Anexo 2: El género lingüístico*

Jean Laplanche

            En la exposición que sigue, designaremos al género que interesa a los psicoanalistas, a los psicólogos y, en general, a los especialistas de las ciencias humanas, como género (S), queriendo decir con esta S: “sexológico”. Precisión que hacemos para distinguir al género (S) del género lingüístico o género (L) en los casos donde sería posible una confusión. Sabemos bien que al introducir esta (S) volvemos a cuestionar parcialmente la distinción género-sexo-sexual. Pero nunca hemos pretendido hacer de ella una categorización definitivamente zanjada (¡es la ocasión de decirlo!). Lo propio del género, insistimos en ello a propósito de la asignación,  es vehiculizar contenidos conceptualmente “impuros”, es decir, en gran parte inconcientes, relativos al sexo y a la sexualidad.

 

            Nos vemos, pues, llevados a un excursus importante hacia la lingüística. ¿Por qué entrar en lo que puede parecer  una digresión? La batalla feminista (y antifeminista) está en parte cristalizada alrededor del género (L). Más allá de los aspectos anecdóticos y un poco ridículos, especialmente aquello de querer modificar las actitudes mentales modificando artificialmente el lenguaje[1], conviene tomar en serio, aquí, la noción de “sistemas simbólicos” imponiendo su dominio, que es especialmente el “dominio masculino” (Bourdieu). El género destaca eminentemente en el lenguaje o, más exactamente, en la lengua. En la medida en que tendemos a ver  en la asignación del género(S) un hecho de habla (un mensaje), y en la asunción del género un proceso que puede entenderse como traducción de mensaje,  se hace incluso más urgente plantear la distinción entre esos dos tipos de género (S y L), cuyas semejanzas amenazan con despistarnos.

 

            Finalmente, el género (L), a través de innumerables variaciones y complejas evoluciones históricas (que de ningún modo podríamos pretender abarcar), nos parece comportar una tendencia hacia una lógica del tercero excluido, que evoca irresistiblemente la lógica binaria, excluyente, del complejo de castración (fálico-castrado; o fálico-y todo el resto). En esta medida, lo que vemos aparecer es que la problemática del género (L), lejos de situarse en el mismo nivel que el género (S), tendería a encontrarse  más bien del lado de lo que yo llamo el “sexo”: o sea, lo que viene a traducir y a ordenar el género (S).

 

            Los dos autores que tomaremos como referencia son Greville Corbett, con su libro Gender[2], y Raoul de la Grasserie, con su artículo «La catégorie psychologique de la classification révélée par le lengage[3]».

 

Sin  ninguna  duda, el periodo de cerca de cien años que separa a ambos autores otorga a Corbett una superioridad en lo relativo a la información, la “cientificidad” lingüística, etc. Pero uno no puede más que sorprenderse por el carácter estrictamente tecnicista y limitado de su aproximación, a pesar de la amplitud de su documentación. Ello se traduce, de entrada, en una restricción de la problemática de los géneros, que son estrictamente definidos como: «Clases de nombres que repercuten en el comportamiento de las palabras que les están asociadas». El género es una propiedad del sustantivo que tiene una consecuencia sobre la concordancia (concordancia del artículo, del adjetivo, del pronombre, eventualmente del verbo, etc.).

 

            Esta restricción voluntaria, tecnológica, del género, mutila el libro de Corbett en la dimensión antropológica: se prohíbe poner en relación (lo que La Grasserie hace ampliamente) ese “género” en sentido estricto, con la presencia de clases de nombres en las lenguas que no comportan concordancia (lenguas sin flexión). En esas lenguas, el género (en el sentido amplio que le da La Grasserie: «familias de cosas que llamamos géneros[4]») se traduce, por ejemplo, por la presencia de palabras clasificatorias, afijos.

 

            Así, en chino, «todos los nombres de árbol son seguidos del nombre genérico: árbol=chou[5]». “Pino” se dirá  pino-árbol, song chou; “peral”, peral-árbol, lychou. A veces el afijo, incluso separado, conserva su significación (chou a secas quiere decir “árbol”), a veces sólo  tiene valor de clasificador cuando está en posición de afijo (en algonquiano), «cada uno de los segundos términos, convertido en palabra vacía, sirve para formar clases de sustantivos[6]» (Esto es en alguna medida comparable a la desinencia en francés para marcar el femenino: la  e, separada, no significa nada.) Todo este dominio está excluido de la investigación de Corbett.

 

            Corbett se plantea cuestiones artificialmente complejas a propósito de lo que él llama “asignación de género”, cuestiones artificialmente complejas que podemos resumir así: ¿de qué manera los hablantes nativos atribuyen un género al nombre?... ¿cómo saben los hablantes que “casa” es masculino en ruso, femenino en francés, y neutro en tamul? Las cosas irán bien mientras el sujeto disponga de un criterio semántico. Así «casa en tamul es neutro porque el nombre no denota nada humano».

 

            Pero el problema se  complicará cuando no hayan criterios semánticos: ¿por qué “casa” es masculino en ruso? Corbett se conforma, entonces, con criterios “fonéticos y morfológicos”. Su razonamiento es el siguiente: sería muy complicado que cada hablante tuviese que aprender el género que corresponde a cada nombre cuando ello no estuviera determinado por la razón. Deben, pues, existir unas reglas formales (fonológicas y morfológicas) más o menos escondidas, no formuladas por los lingüistas. Aquí Corbett se apoya en ciertas regularidades (en francés las palabras terminadas en “son”  son del género femenino), y en estudios experimentales en los que se presenta a los hablantes palabras tomadas de una lengua extranjera, o palabras creadas experimentalmente, para observar cómo son hechas las asignaciones.

 

            En este punto  notamos que la palabra “asignación” ha tomado dos sentidos: de una asignación espontánea hecha por el hablante se pasó a una asignación por el lingüista, o por un sujeto en posición experimental. No hay duda de que ciertas regularidades son encontradas, pero ello no basta para explicar que el hablante nativo no se equivoca prácticamente nunca[7]. De ahí el llamado casi místico a las “reglas escondidas”.

 

            El error de Corbett, en lo que concierne al hablante o aprendiz de una lengua, me parece simple. Consiste en hacer del género una propiedad implícita del nombre  «reflejándose en el comportamiento de las palabras asociadas». Ahora bien, así ocurre, en efecto, en la situación experimental, donde se presenta al sujeto un sustantivo aislado: vaso. Pero en el aprendizaje del lenguaje (tanto en el niño como en el adulto) nunca estamos en presencia de “vaso” sino siempre de “el vaso”. La palabra asociada, el artículo, forma parte de un mismo y único sintagma, que el sujeto aprende de un solo golpe (aprender “el vaso” es tan fácil como aprender “vaso”). También se podría decir que, en francés[8], el artículo juega exactamente el rol de “clasificador de género” definido más arriba a partir de La Grasserie: “El vaso”  atribuye a “vaso” el género masculino, tanto como “pino-árbol” atribuye a “pino” el género árbol.

 

            Unas palabras más sobre el término “asignación”, utilizado a la vez por los lingüistas a propósito del género (L) y por los psicólogos a propósito del género (S). El género (L) define clases de nombres. El género (S) se aplica a clases de seres vivos o de seres humanos, clases que tienen cierta relación (a determinar) con la reproducción sexuada. La asignación de género (L) es un fenómeno de lenguaje que incluye un nombre (que  por lo general es ya en sí mismo un colectivo) dentro de una clase de nombres que poseen ciertas propiedades. La asignación de género (S) es un hecho de habla y de comunicación (incluso de mensaje) que declara que un individuo pertenece a una clase de seres[9].

 

            He aquí, pues, dos razones para no dejarse llevar por las palabras: el género (S) no es el género (L); la asignación (S) no es la asignación (L).

 

            Una vez que el terreno ha sido despejado, intentemos sacar las conclusiones positivas de la noción de género (L) tomándola, como La Grasserie, en el sentido amplio de clases linguísticas. Estas conclusiones serán provisorias, susceptibles de ser enriquecidas por una mayor información. Tendremos en cuenta, especialmente, un segundo artículo de La Grasserie, de 1904, titulado «De l’expression de l’idée de sexualité dans le lengage[10]» [«La expresión de la idea de sexualidad en el lenguaje»]. Qué sorpresa la de recuperar a este autor y ver cómo, entre sus dos artículos, pasó del problema general de la clasificación al tema específico de la sexualidad[11].

 

            Por mi parte, utilizaré el término de género (L) en el sentido general de “categoría de clasificación revelada por el lenguaje”, incluyendo, pues, todas las clases de sustantivos de las que habla La Grasserie, tanto si la lengua en cuestión comporta una “concordancia” como si no la comporta. La Grasserie y Corbett están de acuerdo en que los géneros (L) no están limitados a lo sexual. La clasificación sexuada puede incluso estar ausente. Los géneros pueden ser múltiples y  a menudo incluyen una categoría “residuo”: “El resto”.

 

            La Grasserie remite el género a un “instinto de clasificación”. Analiza este instinto como una transposición  del “parentesco entre las personas” a un “parentesco entre los objetos”. El lenguaje sería entonces un revelador o un “reactivo” de este instinto: «La necesidad psíquica deviene necesidad gramatical[12]»; «La gramática traduce la idea, como la idea traduce al objeto[13]». (Con esta idea de parentesco entre las cosas, de un pasaje de las familias de personas a las familias de cosas, encontramos algo que prefigura al Lévi- Strauss de Pensée sauvage).

 

            Ante esta multiplicidad de clasificaciones a menudo tupidas, La Grasserie intenta poner orden distinguiendo “clasificaciones concretas” y “clasificaciones abstractas”. Su definición de clasificaciones “concretas”, tomada al pie de la letra, podría parecer absurda. ¿Cómo ciertos pueblos podrían limitarse estrictamente a lo individual? ¿Cómo podrían existir lenguas desprovistas de toda clasificación? ¿Acaso el sustantivo mismo no es ya una clasificación? Si en chino no existe la palabra “hermano[14]” sino únicamente “primogénito” e “hijo menor” [cadet],¡ ya tiene ahí por lo menos esas dos clases!

 

            Pero lo que La Grasserie parece querer decir con esta distinción es, por un lado, que ciertas lenguas no van más allá del sustantivo, es decir, no llegan a la “clase de clases”: se trata de las así llamadas  lenguas “sin clasificación”. Por otro lado, que la clasificación concreta, ya en un nivel superior  al de “la ausencia de clasificación”, procede, por así decir, de pariente en pariente, por analogía entre los miembros de la clase (quizás también por contiguidad), pero sin oposición lógica, sin considerar la exclusión entre las clases.

 

            La clasificación concreta sería prosaica[15]. Según nuestros términos personales sería una clasificación de la diversidad, y no una clasificación por la diferencia. En mi opinión, encontramos ahí una nueva razón para un paralelo con Levi-Strauss, tanto con la noción de “pensamiento salvaje” como con su concepción renovada de “totemismo”.

 

            Según La Grasserie, las clasificaciones concretas serían “objetivas”, si apuntan a señalar  “parentescos” en los objetos o acciones[16], o “subjetivas”, es decir, «relacionadas a una parte del cuerpo humano como objeto o como instrumento, o a un movimiento del cuerpo[17]».

 

            En lo que concierne a la clasificación abstracta, de la que trata la segunda parte del artículo, el término “diferencia” aparece de golpe, lo que confirma bien nuestra hipótesis: la clasificación abstracta es la que se formula en términos de diferencias o, al menos, que apuntan a la diferencia. La Grasserie propone una tipología de las clasificaciones abstractas[18]:

 

-vitalista, entre animado e inanimado

-racionalista, entre seres provistos y seres desprovistos de razón

-hominista, entre seres humanos y no humanos

-virilista, entre seres humanos de sexo masculino y otros seres

-intensivista, entre seres fuertes y seres débiles

-gradualista, entre el diminutivo y el aumentativo

-masculinista, entre el ser masculino y todos los otros seres

-sexualista, entre masculino, femenino y asexuado.

 

Cuando Corbett se refiere a esta clasificación de La Grasserie, no le  hace  más que unas objeciones relativamente secundarias.

 

            Uno de los intereses de La Grasserie es mostrar que existe una suerte de evolución  y de tendencia histórica de las clasificaciones. La vitalista (animado-inanimado) sería una de las más primitivas. La clasificación sexualista, por el contrario, sería aquélla hacia la que tiende el movimiento de la civilización:

 

«Esta distinción vitalista es la más sólidamente asentada; la encontramos, combinada con otras, en la mayor parte de lenguas del cáucaso; en efecto, se funda en el movimiento, uno de los factores psíquicos más generales e importantes. Por su nitidez, parece preferible incluso a la clasificación sexualista. Abarca a todos los seres, distribuyéndolos con mayor igualdad y por una clasificación positiva, mientras que la otra, para incluirlos a todos, debe instaurar una categoría negativa, la asexuada. Hubiera podido, pues, ser adoptada por los pueblos más civilizados y aventajados; sin embargo ha ocurrido lo contrario: la clasificación vitalista ha quedado limitada a los pueblos de civilizaciones inferiores, mientras que los de las civilizaciones superiores han preferido la sexualista».

 

La clasificación sexualista incluye a menudo tres géneros[19]: masculino, femenino y neutro, siendo neutro el asexuado y no el inanimado. Habría, pues, siempre según La Grasserie, una evolución general del “vitalismo” hacia el “sexualismo”, así como superposiciones de sistemas y supervivencias. Especialmente la supervivencia de un neutro o de un inanimado en el seno del sexualismo; usurpaciones o más bien «expansiones»[20] o «invasiones»[21].

 

            En particular,  «en la clasificación sexualista uno se esfuerza por dar un género gramatical a muchos objetos que no poseen uno natural».  Ello según dos mecanismos: el “psicológico”, por analogías semánticas (tal objeto está ligado a lo masculino o a lo femenino), y el “morfológico”: en latín las palabras terminadas en a son femeninas.

 

            Por mi parte, propondré la idea de que el sistema sexualista es el que mejor se presta a una clasificación rigurosa por la diferencia: aquélla de los sexos; esto probablemente en virtud de la lógica binaria: fálico-castrado, a la que esta diferencia se presta; lógica binaria que, paradójicamente, es también la que mejor se presta a las usurpaciones de territorio entre los géneros. Sea una usurpación por la diferencia masculino/femenino –que en francés, por ejemplo, ha invadido casi todo el territorio de lo neutro-, sea  por la  intrusión de un género sobre el otro. Esta usurpación, con mucha frecuencia aunque no siempre, es la del género masculino sobre el femenino, por  pretenderse que el masculino es el género “no marcado” (Señora ministro, etc.). Inversamente, la palabra femenina “persone”, en francés pretende ser no-marcada, o aún, Madchen en alemán es neutra (L) pero femenina(S). Para volver a la asignación (S), el padre que declara en el ayuntamiento el nacimiento de ein Madchen, ¡no cree estar declarando un ser neutro o asexuado!

 

De modo que ¡sólo tomando infinitas precauciones podríamos sospechar relaciones entre esta guerra de géneros (L) y una guerra de sexos (S)! Por lo demás, se podría proponer que en la “guerra de géneros (L)”, un cierto “masculinismo” (clasificación: lo masculino contra “el resto”) sería “aliado objetivo” de un cierto “sexualimo” (la única diferencia lógica, claramente simbolizable en términos de falo, es la diferencia sexuada), y “aliado objetivo” del binarismo o sistema “digital” (1-0), cuyo éxito contemporáneo es conocido.

 

            Es igualmente notable que, apenas es adquirida, la diferencia masculino-femenino está destinada a problematizarse, a contaminarse rápidamente. ¿Promesa de una precariedad de la lógica binaria? ¿Victoria de una cierta “problemática del género”?

 

 

 

              

 



*Le genre linguistique. En Libres cahiers pour la psychanalyse. Etudes, 2003, p.96-103.

[1] En otro dominio, la tentativa de Roy Schafer de crear un “nuevo lenguaje para el psicoanálisis” iba en el mismo sentido. A partir del momento en que analista y analizando se pusieran de acuerdo para remplazar el sustantivo o el adjetivo “inconciente” por el adverbio “inconcientemente”, tendrían  recorrido más de la mitad del camino hacia una desalienación. Véase Agnès Oppenheimer, «Le meilleur des mondes posibles. A propos du projet de Roy Schafer», Psa Univ., 9, 35, p.467.

[2] Cambridge University Press, 1991.

[3] Revue philosophique, 1898.

[4] “La categégorie psychologique”, op. cit., p. 624.

[5] Se habrá notado de golpe que, en lingüística, la noción de clase o género no implica en absoluto la diferenciación por el sexo. Como lo recuerda Christophe Dejeurs, el número de géneros (L) puede ir de 2 a 20 o más, entre los que la distinción sexuada es posible pero no está siempre presente. En nuestro ejemplo, “árbol” es un género, como podrían serlo “insecto”, “comida vegetariana”, etc.

[6] Ibid., p. 600.

[7] Gender, op.cit., p.7.

[8] Lo mismo que en español (N.deT.)

[9] Notamos que, en ciertos países, la declaración que sigue al nacimiento puede incluir otras categorías además del género (S): asignación racial: “raza blanca”; asignación  religiosa: católico, musulmán, sin religión, etc; asignación racio-religiosa, etc.

[10] Revue philosophique, LVIII.

[11] Raoul de La Grasserie nació en 1839 y murió en 1904. Doctor en derecho, fue juez en diversos tribunales de La Bretaña. Miembro de la Sociedad lingüística de París y de múltiples sociedades científicas. Autor de una gran cantidad de libros y artículos (más de 200 títulos) de derecho, sociología, lingüística y psicología. Fue unánimemente apreciado en su época: «Conviene clasificarlo entre los que intentaron fundar una filosofía nueva, no desde un punto de vista general sino al interior de cada ciencia particular, y extraer las leyes por encima de la constatación de los hechos, así como construir una síntesis precisa» (Carroy H., Dictionnaire biographique internacional des écrivains, IV, 1903-1909.) Recordamos que los Tres ensayos datan de 1905.

[12] « De l’expression de l’idée de sexualité »op.cit.,p.597.

[13] Ibid.

[14] Ibid., p.598.

[15] ibid., p.610.

[16] ¿Diríamos: “metafóricas”?

[17] ¿Diríamos: “metonímicas”?

[18] Ibid., p.614.

[19] Ibid., p.618.

[20] Ibid., p.614.

[21] Ibid., p.618.

 


ISSN 1885-5660

 

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