Por el psicoanálisis en la Universidad*

Jean Laplanche

 

 

 

            En octubre de 1994, después de diecinueve años, la revista «Psychanalyse à l’Université» dejó de publicarse, no por una decisión interna sino únicamente por razones de edición. Entonces yo escribía lo siguiente: «Estamos orgullosos de haber sostenido esta experiencia durante diecinueve años, apoyados por un público de lectores limitado pero fiel, y organizados en un comité de lectura cuyas elecciones estuvieron siempre caracterizadas por el rigor en la apreciación de la seriedad, la innovación y – lo que no es un mérito menor- la claridad del estilo y del pensamiento. Se trata de cualidades que resultan prioritariamente  -sin  ninguna  exclusividad – de lo que llamamos simplemente espíritu universitario. Siguiendo el ejemplo freudiano, hemos sabido siempre que «académico» y «universitario» continúan siendo términos profundamente opuestos, que solo una pluma bañada en malicia y envidia se complace en confundir».

 

            En un corto pasaje anunciaba también a este «fin» una «continuación» y, hecho notable, bajo el título previsto de «La recherche psychanalitique» [«La investigación psicoanalítica»].

 

            Hicieron falta diez años para que un tal proyecto renaciese, en las mismas aulas de Paris VII. El propio título de la revista anterior sonaba como un desafío o, en todo caso, como una afirmación de que el Psicoanálisis, en la Universidad, debía recuperar y mantener el lugar que le corresponde como disciplina de pleno derecho. La historia de la revista estuvo marcada por la presencia y la aventura paralela del Psicoanálisis en Paris VII. Aventura del UER[1] de Ciencias humanas clínicas, creado en el  entusiasmo de 1968 y la emancipación (a reconquistar sin cesar) de una psicología clínica inspirada en el psicoanálisis, por relación a una psicología que entonces era llamada «experimental» (tan sólo ha cambiado el epíteto). Aventura de un «laboratoire de psychanalyse», creado de entrada y sin pretensión de federar, sino de fecundar gracias a la confrontación apasionada pero serena de puntos de vista. Aventura, en fin, de un doctorado de Psicoanálisis, que fue atacado violentamente y a veces con mala fe por quienes creían ver en él una «institución» que amenazaba  la suya, pero que ha sobrevivido contra viento y marea; más allá, precisamente, de avatares institucionales y de  problemáticas importantes –y  actualmente muy presentes- que entran en juego. Citaré tan sólo algunas de ellas, que son objeto de numerosos debates.

 

            1) ¿Es el psicoanálisis una disciplina científica?, ¿una rama del saber? O para decir las cosas de forma un poco menos abrupta: ¿es susceptible de discusión y de refutación a igual título que otras disciplinas universitarias? Es cierto que hoy la cuestión puede parecerle un poco anticuada a más de uno, en la medida en que la moda «post-moderna» llega hasta a negar el título de «saber» a disciplinas que, sin embargo, aparentan ser más rigurosas. En la medida en que llegamos incluso a reírnos de lo «racionalmente correcto», ¿cómo la reducción -tan frecuente- del psicoanálisis a un esquema narrativo entre otros escaparía a la vaga hermenéutica, que ella misma no está lejos del «everything goes»,  tan querido por Feyerabend?

 

            Personalmente siempre he sostenido que la presencia del psicoanálisis en la Universidad era una garantía, entre otras, de la confrontación rigurosa de posiciones, de la argumentación, de la toma de posición instruida, incluso de la refutación.

 

            Todo esto no carece de dificultades, siendo  capital aquélla de la relación del psicoanálisis con la psicología. Se trata, sin duda, de un problema teórico –el de la llamada «unidad de la psicología» (Lagache)- pero que muy a menudo ha sido abordado desde bases simplemente pragmáticas: la inclusión del Psicoanálisis en los departamentos universitarios denominados Psicología.

 

            Explicar en detalle por qué el psicoanálisis, aún adoptando el nombre de «Psicología del inconciente», no podría ser considerado como una rama de la Psicología, sobrepasaría el propósito de esta introducción. Indicaré sólo el resorte del argumento: por una suerte de inversión radical [«en doigt de gant»], el psicoanálisis – o más exactamente la sexualidad ampliada, que constituye su esencia- reinviste el conjunto de procesos psíquicos o psicológicos. Lo que hemos llamado «pansexualismo» de Freud (el hecho de que la sexualidad se encuentre en todas partes aún sin serlo todo) corresponde a un  «panpsicoanalismo» legítimo: los procesos primarios, inconcientes, sexuales, obran silenciosamente en el seno de la psicología, de tal suerte que el así llamado «incluyente» (la psicología) es invadido, en el ser humano, por lo que pretende incluir. Se trata a la vez del resorte y de la legitimización misma del proyecto de la cura psicoanalítica.

 

            Otra forma de «relativizar» el psicoanálisis se encontraría en los rótulos que lo aproximan a la «psicopatología». Así se mezcla alegremente lo que es un modo de aproximación específico (incluso una «doctrina», decía Freud) con un campo de exploración entre otros. Artificio benigno para una edulcoración. La primera publicación en tiempos de Freud  (el Jahrbuch, revista de aparición anual) se llamaba, por una concesión hecha a Jung, «Jahrbuch de investigación en psicoanálisis y psicopatología». Desde que la revista regresa a manos de Freud, luego de la separación con Jung, vuelve a ser un «Jahrbuch de psicoanálisis».

 

            2) Más insidiosa aún es la cuestión de saber si las investigaciones en la Universidad, los doctorados pero también los seminarios de enseñanza, etc., pueden tratar sobre temas clínicos. La objeción, bastante simplista, es que la Universidad, al no ser un lugar de clínica, debería limitarse a investigaciones «teóricas», «aplicadas», etc. Con este criterio, ¿dónde se ha visto que la reflexión y la investigación sobre la práctica se efectúen en el lugar mismo de la práctica? ¿Son las Sociedades de analistas, en tanto tales, lugares de práctica? ¡Y sin embargo los casos clínicos son ahí largamente expuestos, comentados, discutidos! Uno puede preguntarse, también, si un lugar que reuniese estrechamente investigación y práctica (existen muy pocos, como la Tavistock Clinic) no implicaría que la práctica se reoriente hacia alguna forma de experimentación, tan opuesta al espíritu del método psicoanalítico. La investigación psicoanalítica está y permanecerá siempre a distancia de la experiencia clínica que le es referida, y está bien que sea así. Respecto a éste y otros puntos, la investigación en la Universidad no tiene que aceptar ninguna restricción o inferioridad. De todos modos, el (los) lugar (es) donde se practican las curas no será nunca el lugar donde se reflexiona sobre las curas y la clínica en general.

 

            Toda reflexión psicoanalítica valedera comporta, en combinaciones variables, la referencia a cuatro coordenadas indispensables: teórica, clínica, fuera de la cura [hors cure][2] e histórica. No es necesario instalar un diván en la Universidad para que la observación y la experiencia estén allí presentes de pleno derecho.

 

 

3) Una tal objeción se redobla a veces en otra que, en cierto modo, se remonta a los primeros tiempos del análisis, si no a Freud mismo. ¿Se puede enseñar a, y sobre todo discutir, elaborar en común con, otros participantes que no están «en análisis»? Una objeción que yo traté de relativizar, e incluso de refutar, desde la apertura de mis seminarios, especialmente en ése del 14 de diciembre de 1971 (en Problématiques I, p. 153 y sgtes.)[3]. Ahí desarrollaba el  argumento siguiente: «…Postulamos necesariamente que existe virtualmente una comunicación posible entre nosotros porque, virtualmente, existe una comunicación posible de uno con uno mismo, es decir, con el propio inconciente».

 

Un argumento cuyo soporte principal no era la extensión social del psicoanálisis sino «ciertas estructuras temporales de la relación  de sí a sí, categorías temporales descubiertas justamente por el freudismo. Menciono algunas de ellas: «repetición», «ya ahí [dejá-la]», «après-coup»; sobre todo esta última categoría del «après-coup», que funda la posibilidad misma de la cura, puesto que algo puede ser reelaborado, adquirir sentido après-coup, re-existir, cobrar verdad de otra manera. Pero si un après-coup de la cura es posible, lo que funda esta posibilidad es que existen otros après-coup que están ya ahí en la existencia de cada uno. En este sentido, limitado pero muy preciso, y sin demagogia, todos ustedes «han estado» y «estarán» en análisis».

 

Añadía no sin malicia: «Tal vez la única categoría que excluiría es el hecho de estar en análisis actualmente»…«En cuanto al hecho de ir un cierto número de veces por semana a recostarse sobre un diván, diré que la exigencia freudiana de estar en análisis para entender algo de un discurso sobre psicoanálisis, si se la toma como estipulación concreta, se vuelve directamente contra sí misma y contra el análisis. La exigencia de estar en análisis viene de todos lados: para ocupar un puesto en un hospital, para trabajar como psicoterapeuta, para asistir a un seminario cerrado, ¿por qué no para asistir a este curso? ¿Están ustedes en análisis? ¿Están en «lista de espera», lo que ya sería casi como estar en análisis? ¿Con quién? ¿Es un didacta, o no?»

 

Ahí asomaba la nariz de otro problema: más allá del enigma de «estar en análisis»  para poder entender y discutir el discurso psicoanalítico, se nos mostraba bajo otra luz la exigencia de tener que hacer un «didáctico» sobre un diván reconocido. Total que entre la enseñanza, la investigación, el psicoanálisis personal y… el adoctrinamiento, la corriente de aire no deja de circular. La multiplicación de Sociedades, Asociaciones y Escuelas no ha modificado nada; responde sólo a la multiplicación de juramentos de fidelidad. Contra esto, la universalidad y la libertad de pensamiento de la universidad constituyen un cierto antídoto, aún si no es infalible.

 

 

4) La siguiente peripecia –pero que ponía en juego las mismas cuestiones y con los mismos actores- fue la creación de un «Doctorado de Psicoanálisis». Ello resultaba profundamente chocante, al pretenderse que la Universidad intentaba otorgar un diploma que autorizaba la práctica del psicoanálisis. Ahora bien, esas críticas venían precisamente del bando [bord]  (de todos, IPA o lacaniano) que estima que la pieza mayor de la formación –el análisis personal- debe ser institucionalmente custodiada, tanto del  compromiso a su trayecto como de su reconocimiento por las instituciones, que, al no ser oficiales, se vuelven más insidiosamente esclavizantes. Cuestiones antiguas pero que recuperan actualidad en los debates recientes, donde vienen a engranarse.

 

Para terminar muy brevemente: la investigación psicoanalítica en la universidad, lejos de constituir una especie de enclave institucional y oficial, está en condiciones de aportar una doble garantía: el rigor y la audacia del debate y el reconocimiento de un campo epistemológico independiente de pleno derecho. Todo ello constituyendo, por una suerte de paradoja, una  apuesta por la extraterritorialidad de la práctica analítica por relación a toda institución.

 

 

 

 

 



*Publicado en Recherches en Psychanalyse, «La recherche en psychanalyse à l’Université», L’Esprit du Temps, 2004, p. 9-13.

[1] [U.E.R: Unidad de Estudios e Investigación. El 18 de junio de 1975, por decreto ministerial, el laboratorio de Psicoanálisis y Psicopatología del UER de Ciencias Humanas Clínicas (Universidad Paris VII) fue habilitado para asegurar un Doctorado de Tercer Ciclo con mención en «Psicología Clínica y Psicoanálisis», Cf. Problemáticas I La Angustia., Amorrortu, 1980, p. 21. N. de T.].

[2] [Laplanche prefiere esta expresión a la de «psicoanálisis aplicado». Cf. por ejemplo, Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Amorrortu, 1989, p. 20. N. de T.].

[3] [La angustia. Problemáticas I, Bs. Aires: Amorrortu, 1980, p.155 y sgtes.].

 


ISSN 1885-5660

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