El sentido moral*
 
Christophe Dejours
 
 
 
 

         ¿Es necesario ubicarse fuera de la teoría sexual para poder plantear el problema del sentido moral?

        Todo lo que ha sido presentado hasta ahora (1), en realidad sólo concierne a las condiciones de posibilidad afectivas, sexuales y corporales del sentido moral. Pero en ningún momento se ha tratado del bien o del mal, de lo justo o lo injusto, ni de la razón moral.

          De hecho, yo pienso que el sentido moral no puede ser deducido ni de lo sexual, ni del narcisismo. Para desarrollarse, el sentido moral exige aportes exteriores no sexuales. La teoría de la sexualidad solo es interesante si respeta el hecho de que no todo es sexual (2). De otro modo caemos en el pansexualismo y entonces lo sexual se pierde del todo. Existe lo no sexual, es decir los aportes provenientes de la sociedad. Pero en la perspectiva que he intentado desarrollar aquí, el sentido moral no podría entenderse como el resultado de un aprendizaje, o de una interiorización (eventualmente disciplinaria) de las prohibiciones sociales. Sea lo que fuere, eso que viene del exterior no puede sobreimprimirse en el aparato psíquico porque éste opone resistencia. La propia organización pulsional es extremadamente resistente a todo condicionamiento. De modo que estamos obligados a buscar en el sujeto aquello que lo lleva a desear pensar el bien y el mal, la dependencia y la autonomía. En otras palabras, sería necesario poder explicar cómo el pensamiento preconsciente, el pensamiento deseante, puede acompañarse por la razón. Ahora bien, lo cierto es que la continuidad entre esas dos modalidades de pensamiento, preconsciente y racional, es poco sostenible: si alguna relación entre ellas es posible, lo sería más bien por intermedio de la investidura del deseo, que haría que la razón se vuelva deseable para el sujeto.

 

El sentido moral y el superyó: la concepción clásica

 

          La primera versión de la investidura del sentido moral es la más ampliamente compartida por los psicoanalistas. Ellos asignan el sentido moral al superyó –cuya existencia prácticamente no he evocado-, una instancia introducida por Freud en la teoría psicoanalítica sobre todo en El yo y el ello (1923), pero ya presente en Duelo y melancolía (1914). Muchos exégetas de Freud establecen una continuidad entre superyo e ideal del yo. Este último concepto fue definitivamente identificado por Freud en Psicología de las masas y análisis del yo (1921). Sin desarrollar este tema, indico que un análisis del superyó no permite relacionarlo con el sentido moral, salvo que se proceda a simplificaciones que apelen al aprendizaje y al condicionamiento. Marcuse es un autor particularmente representativo de esta tendencia. De hecho, parece que la teoría psicoanalítica, en el estado en que la legó Freud, no propone una teoría del sentido moral sino una teoría de los «sentimientos morales», que son la culpabilidad y la vergüenza. Pero no es difícil mostrar que esos sentimientos morales están directamente relacionados con lo sexual, y que están muy lejos de recubrir lo que, en filosofía y en sociología moral, entendemos por «sentido moral», o por reflexión sobre el bien y el mal. Por lo demás, ellos nos remiten con mucho mayor frecuencia a formas de dependencia y repetición heredadas de la neurosis infantil, que a la autonomía que caracteriza al sentido moral. En el texto freudiano esos sentimientos morales, esa culpabilidad y esa vergüenza, están directamente relacionados con lo sexual y con los conflictos al interior de lo sexual, y no tienen mucho que ver con la moral.

 

El sentido moral y el yo: una concepción en estado de esbozo

 

          Si la génesis del sentido moral puede ser pensada desde la teoría psicoanalítica, en mi opinión no se sitúa del lado del superyó sino del lado del yo. El sentido moral, y sobre todo la investidura ética, estaría esencialmente ligado al narcisismo, al amor de sí. La autonomía que implica el sentido moral supone:               

a- La emancipación por relación a la dependencia, tema que se trató anteriormente;

b- La emancipación por relación a los sentimientos de culpabilidad y vergüenza, que son herederos de la neurosis infantil porque están del lado de la repetición neurótica y no de la autonomía.

          Como lo sugiere H. Arendt, la autonomía moral reposa en un trabajo psíquico capaz de mantener juntos la experiencia vivida y el juicio.

         Este trabajo psíquico implica, por un lado, la elaboración de experiencias vividas y, por otro lado, un trabajo del pensamiento que dé cuenta de una traducción, pero esta vez apelando también a la razón. Con términos diferentes, P. Pharo ha dado cuenta de este trabajo psíquico en su texto sobre La génesis del sentido moral; entre Parsons y Freud. En el análisis que propone del texto de Freud, El malestar en la cultura, P. Pharo muestra cómo el niño, enfrentado a los mensajes altamente enigmáticos y contradictorios trasmitidos por los padres, está sujeto a una exigencia de trabajo de interpretación, de traducción, en el curso del cual va forjando progresivamente su propio sentido moral.

          El texto de P. Pharo y su comentario por Pascale Moliner (3) , sugieren que los mensajes a traducir por el niño vienen de actitudes y proposiciones contradictorias de los adultos con respecto a lo sexual y al mal. En el mismo momento en que el niño intenta traducir lo que debe hacer para ser querido por sus padres, se ve confrontado a contradicciones: a pesar del amor del que es objeto por parte de sus padres, también le ocurre ser víctima de sus injusticias. Estas situaciones, que son fuente de sufrimiento (es importante que el amor esté presente), lo empujan a investir la razón para comprender y así poder superar su sufrimiento.

          En la concepción de P. Pharo, el sentido moral no puede entenderse como el resultado de castigos u otros condicionamientos sociales:

«Desde que los castigos y las palabras de aliento pierden su carácter estructurado o se muestran incoherentes, lo cual es extremadamente frecuente, el sujeto social [yo añado, el sujeto psíquico y afectivo] se ve forzado a llenar por sí mismo los vacíos de la autoridad externa y a hacer gala de una autonomía de juicio» ( L´injustice et le mal , p. 118).

          En cierto modo, ésta es la primera vía por la cual el sujeto inviste de deseo a la razón, para tratar de regular el conflicto entre amor e injusticia.

          La segunda vía, que fue evocada por Freud en el texto sobre el narcisismo, es aquélla de la sublimación. En la contradicción entre el principio de desligazón, asociado a la excitación sexual, y el principio de ligazón, asociado al eros narcisista, hay algo del lado de la ligazón que separa al sujeto de lo erótico, algo que se acerca a la renuncia y que hace decir a Laplanche que la verdad de la sublimación es la ligazón en sí misma. Josef Ludin va más lejos y escribe a propósito de la sublimación:

«El aspecto metapsicológico sobre el que me interrogo es el de la renuncia a las pulsiones sexuales y la evitación de la represión. La renuncia, si es que la hay, es evidentemente algo que Kant exigiría a todo humano, pero las preguntas permanecen: ¿Cómo es posible esa renuncia? y ¿quién es el sujeto de esa renuncia? » (4) .

          La renuncia compete al pensamiento consciente, no a la represión insconciente. Esta renuncia, que según Ludin es fundadora de la libertad, es también el punto de partida de la sublimación y anuncia el amor a la autonomía. En definitiva, lo que llevaría a investir de deseo a la razón moral es el amor a la autonomía.

          Sería necesario un desarrollo más amplio, pero esto bastará para sugerir lo que entiendo por una concepción psicoanalítica del sentido moral que no haga de éste último ni la consecuencia de una represión social, ni la de una represión sexual, sino la consecuencia de un deseo que se arraiga en el narcisismo y en el amor de sí, a la vez que supone, para realizarse, una renuncia que apunta al sacrificio de una parte de las pulsiones y que, a cambio, otorga una cierta libertad. El término renuncia, Triebverzicht, se encuentra presente en Freud, quien también habla de Triebopfer , es decir de un sacrificio de la pulsión, especialmente en El porvenir de una ilusión .

          En esta concepción, que es compatible con la teoría psicoanalítica, el ideal del yo está del lado del yo -es una formación del yo- y no del lado del superyó. El ideal del yo es una formación de deseo que surge del amor narcisista de sí, y no de la represión [refoulement] o de la represión social [répression]. Ahora es el momento de precisar un punto sobre el que he pasado demasiado deprisa. Si la formación de la pulsión a partir de la función es el inicio de una emancipación por relación al orden natural y al orden biológico, en este proceso de emancipación hay una contrapartida muy importante: la formación de la pulsión es contemporánea de la represión referida a una parte del mensaje enigmático de la seducción por el adulto; represión, es decir, correlativamente, formación del inconsciente. De modo que en lugar de aumentar la emancipación, esta represión contribuye a una nueva alienación, la alienación por el inconsciente sexual. El sentido moral tampoco podría ser un retoño de la represión. De ahí el interés de este tercer término, el de renuncia (ni represión [en el sentido psicoanalítico: refoulement], ni represión social [répression]). Precisamente una renuncia a la pulsión que, iniciada por el yo, supone una apertura hacia la autonomía moral como ideal y como deseo.

 

La ética

 

          ¿Hay una ética sexual en Freud? Pienso que podemos responder negativamente. En la teoría freudiana encontramos las bases para una concepción sexual de la perversión y del amor, así como una concepción genética sobre la forma en que lo sexual nutre, a la vez, a lo erótico como desligazón, al narcisismo como ligazón y al amor de objeto.

          ¿En la teoría freudiana aparecen los lineamientos de una concepción del cuerpo como lugar donde se experimenta y se confronta lo erótico y la ética, pero no hay una ética sexual. Hay más bien una ética del hombre Freud, que se expresa en sus textos sobre la guerra, sobre la violencia y sobre la muerte.

          ¿En la obra de Freud encontramos sobre todo una ética del psicoanálisis, que se ilustra en sus textos sobre la homosexualidad, por ejemplo. Freud se limita a analizar lo infantil o a reubicarlo en el paciente. A éste último le toca hacer lo que quiera, o lo que pueda, pero en ningún caso se trataría de una ortopedia o de una normalización.

 

*«Le sens moral». Fragmento del artículo de Christophe Dejours, Psychanalyse et morale sexuelle, en S. Bateman, La morale sexuelle, Actes du séminaire du CERSES-CNRS, volumen 2, Paris, 2001.

1. [El autor se refiere a los apartados anteriores del texto completo: «Psychanalyse et morale sexuelle» en La morale sexuelle, op. cit, N. de T.]
2. No todo es sexual pero lo sexual está en todo (pansexualismo-panpsicoanalísmo).
3. Moliner P. (1998), «Autonomie morale subjective, théorie psychanalytique des instantes morales et psychanalytiques du travail», Travailler, n 1, pp. 55-70.
4. Ludin J. (1998), «La création du sujet», Documents et débats. Bulletin intérieur de l´Association psychanalytique de France, n0, pp. 55-64.

 
 
 
 

 

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