Extractos de una conversación con Jean Laplanche*

Declaraciones reunidas por Alberto Luchetti[1]

 

 

 

AL: ¿Por qué su insistencia –sobre todo estos últimos años pero, ciertamente, no sólo éstos últimos- en la cientificidad del psicoanálisis, sabiendo que mucha gente prefiere una visión más «flexible» del psicoanálisis?

 

JL: Sí, ciertamente es para mí una preocupación antigua, pero que no deja de aumentar ante la «blandura» del pensamiento psicoanalítico en general, su blandura y su divagación. Es decir, que se dice un poco cualquier cosa, en cualquier lengua y sin que preocupe mucho el ser comprendido. Somos muy criticados por los ambientes intelectuales en general y por los ambientes científicos en particular, que piensan que no hay posibilidad de diálogo con los psicoanalistas. Ahora bien, yo pienso que hace falta restablecer esa posibilidad y que ello sólo puede hacerse sobre la base de lo que llamo la cientificidad: un mínimo de acuerdo sobre lo que es racional y lo que no lo es, lo que es admisible y lo que no lo es, lo que es refutable y lo que no lo es.

 

 

AL: Pero el problema de la cientificidad trae consigo aquél de la verdad posible, de poder captar la verdad de las teorías, de las hipótesis, de los modelos del psicoanálisis.

 

JL: Creo que el problema de la verdad permanece siempre, para todo el mundo, fuera de las conquistas directas del intelecto. Los más grandes epistemólogos piensan que no tenemos de ella más que una aproximación, pero eso no impide que la verdad siga estando ahí como un ideal. No debemos pensar que estamos en posesión de la verdad como si se tratara de una cosa, de ningún modo lo estamos: nosotros proponemos modelos que intentan  aproximarse lo más posible a la verdad, pero esos modelos son eminentemente caducos, refutables, es decir que un día u otro es seguro que serán reemplazados por otros más adecuados.

 

 

AL: A menudo usted se refiere a los trabajos de Popper que, sin embargo, parecen colocar al psicoanálisis en un rincón, fuera de la ciencia.

 

JL: Sí. Existen dos Popper. Está el Popper que criticó el psicoanálisis y creo que, lamentablemente, ignoraba casi todo sobre psicoanálisis. Sólo conocía sus aspectos más divagantes (por ejemplo Adler) o los más metafísicos. Popper ignoraba todo sobre psicoanálisis freudiano. Conocía el psicoanálisis esencialmente por su rama adleriana. Nunca discutió a Freud verdaderamente a partir de sus propios conceptos.

 

 

AL: ¿Y el otro Popper?

 

JL: En cambio el otro Popper, absolutamente apasionante,  es el que finalmente dijo –retomo esta fórmula que no sé si es suya, la conozco desde hace mucho tiempo-: «La naturaleza nunca dice sí, ella siempre dice no». Es decir, que la naturaleza nunca confirma una verdad, pero está siempre a nuestra disposición para refutar una aserción falsa. Evidentemente es algo que parece puramente negativo cuando en realidad es muy positivo, pues abre la posibilidad a toda una imaginación creativa de modelos.  El hombre es un creador de modelos. Modelos que intentan adaptarse lo más posible a la realidad que estudia. Pero después esos modelos son sometidos a «refutación». Por lo tanto, no son sometidos a «verificación», en el sentido de que no se trata de mostrar todas las ocasiones en que serán acertados sino de buscar el punto en que podrían ser falsos. Evidentemente es ese punto preciso el que puede hacer que todo se venga abajo. Está claro que el popperismo que describo aquí es un poco radical. El popperismo del tiempo de Popper está muy suavizado. En nuestros días Popper ya no diría, y los popperianos ya no dirán, que todo un sistema de pensamiento vaya a derrumbarse en fe de una única experiencia negativa. Hay experiencias que no atañen más que a una parte periférica de un sistema, mientras que su centro se revela mucho más duro y resiste bien las experiencias negativas.

 

 

AL: ¿Cree que Freud mismo era popperiano ante litteram?

 

JL: Sí, creo que a menudo Freud era popperiano avant la lettre. Por ejemplo, escribió un artículo titulado «Una concepción de la paranoia que contradice la teoría psicoanalítica de esta enfermedad». Y bien, esta descripción de un caso negativo es típicamente popperiana. Incluso si desemboca en el hecho de que ese caso no es necesariamente tan negativo, porque a Freud evidentemente no le gustaba mucho encontrar casos verdaderamente negativos… Lo que no impide que haya explorado uno para mostrar que no es tan negativo como lo parecía a primera vista. La cuestión era aquélla del fundamento homosexual de la paranoia.

 

 

AL: Sin embargo, si Freud adopta y escoge la visión del mundo de la ciencia, usted dice también que no refuta las otras concepciones del mundo, ¿hay, entonces, lugar para ellas?

 

JL: Yo pienso que apenas hay lugar para las otras concepciones. Freud no era tan tolerante como usted lo describe. Era muy negativo especialmente respecto de la visión religiosa. La criticó de un modo sumamente enérgico. Pienso que Freud era un partidario relativamente firme de la visión científica. Sin duda nosotros seríamos mucho más tolerantes que él, en nuestros días.

 

 

AL: ¿Podría decirse lo mismo respecto de la visión del mundo de la filosofía?

 

JL: Sí, desde luego. Para Freud la filosofía plantea verdaderos problemas pero con soluciones más o menos imaginarias.

 

 

AL: A propósito de la cientificidad del psicoanálisis, ¿cree que su «teoría de la seducción generalizada» pueda redirigir al psicoanálisis hacia su vocación científica?

 

JL: Yo sigo siendo muy racionalista y muy freudiano, aunque tal vez más tolerante que él por relación a las otras visiones del mundo. Pero ciertamente mi visión personal es científica: pienso que toda aserción que no es susceptible de ser refutada en un debate carece de valor. Esto implica debate entre personas, no sólo entre ideas.

 

 

AL: En ese sentido, ¿la teoría de la seducción generalizada puede someter sus proposiciones a ese trabajo de falsificación, de puesta a prueba?

 

JL: Sí, pero hay que ser muy prudente porque muchos elementos de la teoría de la seducción generalizada son difíciles de falsificar. En efecto, no son elementos de tipo experimental. Tampoco son elementos de observación en el sentido clásico del término. Se los encuentra en el curso de la cura psicoanalítica, lo que es muy especial por relación a la situación de observación en el mundo de los objetos externos.

 

 

AL: A este respecto, usted ha señalado tres conceptos que están en la base de la teoría de la seducción generalizada pero también del psicoanálisis: la concepción de la sexualidad infantil en tanto que pulsional, la del inconciente por definición sexual y, también, la de represión. ¿Encontramos ahí el núcleo del psicoanálisis?, ¿su objeto y las consecuencias sobre su método?

 

JL: Yo diría que ésas son las tesis principales de la teoría de la seducción generalizada. De hecho, para mí su base se encuentra en lo que llamo la «situación antropológica fundamental», es decir la confrontación entre un adulto y un infans. Dicho de otro modo, entre un bebé que aún no tiene inconciente y un adulto dotado, el sí, de un inconciente sexual que incluye la sexualidad infantil. Entre ambos, los tres elementos están presentes desde el comienzo, en el curso de un diálogo que primero no transcurre en el plano de la sexualidad (porque de un lado todavía no hay sexualidad), sino en el plano de lo que llamamos apego. Pero ese registro del apego se ve rápidamente «comprometido», es decir, infiltrado por elementos sexuales que proceden del adulto. Es eso lo que desencadena el proceso, primero en el adulto y luego en el infante, quien, en suma, se encuentra desorientado por mensajes que ya no comprende como los comprendería si fueran simplemente mensajes de amor y de apego. En ese momento se produce un déficit de traducción, un déficit de comprehensión, que hace que esos mensajes sean almacenados, digamos conservados, un cierto tiempo antes de que el sujeto intente traducirlos a su manera. Evidentemente hace falta que tenga los medios: gran parte de éstos le son proporcionados especialmente por el ambiente exterior, es decir, por las ideas, los mitos, los esquemas de comprensión más diversos que éste comunica.

 

 

AL: También las narraciones, historias que son culturales pero también familiares… usted tiene una concepción del inconciente que me parece pregnante: «el inconciente nos recuerda por siempre que no gravitamos alrededor de nosotros mismos ni alrededor de un ello de naturaleza biológica». Usted combate la idea de que el inconciente emergería únicamente de la organización biológica.

 

JL: Sí, absolutamente. Sin embargo no es que yo niegue la importancia de lo biológico en otros planos, que yo llamo planos «instintintuales» y que deben distinguirse de lo «pulsional». Aquí por instintual hay que entender lo autoconservativo con sus montajes biológicos. Así mismo, puede decirse que la sexualidad adulta, que  en el momento de la pubertad debe hacerse un lugar al lado de la sexualidad infantil, posee, ella también, un fundamento instintual y no solamente pulsional.

 

 

AL: A propósito de la «situación antropológica fundamental», usted dice que coloca al infante en posición de recibir algo a traducir, pero que también expone al adulto a su propia sexualidad infantil.

 

JL: Sí, por supuesto. El adulto mismo ignora la sexualidad infantil que vehiculiza. Por lo menos en los casos normales o neuróticos. No me refiero a  casos psicóticos, perversos, que son muy diferentes.

 

 

AL: A propósito de ello, existe otra preocupación actual que encuentra lugar en sus escritos: la del crimen sexual y también la del incesto. Usted ha dicho: desde el momento en que sostenemos que la sexualidad infantil no es innata sino que –como el fantasma- surge en el seno de un diálogo adulto-infante en el cual la iniciativa sexual viene del adulto, nos vemos llevados a revisar  completamente la perspectiva del crimen sexual.

 

JL: En primer lugar, nos vemos llevados a trastocar completamente nada menos que la perspectiva del complejo de Edipo: a considerar que su raíz, el origen de la acción sexual, no es obra del niño, como pretende Freud, sino únicamente del padre-o-madre [parent] que seduce al niño. Desde esta perspectiva, el complejo de Edipo tal como Freud lo concibió no es más que un retorno defensivo, una suerte de identificación con el agresor, para retomar el término de Ferenczi. El niño se identifica con el agresor sexual declarando que él es el autor del crimen sexual…

 

 

AL: Aquí no se trata solamente de su teoría sino de un diagnóstico que usted traslada a la situación actual, cultural y social,  especialmente a propósito de la evolución de la familia, de la sexualidad y de  los métodos de procreación.

 

JL: Por supuesto. Hay ahí algo que está a punto de modificarse profundamente. Durante un periodo histórico relativamente limitado existió un encuadre estricto, pero ese encuadre se ha vuelto cada vez más obsoleto. Con todo, la cuestión es saber cómo la sexualidad infantil será nuevamente encuadrada. No puede permanecer anárquica pues conduciría nada menos que a la muerte. Lo que yo llamo «pulsión de muerte» es la sexualidad infantil funcionando de forma puramente anárquica.

 

 

AL: En relación al Edipo, usted dice que es una narración al servicio de encuadrar esta sexualidad pulsional que tiene efectos desligantes. Pero esta narración parece volverse cada vez más endeble y más desfalleciente…

 

JL: Sí, pero no hay que exagerar. El Edipo todavía tiene una pregnancia formidable. Aún constituye lo esencial de la mayoría de sesiones psicoanalíticas. De modo que debemos ser muy modestos al referirnos al futuro. Es a largo plazo que el Edipo llegará a ser una estructura cada vez más ineficaz.

 

 

AL: Sin embargo, usted dice que hoy vemos aflorar el crimen sexual en la medida en que la «ley» del complejo de Edipo se desmorona o se petrifica. ¿Piensa que hay un aumento de esos crímenes, o que están cobrando un carácter aún más «desligante»?

 

JL: Es difícil emitir un juicio cuantitativo sobre un fenómeno que no ha sido cuantificado en el pasado. Hace cien años no se cuantificaba el crimen sexual, no éramos capaces de decir en qué proporción se producía. De modo que es bastante difícil, incluso imposible, saber si el crimen sexual ha aumentado. Lo que no impide que  haya pasado a ocupar el primer plano de la escena desde hace algunos años. En efecto, ha cobrado una potencialidad y una toxicidad diferentes. Creo que el crimen sexual es esencialmente cometido por el adulto contra el niño, pero yo amplío la idea de crimen sexual diciendo que tal vez en el fondo de todo crimen existe un elemento sexual. Se trata de una cuestión metapsicológica particularmente profunda: a propósito de todo criminal, digamos incluso el ladrón más banal –y muy evidentemente el asesino-, preguntarse si no hay algo de sexual en su acto, algo de profundamente inconciente pero sin embargo presente.

 

 

AL: ¿Diría lo mismo sobre los crímenes que no son solamente individuales sino de grupo, de Estado, etc.? Hace algunos años se refirió a los crímenes en Yugoslavia,  en Camboya…

 

JL: Es cierto que los crímenes de los campos de concentración, sean de derechas o de izquierdas, están marcados por una fuerte connotación sexual. Fue un argumento escondido pero en el fondo evidente. Ahora, en el caso del crimen colectivo,  digamos  mafias  u organizaciones de cuello blanco, el aspecto sexual está mucho más escondido. En mi opinión comporta un aspecto homosexual importante que habría que poner en evidencia.

 

 

AL: Y sobre el cual el psicoanálisis tiene, pues, algo que decir…

 

JL:…sobre el cual el psicoanálisis tiene algo que decir…

 

 

AL:…a partir de una concepción muy rigurosa de su objeto, porque eso es lo que a usted le preocupa a propósito de la teoría: la precisión en la definición de términos, de  conceptos y de  las relaciones entre ellos.

 

JL: Un objeto que es esencialmente la sexualidad.

 

 

AL: A propósito del crimen sexual, usted también opina  que el aumento de su importancia va de la mano con el desvanecimiento del incesto y de su significación. ¿Qué quiere decir con ello? ¿El crimen sexual aumenta en importancia y, sin embargo, el incesto va perdiendo su significación?

 

JL: El incesto pierde su significación ya por el hecho de que las categorías familiares pierden su significación y que, en el crimen sexual, a menudo vemos ocupar el primer plano a la relación adulto-niño antes que a la relación padre-niño. Así pues, desde este punto de vista, el incesto pierde importancia en la medida en que las categorías parentales se deshacen. Éstas se debilitan hasta volverse casi insostenibles: desde el momento en que las familias están siendo totalmente «recompuestas», ¿dónde se sitúa el incesto verdadero?

 

 

AL: A propósito de ello, usted habla de sociedades en las que no hay padres ni maridos –los Moso de China, por ejemplo- para sugerir que se puede pensar una organización, una forma de ligar y encuadrar lo sexual, sin necesariamente utilizar esas categorías. Por otro lado, mucha gente habla de una suerte de desaparición del padre, o de la función del padre, que, por lo demás, usted mismo pone entre comillas.

 

JL: Pienso que la «función del padre» necesariamente va a desvanecerse con la disolución de las categorías familiares tradicionales. Cada vez es más frecuente que el padre biológico esté ausente y que, en el mejor de los casos, sea remplazado por un padrastro o un padre adoptivo – lo que no es igual. Creo que la función del padre va a debilitarse en la realidad misma. Tenemos, pues, que encontrar otros modos de estructuración. El ser humano está obligado a encontrar medios para encuadrar la sexualidad infantil, la sexualidad perversa. Si no lo hace va al encuentro de su muerte. Tanto de su muerte colectiva como de su muerte individual.

 

AL: También existe otro riesgo, aunque tal vez es éste mismo del que estamos hablando: el de la desaparición del deseo. Por ejemplo, usted ha señalado la función estructurante de la renuncia pulsional –ya que la pulsión es en sí misma inconciliable- pero precisando que la renuncia no es un aniquilamiento de la pulsión. Esto me parece cercano al riesgo actual de desaparición del deseo: con una multiplicación de satisfacciones pero sin la posibilidad de desear.

 

JL: Yo pienso que, a pesar de todo, el deseo se reencuentra en las sublimaciones. Como en toda sociedad, en la sociedad actual tenemos muchas formas de sublimación. El deseo encuentra ahí una de sus vías más importantes de realización.

 

 

AL: Entonces no deberíamos ser pesimistas ni alarmarnos a ese respecto. Sin embargo hay quienes hablan mucho de la desaparición del deseo en un goce extendido.

 

JL: Por supuesto. Pero yo no me reconozco tanto en esa idea. Pienso que el deseo está siempre presente tal como lo encontramos en psicoanálisis: extremadamente vivo. Incluso bajo sus formas desplazadas.

 

 

AL: Nos hemos reunido aquí [en Lanzarote], después de algunos años, para reflexionar en torno al psicoanálisis y en torno a vuestra teorización. Con estos años de distancia, ¿cuál es su impresión?, ¿encuentra cosas que le hagan sentirse optimista?

 

JL: ¡Escuche! Al salir de estas jornadas necesariamente nos sentimos optimistas. Está claro que somos un grupo pequeño, pero de gente convencida y, al mismo tiempo, llena de creatividad. Gente que no es dogmática sino que, a partir de una cierta propuesta, que es la mía, se muestra extremadamente creativa. En esta medida es de esperar que tenga lugar una expansión de la teoría de la seducción generalizada hacia círculos más amplios que éste, reducido tan sólo a veintinueve personas reunidas aquí durante cuatro días.

 

 

AL: Acaba de publicarse su libro sobre el «après-coup», Problématiques VI[2]. Ahí aborda una cuestión metapsicológica pero también, podría decirse, la experiencia subjetiva del tiempo, de su travesía y de la posibilidad de darle nuevas significaciones, de reavivar el pasado para elaborarlo y enriquecerlo. ¿Cree que el paso del tiempo pueda ampliar el campo de su teoría?

 

JL: Estoy convencido de que esta teoría se mostrará fecunda, de que aún hay campos inmensos por explorar y que corresponderá a otros hacerlo. Especialmente los campos de las perversiones, las psicosis y los estados límite, que quedan por ser explorados a la vez de forma clínica  y teórica.

 

 

AL: A propósito de ello, usted ha anunciado la creación de una fundación.

 

JL: Una de sus metas sería ciertamente esa: la expansión del pensamiento que llamamos «Nuevos fundamentos para el psicoanálisis». Intentar volver a fundar el psicoanálisis sobre unas bases nuevas, más simples. Se ha insistido mucho en el hecho de que esta teoría se revela finalmente mucho más simple que las teorías del psicoanálisis clásico –tanto freudiano como lacaniano- que se embrollan en su desarrollo. Tome un texto de Freud como Inhibición, síntoma y angustia: se dará cuenta hasta qué punto el pensamiento está enredado. Y bien, en Lacan es igual. En Melanie Klein, lo mismo. Creo que existe una necesidad de simplificación y que si la teoría de la seducción generalizada aportara una base de simplificación –algo que sea inteligible para cualquiera y a la vez capaz de dar cuenta de los hechos- ya sería un gran paso, un buen comienzo.

 

 

AL: También sería un marco que permitiría integrar las contribuciones que vengan,  por ejemplo,  de los autores que usted acaba de citar…

 

JL: Absolutamente…

 

 

AL: Y también de otros…pero, igualmente, aportes que provienen de otras disciplinas. Así, usted ha señalado que criticar el biologismo de Freud y de otras corrientes del psicoanálisis no significa…

 

JL: …criticar la biología, ni la problemática de la biología. La cuestión de las neurociencias es mucho más compleja. Aún no hemos encontrado verdaderamente la clave para una aproximación, pero pienso que necesariamente hay alguna.

 

  

 

 

 

 



* Publicada en el sitio web Squiggle (www.squiggle.be).

[1] Psiquiatra, psicoanalista. Esta entrevista, publicada en el diario Il Manifesto (Roma) se desarrolló al final de las Jornadas Internacionales Jean Laplanche, que tuvieron lugar en Lanzarote (España) en julio de 2006. Ha sido retraducida al francés por Alberto Luchetti y Francis Martens.

[2] [París: PUF, 2006; aún no traducido al español].


ISSN 1885-5660

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