El
género es plural. Suele ser doble, con masculino-femenino,
pero no lo es por naturaleza. A menudo es plural, como en la historia
de las lenguas y en la evolución social.
El sexo es dual. Tanto por la reproducción sexuada
como por su simbolización humana, que fija esta dualidad
de manera estereotipada en: presencia/ausencia, fálico/castrado.
Lo sexual es múltiple, polimorfo. Descubrimiento fundamental
de Freud, encuentra su fundamento en la represión, el inconciente,
el fantasma. Es el objeto del psicoanálisis.
Proposición: Lo sexual es el residuo inconciente de
la represión-simbolización del género por el
sexo.
*
Lo que presento aquí es una suerte de síntesis – muy
abreviada y que deberá ser desarrollada- de un trabajo que
venimos realizando desde hace unos tres años en mi seminario
de enseñanza e investigación; la cuestión de
base es, para decir las cosas de una forma muy clásica, la
cuestión de la identidad sexual, o lo que llamamos así
en psicoanálisis.
Actualmente se suele hablar de identidad de género y, de
entrada, el problema es saber si se trata de un simple cambio de
vocabulario o bien, de algo más profundo. ¿Es un cambio
positivo o es la marca de una represión?, y si hay represión,
¿dónde está? Tal vez sepan que tengo la inclinación
a pensar que «represión en el pensamiento» y
«represión en la cosa misma»- es decir, en la
evolución concreta del individuo- suelen ir a la par.
Mi plan será muy simple. Primero voy a detenerme un poco
en las distinciones conceptuales y en la cuestión de «por
qué introducir el género»; luego, en un segundo
momento, esbozaré el funcionamiento de esta triada género-sexo-sexual
en la historia primaria del ser humano.
*
Las
distinciones conceptuales no tienen valor por sí mismas sino
por las potencialidades de conflicto que encierran; y si son binarias
a menudo son la marca de la negación, por lo tanto de la
represión. Los desplazamientos pueden esconder represiones.
Es el caso del desplazamiento de la cuestión de la identidad
sexual sobre la cuestión de la identidad de género.
Este desplazamiento tal vez oculta que el descubrimiento freudiano
fundamental no es ése sino, al lado del género y del
sexo, o lo sexuado, la cuestión de lo sexual, o lo sexual-pulsional.
Siguiendo a Freud, me gusta plantear una distinción para
ubicar, entre lo sexual y lo sexuado, al sexo. Se ha pretendido,
tal vez a justo título, que la etimología de «sexo»
está «…cortada», ya que lo «sexuado»
implica sin duda a la diferencia de sexos o diferencia de sexo,
lo que en alemán llamamos Unterschied o «diferencia»1.
Lo «sexual-pulsional» lo encontramos por ejemplo en
los Tres ensayos sobre Sexualtheorie, es decir sobre la teoría
de lo sexual, o lo sexual-pulsional. Tal vez es una cierta extravagancia
de mi parte hablar de «sexual-pulsional» [sexual] y
no de sexual [sexuel], pero lo que intento es marcar bien esta oposición
y esta originalidad del concepto freudiano.2 Como tal vez sabrán,
en alemán hay dos términos. Existe, desde luego, Geschlecht,
que significa el «sexo sexuado», pero también
existe lo sexual, o lo «sexual-pulsional». Cuando Freud
habla de la sexualidad ampliada, la sexualidad de los Tres ensayos,
se refiere siempre a lo sexual. Hubiera sido impensable que Freud
titulase a su obra inaugural: «Tres ensayos sobre la teoría
de lo sexuado- o de la sexuación». La teoría
sexual no es una Geschlechtstheorie 3. Ella postula una sexualidad
de la que hemos recordado su carácter no procreativo, no
principalmente sexuado, a diferencia de lo que llamamos justamente
la «reproducción sexuada». De modo que lo sexual
no es lo sexuado; es esencialmente lo sexual perverso infantil.
Lo que llamamos sexualidad «ampliada» es el gran descubrimiento
psicoanalítico, mantenido de cabo a rabo y difícil
de conceptualizar, como lo muestra Freud mismo al intentar reflexionar
sobre la cuestión, por ejemplo en su Introducción
al psicoanálisis. Infantil, por supuesto, ligada al fantasma
más que al objeto y, por lo tanto, autoerótica, regida
por el fantasma, por el inconciente. (El inconciente ¿no
es finalmente lo sexual? La cuestión podría ser planteada
a justo título). Para Freud lo «exual-pulsional»
es, entonces, exterior y hasta previo a la diferencia de sexos,
incluso a la diferencia de géneros: es oral, anal o para-genital.
Sin embargo, para definirlo Freud se ve sin cesar en la necesidad
de ponerlo en relación con lo que no es, es decir con la
actividad sexuada, o el sexo, y ello según las tres vías
clásicas de asociación de ideas. Primero la vía
de la semejanza: y Freud busca semejanzas entre los placeres de
lo «sexual-pulsional», placeres de la sexualidad infantil
o, incluso, placeres perversos, y lo que es característico
de la sexualidad genital, a saber, el orgasmo. Semejanzas más
o menos válidas y más o menos artificiales, como la
alegada entre la «sonrisa feliz» del lactante saciado
y «la expresión de la satisfacción sexual ulterior»4.
Luego están sobre todo los argumentos de la «contigüidad»,
ya que lo «sexual-pulsional» se encuentra en los placeres
preliminares, y en las perversiones, en contigüidad con el
orgasmo genital. Incluso está el argumento de la contigüidad
anatómica, que Freud concibe ya como una especie de «destino»:
la contigüidad anatómica entre la vagina y el recto.5
Pero yo quisiera insistir más bien en la así llamada
asociación «por oposición», que clásicamente
es conocida por los asociacionistas como «el tercer tipo de
asociación». El placer «sexual-pulsional»,
¿se opone al placer sexuado? Sin duda ello ocurre a menudo,
en la búsqueda de actividades eróticas e incluso en
las características económicas, pues podemos pensar
– tal vez vuelva sobre esto- que lo «sexual-pulsional»
tiene un funcionamiento económico que tiende a la búsqueda
de la tensión, a diferencia de lo sexuado que tiende a la
clásica obtención del placer. Pero la verdadera oposición
no está ahí. Encontramos una suerte de subversión
de la noción misma de oposición lógica, que
deviene de pronto una oposición real, es decir, lo prohibido.
En otras palabras, lo sexual se definiría como «lo
que es condenado por el adulto». No existe ni un solo texto
donde Freud hable de la sexualidad infantil sin referirse a esta
oposición, no como una suerte de reacción contingente
sino como algo que realmente define a la sexualidad infantil; y
creo que, incluso en nuestros días, la sexualidad infantil
propiamente dicha es lo que más repugna a la visión
del adulto. Incluso hoy en día lo más difícilmente
aceptado son los «malos hábitos», como se dice.
Curiosa, entonces, esta definición por oposición.
Por una suerte de petición de principio, lo sexual es reprobado
por ser sexual, pero es sexual, o «sexual-pulsional»,
porque es reprobado. Lo sexual es lo reprimido; es reprimido por
ser sexual.
Nos encontramos, pues, ante una gran dificultad: definir un sexual
ampliado que no parece sostenerse más que por relación
a lo sexuado, a la sexualidad llamada clásica. ¿Servirá
introducir un tercer término o, por el contrario, ello aumentará
la confusión, aumentará la represión?
El tercer término es el de «género». Introducido
en un comienzo por la lengua inglesa, evidentemente tendió
a traducirse, a trasponerse en diferentes lenguas y, en particular,
la francesa. Se cree que la noción de género, que
actualmente tiene tanto éxito entre sociólogos y feministas
-especialmente entre sociólogos feministas-, fue introducida
por ellos. De hecho, hoy lo sabemos bien, esta noción fue
introducida por el sexólogo J. Money en 1955. Luego fue retomada,
con el éxito que conocemos, por R. Stoller, quien en 1968
forja el término «identidad nuclear de género»,
o «núcleo de la identidad de género» (core
gender identity), integrando así el término de género
en la reflexión propiamente psicoanalítica 6.
Faltaría comentar aquí las infinitas variaciones,
bastante seductoras, del pensamiento de Stoller, pensador no convencional
y muy interesante, aún cuando a menudo se contradice. Me
gusta citar lo que dice del pensamiento psicoanalítico contemporáneo
cuando lo compara al Panteón de la Roma imperial, donde coexistían
templos de las más diversas divinidades en una especie de
leonera feliz.
Es un paréntesis. Con Stoller, y después de él,
la noción de género deviene sinónimo de un
conjunto de convicciones. La convicción de pertenecer a uno
de esos dos grupos sociales definidos como masculino y femenino
o, incluso, «la convicción de que la asignación
a uno de esos dos grupos fue la correcta». Volveré
sobre este término de «asignación».
No acompañaré aquí el pensamiento de Stoller
7. Lo que me interesa es la aparición de esta nueva pareja
sexo/género o sex/gender en el binarismo anglosajón.
«Sexo» entendido sobre todo como biológico, y
«género» como socio-cultural, y también
como subjetivo. De ahí el problema de una política
de traducción en las lenguas que no tienen la palabra «género»
en su uso corriente. El francés de algún modo sí
la tenía, pero sobre todo para el «género gramatical»,
cuestión bastante rica y espinosa sobre la que propondré
algunas anotaciones en el «anexo» al final de esta exposición
8. El alemán, en particular, no posee exactamente ese término.
No entraré en el detalle de la lengua alemana, donde Geschlecht
significa a la vez «género» y «sexo».
De modo que el alemán freudiano sólo tiene la oposición
Geschlecht/sexual. De hecho, cuando los alemanes traducen textos
ingleses – y esto es importante porque ahí se trata de una
verdadera interpretación- se ven llevados a traducir el «sex»
inglés por «sexo biológico» y «género»
por «sexo social», lo que evidentemente es ya toda una
opción teórica, la misma que sigue sin ser discutida.
Los términos y los conceptos son armas, armas de guerra.
El género contra el sexo, y el género y el sexo aliados,
podría decirse, contra lo «sexual-pulsional».
El género contra el sexo, en Stoller, pues bajo la sola bandera
del género sustrae una gran parte de problemática
a todo conflicto. Un autor alemán como Reimut Reiche ha consagrado
un artículo, Gender ohne sex9, a esta tendencia donde, según
él, la introducción del género – «el
género sin el sexo»- es justamente una conceptualización
sesgada que eclipsa completamente el problema del sexo o la sexualidad.
Reiche critica sobre todo la noción de «marca»
y especialmente la de marca no conflictiva, que aparece en el intento
stolleriano por definir el género. Pero lo que no observa
Reiche, me parece, es que la pareja género/sexo es a su vez
una máquina mucho más temible contra el descubrimiento
freudiano.
Es aquí que el conjunto de los movimientos feministas entran
en el combate. Sean o no «diferencialistas», como se
dice, el binarismo sexo/género es siempre, finalmente, más
o menos conservado. En Beauvoir, la distinción de los términos
no está planteada; quiero decir que, en la época de
su libro, la categoría de sexo como diferente de la de género
aún no está establecida explícitamente, aunque
en el fondo ya funciona, como se ha podido mostrar. Podría
decirse que su posición general es que el sexo biológico
debe ser colocado en la base, incluso si esa base debe ser completamente
subvertida. Cito un pasaje de El segundo sexo: «En verdad
esos hechos [de la biología, de las diferencias físicas
hombre-mujer] no podrían negarse, pero no tienen un sentido
en sí mismos… No es en tanto cuerpo sino en tanto cuerpo
sujeto a tabús, a leyes, que el sujeto toma conciencia de
sí mismo y se desempeña»10.
Evidentemente es un texto característico del ambiente, que
llamamos voluntarista y existencialista, en que fue escrito este
libro (que, por otro lado, continúa siendo muy interesante
por sus numerosas descripciones). Ahora bien, al parecer existiría
un doble movimiento en la mayor parte de las feministas, en las
más teóricas y en las más radicales. Un primer
movimiento de subversión de la noción de sexo hasta
destruirla en una pura retroacción por el género;
y luego un momento donde se percibe la necesidad de colocar, pese
a todo, algo en la base, aunque sólo fuera para justamente
poderlo subvertir y destruir: una suerte de naturaleza pura o, como
dice Beauvoir, «hechos que no tienen sentido en sí
mismos».
Es el caso de Judith Butler, cuyo segundo libro, Bodies that matter,
constituye una revisión profunda del primero, Gender trouble,
pues introduce de golpe lo «biológico» del «sexo»
y sus «coacciones», explicando que esta preterición,
en su obra precedente, tenía una razón de contrapeso
«táctica»: «los demás no hacen más
que hablar de ello»11.
Es el caso de Nicole-Claude Matthieu, de quien uno de sus artículos,
muy difícil, se titula Trois modes de conceptualisation du
rapport entre sexe et genre12 [Tres modos de conceptualización
de la relación entre sexo y género]. Ven ustedes,
por el sólo título, que ella finalmente tiene necesidad
de la noción de sexo. El género, nos dice, puede «traducir»
el sexo, puede «simbolizar» el sexo o «construir»
el sexo, es decir, construirlo reconstruyéndolo, incluso
destruyéndolo. Pero ello implica una cierta posición
biológica anterior del sexo, pues el género «traduce»
o «simboliza» o «construye» un sexo que,
sin embargo, está ahí antes que él. De modo
que, finalmente, una suerte de definición biológica
del sexo es restaurada en parte, o implícitamente, incluso
subrepticiamente.
Cito un pasaje más reciente de Nicole-Claude Mattheiu : «Igual
que con el reemplazo del término «raza» por el
término «etnia», al dejar al sexo fuera del campo
del género se corre el riesgo de hacerle conservar el estatuto
de un real ineludible, olvidando que la biología, y especialmente
la fisiología de la fecundidad, es ampliamente dependiente
del ambiente social»13. He subrayado de esta cita las palabras
«especialmente» y «ampliamente»; ven ustedes
cómo un pensamiento que pretende ser muy riguroso, introduce,
sin embargo, zonas de indeterminación al decir que la biología
es «especialmente» la fisiología de la fecundidad.
Si es «especilmente» eso, podemos decir que tal vez
es, pese a todo, otra cosa. Que sea «ampliamente» dependiente
del ambiente social significa que tal vez no lo sea totalmente,
etc. «Especialmente»: aceptamos el sexo en el dominio
de la procreación. «Ampliamente»: nos inclinamos
por una dependencia parcial14.
En síntesis, el conjunto de las feministas, incluyendo a
las «radicales» -o las menos radicales de las radicales,
diríamos-, tienen necesidad de tomar en consideración
al sexo para subvertirlo y «desnaturalizarlo» en género.
Pero entonces habría que volver a la vieja secuencia sexo/género
en ese orden: sexo antes que género, naturaleza antes que
cultura, aún si acordamos «desnaturalizar» la
naturaleza15. Claro que, en medio de todo esto, lo sexual freudiano,
lo «sexual-pulsional», corre el riego de ser el gran
ausente. El psicoanálisis será mencionado por estar
incluido en el grupo de ideologías que subordinan el género
al sexo, siendo el primero la «traducción» del
segundo (N.C. Matthieu).
Introducir el género en psicoanálisis, ¿es
pactar con quienes quisieran quitarle brillo al pensamiento freudiano
o, paradójicamente, sería más bien un medio
para reafirmar al enemigo íntimo del género, lo sexual?
Para introducir el género en el pensamiento psicoanalítico
freudiano tengo al menos una excusa, y es que la noción está
presente en Freud, al menos en puntilleo. Sin duda él no
utiliza jamás el término, y con razón, pues
la lengua alemana apenas se lo permite, ya que Geschlecht significa
a la vez «sexo» y «género»; incluso
cuando se trata del género humano es Geschlecht la palabra
que se utiliza. De modo que falta la palabra, aún cuando
sin duda puede reinventarse en alemán con el conocido término
Genus16. Pero a falta de término, la cosa no está
del todo ausente. Freud insiste – recuerdo esto brevemente- sobre
la existencia en el ser humano de tres pares de opuestos: «activo-pasivo»,
«fálico-castrado», pero también – y es
éste tercero el que aquí nos interesa- «masculino-
femenino». El tercer par, nos dice, es el más difícil
de pensar, incluso es rebelde al pensamiento. Encontramos el enigma
de la masculinidad-feminidad en los dos extremos de la evolución
que lleva al estado adulto. En el adulto se trata del enigma de
algo que no es puramente biológico, ni puramente psicológico,
ni puramente sociológico, sino una curiosa mezcla de los
tres. Cito este pasaje: «Masculino y femenino es la primera
diferenciación que hacemos al encontrarnos con otro ser humano,
y estamos acostumbrados a hacer esta diferenciación con una
certeza exenta de dudas»17. Es «a primera vista»,
de un modo «no reflexionado», que el ser humano -el
semejante- se diferencia como masculino o femenino. En el otro extremo,
y esto nos interesa aún más, tenemos un texto famoso,
el de las «Teorías sexuales infantiles», donde
Freud formula esa hipótesis tan divertida y curiosa de un
visitante de otro planeta, digamos de Sirus, cuya curiosidad será
despertada por la presencia de dos «sexos». Evidentemente
habría que decir «géneros», si se acepta
modificar ligeramente el texto de Freud, pues, en efecto, lo que
cuenta son los «habitus» de esas dos categorías
de seres humanos, y no los órganos genitales en sí
mismos, que por lo general se encuentran disimulados.
Más adelante volveré sobre este problema del enigma,
pues esta vez el ser humano no es pensado desde una sucesión
en la que el niño deviene adulto, o bien, en la que el adulto
se retroproyecta sobre el niño que fue, sino desde una simultaneidad:
es el infante en presencia del adulto quien se plantea la cuestión
de esta diferencia que encuentra en el mundo adulto. Pero en Freud
muy frecuentemente ese cuestionamiento es olvidado. Quiero decir
que por lo general la categoría del género está
ausente o no teorizada. Mencionaré, por ejemplo, toda la
problemática que Freud plantea a propósito de la homosexualidad
y la paranoia de Schreber. Freud escribe el enunciado de base, que
luego hará jugar modificando cada uno de sus términos,
«Yo (un hombre) lo amo a él (un hombre)». Y sabemos
que toda la dialéctica de Freud a propósito de las
diferentes formas de delirio, consiste en modificar el «yo»
de «yo lo amo», el «a él» de «él
(un hombre)» y, evidentemente también, el verbo «amar»,
que se puede transformar en «odiar». Así, toda
la dialéctica de «Yo (un hombre)/ lo amo a él
(un hombre)» se centra sobre la segunda parte de la frase,
sin jamás ponerse en duda lo que significa «yo, un
hombre». Una problemática que, entonces, es directamente
ésta de Schreber, y que muchos analistas han relacionado
a justo título con aquélla del transexualismo.
En psicoanálisis, y de un modo general en la clínica,
la inmensa mayoría o incluso la totalidad de las «observaciones»
parten de manera irreflexiva diciendo: «se trata de un hombre
de treinta años; o de una mujer de veinticinco, etc.».
¿El género sería verdaderamente no conflictivo
al punto de considerarse como una premisa incuestionable? ¿Habría
expulsado, por así decir, a lo conflictivo fuera de sí,
bajo la forma de lo sexual?
*
Llego ahora a mi segunda parte, que es la historia de la triada
género-sexo-sexual. Con «historia» quiero decir
simple y claramente: la génesis de esta triada en el ser
humano, en el pequeño ser humano, la génesis infantil
de esta triada. Una génesis que los psicoanalistas no deben
temer abordar.
En general hay una especie de «adulto-centrismo» de
base; he hablado de las feministas, pero ciertamente no son las
únicas, pues podríamos decir lo mismo de los etnólogos.
Si ustedes consultan por ejemplo a Levi-Strauss, la teoría
de la prohibición del incesto se sitúa enteramente
en el nivel adulto. Además, la prohibición del incesto
más importante para Levi Strauss es la del incesto entre
hermanos, lo que prueba bien que se trata de adultos de la misma
edad, de un mundo puramente adulto. Ciertamente, hay ahí
un prejuicio post-cartesiano, una especie de adulto-centrismo que
está lejos de ser abolido.
En algunas líneas que hice circular antes de esta exposición,
propuse dos frases: la de Beauvoir, «Uno no nace sino que
se hace mujer», El segundo sexo (1949) y la de Freud, «Es
debido a la especificidad del psicoanálisis que no pretendemos
describir lo que es una mujer, tarea que apenas podría cumplirse,
sino sólo examinar cómo se deviene mujer», Nuevas
conferencias (1933).
Podríamos decir muchas cosas sobre la cercanía de
estas dos frases. En primer lugar, es evidente que Beauvoir, en
1944, no muestra la necesidad de citar un enunciado de Freud que
es al menos bastante cercano al suyo. Bastante cercano aunque diferente,
desde luego; pero a pesar de todo es el precursor del suyo.
¿En
qué son cercanos y en qué se alejan? Se alejan porque
diríamos que, de algún modo, Beauvoir se muestra más
«naturalista» que Freud. Ella concibe «mujer»
como una esencia, como una suerte de naturaleza, algo dado en bruto
que evidentemente nos vemos llevados a retomar subjetivamente para
asumirlo o para rechazarlo. «Ella deviene una mujer».
Por el contrario, el enunciado de Freud es del todo extraordinario,
en el sentido de que es absolutamente contradictorio. Freud nos
dice: «Ella deviene lo que nosotros somos incapaces de definir».
En cierto modo, aquí Freud es más existencialista
que Simone de Beauvoir. También podríamos situarlos
dentro de la querella del «après-coup». Por un
lado, el de Beauvoir, tenemos la interpretación retroactiva,
la omnipotencia de cambiar après-coup el sentido del pasado,
la «resignificación»: tal era ya la tesis jungiana
del Zuruckphantasieren, el «retrofantasear». En esta
línea tenemos el «performativo», lo que algunas
feministas llaman el género como performativo. Y por otro
lado, el de Freud, un firme determinismo que, por lo demás,
se confirma al final del capítulo sobre feminidad de «Nuevas
conferencias», donde Freud acentúa los rasgos en forma
caricaturezca y no muy agradable, afirmando que la mujer adulta
es de una «rigidez», de una «inmutabilidad psíquica»,
que él jamás ha encontrado en los hombres. Un enunciado
del que le dejo toda la responsabilidad.
Podríamos, pues, señalar un punto de vista clivado
Beauvoir-Freud, entre la «modificación retroactiva»,
acción del futuro y del presente sobre el pasado, y la «acción
diferida», determinismo con efecto retardado del presente
por el pasado. Yo he intentado superar este clivaje introduciendo
dos elementos esenciales en el après-coup: por un lado la
prioridad del otro, que justamente falta en esas dos concepciones
pues ambas permanecen en el marco de un solo individuo; no hacen
intervenir la presencia del otro en el après-coup. Y por
otro lado, lo que también falta es la simultaneidad infante-adulto.
Me refiero a que la pareja niño-adulto no debe ser concebida,
en lo esencial, como uno sucediendo al otro sino como uno encontrándose
efectivamente en presencia del otro, concretamente en los primeros
años de vida, desde los primeros meses. Pienso que ahí
está la clave de la noción de après-coup: hacerla
salir de la consideración de un solo individuo, que hace
que quedemos atrapados en una oposición insuperable: preguntarse
si el niño determina al adulto o si el adulto reinterpreta
libremente al niño; preguntarse si el determinismo sigue
la flecha del tiempo o si, por el contrario, va en el sentido inverso.
Esta oposición sólo puede superarse colocando al individuo
en presencia del otro, al niño en presencia del adulto, y
recibiendo de él mensajes que no son algo dado en bruto sino
algo «a traducir»18.
He enunciado para esta exposición, en este orden, «el
género, el sexo, lo sexual». Hablar del pequeño
ser humano en ese orden es poner al género en primer lugar.
Es, pues, un cuestionamiento de la primacía del «zócalo»
sexuado.
Nada permite afirmar -y en esto las discusiones y las observaciones
son desde ya bastante numerosas- que el sexo biológico sea
íntimamente percibido, aprehendido u observado de algún
modo por el sujeto en los primeros meses. Remito aquí lo
mismo a textos antiguos, como el de Person y Ovesey (1983)19, que
al resumen presentado por Kernberg en su libro sobre las «relaciones
de amor»20 o, incluso y sobre todo, al libro de Roiphe y Galenson
sobre El nacimiento de la identidad sexual21, publicado en francés
hace ya algunos años. Según todos estos autores y
las observaciones que reportan – que no puedo citar aquí
pero son todas muy convincentes- el género sería,
pues, primero en el tiempo y en la toma de conciencia, y comenzaría
a establecerse hacia el final del primer año. Pero -enseguida
es necesario introducir un «pero»- el género
no es ni una impregnación cerebral hipotética, que
sería una impregnación hormonal (sabemos que hay una
cierta impregnación hormonal peri-natal que, por lo demás,
se interrumpe rápidamente y no tiene influencia sobre la
elección del género), ni una marca a lo Stoller, ni
un hábito. Todas éstas son, finalmente, nociones que
yo llamo ipsocentristas, es decir, centradas en el propio individuo.
En mi opinión, y no soy el único que lo piensa, el
término capital para definir el género es el de asignación.
Asignación señala la prioridad del otro en el proceso.
Pensemos por ejemplo en la declaración en matrimonio, en
la iglesia o en cualquier otro lugar oficial, que incluye la asignación
del nombre, la parentela, a menudo también la asignación
de religión… Pero quisiera insistir sobre este punto importante:
el proceso no es puntual, no se limita a un solo acto. En esto me
distancio claramente de todo lo que ha podido decirse, por ejemplo,
acerca de la «determinación por el nombre». Un
campo ya abierto por Stekel y que no podía sino encontrar
un desarrollo, parcialmente inducido, con la inflación lacaniana
de la noción de significante. Otra cosa es que la asignación
del nombre pueda vehiculizar mensajes inconcientes. Pero el «significante»
no es determinante por sí mismo. La asignación es
un conjunto complejo de actos, que incluye al lenguaje y los comportamientos
significativos del entorno. Podríamos hablar de una asignación
continua o de una verdadera prescripción. Prescripción
en el sentido en que hablamos de mensajes llamados «prescriptivos»;
del orden del mensaje, entonces, incluso del bombardeo de mensajes.
¡Atención!
Decimos que «el género es social» y que «el
sexo es biológico». Atención a este término
«social», pues aquí recubre dos realidades que
se superponen. Por un lado, lo social o lo socio-cultural en general.
Por supuesto que la asignación se inscribe en lo social,
aunque sólo fuera por esa famosa declaración inicial
que tiene lugar a nivel de las estructuras institucionales de una
sociedad determinada. Pero ése que inscribe no es lo social
en general sino el pequeño grupo de socii cercanos. Es decir,
en efecto, el padre, la madre, un amigo, un hermano, un primo, etc.…
Es, pues, el pequeño grupo de socii el que inscribe en lo
social, pero no es la Sociedad la que asigna.22
Esta idea de asignación, o de «identificación
como», cambia completamente el vector de la identificación.
Pienso que aquí hay una forma para salir de la aporía
de esa «bella» fórmula de Freud que ha sido tan
discutida y comentada: «la identificación primitiva
al padre de la prehistoria personal». Ustedes saben que esta
bella fórmula es enseguida discutida por una nota de Freud
que dice: «En aquella época el infante aún no
puede distinguir entre el padre y la madre, por lo que habría
que decir más bien “los padres”»23. Esta identificación
primitiva al padre de la prehistoria personal, que fue retomada
por ciertos lacanianos como identificación llamada «simbólica»
(pienso, por ejemplo, en el trabajo de Florence sobre la identificación
24), es considerada más o menos como matriz del ideal del
yo. Simplemente planteo, o más bien propongo esta cuestión:
¿No sería, más que una «identificación
a», una «identificación por»? En otros
términos, yo diría: «identificación primitiva
por el socius de la prehistoria personal».
Ahora quisiera – ya que no soy el primero en tomar cierta dirección-
citar a Person y Ovesey en su artículo central sobre esta
cuestión de la identidad de género. Person y Ovesey
invierten completamente la secuencia comúnmente admitida,
es decir la que pone lo biológico antes que lo social, para
decir lo siguiente (veremos en qué podemos admitirlo y en
qué criticarlo o modificarlo): «podemos decir que el
género precede y organiza a la sexualidad, y no lo inverso»25.
Una fórmula que yo admitiría, pero parcialmente. Respecto
a la idea de precedencia, mi posición se inscribe sin duda
ahí, es decir que acepto la precedencia del género
por relación a otra cosa. En cuanto al término «sexualidad»,
pienso que es muy vago para poder ser admitido (a menos que se lo
use como una especie de término general, una especie de accolade).
Así que yo diré, por mi parte, que «el género
precede al sexo». Y más aún, a diferencia de
Person y Ovesey que declaran: «El género precede al
sexo y lo organiza», yo diré: «Sí, el
género precede al sexo. Pero, lejos de organizarlo, es organizado
por él».
Estoy tentado de hacer intervenir aquí el esquema de lo que
he llamado «teoría de la seducción generalizada».
La teoría de la seducción generalizada parte de la
idea de los mensajes del otro. En esos mensajes encontramos un código
o una onda portadora, es decir, un lenguaje de base, que es un lenguaje
preconciente-conciente. En otros términos, yo nunca he dicho
– creo no haber dicho nunca- que se tratara de mensajes inconcientes
de los padres. Por el contrario, pienso que son mensajes preconciente-concientes
y que el inconciente parental es como el «ruido» – en
el sentido de la teoría de la comunicación – que viene
a perturbar y a comprometer al mensaje preconciente-conciente.
Ahora bien, el código o el lenguaje que corresponde a un
código, el lenguaje portador, no es siempre forzosamente
el mismo. En el marco de la teoría de la seducción
generalizada, que apunta a explicar la génesis de la pulsión,
hasta ahora he insistido esencialmente en el código del apego,
tal como es vehiculizado por los cuidados corporales. De modo que,
en esos casos, la comunicación tiene lugar en el seno de
la relación de apego. Hoy, aquí, trataré de
aportar un segundo paso, más hipotético y que demanda
ser articulado con lo anterior. Porque la comunicación no
pasa tan sólo por el lenguaje del cuerpo, de los cuidados
corporales; está también el código social,
la lengua social, los mensajes del socius: ellos son especialmente
los mensajes de la asignación de género. Pero también
son portadores de mucho «ruido», todo el que vienen
a aportar los adultos cercanos: padres, abuelos, hermanos y hermanas.
Sus fantasmas, sus expectativas inconcientes o preconcientes. Un
padre puede asignar concientemente a su vástago el género
masculino, pero haber deseado que fuera niña, incluso puede
desear, inconcientemente, penetrar a una niña. Se trata de
un dominio finalmente muy poco explorado, éste del dictamen
inconciente de los padres a sus hijos; y pienso que no sólo
viene a infiltrar los mensajes corporales, los primeros mensajes
generalmente maternos (aunque no necesariamente sólo maternos).
Esos deseos inconcientes también vienen a infiltrar la asignación
del género. De modo que es lo sexuado, y sobre todo lo sexual-pulsional
de los padres, lo que viene a hacer ruido en la asignación.
Digo «principalmente lo sexual pusional», pues defiendo
mucho esta idea de que, finalmente, en presencia del niño,
los adultos van a reactivar sobre todo su sexualidad infantil.
Tal como he intentado formularla, la teoría de la seducción
supone una traducción, es decir, un código de traducción.
Y, en este caso, es evidentemente del lado del sexo donde hay que
buscarlo. El género es adquirido, asignado, pero es enigmático
hasta alrededor de los quince meses. El sexo viene a fijar o a traducir
el género durante el segundo año, en el curso de lo
que Roiphe y Galenson llaman «fase genital precoz».
En el centro está el complejo de castración. Por supuesto
que éste aporta certezas pero también debería
ponerse en duda, ya que tal vez esas certezas son demasiado categóricas.
La certeza del complejo de castración se mantiene sobre el
fondo de la ideología y sobre el fondo de la ilusión.
Freud dijo que «el destino es la anatomía»26.
Ese destino es que existen dos sexos separados, nos dice, por la
«diferencia anatómica de sexo». Pero aquí
Freud no escapó al malabarismo que consiste en introducir
una confusión entre anatomía y biología. En
efecto, en otros momentos habla de la «roca» de lo biológico,
haciendo de ese destino, en suma, una suerte biológica. Y
mucha gente piensa que lo que se refleja en esta frase, «la
anatomía es el destino», es la afirmación del
biologismo de Freud. Ahora bien, anatomía no es biología,
y menos aún fisiología o determinismo hormonal. En
el seno mismo de la anatomía, y sin hablar de otros registros,
encontramos varios niveles: está la anatomía científica,
que por lo demás puede ser puramente descriptiva, o bien,
estructural (si se describe la función a través de
la anatomía del aparato genital); y también está
la anatomía popular. Ahora bien, la anatomía que es
«destino» es una anatomía popular y, más
aún, es perceptiva e incluso puramente ilusoria. ¿En
qué es «perceptiva»? En el animal, que no tiene
la posición bípeda, encontramos dos conjuntos genitales
externos percibidos, es decir, visualizados como tales. Los órganos
femeninos son perfectamente visibles y, sobre todo, son percibidos
olfativamente. Para el animal hay, pues, dos sexos. Para el hombre,
a partir de la posición bípeda, hay una doble pérdida
perceptiva: la pérdida de la percepción olfativa y
la pérdida de la visión de los órganos genitales
externos femeninos. La percepción estaría entonces
reducida a lo que Freud a veces llama «la inspección»
(Inspektion), es decir, la pura visualización en el sentido
médico del término. Para el ser humano, la percepción
de los órganos genitales no es ya la percepción de
dos órganos genitales sino de uno solo. La diferencia de
sexos deviene «diferencia de sexo».
Spinoza dice en alguna parte – me gusta mucho esta cita que no parece
tener nada que ver con el tema, pero que en realidad nos sirve perfectamente-:
«El entendimiento y la voluntad divinos difieren tanto del
entendimiento y la voluntad humanos como difieren entre sí
el chien [atractivo] signo celeste y el chien [perro] que ladra».
Y bien, pienso que esta inadecuación entre dos cosas que,
en efecto, no tienen nada en común más que el nombre
– el «chien signo celeste» y el «chien animal
que ladra»- puede trasponerse sobre la cuestión de
la diferencia de sexos: la diferencia perceptible del sexo, como
signo o como significante, no tiene prácticamente nada que
ver con la diferencia biológica y fisiológica macho-hembra.
¿No
es esta contingencia un destino extraordinario? La posición
bípeda vuelve a los órganos femeninos perceptivamente
inaccesibles. Ahora bien, esta contingencia ha sido elevada por
muchas civilizaciones, y sin duda por la nuestra, al rango de significante
mayor, universal, de la presencia/ausencia.
La diferencia anatómica perceptiva, ¿es un lenguaje,
un código? Seguramente no un código completo pero
sí, por lo menos, lo que estructura un código, y un
código de los más rígidos, estructurado justamente
por la ley del tercero excluido, por la presencia/ausencia. Es más
bien el esqueleto de un código, pero de un código
lógico; lo que hace ya tiempo designé como «lógica
fálica»27. Lógica de la presencia/ausencia,
del cero y el uno, que ha adquirido un auge impresionante en el
universo moderno de las ciencias informáticas.
De modo que no es fácil que la cuestión de la diferencia
de sexos deje de inscribirse en el complejo de castración.
Estudios
como los de Roiphe y Galenson- observaciones de larga duración
a toda una población de niños- una vez que han sido
liberados de ciertos prejuicios ideológicos, parecen reforzar
la idea de un complejo de castración bastante generalizado,
incluso universal. Pero, a diferencia de lo descubierto por Freud,
se trata de un complejo de castración que en un primer tiempo
no está ligado al Edipo. Roiphe y Galenson hablan de una
«fase genital precoz», una «reacción de
castración» que sería más bien una reacción
por el complejo de castración.
Aquí podrían abrirse múltiples cuestiones,
que yo evocaba hace ya mucho tiempo en una de mis «Problemáticas»
llamada «Castración, simbolizaciones». Entonces
planteaba la cuestión de saber si la universalidad del complejo
de castración, en su oposición lógica y rígida
«fálico/castrado», es ineludible; si no existen
modelos de simbolización más flexibles, más
múltiples, más ambivalentes.
Lo ineludible de la lógica del tercero excluido en el sistema
de nuestra civilización occidental, ¿va necesariamente
a la par con el reinado del complejo de castración en el
nivel del individuo o del pequeño grupo, es decir, como ideología?
Después de todo, en los análisis a menudo encontramos
que los recuerdos ligados al complejo de castración se presentan
bajo formas atenuadas, es decir, ellas mismas comprometidas por
lo que quieren reprimir.
Ahora bien, lo que quieren reprimir es precisamente «lo sexual-pulsional».
Lo que el sexo y su mano derecha -podría decirse-, el complejo
de castración, buscan reprimir, es lo sexual infantil. Reprimirlo,
es decir, precisamente crearlo en la represión.
Aquí sólo podría recoger aquello a lo que se
llegó recientemente en un diálogo con Daniel Widlöcher
sobre «apego y sexualidad infantil»28. Lo sexual infantil,
lo «sexual-pulsional», es el objeto mismo del psicoanálisis.
Siendo pulsional y no instintivo, funciona según un régimen
económico particular que es el de la búsqueda de la
tensión, y no el de la búsqueda del alivio de la tensión.
Teniendo como fuente, y no como resultado, al objeto fantasmático-
invirtiendo, pues, la «relación de objeto»-,
lo sexual ocupará todo el campo, intentando organizarse de
una forma siempre precaria hasta la gran conmoción de la
pubertad, donde lo genital instintivo tendrá que integrarse
con él.
Voy terminando esta exposición para dejar lugar a la discusión,
es decir, a las incertidumbres.
*
He querido presentar un marco estricto, pero con la intención
de abrirlo sobre hipótesis e incertidumbres. Algunas de estas
hipótesis son turbadoras por relación a lo que se
admite habitualmente:
-
Anterioridad del género respecto del sexo, que trastorna
los hábitos de pensamiento rutinarios que colocan lo «biológico»
antes que lo «social».
- Anterioridad de la asignación respecto de la simbolización.
- En cuanto a la identificación primaria, propongo que lejos
de ser una identificación primaria «a» (el adulto)
sería una identificación primaria «por»
(el adulto).
- Carácter contingente, perceptivo, ilusorio de la diferencia
anatómica del sexo, verdadero destino de la civilización
moderna.
Incertidumbres: Ellas son numerosas y pienso que ustedes las plantearán.
Menciono la cuestión de saber cómo vienen a conjugarse
las dos líneas de mensajes enigmáticos que ahora intento
definir: lo que quiere decir que hace falta dejar un lugar para
esa segunda línea, la de la asignación social, junto
a la línea del apego. ¿Cómo se sitúa,
por relación a esta doble línea, el problema de la
feminidad y aquél de la «bisexualidad»? ¿Cuál
es la relación de lo que he sugerido sobre «la identificación
por» con la noción de ideal del yo? Obviamente no voy
a desarrollar estos temas. Agradezco todas las incertidumbres, preguntas
y objeciones que ustedes quieran plantear.
Notas
* Publicado en Libres cahiers pour la psychanalyse. Études
sur la Théorie de la séduction, Paris, In press, 2003
y en Jean Laplanche, Sexual. La sexualité élargie
au sens freudien (2002-2006), PUF, 2007. [La traducción de
este texto ha sido revisada en Diciembre de 2008].
1.
De un modo bastante general, aunque no sistemático, Freud
usa el término Unterschied, diferencia, para referirse a
una oposición binaria, y Verschiedenheit, diversidad, cuando
existe una pluralidad de términos. Diferencia del negro y
el blanco. Diversidad de los colores.
2. En alemán, la derivación de los términos
«sexuell» y «sexual» es muy cercana. Ambos
provienen del latín sexualis. «Sexual» es más
erudito y más germánico; «sexuell», más
romano y corriente. [Laplanche toma del alemán el término
sexual para referirse específicamente a lo sexual ampliado,
a-funcional y fantasmático, descubierto por el psicoanálisis.
A falta de mejor opción, decidimos traducir este neologismo:
«sexual» por «sexual-pulsional». Pero, aunque
en este artículo Laplanche usa con frecuencia el término
«sexual» (incluso en el título), por comodidad
para la lectura sólo lo traducimos por «sexual-pulsional»
cuando aparece subrayado de algún modo, o cuando el contexto
lo exige. N de T.].
3.
Inversamente, Freud emplea el término Geschlechtlichkeit
en un sentido bien específico, diferente del de «sexualidad».
Así, en L’interprétation du rêve (OCF/P, IV,
p. 377) [La interpretación de los sueños OCF,V, Amorrortu],
refiriéndose a una conversación «durante la
cual nos reconocemos, por así decir, en nuestra “condición
sexuada”, como si dijéramos: yo soy hombre y tú eres
mujer».
4.
GW, V, p. 82. [OCF, VII, Amorrortu].
5.
OCF/P, XI, p. 140, cf. más abajo, p 18. nota 24.
6.
R. Stoller, 1968, Sex and gender, trad. París Gallimard,
1978, con el título Recherches sur l´identité
sexuelle [Investigaciones sobre la identidad sexual]. La sola transposición
del título muestra la dificultad, para el pensamiento psicoanalítico
francés clásico, de integrar el término y la
idea de «género».
7.
Cf. más abajo, Anexo I, El género y Stoller. [Artículo
publicado en este mismo número. N.deT.].
8.
Cf. más abajo, Anexo II, El género lingüístico.
[Artículo publicado en este mismo número. N.deT.].
9.
Psyche, 1997, 9/10. Este título es una mezcla de palabras
inglesas, gender, sex, y de una palabra alemana, ohne: «El
género sin el sexo».
10.
Le deuxième sexe, Gallimard, Folio, 1976, I, p 74 y 76. Entre
corchetes, añadido por J. Laplanche.
11.
Interview in A critical sense, Peter Osborne, Routledge, London
and New York, 1996, p. 112.
12.
En L´anatomie politique, Côté-femmes, 1991.
13.
En Dictionnaire critique du feminismo, puf, 2000, p. 197-198. Las
cursivas son de J. Laplanche.
14.
Sin considerar la posición radical de ciertas feministas
que, para suprimir completamente la noción de sexo, se ven
llevadas a combatir la noción misma de diferencia en el nivel
lógico (Monique Witling). Pero aquí sólo puedo
hacer alusión a ello.
15.
Es precisamente por esta razón, que me opongo a situar de
entrada (y a traducir al francés) el género como «sexo
psico-social» y el sexo como «sexo biológico».
Una tal categorización reduce la oposición género-sexo,
bastante más rica y compleja, al viejo estribillo biología/sociología.
Más adelante mostraré, especialmente, que el sexo
que entra en una relación de simbolización con el
género no es el sexo de la biología sino, en gran
medida, el sexo de una anatomía fantasmática, profundamente
marcada por la condición del animal humano.
16.
Utilizado para el «género» lingüístico,
pero cuyo uso podría ser ampliado.
17. Nouvelle suite des leçons d’introduction à la
psychanalyse, OCF/P, XIX, p. 196. [Nuevas conferencias de introducción
al psicoanálisis, OCF, XXII, Amorrortu].
18.
Cf. «Notes sur l’après-coup», in Entre seduction
et inspiration l’homme, Puf, 1999. [«Notas sobre el après-coup»,
en Entre seducción e inspiración: el hombre, Amorrortu,
2001].
19.
Psychoanalytic theories of gender identity, in J. Am Acad. Psychoanal.,
11 de febrero, 1983.
20.
Love relations, New Haven and London Yale U.P., 1995.
21.
P.U.F. Le fil rouge, 1987.
22.
Al comienzo de «Psicología de las masas», OCF/P,
XVI, p. 5-83. [OCF, XVIII, Amorrortu, p.67-136], Freud afirma que
«la psicología individual es de entrada también,
simultáneamente, psicología social», p.5 [p.67].
Pero rápidamente se observa que la «psicología
social» de la que habla es aquélla de las interacciones
cercanas con lo que yo llamo el círculo estrecho del socius:
«sus padres, sus hermanos y hermanas, su objeto de amor, su
profesor y su médico», p.6 [p.67].
23.
Para una crítica de estos pasajes de Freud, absolutamente
enigmáticos y sintomáticos, Cf. J. Laplanche, Problématiques
I, p. 335-337 [La angustia .Problemáticas I, p. 317-320].
24.
J. Florence, La identification dans la théorie freudienne,
Facultés Universitaires Saint Louis, Bruxelles, 1978.
25.
P.221.
26.
Que es una traducción preferible a «la anatomía
es el destino». El alemán lo permite y creo que es
más impactante decir «el destino es la anatomía».
27.
Cf. Problématiques II. Castration, Symbolisation, Puf, 1980
[Problemáticas II. Castración, simbolizaciones., Amorrortu,
1988].
28.
D. Widlöcher et J. Laplanche, Sexualité infantile et
attachement, Petite bibliothèque de psychanalyse, PUF, 2000
[Sexualidad infantil y apego, Nueva Visión, 2005].