En la exposición que sigue, designaremos al género que interesa
a los psicoanalistas, a los psicólogos y, en general, a los especialistas
de las ciencias humanas, como género (S), queriendo decir con esta
S: “sexológico”. Precisión que hacemos para distinguir al género
(S) del género lingüístico o género (L) en los casos donde sería
posible una confusión. Sabemos bien que al introducir esta (S) volvemos
a cuestionar parcialmente la distinción género-sexo-sexual. Pero
nunca hemos pretendido hacer de ella una categorización definitivamente
zanjada (¡es la ocasión de decirlo!). Lo propio del género, insistimos
en ello a propósito de la asignación, es vehiculizar contenidos
conceptualmente “impuros”, es decir, en gran parte inconcientes,
relativos al sexo y a la sexualidad.
Nos vemos, pues, llevados a un excursus importante hacia
la lingüística. ¿Por qué entrar en lo que puede parecer una digresión?
La batalla feminista (y antifeminista) está en parte cristalizada
alrededor del género (L). Más allá de los aspectos anecdóticos y
un poco ridículos, especialmente aquello de querer modificar las
actitudes mentales modificando artificialmente el lenguaje[1],
conviene tomar en serio, aquí, la noción de “sistemas simbólicos”
imponiendo su dominio, que es especialmente el “dominio masculino”
(Bourdieu). El género destaca eminentemente en el lenguaje o, más
exactamente, en la lengua. En la medida en que tendemos a
ver en la asignación del género(S) un hecho de habla (un
mensaje), y en la asunción del género un proceso que puede entenderse
como traducción de mensaje, se hace incluso más urgente plantear
la distinción entre esos dos tipos de género (S y L), cuyas semejanzas
amenazan con despistarnos.
Finalmente, el género (L), a través de innumerables variaciones
y complejas evoluciones históricas (que de ningún modo podríamos
pretender abarcar), nos parece comportar una tendencia hacia una
lógica del tercero excluido, que evoca irresistiblemente la lógica
binaria, excluyente, del complejo de castración (fálico-castrado;
o fálico-y todo el resto). En esta medida, lo que vemos aparecer
es que la problemática del género (L), lejos de situarse en el mismo
nivel que el género (S), tendería a encontrarse más bien del lado
de lo que yo llamo el “sexo”: o sea, lo que viene a traducir y a
ordenar el género (S).
Los dos autores que tomaremos como referencia son Greville Corbett,
con su libro Gender[2],
y Raoul de la Grasserie, con su artículo «La catégorie psychologique
de la classification révélée par le lengage[3]».
Sin
ninguna duda, el periodo de cerca de cien años que separa a ambos
autores otorga a Corbett una superioridad en lo relativo a la información,
la “cientificidad” lingüística, etc. Pero uno no puede más que sorprenderse
por el carácter estrictamente tecnicista y limitado de su aproximación,
a pesar de la amplitud de su documentación. Ello se traduce, de
entrada, en una restricción de la problemática de los géneros, que
son estrictamente definidos como: «Clases de nombres que repercuten
en el comportamiento de las palabras que les están asociadas». El
género es una propiedad del sustantivo que tiene una consecuencia
sobre la concordancia (concordancia del artículo, del adjetivo,
del pronombre, eventualmente del verbo, etc.).
Esta restricción voluntaria, tecnológica, del género, mutila el
libro de Corbett en la dimensión antropológica: se prohíbe poner
en relación (lo que La Grasserie hace ampliamente) ese “género”
en sentido estricto, con la presencia de clases de nombres en las
lenguas que no comportan concordancia (lenguas sin
flexión). En esas lenguas, el género (en el sentido amplio que
le da La Grasserie: «familias de cosas que llamamos géneros[4]»)
se traduce, por ejemplo, por la presencia de palabras clasificatorias,
afijos.
Así, en chino, «todos los nombres de árbol son seguidos del nombre
genérico: árbol=chou[5]».
“Pino” se dirá pino-árbol, song chou; “peral”, peral-árbol,
lychou. A veces el afijo, incluso separado, conserva su significación
(chou a secas quiere decir “árbol”), a veces sólo tiene
valor de clasificador cuando está en posición de afijo (en algonquiano),
«cada uno de los segundos términos, convertido en palabra vacía,
sirve para formar clases de sustantivos[6]»
(Esto es en alguna medida comparable a la desinencia en francés
para marcar el femenino: la e, separada, no significa nada.)
Todo este dominio está excluido de la investigación de Corbett.
Corbett se plantea cuestiones artificialmente complejas a propósito
de lo que él llama “asignación de género”, cuestiones artificialmente
complejas que podemos resumir así: ¿de qué manera los hablantes
nativos atribuyen un género al nombre?... ¿cómo saben los hablantes
que “casa” es masculino en ruso, femenino en francés, y neutro en
tamul? Las cosas irán bien mientras el sujeto disponga de un criterio
semántico. Así «casa en tamul es neutro porque el nombre no denota
nada humano».
Pero el problema se complicará cuando no hayan criterios semánticos:
¿por qué “casa” es masculino en ruso? Corbett se conforma, entonces,
con criterios “fonéticos y morfológicos”. Su razonamiento es el
siguiente: sería muy complicado que cada hablante tuviese que aprender
el género que corresponde a cada nombre cuando ello no estuviera
determinado por la razón. Deben, pues, existir unas reglas formales
(fonológicas y morfológicas) más o menos escondidas, no formuladas
por los lingüistas. Aquí Corbett se apoya en ciertas regularidades
(en francés las palabras terminadas en “son” son del género femenino),
y en estudios experimentales en los que se presenta a los hablantes
palabras tomadas de una lengua extranjera, o palabras creadas experimentalmente,
para observar cómo son hechas las asignaciones.
En este punto notamos que la palabra “asignación” ha tomado dos
sentidos: de una asignación espontánea hecha por el hablante se
pasó a una asignación por el lingüista, o por un sujeto en posición
experimental. No hay duda de que ciertas regularidades son encontradas,
pero ello no basta para explicar que el hablante nativo no se equivoca
prácticamente nunca[7]. De ahí el llamado
casi místico a las “reglas escondidas”.
El error de Corbett, en lo que concierne al hablante o aprendiz
de una lengua, me parece simple. Consiste en hacer del género una
propiedad implícita del nombre «reflejándose en el comportamiento
de las palabras asociadas». Ahora bien, así ocurre, en efecto, en
la situación experimental, donde se presenta al sujeto un sustantivo
aislado: vaso. Pero en el aprendizaje del lenguaje (tanto en el
niño como en el adulto) nunca estamos en presencia de “vaso” sino
siempre de “el vaso”. La palabra asociada, el artículo, forma parte
de un mismo y único sintagma, que el sujeto aprende de un solo golpe
(aprender “el vaso” es tan fácil como aprender “vaso”). También
se podría decir que, en francés[8],
el artículo juega exactamente el rol de “clasificador de género”
definido más arriba a partir de La Grasserie: “El vaso” atribuye
a “vaso” el género masculino, tanto como “pino-árbol” atribuye a
“pino” el género árbol.
Unas palabras más sobre el término “asignación”, utilizado a la
vez por los lingüistas a propósito del género (L) y por los psicólogos
a propósito del género (S). El género (L) define clases de nombres.
El género (S) se aplica a clases de seres vivos o de seres humanos,
clases que tienen cierta relación (a determinar) con la reproducción
sexuada. La asignación de género (L) es un fenómeno de
lenguaje que incluye un nombre (que por lo general es ya en
sí mismo un colectivo) dentro de una clase de nombres que poseen
ciertas propiedades. La asignación de género (S) es un hecho
de habla y de comunicación (incluso de mensaje) que declara
que un individuo pertenece a una clase de seres[9].
He aquí, pues, dos razones para no dejarse llevar por las palabras:
el género (S) no es el género (L); la asignación (S) no es la asignación
(L).
Una vez que el terreno ha sido despejado, intentemos sacar las conclusiones
positivas de la noción de género (L) tomándola, como La Grasserie,
en el sentido amplio de clases linguísticas. Estas conclusiones
serán provisorias, susceptibles de ser enriquecidas por una mayor
información. Tendremos en cuenta, especialmente, un segundo artículo
de La Grasserie, de 1904, titulado «De l’expression de l’idée de
sexualité dans le lengage[10]»
[«La expresión de la idea de sexualidad en el lenguaje»]. Qué sorpresa
la de recuperar a este autor y ver cómo, entre sus dos artículos,
pasó del problema general de la clasificación al tema específico
de la sexualidad[11].
Por mi parte, utilizaré el término de género (L) en el sentido general
de “categoría de clasificación revelada por el lenguaje”, incluyendo,
pues, todas las clases de sustantivos de las que habla La Grasserie,
tanto si la lengua en cuestión comporta una “concordancia” como
si no la comporta. La Grasserie y Corbett están de acuerdo en que
los géneros (L) no están limitados a lo sexual. La clasificación
sexuada puede incluso estar ausente. Los géneros pueden ser múltiples
y a menudo incluyen una categoría “residuo”: “El resto”.
La Grasserie remite el género a un “instinto de clasificación”.
Analiza este instinto como una transposición del “parentesco entre
las personas” a un “parentesco entre los objetos”. El lenguaje sería
entonces un revelador o un “reactivo” de este instinto: «La necesidad
psíquica deviene necesidad gramatical[12]»;
«La gramática traduce la idea, como la idea traduce al objeto[13]».
(Con esta idea de parentesco entre las cosas, de un pasaje
de las familias de personas a las familias de cosas, encontramos
algo que prefigura al Lévi- Strauss de Pensée sauvage).
Ante esta multiplicidad de clasificaciones a menudo tupidas, La
Grasserie intenta poner orden distinguiendo “clasificaciones concretas”
y “clasificaciones abstractas”. Su definición de clasificaciones
“concretas”, tomada al pie de la letra, podría parecer absurda.
¿Cómo ciertos pueblos podrían limitarse estrictamente a lo individual?
¿Cómo podrían existir lenguas desprovistas de toda clasificación?
¿Acaso el sustantivo mismo no es ya una clasificación? Si en chino
no existe la palabra “hermano[14]” sino únicamente
“primogénito” e “hijo menor” [cadet],¡ ya tiene ahí por lo
menos esas dos clases!
Pero lo que La Grasserie parece querer decir con esta distinción
es, por un lado, que ciertas lenguas no van más allá del sustantivo,
es decir, no llegan a la “clase de clases”: se trata de las así
llamadas lenguas “sin clasificación”. Por otro lado, que la clasificación
concreta, ya en un nivel superior al de “la ausencia de clasificación”,
procede, por así decir, de pariente en pariente, por analogía entre
los miembros de la clase (quizás también por contiguidad), pero
sin oposición lógica, sin considerar la exclusión entre las clases.
La clasificación concreta sería prosaica[15].
Según nuestros términos personales sería una clasificación de la
diversidad, y no una clasificación por la diferencia.
En mi opinión, encontramos ahí una nueva razón para un paralelo
con Levi-Strauss, tanto con la noción de “pensamiento salvaje” como
con su concepción renovada de “totemismo”.
Según La Grasserie, las clasificaciones concretas serían “objetivas”,
si apuntan a señalar “parentescos” en los objetos o acciones[16],
o “subjetivas”, es decir, «relacionadas a una parte del cuerpo humano
como objeto o como instrumento, o a un movimiento del cuerpo[17]».
En lo que concierne a la clasificación abstracta, de la que trata
la segunda parte del artículo, el término “diferencia” aparece de
golpe, lo que confirma bien nuestra hipótesis: la clasificación
abstracta es la que se formula en términos de diferencias o,
al menos, que apuntan a la diferencia. La Grasserie propone una
tipología de las clasificaciones abstractas[18]:
-vitalista,
entre animado e inanimado
-racionalista,
entre seres provistos y seres desprovistos de razón
-hominista,
entre seres humanos y no humanos
-virilista,
entre seres humanos de sexo masculino y otros seres
-intensivista,
entre seres fuertes y seres débiles
-gradualista,
entre el diminutivo y el aumentativo
-masculinista,
entre el ser masculino y todos los otros seres
-sexualista,
entre masculino, femenino y asexuado.
Cuando
Corbett se refiere a esta clasificación de La Grasserie, no le
hace más que unas objeciones relativamente secundarias.
Uno de los intereses de La Grasserie es mostrar que existe una suerte
de evolución y de tendencia histórica de las clasificaciones.
La vitalista (animado-inanimado) sería una de las más primitivas.
La clasificación sexualista, por el contrario, sería aquélla
hacia la que tiende el movimiento de la civilización:
«Esta
distinción vitalista es la más sólidamente asentada; la encontramos,
combinada con otras, en la mayor parte de lenguas del cáucaso; en
efecto, se funda en el movimiento, uno de los factores psíquicos más generales
e importantes. Por su nitidez, parece preferible incluso a la clasificación
sexualista. Abarca a todos los seres, distribuyéndolos con mayor
igualdad y por una clasificación positiva, mientras que la otra,
para incluirlos a todos, debe instaurar una categoría negativa,
la asexuada. Hubiera podido, pues, ser adoptada por los pueblos
más civilizados y aventajados; sin embargo ha ocurrido lo contrario:
la clasificación vitalista ha quedado limitada a los pueblos de
civilizaciones inferiores, mientras que los de las civilizaciones
superiores han preferido la sexualista».
La
clasificación sexualista incluye a menudo tres géneros[19]:
masculino, femenino y neutro, siendo neutro el asexuado y no el
inanimado. Habría, pues, siempre según La Grasserie, una evolución
general del “vitalismo” hacia el “sexualismo”, así como superposiciones
de sistemas y supervivencias. Especialmente la supervivencia de
un neutro o de un inanimado en el seno del sexualismo; usurpaciones
o más bien «expansiones»[20]
o «invasiones»[21].
En particular, «en la clasificación sexualista uno se esfuerza
por dar un género gramatical a muchos objetos que no poseen uno
natural». Ello según dos mecanismos: el “psicológico”, por analogías
semánticas (tal objeto está ligado a lo masculino o a lo femenino),
y el “morfológico”: en latín las palabras terminadas en a son femeninas.
Por mi parte, propondré la idea de que el sistema sexualista
es el que mejor se presta a una clasificación rigurosa por la diferencia:
aquélla de los sexos; esto probablemente en virtud de la lógica
binaria: fálico-castrado, a la que esta diferencia se presta; lógica
binaria que, paradójicamente, es también la que mejor se presta
a las usurpaciones de territorio entre los géneros. Sea una
usurpación por la diferencia masculino/femenino –que en francés,
por ejemplo, ha invadido casi todo el territorio de lo neutro-,
sea por la intrusión de un género sobre el otro. Esta usurpación,
con mucha frecuencia aunque no siempre, es la del género masculino
sobre el femenino, por pretenderse que el masculino es el género
“no marcado” (Señora ministro, etc.). Inversamente, la palabra femenina
“persone”, en francés pretende ser no-marcada, o aún, Madchen
en alemán es neutra (L) pero femenina(S). Para volver a la asignación
(S), el padre que declara en el ayuntamiento el nacimiento de ein
Madchen, ¡no cree estar declarando un ser neutro o asexuado!
De
modo que ¡sólo tomando infinitas precauciones podríamos sospechar
relaciones entre esta guerra de géneros (L) y una guerra de sexos
(S)! Por lo demás, se podría proponer que en la “guerra de géneros
(L)”, un cierto “masculinismo” (clasificación: lo masculino contra
“el resto”) sería “aliado objetivo” de un cierto “sexualimo” (la
única diferencia lógica, claramente simbolizable en términos de
falo, es la diferencia sexuada), y “aliado objetivo” del binarismo
o sistema “digital” (1-0), cuyo éxito contemporáneo es conocido.
Es igualmente notable que, apenas es adquirida, la diferencia masculino-femenino
está destinada a problematizarse, a contaminarse rápidamente. ¿Promesa
de una precariedad de la lógica binaria? ¿Victoria de una cierta
“problemática del género”?