La identidad de género es precoz y absolutamente estable a lo largo de la existencia. El sujeto que, ya adulto, elige ser a la vez hetero- y homosexual tiene, al igual que el homosexual primario,  una identidad de género que no ha cambiado desde la primera infancia.

 

 

LA TEORIA DE LA ASIGNACION

           

             Muchos psicoanalistas han criticado la teoría freudiana de la sexualidad por considerarla muy centrada en la sexualidad del niño. Desde Karen Horney y Ernest Jones, la literatura sobre la sexualidad femenina deviene pletórica. Pero, en general, los psicoanalistas ortodoxos no cuestionan la heterosexualidad como fin del desarrollo psíquico (la «madurez») y, en lo que respecta a la bisexualidad, casi siempre es pensada como una doble heterosexualidad: heterosexualidad masculina acoplada a una heterosexualidad femenina, es decir que tanto lo masculino como lo femenino son  pensados por referencia a una heterosexualidad no cuestionada o, para decirlo de otro modo, la bi-sexualidad nunca es concebida, por ejemplo, como una doble sexualidad homosexual: homosexualidad masculina acoplada a una homosexualidad femenina.

 

             Esta referencia a la heterosexualidad genital lleva a considerar a todas las otras formas de la sexualidad – homo-sexualidad, perversión, transexualismo, travestismo, etc. – como distorsiones del desarrollo sexual normal, ocasionadas por defensas psico-neuróticas.

 

            En cuanto a Jean Laplanche, él propone introducir la problemática del género en la teoría de la sexualidad mediante una fórmula verdaderamente novedosa, puesto que no se limita a yuxtaponer género y sexo sino que propone una verdadera integración del género en la teoría sexual. Laplanche toma de Stoller la idea de asignación y sin embargo critica su concepción de la identidad nuclear de género. Para Laplanche, el género precede al sexo, o a la percepción de la diferencia anatómica de sexos. Género y sexo son dos categorías diferentes. El género es una construcción que pasa por varias etapas, siendo la asignación la primera de ellas: En nuestro país, nos dice, la asignación es una formalidad del estado civil. ¿Asignación de qué? Del sexo, decimos normalmente. Sería mejor decir “asignación del género”, pues el sexo [anatómico] no se asigna, se constata (Nota en «El género y Stoller», 2003). Además precisa: «Podríamos hablar de una asignación continua o de una verdadera prescripción. Prescripción en el sentido en que hablamos de los llamados mensajes “prescriptivos”; del orden, pues, del mensaje, incluso del bombardeo de mensajes» («El género, el sexo, lo sexual», 2003).

 

             En la medida en que todas las investigaciones clínicas coinciden en que la identidad de género se establece muy pronto (a la edad de un año), deja de sostenerse el recurso, clásico en psicoanálisis, a la idea de la identificación para dar cuenta de esta adquisición. La identificación supone la movilización de complejos procesos psíquicos que no parecen compatibles con un lactante. Fue debido a estas mismas dificultades teórico-clínicas que Freud introdujo la idea de «identificación primitiva al padre de la prehistoria infantil». Una idea particularmente abstrusa que, sin embargo, es retomada por muchos psicoanalistas con el término de «identificación simbólica al padre», que supuestamente protege de la psicosis al niño. Jean Laplanche propone remplazar esta noción por aquélla de asignación por (= identificación por) «el socius de la prehistoria personal».

 

             Aunque para Laplanche la asignación de género fuera una prescripción, no significaría una coacción absoluta que supera todos los obstáculos. En otros términos, la asignación de género de ningún modo funcionaría como una determinación, como una causalidad mecánica que pasa por una supuesta interiorización, tan a menudo invocada por los sociólogos para dar cuanta del determinismo social de las conductas humanas. Que la asignación incluya de entrada todo un arsenal social e institucional, no resuelve el problema del género, si por «género» entendemos, en este caso, una identidad de género, es decir, la convicción íntima de pertenecer a un género. Entre la asignación y la identidad de género, entre la identificación por y la identidad, Laplanche interpone todo el trabajo mental del sujeto. En este caso, el trabajo mental de un niño o incluso de un ¡bebé! La asignación es entonces entendida por Laplanche como un mensaje dirigido al niño por el adulto. Desde el punto de vista psicoanalítico, el problema no es tanto la asignación propiamente dicha, sino la forma en que el niño traduce ese mensaje, cómo lo interpreta y cómo, eventualmente, se apropia de él. En el transcurso de este proceso pueden tomarse vías muy diversas, hasta el punto de que en ciertos casos, en verdad raros, la interpretación lleva al niño a hacerse una idea de su identidad – identidad nuclear de género – completamente desfasada en relación al género que le ha sido asignado, como vemos, por ejemplo, en algunos transexuales.

 

            A fin de cuentas, Jean Laplanche propone una definición psicoanalítica del género en concordancia con la teoría de la sexualidad: «El género es la pertenencia reconocida de un individuo a una de las dos clases designadas como masculina y femenina» (ibid). El término «reconocida» – pertenencia «reconocida» – por tratarse del reconocimiento del propio sujeto, plantea el problema del pasaje «del género asignado al género asumido ».

 

             Pero Jean Laplanche propone que, al final del proceso, el género es interpretado por el sujeto a través del sexo. No sólo su pertenencia sino, más allá de su propia identidad, la teoría que el sujeto se construye sobre la diferencia de géneros. Esta construcción, una vez asumida, por lo general conduce secundariamente a una «naturalización del género» por referencia a la diferencia anatómica de sexos. La naturalización es una suerte de racionalización après-coup de un proceso que, lejos de estar perfectamente asumido, requiere de constantes refuerzos defensivos. Habremos notado, pues, que la concepción laplanchiana del género no remite a la sociedad más que indirectamente. El género no es sexual desde el comienzo, es construido en la sociedad. No obstante, según Laplanche la asignación de género y la identidad de género no son signo de un determinismo social. El género es una categoría individual elaborada, en cada caso, por un sujeto singular. No es que el género sea social mientras que el sexo es biológico; el género asumido sería más bien un mestizo de social y sexual inconsciente.

 

 

AMBIGÜEDAD DE LA ASIGNACION

 

Aquí puede añadirse otra precisión. Hasta ahora he insistido en el trabajo psíquico impuesto al niño por la asignación de género. Pero conviene también precisar que las dificultades no aparecen solamente del lado del niño. La asignación misma, sobretodo si no la reducimos a la declaración del estado civil en el nacimiento  asignación entendida aquí como una serie de mensajes o de prescripciones , está marcada por la ambigüedad desde su formulación por los adultos. Porque sin duda éstos también experimentan ciertas dificultades con la constitución de su propia identidad de género. ¿Qué es ser un hombre? ¿Qué es, ser una mujer? (J. Money y P. Tucker, Êtes vous un homme ou une femme? 1975). No siempre lo saben con certeza: ¿qué deben la masculinidad y la feminidad a las conductas de género?, ¿Su poder de seducción y de atracción se debe a su originalidad, a sus ideas o, por el contrario, a su conformismo con los estereotipos de género? La significación del género no es ni anatómica ni fisiológica, no remite solamente a fuerza o debilidad, inteligencia o sensibilidad, razón o intuición, humanidad o animalidad, actividad o pasividad, carácter reflexivo o espontáneo, etc. Todos estos términos son connotaciones, y no el contenido semántico fundamental de género.

 

 

LA ASIGNACION AMPLIADA

 

En su concepción de la asignación de género, Laplanche reconoce que el género compete a lo social y, por ello, no es primitivamente sexual. Sólo lo será secundariamente mediante el trabajo de traducción realizado por el niño. Laplanche desconfía de la sociología y no toma en consideración, al menos no más que Money o Stoller, la dimensión de la dominación que, no obstante, es indisociable de la dimensión del género. La asignación de género ciertamente comienza con la declaración del nombre y del estado civil, pero después continúa, en ocasiones con mucha crueldad y especificidad respecto de lo que está en juego para el socius. En el colegio, desde los cursos elementales, cada niño es conminado por el grupo a situarse en un género y a distinguirse del otro. Pero la asignación continúa aún, por otras vías particularmente discriminatorias, en el mundo de los adultos, con el encuentro del mundo laboral.

 

            Podemos mostrar que el género es indisociable de la dominación de los hombres sobre las mujeres y que lo que está en juego, antes que nada, es el trabajo: su producción, su reparto y su apropiación. Hombres y mujeres no están en absoluto en posición de igualdad con respecto al trabajo.

 

             Si tomamos en cuenta las relaciones sociales de trabajo y la lucha por la dominación del trabajo, en tanto que éste último es la fuente de toda riqueza y, finalmente, de la co-extensividad entre relaciones sociales y relaciones de género, entonces al género le corresponde otra definición: « Ahora se escucha hablar de “relaciones de producción de género” (gender relations of production) pero (…) estas relaciones de producción consisten en la explotación de las mujeres. Sin duda existen los géneros “hombre-mujer”, pero en la base, al final de la escala de géneros, están las mujeres: sexo social “mujer” » (N.-C. Mathieu, 1991, p. 266).

 

             « Es la jerarquía lo que induce la división del trabajo; es esta división del trabajo en sentido amplio lo que llamamos “género” » (C. Delphy, 2001, p. 26).

 

             « Concluyo que el género no tendría substrato físico; más exactamente, que aquello que es físico (y cuya existencia no se pone en duda) no es el substrato del género. Que, por el contrario, es el género el que crearía al sexo: dicho de otro modo, es el que da sentido a unos rasgos físicos que, como el resto del universo físico, no poseen un sentido intrínseco» (ibid., p. 27).

 

             « Con la aparición del concepto de género, tres cosas devienen posibles (…):                      

 

     – hemos reunido en un concepto todo lo que aparece como social y arbitrario de las   diferencias entre los sexos: lo efectivamente variable de sociedad en sociedad o, al menos, lo susceptible de cambio;

  – el término en singular (el género, por oposición a los dos géneros) permite   desplazar el acento puesto sobre las partes divididas, hacia el principio mismo de división;

  – puesto que la noción de jerarquía está firmemente anclada en el concepto, ello debería permitir, al menos en teoría, considerar bajo otro ángulo las relaciones entre las partes divididas » (ibid., p. 247).

 

 

EL GÉNERO Y SU PERENNIDAD

 

                 Este rodeo por el análisis sociológico del género podría hacer pensar que se trata de un puro producto social y que, entonces, sería vulnerable a la subversión política. Incluso si las relaciones de género evolucionan, como vemos después de más de un siglo y medio, y aunque podamos reconocer progresos innegables en la emancipación de las mujeres, sin embargo la dominación de género permanece en todas las culturas. Se modifica pero no desaparece. Si queremos considerar la hipótesis de una indiferencia de sexos, está claro que no es del lado del género donde podemos encontrar la vía para una des-diferenciación de los sexos. Podría ser que la extraordinaria resistencia del género se deba, en efecto, a un arraigo en la subjetividad mucho más profundo de lo que dejan suponer lo teóricos sociales, en particular aquéllos que apelan a la interiorización del orden social por el individuo.

 

            Si seguimos la teoría propuesta por una filósofa feminista  Judith Buttler , el género bien podría mantener su eficacia por el hecho de que se arraiga en el cuerpo mismo o, más precisamente, en la arquitectura del cuerpo erógeno, tal como resulta del proceso de subversión libidinal del cuerpo fisiológico, conducido por la dinámica de seducción del niño por el adulto.

 

             J. Buttler teoriza este arraigo alrededor de la noción de «melancolía de género».

 

             J. Buttler no es psicoanalista pero recientemente ha iniciado un dialogo con psicoanalistas clínicos, luego de haber mantenido, desde hace ya tiempo, diálogos con psicoanalistas teóricos desde un registro a la vez filosófico, político y especulativo. En un texto de 1988: «The sexually unperformable», aborda directamente la cuestión del deseo sexual. Algo poco frecuente, ya que la mayor parte de los estudios feministas dejan de lado la cuestión sexual para centrarse tan sólo en la cuestión de la dominación de género. Cuando lo sexual no es pura y simplemente dejado de lado, por lo general es referido a un efecto o consecuencia subjetiva con sobredeterminaciones no sexuales. O sino, como en el caso de Monique Wittig,  es concebido como un medio, como una herramienta de lucha social, pero no como un fin en sí mismo.

 

            El artículo de J. Buttler no sólo tiene el mérito de plantear la cuestión del origen del deseo sexual y sus relaciones con el género, sino también el de interesarse -algo excepcional- por el tema de la ausencia de deseo erótico como cuestión ineludible. No bajo el ángulo de la patología neurótica (impotencia o frigidez) o de la alienación mental (anhedonia), sino como un no-deseo «normal».

 

             Más precisamente, plantea la cuestión de lo sexualmente unperformable, es decir de aquello que, del deseo sexual, es inaccesible a toda prueba performativa, entendiendo «performativa» en el sentido lingüístico – pragmático – del término (y sabiendo que para Buttler, hasta aquí, tanto el género como el sexo son esencialmente construcciones performativas llevadas a cabo en, y por, actos de lenguaje).

 

            Más aún, y es la razón principal para su inclusión en este trabajo, concede un lugar decisivo al cuerpo, esforzándose por mostrar que la anatomía de ningún modo constituye un obstáculo infranqueable para superar la dualidad sexual (cf. « Les genres en athlétisme: hyperbole ou le dépassement de la dualité sexuelle», 2000).

 

            En lo que concierne al deseo sexual, Buttler admite que el punto de partida de este deseo es el cuerpo, incluso sin pronunciarse sobre la teoría freudiana de las pulsiones. Si ciertos deseos están totalmente ausentes no es, según ella, en razón de las características anatomo-fisiológicas naturales de los órganos sexuales, sino porque la fisiología misma de los órganos sexuales es construida. Llega, pues, bastante lejos, hasta proponer una construcción «cultural» de la fisiología sexual. La fisiología y la erogeneidad de los órganos sexuales y de otras partes u órganos del cuerpo, serían resultado de una historia singular. En este punto se acerca a la concepción freudiana ortodoxa, con la única diferencia de que, para ella, la construcción de la sexualidad no está tan marcada por lo específico de la economía familiar o de las relaciones entre padres e hijos, como por las relaciones sociales de género. Diferencia que parecerá mínima pero que, en realidad, tiene importantes consecuencias teóricas.

 

            Su análisis es sutil y se basa en referencias psicoanalíticas precisas: primero Freud, luego Abraham y Torok. Los dos textos freudianos son «Duelo y melancolía» y «El yo y el ello», y de los trabajos de Abraham y Torok se apoya en sus comentarios de «Duelo y melancolía» y, en particular, en la oposición que establecen entre introyectar e incorporar. Estos autores han desarrollado una perspectiva original que ha permitido renovar  profundadamente la concepción psicoanalítica del duelo y sus fracasos. Los conceptos de introyección e incorporación remiten a cuestiones teóricas complejas que no puedo abordar aquí, por lo que tendré que simplificar mucho las cosas, lo que es una pena tanto por el punto de vista de Abraham y Torok como por el de Buttler. La introyección remite a un proceso que comienza con la pérdida del objeto amado y termina con un enriquecimiento del yo, que no solamente no ha perdido su deseo erótico sino que lo reencuentra íntegramente, incluso ampliado, con la posibilidad de reinvestir ese deseo en un nuevo objeto de amor. Entre las dos etapas está el duelo. Pero, es en este punto donde hay que insistir, el duelo llevado a cabo por el proceso de introyección en un trabajo de duelo, Trauerarbeit, es decir que implica un trabajo de pensamiento y de transformación de uno mismo, de reorganización psíquica. Para Buttler, lo que cuenta es que el proceso de introyección significa:

 

 el reconocimiento inicial de un lazo erótico preexistente a la pérdida;

 el reconocimiento de la pérdida del objeto de amor;

  una renuncia al objeto de amor,

– pero no la renuncia al deseo en sí mismo. Es decir que la renuncia se lleva a cabo sobre el objeto pero no sobre la meta de la pulsión, que reaparecerá posteriormente en otra parte, sobre otro objeto.

 

            Por el contrario, en la incorporación, que caracteriza lo que Freud y después N. Abraham y M. Torok oponen al duelo  a saber, la melancolía , no hay un proceso. En su lugar encontramos una operación mágica que pasa por el fantasma de una incorporación oral del objeto perdido; incorporación, es decir, desaparición de la conciencia del sujeto y alojamiento del objeto en el cuerpo mismo: incorporación. Lo que interesa a Buttler es que:

 

   a diferencia de la introyección, en la incorporación no hay trabajo de pensamiento ni transformación del sujeto, sino más bien una tendencia a fijarse en la nueva postura psíquica;    

 – en este caso el deseo se pierde con el objeto; ¡desaparece! Buttler, de forma equivocada, pues la pérdida concierne tanto al objeto como a la meta de la pulsión, habla aquí de forclusión. Con la incorporación y la melancolía desaparece el deseo por entero.

 

            Buttler piensa que la incorporación juega un papel fundamental en la edificación del cuerpo. Propone la expresión «melancolía de género». ¿Qué es la «melancolía de género»?  Es la operación por la cual una parte del poder erógeno del cuerpo se pierde definitivamente, convirtiéndose así en sexually unperformable. La melancolía de género amputa a la superficie del cuerpo de una de sus partes, y lo que queda contribuye a hacer del cuerpo un cuerpo “genizado” [«genré»] [2] . La melancolía de género -Buttler muestra por qué- recae específicamente sobre el deseo erótico homosexual. ¿Por qué? Porque en las culturas donde reina el androcentrismo heterosexual reproductivo, el deseo heterosexual primario es nombrado y representado vía la prohibición del incesto. En la medida en que el deseo es nombrado, puede ser objeto de un trabajo de duelo, es decir de un trabajo de pensamiento. Por el contrario, el deseo sexual homosexual no es ni siquiera nombrado por la prohibición del incesto, por lo que no puede ser objeto de un trabajo de pensamiento. Está en riesgo de sucumbir al fantasma de incorporación que le hace desaparecer, amputando al cuerpo erógeno de parte de sus posibilidades. Buttler se acerca aquí a Monique Wittig cuando dice: «Que el pene, la vagina, los pechos sean designados como partes sexuales, es a la vez una restricción del cuerpo erógeno a esas partes y una fragmentación del cuerpo como totalidad» (Gender Truoble, p. 113 sq.). Al final de esta demostración aparece que el deseo sexual no sería independiente de la construcción genizada del cuerpo, que en efecto pasa por toda una serie de amputaciones del potencial erótico a través de la melancolía de género. Esta concepción es interesante y, en los pormenores de la teoría de Buttler, bastante convincente. Lo que faltaría comprender mejor es cómo la melancolía, siendo desencadenada con su carácter «totalizante», se limita no obstante al género. Ello no es coherente ni con la concepción freudiana de la melancolía ni con aquélla de la psiquiatría, que insisten precisamente en el hecho de que la melancolía actúa a modo de “todo o  nada”, de tal suerte que el sujeto melancólico es fundamentalmente un enfermo amenazado de morir por abandono, inanición o suicidio. En otras palabras, el proceso propuesto por Buttler, que supuestamente daría cuenta de la formación del deseo sexual en el sujeto normal, es teóricamente posible pero incompatible con la clínica del duelo y la melancolía. Para salvar esta intuición tan interesante habría que afinar considerablemente tanto la clínica como los conceptos. La otra reserva sobre este análisis es que no hace ninguna mención a la especificidad de las relaciones entre los adultos y el niño. Ahora bien, indiscutiblemente la identidad de género se constituye muy pronto, incluyendo la identidad sexual, erótica, de género. ¿Cómo funciona específicamente el niño en esta dinámica? Buttler no lo considera y sólo reflexiona sobre supuestos sujetos adultos, varones y mujeres, que serían iguales ante la melancolía de género, lo que parece, también aquí, un vacío teórico sorprendente por parte de esta autora.

 

             Si damos crédito a la teoría de Buttler comprendemos que el género, al encarnarse precozmente en la geografía del cuerpo erógeno, determina secundariamente toda la economía del deseo que, entonces, sería irreductible y precozmente genizada. Y no vemos muy claro como una política, cualquiera que sea, podría tomar una postura respecto a la erogeneidad. De ahí la resistencia extraordinaria de la diferenciación de género a toda tentativa revolucionaria.

 

 

RELACIONES ENTRE SERVIDUMBRE, DOMINACION Y ECONOMIA DE LA VIDA AMOROSA

 

             Podemos dar un paso más si hacemos referencia a la genealogía del cuerpo erógeno desde la perspectiva de le teoría de la seducción generalizada. Según la teoría de Laplanche hay que hacer un lugar al apego, en tanto base instintual o componente de la autoconservación, como condición de posibilidad de la seducción. El apego constituiría la onda portadora de la comunicación niño-adulto. En este punto tomo cierta distancia respecto de Laplanche ya que, en mi opinión, las relaciones entre lo sexual y el apego resultarían del apuntalamiento, y no creo que sea necesario excluir este concepto de la teoría sexual. El apuntalamiento funcionaría como subversión libidinal de esa función biológica fundamental que es el apego; pero dentro de la perspectiva de la subversión libidinal conviene siempre examinar el límite de esta subversión, que se traduce necesariamente por la persistencia de un apego residual en toda organización psico-neurótica. Si ahora nos interesamos por la teoría del amor, y no sólo por la teoría sexual, entonces tendremos que hacerle un lugar a ese residuo de apego en la constitución de toda relación amorosa. Es Laplanche, una vez más, quien sienta las bases para una teoría del amor, planteando que sería un mixto de sexual, narcisismo y apego. Pero en la concepción laplanchiana el apego es considerado esencialmente como la corriente de ternura que participa en la economía amorosa. Por lo que a mí respecta, el apego comprende esencialmente la dimensión de la dependencia con respecto al objeto o, más precisamente, al cuerpo del objeto. Si ello es así, ese residuo de apego contiene los lineamientos de una dramatización que nunca deja de manifestarse en el vínculo amoroso y que toma la forma de una relación servidumbre-dominación. De modo que, si reservamos un lugar residual a esta parte del apego que no se beneficia de la subversión libidinal, parece ineludible plantearse el problema de la asimetría en la pareja ligada por amor, que en cierta medida constituiría el terreno propicio para otro arraigo del género, en tanto que ese género es siempre una relación social de dominación. Un análisis más profundo mostraría que la esfera donde concretamente se juegan las relaciones sociales de género en una relación amorosa, es la del reparto del trabajo doméstico: tareas de educación y cuidado de los niños; tareas del hogar. Vemos que por vía de la melancolía de género, el cuerpo sería el primer receptáculo del género, y por vía del amor, lo serían la servidumbre-dominación en la esfera doméstica.

            Así, la referencia al género aporta toda una serie de argumentos contra la posibilidad de que se despliegue una indiferencia de sexos. Vemos también, siempre desde esta perspectiva, que la asignación de género hunde sus tentáculos en lo más profundo de la subjetividad, mucho más allá de lo que, con Stoller, conocemos como la gender role identity, identidad del rol de género. El género coloniza lo sexual y hasta se intrinca con él en el cuerpo y en el amor, de tal suerte que si desde el punto de vista de los sexos lo sexual es indiferenciado, el género tiende más bien a fijarlo fuertemente en la diferencia. Ningún distanciamiento respecto de la referencia anatómica y de lo que implica en el orden de la naturalización, bastaría para poner fin a la diferencia de sexos. La tesis de la indiferencia de sexos parece, pues, poco sostenible.

 

            Y sin embargo. Puede ser considerada a condición de no eufemizar aquello que la asignación de género opone como resistencia a la indiferenciación de los sexos.

 

 

LA TEORIA QUEER

 

                La teoría queer se vincula, precisamente, con la subversión de las identidades sexuales. Es lo que Judith Buttler connota con el título de su libro: Gender Trouble. Esta tentativa de superar la diferencia de géneros y la diferencia de sexos se apoya sobretodo en Foucault.

 

             Según Foucault, cuyos objetivos nos son presentados por David Halperin, «el fist fucking [3] es el único invento de nuestro siglo, que puede considerarse verdaderamente nuevo, para la artillería sexual» (Saint Foucault, p. 104). Y Halperin precisa que sólo muy recientemente hemos establecido hasta qué punto era nuevo: «Gayle Rubin sitúa su emergencia, como practica colectiva y punto de anclaje para la formación de una comunidad, a fines de los 60. En los años 70 ha suministrado la base de una autentica cultura queer, con sus propios clubs y organizaciones, sus espacios urbanos, su arte e insignas, y hasta sus propias manifestaciones públicas comunitarias» (p.104). «La invención de un nuevo placer testimonia de forma sorprendente el potencial creador de una praxis gay» (p.105).

 

             Lo que propone Foucault, y tras él Bersani y Halperin, es servirse de lo sexual para deshacerse, o al menos para superar, las identidades y subjetividades que según él son los submarinos de la normalización. « Las técnicas modernas de poder utilizan la sexualidad para destinarnos a una identidad personal definida en parte por la identidad sexual, y al atribuirnos una tal identidad, ella nos limita: “Hay todo un biologicismo de la sexualidad y, en consecuencia, una puerta abierta a médicos, psicólogos, instancias de normalización… Tenemos hablando de sexualidad por encima nuestro a médicos, pedagogos, legisladores, adultos, padres… No basta con liberar la sexualidad, es necesario liberarse de la noción misma de sexualidad” » (Halperin, p. 107-108; citación de Foucault extraida de « Le gay savoir »).

 

             En otros términos, hay que deshacerse de la sexualidad misma para poder liberarse de las identidades sexuales que ella contribuye a cristalizar. Según Foucault, para alcanzar una indiferencia de sexos hay que buscar la abolición de la identidad y la sexualidad, y para ello pasar por una política del placer, que habría que utilizar como una máquina de guerra contra el deseo.

 

             Hay que desembarazarse de la sexualidad o desexualizar el placer, es decir, desgenitalizarlo (Halperin, p. 102): «El S/M desliga el placer de toda especificidad genital, de la localización del placer en – o de su dependencia respecto de – los órganos genitales» (Halperin, p. 100). «No hay ninguna valoración del macho en tanto macho. Al contrario, serán valorados los usos de un cuerpo que podemos definir como desexualizado, desvirilizado. Así ocurre en el fist fucking u otras extraordinarias fabricaciones de placer, a las que los americanos llegan, ayudándose de ciertas drogas e instrumentos (…), para lograr hacer de su cuerpo masculino un lugar de producción de placer extraordinariamente polimorfo y desatado de las valoraciones del sexo y, en particular, del sexo macho» (Halperin, p. 102; citación de Foucault extraida de « Le gay savoir » p. 50).

 

            Podríamos pensar que lo que preconiza Foucault son prácticas de placer que conjuran la melancolía de género propuesta por Buttler.  El objetivo de estas prácticas de placer es la abolición de la identidad:  «Es importante que haya lugares como las saunas donde, sin estar encerrados o encasillados en nuestra propia identidad, estado civil, nombre, pasado, rostro, etc., podamos encontrar gente que, estando ahí, no es para nosotros, como nosotros no somos para ellos, más que cuerpos (…). Sin duda, esto forma parte de las experiencias eróticas importantes y yo diría que es políticamente importante  que la sexualidad pueda funcionar así (…) Las intensidades de placer están ligadas al hecho de desubjetivarse, de dejar de ser sujeto, una identidad como afirmación de la no identidad (…)» (Halperin, p. 106; citando a Foucault « Le gay savoir » p. 51-52).

 

             «No es el deseo sino el placer lo que, según Foucault, ofrece la promesa de una experiencia de desintegración. Contrariamente al deseo, que expresa la individualidad, historia e identidad del sujeto, el placer es impersonal, desubjetivador: hace volar por los aires a la identidad y la subjetividad, disolviendo al sujeto (…)» (Halperin, p. 107).

 

            «El objetivo de la desubjetivación es a la vez político y filosófico: La fuerza explosiva del placer sexual intenso, desligado de su localización genital exclusiva y diseminado sobre diversas zonas del cuerpo, descentra al sujeto y desarticula la integridad física y mental del “yo”, al que le fue atribuida una identidad sexual. Al romper con el sujeto de la sexualidad, el sexo queer abre la posibilidad de cultivar un yo más impersonal, que puede funcionar como la sustancia de una elaboración ética en devenir y, en consecuencia, como lugar de una futura transformación» (Halperin, p. 109).

 

             El medio electivo de esta desubjetivación que concluye en la indiferencia de los sexos, es el fist fucking  y el S/M: “En efecto, el fist fucking es una práctica sexual que difiere en muchos aspectos de una relación sexual definida convencionalmente. No se trata tanto de un acto teleológico destinado a alcanzar el orgasmo para satisfacer una tensión sexual (como en el modelo freudiano de la heterosexualidad genital) sino de un proceso gradual, largo, un arte, que intenta domesticar uno de los músculos más sensibles y estrechos del cuerpo humano, como lo describe Gayle Rubin. Los valores esenciales de esta práctica son la intensidad y la duración de la sensación, y no el orgasmo: en ocasiones el proceso puede durar horas y es posible que ninguno de los “partenaires” llegue al orgasmo o (en el caso de los hombres) mantenga una erección. También es posible que el participante masculino receptor goce sin estar en erección. Así, el fist fucking ha podido ser descrito por sus adeptos no como una práctica sexual sino como un “yoga anal”.

             “Es por ello que parece representar una refutación concreta de lo que Foucault considera (…) una idea errónea: «que el placer físico siempre proviene del placer sexual y que el placer sexual es la base de todos los placeres posibles» (Halperin, p. 103).

 

             Esta última aserción es incoherente con toda la discusión sostenida por Halperin. «La idea de que el S/M está ligado a una profunda violencia, que su práctica es un medio de liberar esa violencia, de dar vía libre a la agresión, es una idea estúpida. Sabemos muy bien que lo que están haciendo no es agresivo, que están inventando nuevas posibilidades de placer utilizando otras partes de su cuerpo, erotizando ese cuerpo. Pienso que tenemos ahí una suerte de creación, de empresa creativa, y una de sus principales características es eso que llamo la desexualización del placer» (Foucault, «Sexe, pouvoir et la politique de la identité», in Dits et écrits, t. IV, Paris, Gallimar, 1974, p. 737-738; citado por Halperin, p. 100).

 

            Si seguimos a Foucault, Halperin, Bersani, Rubin…, la indiferencia de sexos es posible. Pero no es primitiva, no puede resultar más que de una conquista, que pasa  por prácticas específicas de placer destinadas a desubjetivar y desestructurar las identidades.

 

 

INDIFERENCIA DE SEXOS Y CO-EXCITACIÓN SEXUAL

 

             Evidentemente nos falta discutir, desde el punto de vista psicoanalítico, los procesos psico-sexuales implicados en estas estrategias de placer queer. Creo que el tema plantea de forma aguda la cuestión de la co-excitación sexual, ya que todas estas prácticas contienen en su centro el dolor experimentado por el cuerpo.

 

            Para Laplanche, la noción de co-excitación sexual es indisociable de la del apuntalamiento. Pero la exégesis de los textos freudianos puede justificar otros desarrollos. Freud también habla, al respecto, de inervación recíproca. Subraya, en particular en «Introducción al narcisismo» (1914), que la co-excitación sexual contemporanea del dolor corresponde efectivamente a una desinvestidura del objeto y a una vuelta de la excitación sexual sobre el cuerpo propio: «El enfermo retira sobre su yo sus investiduras libidinosas para volver a enviarlas después de curarse. Su alma se reduce al rincón estrecho de la muela, dice Wilhelm Busch acerca del poeta con dolor de muelas» (Freud, Amorrortu, O.C., t. XIV, p. 79).

 

             En «El problema económico del masoquismo» (1924), Freud escribe: «En Tres ensayos de teoría sexual, en la sección sobre las fuentes de la sexualidad infantil, formulé la tesis de que «la excitación sexual se genera como efecto colateral a raíz de una gran serie de procesos internos, para lo cual basta que la intensidad de estos rebase ciertos límites cuantitativos». Y que quizás «en el organismo no ocurra nada de cierta importancia que no ceda sus componentes a la excitación de la pulsión sexual». Esa co-excitación libidinal provocada, dolorosa y displacentera, sería un mecanismo fisiológico infantil que se agotaría luego. En las diferentes constituciones sexuales experimentaría diversos grados de desarrollo, y en todo caso proporcionaría la base fisiológica sobre la cual se erigiría después, como supraestructura psíquica, el masoquismo erógeno». (Freud, Amorrortu, O.C., t. XIX, p. 168-169).

 

 

CONCLUSION

 

                 He tratado de mostrar que, si bien en el origen lo sexual infantil es asexuado, la sexualidad es secundariamente indisociable de la diferencia de sexos, estando ligada de manera muy sólida y constante a la identidad sexual. La captura de lo sexual en las redes de la identidad sexuada es extremadamente precoz. Pero hay que subrayar que lo que apresa a lo sexual en una identidad sexuada no es la anatomía o, en otras palabras, que la identidad sexual no debe nada a la anatomía, ni a la fisiología. Resulta fundamentalmente del trabajo psíquico que hace el niño sobre los mensajes que le son dirigidos por el adulto. La tesis diferencialista-esencialista no resiste análisis, y no hay ninguna naturalidad en la identidad sexual, como prueba en particular el transexualismo. La identidad sexual es rigurosamente fantasmática, como lo es toda la sexualidad infantil. Y si la identidad sexual es perfectamente estable a lo largo de la vida, si se constituye tan precozmente, desde la edad de un año, es sin embargo esencialmente tributaria del género. La captura de lo sexual, asexuado, por la identidad nuclear de género, que lleva a constituir la identidad sexuada, pasa por el trabajo psíquico del niño – la traducción – que procede por diferentes etapas  ligadas respectivamente a :

 

  – la  asignación de género por el socius cercano, luego en el colegio y las relaciones sociales de trabajo;

    la melancolía de género que organiza la sexualidad del cuerpo erógeno;

  – el posicionamiento en la dominación de género, ligado al destino del apego residual.

 

            A pesar de la solidez y la precocidad de la sexuación de la sexualidad, que tiene lugar a partir de la traducción que produce el niño de los mensajes relativos al género, tal vez la identidad sexual no es inaccesible a reorganizaciones profundas. Para alcanzar la indiferencia de sexos habría que pasar por las prácticas de la cultura queer que, en efecto, apuntan a la destrucción de la identidad sexual y a la desubjetivación.

 

            El resorte esencial de la indiferencia de sexos, siempre adquirida secundariamente mediante técnicas de desestabilización psíquica, habría que buscarlo en eso que Freud tematizó con el nombre de «co-excitación sexual».    

 

 

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* L´indifférence des sexes : fiction ou défi ?, in  Les sexes indifférents,  Presses Universitaires de France, 2005, p. 39-65.

[1]   «El género, el sexo, lo sexual», 2003. Texto traducido en este mismo número (N. de T.).