El psicoanálisis en la universidad
está en vilo. Desde el comienzo y por siempre, más allá
de cualquier posible enderezamiento. La enseñanza de la
geografía forma geógrafos, la de las matemáticas, matemáticos,
etc. La enseñanza del psicoanálisis, única en su género,
no forma psicoanalistas; y el profesor, cuando además
es analista, nunca lo es por ser profesor universitario.
Por si hiciera falta un indicador de esta extrañeza: algunos
se autodenominan “profesor de psicopatología”, otros,
de “psicología clínica”, nunca he escuchado a ninguno
de mis colegas, pasado o presente, llamarse a sí mismo
“profesor de psicoanálisis”.
Sin embargo, la precariedad no es la misma según se vean
las cosas desde la perspectiva del curso de psicopatología
clínica o desde aquélla de la realización de una tesis.
Nuestro UFR otorga el título profesional de «psicología
clínica y patológica». La situación práctica prototípica
para la que prepara esta formación es la de encontrarse
solo frente a un paciente atormentado por la angustia,
eventualmente hasta el desborde o la fragmentación. Lo
más común es que este encuentro se desarrolle entre las
cuatro paredes de un espacio cerrado, teniendo a disposición
un único instrumento: la palabra. ¿Cómo enfrentar una
tal situación sin haber conocido “algo del psicoanálisis”[1]? Si se quiere una verificación
negativa, consiste sólo en escuchar el sentimiento de
estafa que puede apoderarse del estudiante de tal o cual
facultad de psicología de Francia cuando, deseoso de prepararse
para el ejercicio de una clínica de la palabra, constata
que la enseñanza que se le propone no incluye más que
cognitivismo y neurociencias.
«Una particularidad del psicoanálisis», esas palabras
pronunciadas por Freud cuando reflexionaba acerca de
cómo la universidad podía hacer un lugar al psicoanálisis,
siguen siendo las nuestras. Ellas expresan a la vez la
legitimidad de esta presencia, impuesta por la situación
clínica por venir, y la incertidumbre definitiva de su
forma. La posibilidad ofrecida de un “encuentro” con el
psicoanálisis de ningún modo determina el destino. Lo
que el estudiante hará luego es asunto suyo y de nadie
más; dejo de lado el caso inverso, y frecuente en París
7, donde un encuentro previo con el psicoanálisis es lo
que lleva hacia los estudios de psicología.
A primera vista, la dificultad es menor en el nivel de
la investigación. La única profesión para la que prepara
la sustentación de una tesis es aquélla de profesor universitario.
La enseñanza engendra al profesor-investigador y las cosas
recuperan el orden. O casi. El objeto de estudio, el inconciente,
se encarga de mantener el desequilibrio.
El inconciente es una hipótesis, tal es su estatuto epistemológico.
Freud pudo sostener con fuerza que, gracias a la práctica
psicoanalítica, tenemos del objeto de esta hipótesis la
“prueba inatacable de existencia”, lo que en nada cambia
su naturaleza definitivamente hipotética, y por lo tanto
teóricamente evolutiva: en 1915 el inconciente y la represión
se confunden; después de 1920 la parte más irreductible
del ello se explica por su enraizamiento biológico. Lo
que separa al inconciente de la teoría que lo postula,
Freud lo especifica bajo el registro de las propiedades
del sistema Ics: proceso primario (movilidad de las investiduras
a lo largo de dos ejes: desplazamiento y condensación),
ausencia de negación (y por lo tanto de estructura), atemporalidad,
indiferencia a la realidad, regulación por el solo principio
de placer-displacer. La teoría, hija del proceso secundario,
puede dar una idea de todas estas cuestiones, pero ellas
permanecen por siempre extrañas a su naturaleza. En cierto
modo se trata de una falta inherente a toda investigación
científica: el discurso sobre la cosa no es la cosa misma.
Sin embargo, hay que reconocer a la investigación en psicoanálisis
una originalidad (particularmente en relación al campo
comparable de las ciencias humanas) en su esfuerzo por
volver más familiar un “cuerpo” del que, simultáneamente,
afirma su carácter definitivamente extraño.
Uno puede preguntarse en qué medida la obra de Lacan,
al menos desde cierta perspectiva, no podría interpretarse
como una tentativa de reducir ese hiato. Si, por ventura,
el inconciente está estructurado como un lenguaje, la
esperanza de una reciprocidad deviene factible: el lenguaje
estructurado a modo del inconciente. El reino progresivo
(hasta la caricatura) del juego de palabras [calembour][2]
sobre los términos de Lacan, crea la ilusión de un discurso
que es la cosa misma. Si el objeto está perdido, no lo
estaría en la misma medida para todos, llegando a imponerse
a los discípulos la creencia de que el inconciente ha
encontrado a su amo, ya que él habla su lengua. El matema
[mathème] de los últimos años funciona aún mejor
que el calembour, en la medida en que el paradigma
matemático representa, en el campo de las ciencias, el
único ejemplo de una simbolización del objeto que es el
objeto mismo.
Al discutir con colegas lacanianos, a menudo he tenido
la sensación de que la precariedad previamente evocada
apenas les resulta un problema, suponiendo que acepten
su existencia. Es verdad que si la experiencia analítica
(ya no decimos “cura” sino “experiencia”) es concebida
como “acceso a lo Simbólico”, la continuidad entre psicoanálisis
y universidad (lugar por excelencia de una producción
de simbolizaciones) se restablece por sí misma.
Fin de la digresión. La forma en que la teoría crea dificultades
en psicoanálisis, evidentemente no es algo que concierna
sólo al investigador universitario. Forcemos un poco los
términos: por estar sometida a formas de la racionalidad,
la actividad teórica aleja al psicoanalista de lo que
pretende conocer. El acontecimiento discursivo que más
acerca al psicoanalista al “cuerpo extraño” del inconciente
no es la teoría sino la interpretación, el acto interpretativo
en el aquí y ahora de la situación transferencial. La
interpretación, cuando no es la simple revelación de un
sentido oculto, cuando se acerca al gesto del químico
que descompone, que desliga los elementos, la interpretación-desligazón,
constituye la figura del psico-análisis más alejada de
las reuniones de síntesis, síntesis que encuentra su
forma ejemplar en la teoría.
El analizando quiere comprender, dar sentido a lo que
se escapa. No hay duda de que tal esperanza aporta a
la dinámica del análisis uno de sus resortes más seguros.
Las cosas, sin embargo, no son tan simples, en tanto “comprender”
puede volverse la más eficaz de las resistencias, oponiendo
su exigencia de clarificación y de coherencia al juego
libre e inquietante de las asociaciones. Esto es verdad
para el analizando pero también para el analista. Que
la teoría llegue a la mente de éste último en sesión y
podrá pensar, con cierta tranquilidad, que la resistencia
llamada “de contra-transferencia” está haciendo irrupción
bajo uno de sus disfraces favoritos.
Al buscar una “ganancia de sentido”, que constituye un
esfuerzo de comprensión-explicación, al estar necesariamente
del lado de la síntesis y la ligazón, la teoría analítica
necesariamente echa a perder eso que busca en el movimiento
mismo que la caracteriza. Este punto es verdaderamente
crucial, dependiendo de que se tolere el fracaso y se
le haga un lugar -más allá de una simple concesión puramente
formal- o de que se niegue. Negar: es decir, transformar
el saber analítico en una bella totalidad. En relación
a esto, resulta ejemplar el movimiento de la obra en la
teorización de Freud hacia 1915. Se intenta la síntesis:
reunir en doce ensayos la suma metapsicológica. El resultado
es conocido: cinco ensayos publicados, un manuscrito mal
construido y encontrado al fondo de un baúl («Visión de
conjunto sobre las neurosis de transferencia»), los otros
no escritos o abandonados. No habrá otros intentos. No
porque Freud retroceda ante presentaciones sintéticas,
sino porque cada una de ellas se revela, a fin de cuentas,
como un paso más y no como última palabra. La más tardía
fue el Compendio de psicoanálisis, cuyo título
no presagia nada bueno pero donde uno encuentra pistas
hasta entonces nunca exploradas: especialmente acerca
del clivage psicótico y de lo que, después de Freud, devendrá
en la problemática borderline («Existe una categoría
de enfermedades psíquicas en apariencia muy cercanas a
las psicosis, quiero decir, la inmensa masa de neurosis
gravemente afectadas. Tanto las causas como los mecanismos
patógenos de la enfermedad deben ser idénticos, o al menos
muy parecidos, a aquéllos de las psicosis…son estos casos
los que deben interesarnos, y veremos hasta qué punto
y por qué vías los podremos “curar”»).
La investigación universitaria no es la única que corre
el riesgo de transformar la incertidumbre, esencial al
saber psicoanalítico, en saber constituido; en la historia
del psicoanálisis no faltan estos ejemplos de cierre.
Sin embargo, en su caso el riesgo no es escaso: tesis
y síntesis hacen más que rimar. Si a ello se añade que
esta investigación se realiza bajo la dirección de… El
juramento de fidelidad a un pensamiento es una de las
formas más comunes de retroceso ante la incertidumbre,
ante lo desconocido del inconciente. Más de una vez tuve
que decirle a alguno de mis estudiantes que leía demasiado
a su director de tesis. Y decirlo evidentemente no garantiza
para nada ser escuchado.
Teniendo en cuenta todas las reservas y precauciones formuladas,
¿dónde puede sostenerse la exigencia de la investigación
en psicoanálisis? En una formulación ella misma provisoria,
yo diría lo siguiente: en el fracaso intrínseco a la teoría
psicoanalítica para “establecerse”[3]
como saber constituido. Por la condición enigmática de
su objeto -lo desconocido irreductible del inconciente-
la teorización del psicoanálisis es un movimiento sin
fin. Tal vez no hay nada más anti-analítico que las afirmaciones
del tipo: «Freud lo dijo todo». El psicoanálisis no es
un texto, menos aún un Texto mayúsculo.
Se habrá comprendido que la presente crítica de la teoría,
cuya primera inspiración es kantiana, no es una oposición
de principio a la teoría sino más bien una forma de circunscribir
su intención y de señalar su naturaleza definitivamente
provisoria. Por lo demás, ¿existiría para el psicoanálisis
la posibilidad de funcionar por fuera de la teoría,
considerando que el dispositivo llamado “práctico” evidentemente
debe mucho a lo implícito de ésta? Es posible que cuanto
menos nos ocupemos de la teoría, más ella se ocupe de
nosotros. Si es verdad que existe siempre el riesgo de
deslizarse de la teoría al dogma, inversamente la teoría
en psicoanálisis es lo único que permite el debate. No
se debate sobre un paciente. En otras palabras, en la
práctica y en la teoría el riesgo no es el mismo: a pesar
de la panoplia de sus resistencias el paciente corre el
riesgo de ser escuchado[4].
A pesar de la sutileza de sus construcciones, quien teoriza
(eventualmente el doctorando) corre el riesgo de ser comprendido[5].