Psicoanálisis y ciencia*

Francis Martens

 

 

 

De tapas  con Karl Popper, o del inconveniente de mezclar  fresas con   chalotes.

 

 

 

            Para comenzar, ¿qué es una ciencia en el sentido propio del término? Podemos sostener (siguiendo, por ejemplo, al físico Jean Bricmont, Universidad de Louvain) que un trayecto intelectual no merece el nombre de científico a menos que pueda plegarse a las exigencias del método experimental. En ese caso, las ciencias humanas deben descartarse de entrada. En efecto, en este nivel –cualesquiera que sean las astucias metodológicas empleadas- el investigador, en mayor o menor medida, forma él mismo parte del fenómeno estudiado. Ello por el solo hecho de pertenecer a la especie humana. Así, el doctor Roger Ackroyd, en la novela de Agatha Christie, investiga un asesinato que él mismo cometió. Al querer  remediar este sesgo de su observación, se ve confrontado a una cruel paradoja: cuanto más se empeña en tomar distancia para, pese a todo, lograr la objetividad, cuanto más chapucea en el campo que pretende volver experimental (formateado en variables que permitan mediciones y contra-pruebas), más termina por escapársele el objeto de su estudio.  Es así como el campo del deseo llega a confundirse con el de la erección y, pronto, entre los dedos del investigador no queda más que un trozo helado de cola de lagarto… Ni él, ni el reptil, ni la poesía, ni el rigor, ganan gran cosa con ese malabar. A lo sumo, recoger al paso alguna habilidad tecnológica, demasiado a menudo confundida con el saber científico mismo.

 

            Entonces, ¿cerraremos el debate con una provocación del tipo: Todo lo que es riguroso es insignificante? O de forma más bella, con el poeta victoriano Alfred Tennyson – amigo del lógico Lewis Carroll- ¿estaríamos de acuerdo en que Nada que valga la pena puede ser probado ni descartado? Me pregunto qué hubiera pensado Freud (1856-1939) de una tal afirmación – él que intentaba sacar a la luz, sin echarla a perder, la esencia misma de la naturaleza humana, al tiempo que se mostraba “popperiano” de corazón desde antes del nacimiento de Karl Raimund (1902) en Viena. Que Freud, hijo del positivismo y diestro en las exigencias del laboratorio, haya sido metodológicamente un “buen” popperiano es otra historia. Pero  hay que aceptar con pesar que, en materia de psicoanálisis, Sir Karl no fue él mismo más que un popperiano bastante mediocre… En realidad, sin haberse tomado el trabajo de examinarlo

 

 

* Publicado en el sitio web de psicoanálisis  Squiggle (www.squiggle.be) y en la revista  «Psychiatrie Française», vol. XXXVII, 3/06, París, noviembre de 2006, p. 118-127.

 verdaderamente, sólo se interesa por el psicoanálisis en tanto ilustración negativa del núcleo duro de su epistemología: el criterio de refutabilidad (y no de «falsificación», como nos incita a llamarlo un falso amigo).  Adolf Grünbaum –otro epistemólogo que critica la cientificidad de la obra freudiana- se muestra severo con Popper a este respecto. Pero ello no es necesariamente una buena noticia, pues ahí donde Popper concluye en la no-cientificidad de la teoría psicoanalítica en virtud de su no-refutabilidad, Grünbaum, después de haber mostrado que ella sería testable y refutable, desemboca más bien en su refutación. Al menos en el nivel de su testabilidad “intraclínica”. Notemos que Popper se cuida de no confundir cientificidad y verdad, pero ello es sólo un pobre consuelo. Para Freud el psicoanálisis era una empresa científica y, tanto desde el punto de vista de Popper como desde el de Grünbaum, en ese nivel parece haber fracasado.

 

            ¿Cómo explicitar lo anterior para captar mejor la naturaleza de lo que está en juego? ¿Es posible desplazar la mirada para oponer a dos epistemólogos de renombre una otra aproximación al fenómeno psicoanalítico? Pienso que sí. Vayamos, pues, un poco hacia atrás para aclarar conceptos imporatantes y sin duda más simples de lo que parecen. En realidad, Popper (contrariamente a Grünbaum) nunca se interesó verdaderamente por el psicoanálisis. Éste sólo le servía de contra-ejemplo para establecer, por medio del concepto de refutabilidad, un criterio de demarcación entre verdaderas y falsas ciencias. Así, después de considerar tres construcciones teóricas globalizantes – la de Freud, la de Marx y la de Einstein- Popper concluye que tan solo la teoría de la relatividad merece el nombre de gestión científica (sea ella verdadera o falsa), ya que es la única de las tres que permite imaginar una puesta a prueba susceptible de invalidarla. Por el contrario, la teoría psicoanalítica, confrontada con un hecho que parece contradecirla, siempre podrá manejarlo a su antojo: parece ser inmune a toda tentativa de refutación. Así, una interpretación concerniente a un aspecto de realidad sexual reprimida será ora aceptada por el analizando –lo que confirma su precisión- ora rechazada por él –atestiguando esta «resistencia» la presencia de lo reprimido, blanco de la interpretación… Desde el punto de vista clínico esto es perfectamente creíble. Desde un punto de vista teórico, no hay ahí ninguna incoherencia. La definición misma de procesos inconcientes implica que ellos escapan a la lógica aristotélica: la teoría del inconciente –expuesta de modo perfectamente lógico- implica que en ese registro uno puede decirlo todo y su contrario. Prácticamente, ello significa que si el epistemólogo de campo aborda los Freudian Hills por la vertiente clínica individual, corre el riesgo de ir a parar a un paisaje del tipo: «cara, yo gano; cruz, tú pierdes», «heads I win, tails you lose» lo que no le viene precisamente como anillo al dedo. Si, sin desmoralizarse, aborda  además el terreno epidemiológico, pronto se verá confrontado a resultados muy poco convincentes. Por ejemplo, si el lazo que Freud establece entre paranoia y represión de la homosexualidad es pertinente, debería esperarse encontrar proporcionalmente menos paranoicos en las sociedades que menos reprimen la homosexualidad, lo que, como señala Alfred Grünbaum, parece no corresponder a la realidad.

 

            Es importante reconocer que el psicoanálisis sólo se revela predictivo a posteriori. Frente a tal o cual patología individual, podrá reconstruir causalidades probables pero, partiendo de las mismas causalidades aplicadas a otro individuo, no podrá predecir nada con certeza; por la buena razón de que hay demasiadas bifurcaciones posibles y – a Dios gracias- demasiados sistemas defensivos potenciales. Desde una perspectiva psicoanalítica, la anorexia mental  no es una disfunción asociada a factores suficientemente objetivables como para que al tratarlos se favorezca la restauración de un comportamiento normal. Es un sufrimiento singular cuyos rasgos de superfiecie –relativamente familiares- disimulan tentativas de solución estrictamente individuales. Esto deja entender que la evaluación de la clínica y la teoría psicoanalíticas lo son todo excepto simples y que no están necesariamente ligadas. Dos muestras de cuarenta mujeres solteras, anoréxicas, de cuarenta años, del mismo medio social, que pesa cada una cuarenta kilos, y que se benefician unas del psicoanálisis y las otras de un placebo, no pueden evaluarse del mismo modo que dos grupos homogéneos de ratas White Star, uno alimentado con corn-flakes y el otro con el cartón del envase. Frente a esta fragilidad epistemológica, el psicoanálisis podría consolarse con las múltiples confirmaciones que su elegante teorización encuentra en miles de observaciones, tanto en el campo de la clínica como en el de la cultura. Desafortunadamente, esto está muy lejos de ser suficiente.

 

            El golpe de genialidad de Karl Popper, su genial simplicidad, es haber percibido que la acumulación de confirmaciones no alcanza para distinguir una verdadera ciencia de una falsa. Después de todo, a partir de observaciones múltiples confirmamos que tanto el sol como la luna giran, como se suponía, alrededor nuestro. Esta teoría geocéntrica de la marcha de los astros es perfectamente científica: se apoya en observaciones objetivas, reiteradas y compartidas. Más aún, es perfectamente refutable: cualquiera puede presentar, si las encuentra, observaciones incompatibles con esa concepción. Por lo demás,  es eso lo que se hizo. Por lo tanto, que una teoría sea científica no significa que sea exacta. Al exponerse a la refutación, ella acepta de antemano el verse remplazada por otra más conforme a la realidad. Dicho de otro modo, su saber nunca es absoluto y sus errores pueden comportar una parte de exactitud (aquí, la rotación de los cuerpos celestes). Incluso en nuestros días, la física se habla en dos idiomas no traducibles el uno en el otro: el de la relatividad y el de los quanta. Será necesario hacer reajustes. Mientras tanto, los dos funcionan con bastante exactitud como para encarnarse en una enorme cantidad de aplicaciones (por ejemplo, Hiroshima). Sea como fuere, sin refutabilidad no hay ciencia: ahí se encuentra el criterio de demarcación entre un trabajo científico y un recorrido no científico –cualquiera que sea su parte de verdad. Notamos que la exactitud tiene que ver más bien con la posibilidad de medición y de aplicación tecnológica; la verdad, con el sentido (en todos los sentidos del término). Paradójicamente, lo que signa la no-cientificidad del psicoanálisis, en todo caso del psicoanálisis según Popper, es su aptitud para aportar una respuesta a todo.  Pero, más en general, ¿no existiría en el fondo únicamente la ciencia experimental o aplicada, aquélla que se ocupa de fenómenos que permiten una cuantificación rigurosa? Dicho de otro modo, ¿son las ciencias de la naturaleza  las únicas que pueden aspirar a la cientificidad?

 

            Por supuesto que no. Es importante rechazar una definición tan limitada. Toda puesta en orden racional y refutable del caos, puede aspirar a un estatuto científico. Existen sistemas lógicos de clasificación de lo real y elucidación de sus aparentes contradicciones, de los que no se pretende ni experimentación, ni cuantificación, ni aplicaciones tecnológicas, sin por ello revelarse irrefutables. Tomemos, por ejemplo, la antropología estructural de Lévi-Strauss. Para cierta población exótica, casarse con la hija del hermano del padre constituye prácticamente un incesto, mientras que casarse con la del hermano de la madre es presentada como unión ideal. Si no tuviésemos otro horizonte que la genética, encontraríamos ahí –una vez más- la confirmación de que los salvajes son bastante primitivos, y los primitivos más bien limitados. No obstante, es a partir de observaciones de género que Lévi-Strauss (uno de los pilares de las ciencias humanas) mostrará la racionalidad y la funcionalidad de unas reglas matrimoniales a primera vista arbitrarias. Esta observación etnográfica desembocará en una teoría general de la sociedad, identificada esencialmente con el intercambio y con la gran cantidad de reglas que apuntan a garantizarlo. Nada permite afirmar que una tal concepción no sea científica en el sentido fuerte del término, siempre que el modelo demuestre coherencia interna y no se vea suplantado por otro capaz de penetrar, con igual simplicidad y racionalidad, un mayor número de enigmas que el que vino a remplazar. Asumiendo también que a este ordenamiento modelado de lo real se le pueda oponer  la realidad de los hechos. Y está claro, aquí, que el encuentro de una sociedad que funcionara por simple yuxtaposición de individuos autocentrados, que no diera muestras de intercambio ni de cooperación, echaría a perder la concepción de Lévi-Strauss. Así mismo, acontecimientos clínico-sociales traumáticos que hayan destruido las modalidades de reciprocidad y arruinado las redes de intercambio, deberían – de acuerdo al modelo- llevar lógicamente a la extinción de una sociedad. Esta predicción se ve confirmada sobre el terreno. Basta considerar el naufragio de la sociedad de los Ik (estudiada por Colin Turnbull, en Uganda) que después de una desculturación traumática renunció progresivamente a toda forma de solidaridad. Por un lado, entonces, el modelo se revela virtualmente refutable; por el otro, encuentra confirmación en la realidad de los hechos. La diferencia con el esquema experimental es que aquí no se pueden tramar, ni poner en práctica sistemáticamente, procedimientos de refutación. Hay que esperar a que la situación se presente y no inmunizarse preventivamente contra ella. La aparición de un mirlo blanco parece echar a perder la afirmación según la cual todos los mirlos son negros, ¿se trata en realidad de un mirlo? Evidentemente no, ya que todos los mirlos son negros… Al definir après-coup al mirlo por su color, podemos dar la espalda a la realidad.

 

            Por razones tanto éticas como pragmáticas, no se puede experimentar con una población humana del mismo modo que con una muestra de ratas: ello explica que se trate de una refutabilidad «virtual»: se puede concebir una situación cuya ocurrencia eche por tierra los cimientos de la teoría, pero no es posible producir ese avatar en el laboratorio con el propósito de medir sus efectos. En cambio, al desembarazarse de contradicciones aparentes, el modelo científico encuentra más que simples confirmaciones en la realidad: vuelve inteligibles aspectos enteros avocados hasta entonces al sin-sentido. En el caso del matrimonio preferencial con la hija del tío materno, por oposición a la unión prohibida con la hija del tío paterno, la regla matrimonial aparentemente absurda en realidad garantiza una mejor circulación de esposas: en otros términos,  asegura un sistema de intercambio más eficaz en el seno de la sociedad referida. Lo que nos parecía locura súbitamente se nos muestra funcional. Una última diferencia entre «esquema experimental concreto» y «modelo racional de desciframiento» es que del modelo no se desprende ninguna aplicación tecnológica inmediata. En el mejor de los casos, ofrece mapa y brújula para caminar en la complejidad de lo real. Contrariamente a la física teórica más abstracta, que sin solución de continuidad desemboca en aplicaciones sobre la naturaleza, no existe el psicoanálisis aplicado. Menos aún la técnica psicoanalítica. Esas expresiones son sólo  analogías poco afortunadas. De la teorización del inconciente no se desprende ningún aprendizaje standard  que desemboque en un saber-hacer técnico. La teoría psicoanalítica únicamente propone al clínico un modelo, una formación y un marco.

 

            Cuando Popper apela a la irrefutabilidad de la interpretación psicoanalítica para ilustrar la no-cientificidad del psicoanálisis, da cuenta de su desconocimiento de esta disciplina. Por otro lado, confunde psicoanálisis freudiano con psicología adleriana. En realidad, cuando Sir Karl evoca el psicoanálisis lo hace más bien a modo de «conversación de barra» en un café lleno de humo: En 1919 informé a Adler sobre un caso que no me parecía particularmente adleriano pero que él no tuvo ninguna dificultad en analizar, sirviéndose de su teoría de los sentimientos de inferioridad, sin siquiera haber visto al niño. Un poco sorprendido, le pregunté cómo podía estar tan seguro. «Gracias a los mil casos de mi experiencia», respondió; entonces no pude dejar de replicar: «con este nuevo caso supongo que desde ahora su experiencia abarca mil y uno». Y Popper comenta: es precisamente esta propiedad –la teoría opera en todos los casos y se encuentra siempre confirmada- lo que, a los ojos de los admiradores de Freud y Adler, constituye el argumento más convincente a favor de sus teorías. Y yo comenzaba a sospechar que esta fuerza aparente representaba en realidad su punto débil (K. R. Popper, Conjectures et réfutations (1963), 1985, p. 62-63)[1]. Después de haber tanteado en la ebanistería y haberse ocupado de jóvenes en situación precaria en el contexto de los ambulatorios sociales creados por Adler, el joven Karl, que  se había apasionado por la epistemología, se puso a la búsqueda de criterios decisivos que permitieran distinguir entre «ciencias» y «pseudo-ciencias». En el medio estudiantil, la disputa entre ideas era cerrada. Viena era aún una metrópoli del arte y del pensamiento. Para el epistemólogo debutante, su descubrimiento del criterio de demarcación entre freudismo, marxismo y teoría de la relatividad –tres universos conceptuales con pretensiones de cientificidad- producía una verdadera revelación. Más tarde Popper enseñaría física pero, lo repetimos, nunca se interesó por el psicoanálisis. En realidad, cuando compara las teorías de Freud y Einstein pasándolas por el escalpelo común del criterio de refutabilidad, Popper es como un cocinero aprendiz  que, después de echar sal y pimienta y pasar por una sartén con aceite algunos chalotes y algunas fresas, se convence del mediocre valor gastronómico de sus frutas y termina por expulsar de la cocina a toda la canasta de las ciencias humanas.

 

            La teoría psicoanalítica se ve en dificultades cuando Popper le aplica su criterio de refutabilidad postulando –al menos implícitamente- que existe un psicoanálisis aplicado  así como una física aplicada. Ahora bien, ello para nada es así. Si la exigencia de refutabilidad permanece, en este caso debe dirigirse directamente a la teoría. En efecto, la práctica psicoanalítica de ningún modo procede de la aplicación de una técnica, no hay ningún vínculo metodológico directo entre diván e inconciente. No es el lugar para detenernos en este tema. Señalemos solamente que, en el marco de la cura, cada trayecto es singular y no puede ser evaluado según criterios estandarizados: protocolos para la fobia, la depresión, la anorexia, etc. Por razones que atañen tanto a la teoría como a la práctica psicoanalíticas, no hay validación clínica individual posible del psicoanálisis. Dicho de otro modo, la respuesta de Alfred a Karl no necesariamente era disparatada. Los envites epistemológicos están en otra parte. Si el analista puede revelarse equivocado, ello no ocurre del mismo modo que con el ebanista o el cirujano. Pero entonces, ¿qué sería para la teoría psicoanalítica someterse a una prueba de realidad? ¿Es posible imaginar una o más situaciones precisas que pongan en duda sus bases? En principio, ello no debería suponer ningún problema a condición de haber definido previamente lo que entendemos por «teoría psicoanalítica». Aquí hay que reconocer que, en su ligereza, a Sir Karl no le faltaban circunstancias atenuantes. En efecto, ¿cuál es la relación entre los sistemas conceptuales de Jung, Adler y Freud, que no sea la palabra «psicoanálisis»? Y, más cerca de nosotros, ¿es cierto que lacaniano y kleiniano son los nombres de pila y que Freud es el nombre de familia? ¿Qué decir de la obra freudiana misma, más allá de sus propias contradicciones? Todas estas son cuestiones que merecen discusión, mientras la desastrosa transmisión institucional del psicoanálisis –su deriva identitaria- tiene la costumbre de transformar la investigación en celebración y el debate en execración.

 

            Sigmund Freud descubrió algo que muchos presentían confusamente pero que nunca habían explicitado como él antes que él. Algo que deslumbra por su cruel simplicidad. Algo que él mismo estuvo a punto de perder en el camino. Como el de Lévi-Strauss, el trayecto freudiano parte de la realidad más anecdótica (las afirmaciones extrañas, los síntomas invasores, el malestar grave, de algunas histéricas vienesas) para llegar a una teoría antropológica general, aplicable a toda cultura. Por lo demás, lleva a establecer un marco clínico apto al despliegue y, a veces, al aplacamiento de la dolencia humana. No es nuestro propósito presentar un resumen de este trayecto. Como un palacio poco amigable, la obra de Freud está llena de trampas: tanto así que algunos se ven tentados a tirar al niño junto con el agua de la bañera. Lo que sería una lástima, pues la teoría freudiana nos muestra dónde se encuentran los resortes propiamente humanos del ser humano y ofrece una clave simple para descifrar sus aparentes absurdos. Antes de ella, los locos eran simplemente locos. Después de ella, lo que enferma al hombre es su propia humanidad. Claro que tanto los poetas como los mitos ya lo habían sugerido, pero de un modo muy distinto. En pocas palabras el descubrimiento afirma lo siguiente: en el seno de la naturaleza humana el instinto es remplazado por la pulsión; lo genético, por lo erótico. Entre las exigencias rivales del instinto, la cultura y la pulsión, la sociedad humana está atravesada por un incesante sobresalto. En el punto de partida,  tres transmisiones son necesarias para constituir un ser humano: una «genética», una «genealógica cultural» y una «genealógica sexual», siendo ésta última ampliamente inconciente y operando una erotización del cuerpo y de sus funciones sin la cual el bebé no podría vivir. La prematuración del recién nacido (su «fetalización», según el biólogo Louis Bolk), la prolongada impotencia de la cría humana (su «Hifllosigkeit», cuyo paradójico valor adaptativo es extrañamente poco comentado por los darwinianos), sirven de soporte a la impregnación cultural y a la implantación sexual. Lo propio de la obra de Jean Laplanche es haber liberado de los escombros, y desplegado en sus consecuencias, el núcleo duro del descubrimiento freudiano. La situación antropológica fundamental es aquélla de un infante originalmente “seducido”: expuesto sin tregua a los efectos excitantes del inconciente sexual reprimido del adulto, que viene a lastrar todos sus mensajes, todas sus interacciones. Incapaz de evadirse, la cría humana no puede protegerse más que por una operación mental –verdadera interfase entre biológico y psicológico- que Laplanche, siguiendo a Freud, llama “traducción”. El resto no traducido es reprimido y hace las veces de fuente de la pulsión. Ésta última, por definición, lo quiere todo y todo ya, mientras que la cultura, por necesidad, impone mediaciones sin las cuales la cooperación –vital para el frágil depredador humano- se revela imposible. De ahí el inevitable «malestar en la cultura».

 

            La puesta en forma de Freud por Laplanche enfatiza la naturaleza pre-genital de lo sexual, su importancia para erotizar la vida más que para transmitirla, el aspecto inevitablemente intrusivo de su establecimiento, sus relaciones profundamente tormentosas con la cultura, sus funciones generales de ligazón y desligazón (pulsiones sexuales de vida y de muerte), así como  su trastorno «après-coup» (pubertad) por el programa genético adormecido en el corazón de la especie. Este abordaje de la antropología por la vertiente psicoanalítica ofrece un modelo racional para la elucidación de una multitud de fenómenos de otro modo desprovistos de sentido. Piénsese en la violencia sádica que, en ocasión de guerras o conflicto, es perpetuada por ciudadanos habitualmente bien cultivados, o en la connotación fuertemente sexual de numerosos insultos y de la mayor parte de sentidos implícitos, sin olvidar la extraña identificación de los adultos occidentales contemporáneos con las víctimas de paidofilia –justo cuando la cultura circundante reprime menos la expresión pública de la sexualidad. Preguntémonos, por otro lado, sobre la relación sutil que un fenómeno tan fundamental y universalmente difundido como el efecto placebo, mantiene con la seducción. Y no dudemos en sorprendernos por la presencia, entre los mamíferos, de una especie sexualmente excitable en todo momento, en la cual las hembras están dotadas de pechos independientemente del embarazo y de la lactancia.

 

            Entre represión individual y represión colectiva, el modelo antropológico psicoanalítico implica que una sociedad humana no sea compatible con el libre desencadenamiento de las pulsiones. En realidad, desde este punto de vista, todos llevamos una triple vida: manifestación pública temperada de lo sexual en la vida social, erotización más acentuada de la vida privada, trabajo oculto permanente del inconciente sexual reprimido. Dejando de lado la ética, se podría imaginar diversas puestas a prueba del modelo psicoanalítico. Pero, más allá de su coherencia interna, su cientificidad parece estar ya asegurada por su aptitud para dar sentido –racional y funcional- a una gran cantidad de fenómenos avocados sin él a la incoherencia. Dicho esto, está claro que la refutabilidad no vendrá del diván, menos aún del sillón. La teoría psicoanalítica, no obstante, permanece virtualmente refutable: que se identifique una sola sociedad capaz de sobrevivir sin poner un freno a la expresión de lo sexual pre-genital,  y el modelo se viene abajo    



[1] [Conjeturas y refutaciones, Paidós, 1983, p. 59-60].


ISSN 1885-5660

<iframe><noscript><xmp><pre>