Una particularidad  del psicoanálisis…*

Jacques André

 

 

 

            El psicoanálisis en la universidad está en vilo. Desde el comienzo y por siempre, más allá de cualquier posible enderezamiento. La enseñanza de la geografía forma  geógrafos, la de las matemáticas, matemáticos, etc. La enseñanza del psicoanálisis, única en su género, no forma psicoanalistas;  y el profesor, cuando además es analista, nunca lo es por ser profesor universitario. Por si hiciera falta un indicador de esta extrañeza: algunos se autodenominan “profesor de psicopatología”, otros, de “psicología clínica”, nunca he escuchado a ninguno de mis colegas, pasado o presente, llamarse a sí mismo “profesor de psicoanálisis”.

 

            Sin embargo, la precariedad no es la misma según se vean las cosas desde la perspectiva del curso de psicopatología clínica o desde aquélla de la realización de una tesis. Nuestro UFR otorga el título profesional de «psicología clínica y patológica». La situación práctica prototípica para la que prepara esta formación es la de encontrarse solo frente a un paciente atormentado por la angustia, eventualmente hasta el desborde o la fragmentación. Lo más común es que este encuentro se desarrolle entre las cuatro paredes de un espacio cerrado, teniendo a disposición un único instrumento: la palabra. ¿Cómo enfrentar una tal situación sin haber conocido “algo del psicoanálisis”[1]? Si se quiere una verificación negativa, consiste sólo en escuchar el sentimiento de estafa que puede apoderarse del estudiante de tal o cual facultad de psicología de Francia cuando, deseoso de prepararse para el ejercicio de una clínica de la palabra, constata que la enseñanza que se le propone no incluye más que cognitivismo y neurociencias.

 

            «Una particularidad del psicoanálisis», esas palabras  pronunciadas por Freud  cuando reflexionaba acerca de cómo la universidad podía hacer un lugar al psicoanálisis, siguen siendo las nuestras. Ellas expresan a la vez la legitimidad de esta presencia, impuesta por la situación clínica por venir, y la incertidumbre definitiva de su forma. La posibilidad ofrecida de un “encuentro” con el psicoanálisis de ningún modo determina el destino. Lo que el estudiante hará luego es asunto suyo  y de nadie más; dejo de lado el caso inverso, y frecuente en París 7, donde un encuentro previo con el psicoanálisis es lo que lleva hacia los estudios de psicología.

 

            A primera vista, la dificultad es menor en el nivel de la  investigación. La única profesión para la que prepara la sustentación de una tesis es aquélla de profesor universitario. La enseñanza engendra al profesor-investigador y las cosas recuperan el orden. O casi. El objeto de estudio, el inconciente, se encarga de mantener el desequilibrio.

 

            El inconciente es una hipótesis, tal es su estatuto epistemológico. Freud pudo sostener con fuerza que, gracias a la práctica psicoanalítica, tenemos del objeto de esta hipótesis la “prueba inatacable de existencia”, lo que en nada cambia su naturaleza definitivamente hipotética, y por lo tanto teóricamente evolutiva: en 1915 el inconciente y la represión se confunden; después de 1920 la parte más irreductible del ello se  explica por su enraizamiento biológico. Lo que separa al inconciente de la teoría que lo postula, Freud lo especifica bajo el registro de las propiedades del sistema Ics: proceso primario (movilidad de las investiduras a lo largo de dos ejes: desplazamiento y condensación), ausencia de negación (y por lo tanto de estructura), atemporalidad, indiferencia a la realidad, regulación por el solo principio de placer-displacer.  La teoría, hija del proceso secundario, puede dar una idea de  todas estas cuestiones, pero ellas permanecen por siempre extrañas a su naturaleza. En cierto modo se trata de una falta inherente a toda investigación científica: el discurso sobre la cosa no es la cosa misma. Sin embargo, hay que reconocer a la investigación en psicoanálisis una originalidad (particularmente en relación al campo comparable de las ciencias humanas)  en su esfuerzo por volver más familiar un “cuerpo” del que, simultáneamente, afirma su carácter definitivamente extraño.

 

            Uno puede preguntarse en qué medida la obra de Lacan, al menos desde cierta perspectiva, no podría interpretarse como una tentativa de reducir ese hiato. Si, por ventura, el inconciente está estructurado como un lenguaje, la esperanza de una reciprocidad deviene factible: el lenguaje estructurado  a modo del inconciente. El reino progresivo (hasta la caricatura) del juego de palabras [calembour][2] sobre los términos de Lacan, crea la ilusión de un  discurso que es la cosa misma. Si el objeto está perdido, no lo estaría en la misma medida para todos, llegando a  imponerse a los discípulos la creencia de que el inconciente ha encontrado a su amo, ya que él habla su lengua. El matema [mathème] de los últimos años funciona aún mejor que el calembour, en la medida en que el paradigma matemático representa, en el campo de las ciencias, el único ejemplo de una simbolización del objeto que es el objeto mismo.

 

             Al discutir con colegas lacanianos, a menudo he tenido la sensación de que la precariedad previamente evocada apenas les resulta un problema, suponiendo que acepten su existencia. Es verdad que si la experiencia analítica (ya no decimos “cura” sino “experiencia”) es concebida como “acceso a lo Simbólico”, la continuidad entre psicoanálisis y universidad (lugar por excelencia de una producción de simbolizaciones) se restablece  por sí misma.

 

            Fin de la digresión. La forma en que la teoría  crea dificultades en psicoanálisis, evidentemente no es algo que concierna sólo al investigador universitario. Forcemos un poco los términos: por estar sometida a  formas de la racionalidad, la actividad teórica aleja al psicoanalista de lo que pretende conocer. El acontecimiento discursivo que más acerca al psicoanalista al “cuerpo extraño” del inconciente no es la teoría sino la interpretación, el acto interpretativo en el aquí y ahora de la situación transferencial. La interpretación, cuando no es la simple revelación de un sentido oculto, cuando se acerca al gesto del químico que descompone, que desliga los elementos, la interpretación-desligazón, constituye la figura del psico-análisis más alejada de las reuniones de  síntesis, síntesis que encuentra  su forma ejemplar en la teoría.

 

            El analizando quiere comprender, dar sentido  a lo que se escapa.  No hay duda de que tal esperanza aporta a la dinámica del análisis uno de sus resortes más seguros. Las cosas, sin embargo, no son tan simples, en tanto “comprender” puede volverse la más eficaz de las resistencias, oponiendo su exigencia de clarificación y de coherencia al juego libre e inquietante de las asociaciones. Esto es verdad para el analizando pero también para el analista. Que la teoría llegue a la mente de éste último en sesión y podrá pensar, con cierta tranquilidad, que la resistencia llamada “de contra-transferencia” está haciendo irrupción bajo uno de sus disfraces favoritos.

 

            Al buscar una “ganancia de sentido”, que constituye un esfuerzo de comprensión-explicación, al estar necesariamente del lado de la síntesis y la ligazón, la teoría analítica  necesariamente echa a perder  eso que busca en el movimiento mismo que la caracteriza. Este punto es verdaderamente crucial, dependiendo de que se tolere el fracaso y se le haga un lugar -más allá de una simple concesión puramente formal- o de que se  niegue. Negar: es decir, transformar el saber analítico en una bella totalidad. En relación a esto, resulta ejemplar el movimiento de la obra en la teorización de Freud hacia 1915. Se intenta la síntesis: reunir en doce ensayos la suma metapsicológica. El resultado es conocido: cinco ensayos publicados, un manuscrito mal construido y encontrado al fondo de un baúl («Visión de conjunto sobre las neurosis de transferencia»), los otros no  escritos o abandonados. No habrá otros intentos. No porque Freud retroceda ante presentaciones sintéticas, sino porque cada una de ellas se revela, a fin de cuentas,  como un paso más  y no como última palabra. La más tardía fue el Compendio de psicoanálisis, cuyo título no presagia nada bueno pero donde uno encuentra pistas hasta entonces nunca exploradas: especialmente acerca del clivage psicótico y de lo que, después de Freud, devendrá en la problemática borderline («Existe una categoría de enfermedades psíquicas en apariencia muy cercanas a las psicosis, quiero decir, la inmensa masa de neurosis gravemente afectadas. Tanto las causas como los mecanismos patógenos de la enfermedad deben ser idénticos, o al menos muy parecidos, a aquéllos de las psicosis…son estos casos los que deben interesarnos, y veremos hasta qué punto y por qué vías los podremos “curar”»).

 

            La investigación universitaria no es la única que corre el riesgo de transformar la incertidumbre, esencial al saber psicoanalítico, en saber constituido; en la historia del psicoanálisis no faltan estos ejemplos de cierre. Sin embargo, en su caso el riesgo no es escaso: tesis y síntesis  hacen más que rimar. Si a ello se añade que esta investigación se realiza bajo la dirección de… El juramento de fidelidad a un pensamiento es una de las formas más comunes de retroceso ante la incertidumbre, ante lo desconocido del inconciente. Más de una vez tuve que decirle a alguno de mis estudiantes que leía demasiado a su director de tesis. Y decirlo evidentemente no garantiza para nada ser escuchado.

 

            Teniendo en cuenta todas las reservas y precauciones formuladas, ¿dónde puede sostenerse la exigencia de la investigación en psicoanálisis? En una formulación ella misma provisoria, yo diría lo siguiente: en el fracaso intrínseco a la teoría psicoanalítica para “establecerse”[3] como saber constituido. Por la condición enigmática de su objeto -lo desconocido irreductible del inconciente- la teorización del psicoanálisis es un movimiento sin fin. Tal vez no hay nada más anti-analítico que las afirmaciones del tipo: «Freud lo dijo todo». El psicoanálisis no es un texto, menos aún un Texto mayúsculo.

 

            Se habrá comprendido que la presente crítica de la teoría, cuya primera inspiración es kantiana, no es una oposición de principio a la teoría sino más bien una forma de circunscribir su intención y de señalar su naturaleza definitivamente provisoria. Por lo demás, ¿existiría para el psicoanálisis la posibilidad  de funcionar por fuera de la teoría,  considerando que el dispositivo llamado “práctico”  evidentemente debe mucho a lo implícito de ésta? Es posible que cuanto menos nos ocupemos de la teoría, más ella se ocupe de nosotros. Si es verdad que existe siempre el riesgo de deslizarse de la teoría al dogma, inversamente la teoría en psicoanálisis es lo único que permite el debate. No se debate sobre un paciente. En otras palabras, en la práctica y en la teoría el riesgo no es el mismo: a pesar de la panoplia de sus resistencias el paciente corre el riesgo de ser escuchado[4]. A pesar de la sutileza de sus construcciones, quien teoriza (eventualmente el doctorando) corre el riesgo de ser comprendido[5].    

 

             

  

 

 



* «Quelque chose de la psychanalyse» en Recherches en Psychanalyse, L’Esprit du Temps, 2004, 1, p. 65-69.

[1] El título de este artículo se traduce literalmente por «Algo del psicoanálisis» [N. de T.]

[2] Calambur: Agrupación de las sílabas de una o más palabras de tal manera que se altera  totalmente el significado de estas; p. ej., plátano es / plata no es. (Diccionario de la Lengua Española) [N.deT.].

[3]  En el original figura el término “s’arrêter”: detenerse, fijarse, cerrarse [N. de T.].

[4]  En el original: “entendu”, que  también es “entendido” [N.deT.].

[5] En el original: “comprís” (de comprendre): también en el sentido de incluir, englobar, sintetizar [N. deT.].

 


ISSN 1885-5660

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