Había una vez una
coincidencia
que salió de paseo con un pequeño accidente,
y se encontraron con una explicación
tan vieja que estaba completamente al revés,
y se parecía más a un enigma…
Lewis Carroll, «Silvia y Bruno»
A Freud le ocurre lo que a Viollet le Duc[1]
(1814 -1879). Llevado a restaurar sin cesar su propia construcción,
guardando a la vez el más grande respeto por la estructura,
no puede evitar añadir, a la manera del célebre arquitecto,
un pináculo aquí, una gárgola allá. Lo que más bien confunde
la mirada. Las especulaciones filogenéticas, la segunda teoría
de las pulsiones, no aportan nada a la arquitectura del conjunto.
Muy distinto es el decapado de frescos embadurnados, el desmontado
de estatuas sulpicianas, el despeje de capillas laterales,
el retorno de la piedra al grano, que a veces devuelven a
las iglesias románicas el rigor de sus líneas y la solidez
de su arraigo. Tal es la apuesta del «retorno sobre Freud».
Más allá del fárrago de los círculos psicoanalíticos y los
intentos poco cuidadosos por diferenciar al niño del agua
de la bañera, es importante señalar la especificidad del trayecto
freudiano. El aporte del psicoanálisis a la concepción de
la naturaleza humana reside en la extensión antropológica
general de las bases del sufrimiento de las histéricas vienesas.
Sin duda las pacientes de Freud pertenecían a un universo
socio-cultural característico. Su situación era particularmente
frustrante. La génesis de sus problemas podría describirse
a partir de las características de la época y sería un punto
de vista perfectamente legítimo. También se podría, como en
el caso de la depresión, iniciar una búsqueda del gen responsable
de su labilidad, y nada excluye que se lo pueda encontrar.
Sin embargo, eso no reforzaría ni invalidaría la teoría psicoanalítica.
Ella se sostiene en otro lugar.
Ya sea antes o después del abandono de su Neurótica,
Freud puso en evidencia las relaciones dinámicas existentes
entre lo sexual, el inconciente y la cultura. Lo «psicopatológico»
abre una ventana que permite acceder a los resortes más comunes
de la existencia. Pero si lo «sexual» es colocado de entrada
en el centro de la escena, no por ello es menos volátil. Constantemente
contenido en manos de la cultura, se escapa rápidamente entre
los dedos para verse nuevamente refrenado. Así mismo, siendo
invocado ritualmente por el psicoanálisis, a menudo sólo deambula
bajo los trazos de un postulado mecánico. O también, se pierde
en una generalidad que lo vuelve abstracto y hasta mítico
(Eros y Tánatos), cuando no francamente desexualizado (Jung,
Lacan, incluso Klein[2]). Lo que
no impide que el antagonismo entre pulsión y civilización
siga siendo, para Freud, a tal punto irreductible, que cree
poder leer ahí la anunciada extinción del género humano bajo
el imperio creciente de la civilización[3].
Comprometido en un cuerpo a cuerpo con el corpus freudiano,
el “retorno” laplanchiano, por su parte, procede de una resexualización.
Sólo a ese precio el psicoanálisis mantiene un lugar específico
en el concierto de las ciencias humanas. En efecto, ¿qué otra
cosa tiene para ofrecer como propio además de la noción de
una realidad psíquica no reductible a la antropología
estructural, a la psicología o a la biología, y por lo tanto
marcada específicamente por el cuño del inconciente sexual
reprimido? Todavía hace falta anclar este inconciente en
una realidad que no sea la de los caminos hipotético-deductivos
reservados a los adeptos del palacio. La coherencia interna
de los conceptos metapsicológicos no basta para validarlos.
Menos aún la invocación identitaria. Para Tomás de Aquino
los ángeles ocupan un lugar perfectamente lógico en la jerarquía
de los seres, teniendo en cuenta los postulados de la Creación.
Antes de pronunciarse, valdría más captar al vuelo lo que
no es más que una pluma. Sería inquietante imaginar que el
edificio freudiano reposa tan solo en el talking cure
de un puñado de histéricas (cuyas declaraciones el propio
Freud terminó por relativizar) y en las confirmaciones clínicas
inverificables de practicantes sospechosos de inducir lo
que observan. Más valdría fiarse de informes policiales, tanto
más confiables cuanto que menos imaginativos.
El concepto de pulsión es sin duda el más radicalmente
psicoanalítico. En efecto, nos permite una clara demarcación
por relación a los montajes comportamentales genéticamente
codificados que abundan en el reino animal[4]. No obstante,
si Freud desbiologiza lo sexual es en beneficio de una psicología
demasiado general -y antes de derivar en el combate grandioso
de la mitología- a falta de una línea clara susceptible de
circunscribir lo que percibió. Más precisamente, la noción
de apuntalamiento –que après-coup se muestra
fundamental- en la descripción freudiana es signo de un simple
condicionamiento operante. Así, tal como una rata en
una «caja de Skinner», el niño que autoconservativamente succiona
el pezón, incidentalmente descubre el valor añadido de placer
ocasionado por la excitación de las mucosas: he ahí que, de
pronto, la succión pasa a ser buscada en sí misma, independientemente
del objeto de la autoconservación. Muy distinto es pensar,
siguiendo a Laplanche, que la verdad del apuntalamiento es
la seducción, vía los mensajes «comprometidos» que genera.
En efecto, con el modelo del condicionamiento operante permanecemos
prisioneros de la pareja estímulo-respuesta –dicho de otro
modo, de la señal – mientras que con el del mensaje
evolucionamos al universo del signo. La diferencia
no es escasa. Las señales rigen automatismos, los signos se
dan a interpretar. Ahí donde la señal no es más que un regulador
(excitación-inhibición), el significante abre al imaginario
un campo tanto más basto cuanto más se sustrae el significado.
Es fácil enseñar a un animal a detenerse frente a una luz
roja siempre que sea capaz de discernir ese color. Para el
hombre, la luz de señalización «hace signo»; siendo un elemento
codificado de un sistema normativo complejo, puede significar
lo prohibido vía representaciones enmarañadas en la totalidad
de la historia de cada uno. Por eso a un ser humano se le
ocurre cambiar de dirección, simplemente por el «placer
de saltarse una luz roja».
« ¡Es una niña!», « ¡Es un niño!»: al momento de la ecografía
la exclamación resuena de forma fatídica. En el sentido más
“destinal” de la palabra fatum. Pues esa voz tiene
un valor tan preformativo como el de las hadas colgadas en
algunas cunas. El Edipo de los padres se ve movilizado tan
rápidamente como se ve asegurado el género del bebé. La diferencia
sexuada encarna el punto de emergencia común del deseo y la
identidad. Ella concretiza al mismo tiempo las dos transmisiones
necesarias para la continuación de la precaria humanidad:
la genética y la genealógica, que a su vez se subdivide en
cultural y sexual. Si ésta última ofrece al
psicoanálisis su campo específico, toda situación real hace
intervenir forzosamente a las otras dos. No hay impulso amoroso
donde no vengan a juntarse esos tres registros. Por ejemplo:
«Lo deseo; me embriaga su olor; tiene los ojos de mi padre.
Pero no puedo… es mi paciente». Y así por el estilo. Se
objetará que el olor embriagante no es más biológico ni menos
ligado a un destino pulsional que «los ojos de mi padre»,
pero ello es sólo parcialmente cierto. Si es importante no
confundir instinto genésico y pulsión, también es cierto que
los residuos instintuales continúan trabajando subrepticiamente.
Una experiencia pintoresca de olfateo de camisetas, concebido
por Claus Wedekind, concluye que las mujeres prefieren el
olor de los hombres con perfil inmunitario (HLA) resueltamente
diferente del suyo, lo que desde el punto de vista darwiniano
es perfectamente juicioso. Notamos que las preferencias se
invierten en caso de uso de la píldora anticonceptiva (estado
hormonalmente comparable al embarazo), lo que sigue siendo
darwinianamente pertinente[5] (Wedekin,
C.: Proceedings of the Royal Society of London, 260,
245-449, 1995).
Por su parte, el intercambio matrimonial tiende a mantener
el máximo de diversidad compatible con la reproducción del
orden social. El deseo – experto en desunión- se destaca sin
embargo en barajar las cartas. No se priva de deslizar al
obispo a la cama de la doncella y de hacer perder la cabeza
al matrimonio de conveniencia. Del mismo modo, en la transmisión
de la vida, la reduplicación mitótica monótona de la bacteria
sólo debe sus mutaciones innovadoras a errores de decodificación.
En cuanto a la reproducción sexuada, apuesta a una lotería
genética experta en variaciones. Ellas sirven de fondo de
comercio a la selección natural. Pero así fuésemos todos genéticamente
clonados, el psicoanálisis nos enseña que en el hombre la
reproducción de lo idéntico es, de todos modos, psíquicamente
imposible. Al menos es eso lo que lleva a pensar la teoría
traductiva, que es sobre todo aquélla de los errores y lagunas
de traducción, y de lo imprevisible de sus consecuencias.
Tal vez podríamos intentar una analogía y decir que lo
«sexual» es al orden cultural, como el error de decodificación
es a la mitosis de las bacterias: un factor de desorden
potencialmente creativo. En todo caso no faltan las analogías
que desequilibran el precio de la innovación: desde la marcha
incipiente del bípedo humano hasta el flujo de electrones
inducido al interior de un semiconductor (un trozo de silicio,
valencia 4) por la introducción de algunas impurezas (un poco
de fósforo, valencia 5, o de boro, valencia 3) que hacen posible
el efecto «transistor» (transfer resistor) de conmutación,
amplificación, modulación. Todo esto parece muy alejado de
la clínica, pero cuando en 1932 Ferenczi regrese sobre la
realidad de la seducción infantil (y sobre las derivas de
la relación analítica), será para insistir en el desequilibrio
inducido por el encuentro del lenguaje de la ternura con el
lenguaje de la pasión, en su efecto traumático, en la frecuencia
del hecho y en lo ordinario de su marco familiar. Freud –
mal aconsejado- podrá creer en una regresión teórica más acá
de la realidad psíquica. Es verdad que Ferenczi parece olvidar
el inconciente infantil y parece más sensible a la proyección
traumática del niño que a la regresión del adulto. Pero ello
no impide que su reflexión sobrepase ampliamente el marco
médico-legal y que el esclarecimiento del mecanismo de identificación
con el agresor justifique por sí mismo el desvío. Sin embargo
(dejando de lado los desarrollos posteriores del psicoanálisis),
no es seguro que Ferenczi hubiera escrito el mismo trabajo
en 2002 que en 1932. En aquella época, la hipocresía concerniente
a la sexualidad reina aún de manera absoluta. Reich se esfuerza
por hacer que se reconozca la miseria sexual de las masas.
Los niños que denuncian a un sacerdote paidófilo se ven expulsados
del colegio. Los padres y los educadores se mantienen fuera
de toda sospecha. Los psicoanalistas igual. La reacción de
sus colegas a la denuncia de «hipocresía profesional» probablemente
aceleró el fin del ex - «hijo querido» de Freud.
Pero volvamos a nuestro tema. Si el fundador del psicoanálisis
hubiera podido leer a Levi-Strauss, no hubiera tenido necesidad
del artificio filogenético; si hubiera conocido Jackobson,
sin duda hubiera enriquecido la noción de mensaje; si Ferenczi
llegara a la Bélgica actual, muy probablemente inventaría
la teoría de la seducción generalizada. Adviertan que esta
conjetura es sólo un pronóstico paródico. Si aceptamos que
todo acontecimiento individual sólo se esclarece considerando
las facetas interdependientes de lo biológico, lo cultural
y lo sexual, y de ello se sigue que el trayecto que va del
significante enigmático a la constitución del objeto-fuente
de la pulsión resulta del azar de un proceso traductivo,
podemos añadir que lo cultural hace las veces de asistente
de traducción. Por «asistencia de traducción» hay que
entender el conjunto de mensajes (no verbales, más aún que
verbales) destilados por el ambiente social general, que acompañan
como en contrapunto el proceso de seducción precoz.
Se trata, muy particularmente, de la forma en que es codificado
lo cotidiano de la diferencia de sexos, las relaciones entre
generaciones y el acceso al cuerpo (especialmente a la desnudez).
Desde esta perspectiva, el niño de los años treinta difiere
sensiblemente del niño belga contemporáneo. En efecto, que
la madre muestre los pechos desnudos o un cuello estrictamente
cerrado, que el padre aparezca revestido de un atuendo de
tres piezas o adornado con una tanga, no deja de incidir en
las vicisitudes de lo pensable. Para los Nambikwara, el encuentro
de un hombre desnudo en los alrededores de un bosque no es
en absoluto motivo de espanto; en un cuarto de baño familiar
puede provocar un traumatismo. En tiempos de Freud, el niño
que se tocaba era un vicioso; en la Bélgica actual todo adulto
que se acerca a un niño es un presunto culpable[6].
Ahí donde el tema de la seducción infantil se jugaba a puertas
cerradas, hoy se declama a cielo abierto. Asistidos por psiquiatras
infantiles eminentes, los poderes públicos financian comics
que supuestamente enseñan a los niños a decir «no»[7].
Si la sociedad húngara confirmaba al niño ferencziano en su
sentimiento de culpabilidad introyectado a partir de aquél
del seductor[8],
el estado belga provee a sus niños de recursos muy distintos.
Por un lado, se considera que la palabra sólo podría ser
una difícil confesión, por el otro, se apoya la denuncia[9].
Podemos preguntarnos si este contexto no puede servir como
laboratorio socio-clínico para validar la teoría de la seducción
generalizada. Es aquí donde intervienen los informes policiales
y las actas del proceso. De entrada, notamos un parecido sorprendente
entre ciertos casos de paidofilia y los procesos por brujería
que llenaron la crónica francesa del siglo XVI. En ambos casos,
instrucciones interminables dan lugar a relatos de abuso sexual
manifiestamente fabulados de los que los entrevistadores salen
mal parados, pues comportan innegables fragmentos de verdad.
En todo caso, parecería igualmente equivocado tratar a las
ursulinas de Loudun o a los escolares de Uccle[10]
como mentirosos, que aventurarse a tomarlos al pie de la letra.
Ahora bien, el detective promedio está mal preparado para
tomar partido entre la verdad del relato y la falsedad de
los elementos narrados. O también, entre la inverosimilitud
del decir y la parte de exactitud que esconde. En realidad,
todo ocurre como si, ante una coyuntura propicia, la figura
de la seducción precoz viniera a aflorar a la conciencia sobre
el fondo de la seducción originaria, y que para ponerla en
palabras bastara con tomarlas del ambiente léxico de la seducción
infantil. Desde esta perspectiva, puede decirse que la verdad
de la afirmación inexacta de abuso sexual reside in fine
en el fundamento antropológico universal del fantasma de seducción,
y que la constancia de esta fabulación –al margen de todo
presupuesto psicoanalítico- confirma la teoría de la seducción
generalizada.
Pero llegados a este punto, ¿qué decir de la realidad socio-clínica
concreta? ¿Qué decir de la experiencia cotidiana del psiquiatra,
del trabajador social y del juez? Tres variables parecen ser
particularmente significativas. Tienen en común el no apoyarse
en ningún hecho establecido, o el referirse a hechos invalidados
por la «verdad judicial»:
-
1) en caso de conflicto en relación al derecho de custodia,
la frecuencia con que los cónyuges - no especialmente maquiavélicos
- utilizan el argumento de abuso paidófilo - terminando por
creérselo - así como la manera en que sus abogados - no
forzosamente perversos – apoyan o sugieren ese paso, dan
la impresión de que el material rondaba por ahí desde siempre,
y que sólo era cuestión de recogerlo para utilizarlo como
proyectil.
-
2) un niño que se acerca a la edad en que probablemente su
madre fue víctima de abuso sexual en el seno familiar, la
ve descargar contra su padre un odio paranoide: lo denuncia
como padre abusador y le prohíbe todo contacto con sus hijos
– que en lo sucesivo son remitidos a psicólogos, a especialistas
y a diversos exámenes médicos particularmente intrusivos[11].
-
3) una pareja se preocupa porque su hijo, escolarizado en
la enseñanza primaria, no tiene buen aspecto y se muestra
poco entusiasta a la hora de ir a clase. De hecho - como
sabremos más tarde – hace ya un tiempo que el niño no está
bien y no se descarta que haya sido traumatizado en el seno
de su propia familia. Agobiado con preguntas, pretende haber
sido manoseado por un profesor y filmado por un desconocido
en presencia de otros profesores así como de otros colegas
de ambos sexos, habiendo ocurrido todo ello de forma repetida,
durante los descansos, en el despacho del director (habitación
cuyas ventanas dan directamente al patio de recreo). Entonces
los padres retiran a su hijo del colegio, alertando a otros
padres a que interroguen, a su vez, a sus hijos. Los escolares
confirman. El número de victimas no deja de aumentar, sus
discursos convergen ampliamente. Mencionan nombres de profesores
o de otras personas más o menos relacionadas con el colegio.
La policía investiga en círculos cada vez más amplios. Las
denuncias se extienden a los niños de preescolar. En un país
traumatizado por el « caso Dutroux», donde muchos ciudadanos
se identifican con las víctimas de abuso sexual, la opinión
pública es cada vez más acuciante. Los padres del caso original
eligen un abogado conocido por su gusto por el escándalo.
Abrazando con entusiasmo (y con una creciente intimidad) la
causa de la madre, alborota los poderes públicos y denuncia
su laxismo, su sabotaje de la investigación, su protección
a la red de paidófilos de la que el colegio es «evidentemente»
su eje. En las comisarías se multiplican las audiciones filmadas
de niños y numerosos expertos acreditan sus declaraciones.
A veces sin más argumento que su «larga experiencia». La investigación
se desliza a los platós de televisión. La opinión pública
se impacienta. Finalmente tiene lugar el proceso: se absuelve
a los acusados. Mientras tanto la mayoría ha perdido su trabajo
y su reputación. Los padres apelan: la sentencia es confirmada.
Poco tiempo después, rechazando la verdad judicial, parte
de los protagonistas restituye el caso durante una emisión
televisada. Los profesores, a su vez, denuncian por difamación.
Esta vez Urbain Grandier no será quemado, pero no se excluye
que algunos expertos terminen por perder la razón, a la manera
de Jean-Joseph Surin[12].
Aún es demasiado pronto para conocer los efectos de estas
peripecias sobre los niños mismos.
Otro caso emblemático no carece de interés. No es raro que,
en el marco de una investigación o consulta, las personas
que han sufrido abusos de tipo perverso exageren su denuncia
hasta lo inverosímil[13].
De modo que sus declaraciones, estando no obstante bien fundadas,
corren el riesgo de verse descalificadas y hasta penalizadas
– lo que se vive como un aumento del maltrato. Todo ocurre
como si, habiendo sido objeto de una relación de poder, de
manipulación y de mentira - ahí donde otros sólo se vieron
confrontados a la negación o la denegación del seductor[14]
- no pudieran hacerse entender más que con la trampa de «a
mentiroso, mentiroso y medio». Así, nos vemos llevados
a los parajes ferenczianos de la identificación con el agresor,
confrontados una vez más con la supuesta «mentira de la histérica»
- así como con su represión - y perplejos ante dos variables
que parecen ser una el negativo fotográfico de la otra: por
un lado, una seducción abusiva totalmente fabulada que
adquiere el mayor grado de credibilidad, por el otro, un abuso
perverso verificado que se disuelve en los meandros excesivos
de la fabulación. Incluso después de Freud, en estas
condiciones es difícil no volverse loco. Más aún cuando el
viejo Suetonio[15] estuvo
ya, él mismo, confrontado a una dificultad similar: evocando
los comportamientos paidófilos de Tiberio, confiesa no estar
seguro de que no fueran chismes. «Nada nuevo bajo el sol»,
comentaría el Eclesiasta, «un tiempo para ser seducido, un
tiempo para denunciar la seducción»… Pero desde otro punto
de vista - más atento a las heridas del alma - es precisamente
esta desmesura en la expresión, esta interferencia en el decir,
este consecuente desconcierto en el interlocutor, lo que
testimonia, a modo de eco, la desmesura originaria de las
relaciones de seducción entre el adulto y el niño[16].
Al abandonar a su Neurótica Freud nos deja en herencia
la «realidad psíquica», pero relega en las cumbres vastos
paisajes. En efecto, la noción de « après-coup », los dos
tiempos del traumatismo, los tropiezos del proceso traductivo
- reelaborados por la «teoría de la seducción generalizada»
- abren hacia una dimensión universal. Ahí donde, encontrando
«un pequeño accidente», un acontecimiento en parte biológico
(la pubertad) precipitaba las reminiscencias histéricas, una
asistencia de traducción pronunciada desata subrepticiamente
la lengua de los niños. Operando como un levantamiento de
la represión, les hace reconocer, y luego retomar por su cuenta,
relatos en sí mismos extraños (desprovistos de realidad acontencial),
pero impregnados de una inquietante familiaridad. Como en
los tiempos de las posesiones colectivas de Aix-en Provence,
de Loviers, de Loudun, las visicitudes del siglo tienen su
razón de ser. Ellas devuelven a los adultos fragilizados a
la precariedad de sus raíces infantiles y a la incertidumbre
de su identidad sexual. Para los niños, es como quedarse sin
suelo que pisar. Es difícil saber si la frecuencia de actos
paidófilos reales es más importante hoy que en el pasado,
pero está claro que, en nuestra sociedad, su significado ha
adquirido una dimensión obsesiva: piénsese en la fobia occidental
al acoso. Del lado del psicoanálisis, en la cura es raro
no ver asomarse muy pronto - disfrazada de anécdota - la figura
sexual del enigma[17].
Además, en diversos analizandos la flexibilidad de las defensas
coincide de forma muy lógica con una acrecentada sensibilidad
a la intrusión. Es así que después de un largo camino repleto
de silencios y de generalizaciones, una mujer joven, ahogada
en su burbuja durante largo tiempo, reencuentra la alegría
de vivir, pero al precio de una experiencia totalmente enigmática:
«Cuando duermo desnuda en mi cama, cada vez que me doy la
vuelta siento que hay gente detrás de mí, y tengo que
taparme para que no me vean». ¿Quiénes son? ¿Qué quieren de
ella? Imposible, en todo caso, escapar de ellos.
La metáfora de la « implantación » de lo sexual, vía la traducción
deficitaria de mensajes «comprometidos», implica la existencia
de un punto de efracción y por lo tanto de una huella. Moderadamente
intrusiva, ella deja en el psiquismo una cicatriz comparable
a la del ombligo, a un surco en el campo, o al brote de un
rosal. Desconsideradamente estimulada – ya fuera de la sombra-
puede focalizar ansiosamente la atención. La facilidad con
la que cada niño reconoce los escenarios de seducción,
la naturaleza epidémica y el contenido repetitivo de las fabulaciones
sexuales, confirman el alcance antropológico del modelo de
la seducción generalizada.