La teoría de Margaret Mahler reconsiderada
 
Martin Dornes
 
 
 
 

Como las pulsiones, las teorías tienen sus destinos. A un tiempo de lucha por el reconocimiento, donde el nuevo paradigma existe al margen de la corriente principal, le siguen una aceptación creciente y, después de un tiempo de aceptación general, una fase de declive.

ce. Se descubren faltas y agujeros tapados y, al final, queda un número reducido de seguidores que están como persuadidos de su exactitud pero que encuentran menos audiencia que antes, mientras que, entre tanto, ha surgido una nueva teoría que recorrerá de manera similar el ciclo de ascenso y declive.

La teoría de Margaret Mahler es un buen ejemplo de este proceso. En sus años de formación fue más tolerada que apreciada, pues cuestionaba la centralidad del complejo de Edipo (Mahler, 1988). Con la creciente comprensión de la importancia de los factores pre-edípicos en la génesis de las perturbaciones severas, gana una influencia y una difusión que hoy disminuyen poco a poco, desde que el refinamiento en los métodos de observación directa de bebés aporta resultados que obligan a cuestionar un buen número de hipótesis.

La teoría de Mahler se construyó a partir del tratamiento y de la observación de niños psicóticos (Mahler, 1952, 1968). Muchos eran autistas en estado de aislamiento. Parecían tener miedo del mundo y rechazaban particularmente el contacto con el ambiente humano. A pesar de ello, se dedicaban a usar unos objetos inanimados -y los movimientos estereotipados que ellos permitían- para imponer un mínimo de orden y regularidad en un mundo que aparentemente sentían como amenazante. Un segundo grupo también estaba constituido por niños severamente afectados, aunque de forma distinta: no era el contacto humano lo que los amenazaba sino, al contrario, lo que no podían tolerar era la separación de su persona de referencia principal, generalmente la madre. Incluso las separaciones breves tenían por consecuencia alucinaciones psicóticas, que Mahler y sus colaboradores entendían como intentos de restitución. Estas alucinaciones debían reducir el pánico provocado por la percepción del hecho de estar separado. Llegado el caso, en lugar de alucinaciones los niños mostraban un repliegue secundario en el autismo (Mahler, 1968). Sin embargo, a diferencia de lo que se encontraba en los niños autistas primarios, ese repliegue era la consecuencia de una percepción (prematura) de separación. Los niños autistas primarios no habían logrado lo que los autistas secundarios y los psicóticos simbióticos habían perdido demasiado pronto: un estado de unidad perfecta, incuestionable, con la madre.

Siguiendo la tradición psicoanalítica, Mahler entendía estas patologías de la infancia como marcas características, particularmente claras, de fenómenos universales. Su conclusión era que los niños autistas y psicóticos simbióticos «articulaban» un problema al que todo niño se halla confrontado, pero que es mejor superado por la gran mayoría. Todo lactante es autista -al comienzo está separado del mundo- y todo lactante es simbiótico -está subjetivamente fusionado con la madre-, pero la mayoría resuelve la tarea de producir y mantener contacto con el mundo mejor que aquellos niños que devienen psicóticos. Así nacía la idea de una fase autística y simbiótica normal. El problema fundamental que ella encierra puede formularse así: ¿Cómo y cuándo los niños normales logran el pasaje exitoso de una unidad ilusoria a la percepción (soportable) de la separación?

Esta cuestión fue sistemáticamente explorada con niños sanos (véase Mahler, 1974; Mahler y col., 1975) (1). Puesto que Mahler y sus colaboradores partían del hecho de que la simbiosis duraba doce meses, los niños fueron observados a partir de la edad de un año. En un tiempo posterior de la investigación fueron incluidos, a su vez, niños más pequeños, casi siempre de la misma familia de aquéllos mayores que ya formaban parte del proyecto de investigación. De modo que la fase simbiótica propiamente dicha, que había sido referida al periodo que va de los 2 a los 5 meses, no podía ser suficientemente explorada, pues había muy poco material de observación y se habían empleado métodos de investigación que hoy se consideran parcialmente insuficientes. Los enunciados sobre los estados de fusión en lactantes normales se basaban, en última instancia, en una mezcla de deducciones a posteriori a partir de las alucinaciones de niños psicóticos, un conocimiento todavía pobre sobre la capacidad de percepción del lactante y determinados supuestos metapsicológicos, por ejemplo el del narcisismo primario del recién nacido. Las hipótesis adoptadas que se obtuvieron de este modo, no por ello eran necesariamente falsas, pues con métodos insuficientes y bases de datos deficientes pueden lograrse resultados exactos; sin embargo, seguía siendo deseable una investigación más exacta (2).

 

La crítica de la investigación sobre el lactante

 

Los investigadores se entregaron a esta tarea y, en lo que respecta a la fase autística y simbiótica, llegaron a resultados incuestionables (cf. una visión de conjunto en Stern, 1985, y Dornes, 1993). Para decirlo brevemente, se estableció que, desde el nacimiento, el lactante dispone de capacidades diferenciadas de percepción y de interacción y que, por esta razón, no puede ser calificado como autístico o simbiótico. Podemos servirnos de una experiencia de Stern como ejemplo del avance en la investigación sobre el bebé, investigación que produjo esta nueva imagen del lactante «competente». Esta experiencia debe ilustrar cómo la prueba de capacidades de percepción diferenciadas en el lactante contribuyó a una crítica de la teoría de la simbiosis.

Stern (1985) estudió a gemelos siameses a la edad de tres meses. Llegado el caso, encontró que un lactante succionaba el pulgar del otro y algunas veces el suyo propio. Si los gemelos no pudieran diferenciar entre su propio cuerpo y el del otro, entonces no notarían ninguna diferencia entre chupar su propio pulgar y chupar un pulgar ajeno. Estarían fusionados y, como lo afirman Mahler y col (1975) no sabrían que sus propias manos les pertenecen sino que, más bien, las confundirían con otros objetos del mundo, eventualmente con las manos del otro. Pero esto no es lo que ocurría, como lo prueba la observación siguiente: el gemelo A chupaba su propio pulgar y se intentaba alejarlo de su boca; entonces se defendía contra ello oponiendo, con la tensión de la musculatura de su brazo, una resistencia contra el alejamiento del pulgar. Por el contrario, cuando chupaba el pulgar del gemelo B no oponía resistencia con el brazo en el momento del intento de alejamiento, pero seguía el pulgar que le era retirado con la cabeza. De modo que A se daba cuenta de que el pulgar de B no era el suyo propio y que, de hecho, no tenía sentido querer retenerlo con la tensión de su brazo.

A partir de esta y muchas otras investigaciones, se volvió problemática la idea de un estado de fusión entre el self y el objeto. La duda fue reforzada desde que se pusieron en evidencia unas capacidades de interacción elaboradas, que hacían ver al lactante como un partenaire competente y activo de la interacción. Después de una discusión profunda sobre las diversas significaciones del concepto de simbiosis, yo he llegado al siguiente resultado: «A la luz de las capacidades presentadas hasta aquí, el concepto de simbiosis de Mahler es insostenible. El lactante no es simbiótico en el sentido de que no percibiría solamente un mundo confuso, no es simbiótico en el sentido de que su interacción con la madre no sería predominantemente indiferenciada y en el sentido de que podría tener fantasías sobre la fusión con la madre (la simbiosis como fantasía)» (Dornes, 1993).

Pero, ¿qué es lo que remplaza a la simbiosis? Stern (1985) propuso hablar del self-with- other en lugar de la fusión simbiótica. Ello significa que la experiencia de unión de los primeros meses no está caracterizada por una fusión, en su mayor parte pasiva, sino por percepciones e interacciones diferenciadas que engendran un sentimiento agradable de unión, producido activamente, y de armonía afectiva que conserva las fronteras del yo. La armonización en la sonrisa, la imitación y la vocalización comunes, son producidos activamente por estos dos partenaires ; no se alcanzan a través de una fusión pasiva (id. Horner, 1992, p. 26). Desde esta perspectiva, la fusión y la pérdida de fronteras del yo son más bien un estado patológico que ocurre cuando las capacidades de percepción y las facultades de regulación interactivas del lactante se desmoronan de manera duradera, tal vez porque los afectos violentos no fueron suficientemente moderados en la relación. Las experiencias fusionales, que reposan en la des-diferenciación perceptiva que resulta de ello, son más bien el producto de la desintegración de una relación que se desvió de su estado normal. En la relación madre-niño promedio los afectos violentos son, en cierta medida, modulados rápidamente. Ello no hace que desaparezcan completamente, pero sin duda hace desaparecer los excesos en su duración y frecuencia. En los estados de baja tensión que entonces predominan, el sensorium perceptivo está intacto y, por eso, las nuevas teorías consideran que la separación entre el self y el objeto es el estado predominante, y la fusión simbiótica más bien la excepción.

 
La rehabilitación parcial de la simbiosis desde el punto de vista hermenéutico
 

No todos aceptaron estas conclusiones finales. Mientras tanto se cristalizaron dos direcciones en la defensa del concepto de simbiosis. La primera, que lleva la marca de la teoría del conocimiento, está representada entre otros por Baumgart (1991). Su idea de base es la siguiente: el concepto de simbiosis no es, o no tiene que ser exclusivamente, del orden de la psicología del desarrollo. Se trata más bien de un esquema narrativo, un «constructo» que permite ver en fenómenos clínicos -como el de los fantasmas de fusión- un sentido que no puede encontrarse de otro modo. Desde esta perspectiva, el concepto de simbiosis no describe ninguna realidad del orden de la psicología del desarrollo y, por lo mismo, no deberíamos seguir afirmando que los lactantes de dos a cinco meses se sienten fusionados con la madre; el concepto de simbiosis más bien debe ser puramente, o principalmente, clínico. Debe servir para poner orden y dar sentido a los relatos que los pacientes traen sobre sus agrippements , sobre experiencias delirantes o extáticas de fusión, sobre angustias de separación y de proximidad, etc. Tenemos necesidad del concepto de simbiosis –o podemos utilizarlo- para construir una historia de vida coherente y continua en la que los problemas actuales pueden verse como versiones transformadas de problemas más precoces. Lo mismo que en la historia de la creación, el concepto es una metáfora o una mitología que nos permite entendernos en relación a nuestro pasado en una forma coherente, incluso si en realidad ese pasado fue distinto, como lo da a entender la mitología. Como metáfora, el concepto no describe lo que el lactante realmente vivió, sino lo que los adultos con problemas simbióticos esbozan ante su necesidad de una imagen de su infancia capaz de aportar continuidad y coherencia a su historia de vida. Esas versiones, en tanto tales, son curativas -al igual que un delirio coherente por relación a un delirio incoherente- pues mejoran la capacidad de adaptación y, por lo tanto, la calidad de vida de los pacientes esquizofrénicos (sobre este punto véase Roberts, 1952). Desde esta concepción, ocurre así tanto para la infancia como para la historia, según las teorías modernas de la meta-historia (ver Stranger, 1991). Podemos leer la presentación de la historia de un autor para aprender algo sobre la época que describe; pero también podemos leerla para aprender algo sobre la comprensión, las opiniones, los juicios o prejuicios y las aversiones del autor en relación a esa época. Esta forma de «meta-historia» (White, 1974) recuerda la versión modernista constructivista del psicoanálisis, que ya no se pregunta, de forma casi arqueológica, cuál fue el pasado del paciente, sino lo que él piensa hoy de ese pasado y cómo lo siente (3).

Con ello, sin duda el concepto de simbiosis se sustrae a la verificación en psicología empírica del desarrollo y su validez debe buscarse en otro «universo discursivo». Por lo tanto, la propia Mahler debe ser criticada por haber pensado su concepto de simbiosis desde el punto de vista de la psicología del desarrollo y no metafóricamente. Así, se coloca en una posición en la que puede dejarse engañar y abusar respecto a la pretensión de validez de sus conceptos. Sus observaciones son «supuestas observaciones» (ibid, p. 787), y la diferencia entre la validez desde el punto de vista de la psicología del desarrollo y la validez clínica del concepto de simbiosis no ha sido claramente reconocida por Mahler. Si tomamos en consideración esta diferencia, resulta que «una parte del conflicto entre el modelo del desarrollo de Mahler y las teorías neo-natalógicas no puede resolverse por falsificación, pues los dos puntos de partida de ningún modo se sitúan en un mismo nivel de conocimiento, en cuyo caso podrían entrar en colisión, sino que ciertos aspectos importantes de la teoría de Mahler solo devienen utilizables cuando se los concibe como parte de una teoría hermenéutica (de las profundidades) que intenta comprender la historia de vida en su contexto biográfico» (Baumgard, 1991, p. 784) (4).

Antes de pasar al tema de la segunda variante de la defensa del concepto de simbiosis deseo repasar, en un breve excursus , los problemas de principio planteados por la variante que viene de ser descrita.

Excursus : metáforas o conceptos

No ocurre solo con el concepto de simbiosis; son varios los aspectos de la teoría de las pulsiones y la metapsicología que, en los últimos veinte años, se han vuelto blanco de la crítica al interior del propio psicoanálisis: aquéllos que, por la metaforización, se sustraen a la crítica científica rigurosa. Lo que ocurre es que no son falsificables (Baumgart, 1994) a menos que se entiendan (o malentiendan) de manera objetivante, como edificios teóricos falsificables. Sin embargo, el panorama cambia si los entendemos de manera hermenéutica, metafórica. Por ejemplo, a las «pulsiones» como «el negativo de correlaciones de sentido comprehensibles», como «fuerzas a la búsqueda de sentido»; no como «pura y simple corporeidad» sino como «corporeidad a la búsqueda de apropiación». Entonces la teoría de las pulsiones y la metapsicología no explican nada, pero ellas «orientan».

Así considerada, la metapsicología –que en su aspecto económico concibe al aparato psíquico como una máquina de evacuación de la excitación- no es algo que pueda ser refutado por la investigación empírica, por ejemplo por la constatación de que el lactante no quiere ante todo desembarazarse de la excitación sino que es curioso y necesita esa excitación para su crecimiento. Más bien se trata de una metáfora para la autocomprensión del ser humano, que se siente empujado por fuerzas extrañas y atormentado por síntomas que no comprende. Así, la metapsicología describe al hombre alienado en su corporeidad, al neurótico que en lugar de dominar los impulsos está dominado por ellos. Es una antropología del hombre alienado y, por lo tanto, un tratamiento exitoso debería liquidar su validez. Porque en la terapia uno debería apropiarse de las fuerzas desconocidas por la comprehensión del sentido . De manera similar, si se sigue esta lectura, la teoría de las pulsiones no describe la vida de los impulsos tal como es efectivamente, sino una conceptualización de nuestra experiencia de los impulsos. Formula cómo nos representamos la experiencia de nuestros impulsos y no cómo son en realidad. En el hambre y la sed, por ejemplo, la reducción de la tensión es vivida como «descarga», aunque ahí nada es realmente evacuado sino que, por el contario, algo es absorbido.

No quisiera esconder un cierto escepticismo en relación a esta forma de considerar las cosas, aunque reconozco que es posible la decisión de considerar como metáforas a los conceptos psicoanalíticos fundamentales: pulsión, tensión y descarga, simbiosis, etc. Es una decisión ni más ni menos justificable que la decisión contraria, a saber, no entender los conceptos como metáforas sino como lo que permite expresiones falsificables y de tipo empírico. Si se considera a los términos teóricos fundamentales como metáforas, entonces debe aceptarse que, como tales, ellos no pueden ser «verdaderos» en un sentido científico; a lo sumo pueden articular una auto-comprehensión subjetiva. Si por ejemplo alguien dice «algo me pesa en el corazón», sería estúpido, y no tendría sentido para quien siente y expresa aquello, buscar si efectivamente algo «aprehensible como cosa» reposa en el alma o si hay un correlato neurofisiológico para esa sensación.

La metaforización de los conceptos supone, en efecto, el riesgo de alejar al psicoanálisis del diálogo interdisciplinario, porque conceptos como «pulsión» y «simbiosis» son igualmente utilizados en otras disciplinas y en ellas expresan algo sobre la constitución biológica «sustancial» de los seres vivos, de sus relaciones y de su vida desde el punto de vista de los «impulsos», y no solo algo sobre la vivencia personal de «ser empujado a». Si confiamos todo lo que pertenece al dominio del organismo a otras disciplinas -por ejemplo a la biología- entonces, a partir de una hermenéutica de las pulsiones (como «fuerzas a la búsqueda de sentido») se llega necesariamente a una hermenéutica que se cierra a las ciencias vecinas, ya que ellas dejan de ser «pertinentes». Ése no era precisamente el deseo de Freud. Como sabemos, su concepto de pulsión debía articular ambas perspectivas – la constitución sustancial y la vivencia subjetiva- como lo prueban sus diferentes definiciones (5). Es justamente en razón de esta plurivocidad que la teoría de las pulsiones puede servir de punto de referencia tanto a empíricos como a hermeneutas, y mientras unos critican un aspecto los otros lo defienden. Si los biólogos dicen que la teoría de las pulsiones es (biopsicológicamente) falsa, los hermeneutas responden que ello deja de lado la dimensión, supuestamente decisiva, de la experiencia vivida del concepto de pulsión.

En el presente llegamos a una constelación parecida en el caso del concepto de simbiosis, que podría ser falso desde el punto de vista de la psicología del desarrollo pero que, no obstante, podría utilizarse como descripción de una experiencia vivida y como mito de origen, fundador de sentido y terapéuticamente útil. Como tal, no es falsificable en absoluto, ni por la investigación en psicología del desarrollo ni por la investigación en general. Esta forma de considerar las cosas es legítima, pero no lo es en el espíritu del inventor del concepto y, muy probablemente, es fatal desde el punto de vista de la política científica. Es por esta razón que deberían buscarse otras posibles soluciones (6).

 
La rehabilitación parcial de la simbiosis desde el punto de vista de la psicología del desarrollo
 

En una serie de trabajos, Pine (1985, 1986, 1990, 1992, 1994) emprendió lo que considero el intento más convincente de defensa del concepto de simbiosis, no por la metaforización/hermeneutización, sino desde el punto de vista de la psicología del desarrollo. Su reformulación no solo tiene la ventaja de ser susceptible de conexión interdisciplinaria, sino también la de mostrar el carácter unilateral, hasta entonces insuficientemente observado, de la crítica de la simbiosis en el dominio del lactante. Pine afirma que el concepto de simbiosis de Mahler ciertamente describe una realidad en términos de la psicología del desarrollo. La crítica de los investigadores es unilateral no por desconocer el estatuto hermenéutico del concepto de simbiosis, sino ¡por presentar de manera unilateral la realidad del lactante! ¿Qué quiere decir esto?

Lo que dicen los investigadores sobre sus facultades de percepción y de interacción diferenciada se basa en el análisis a profundidad de dos episodios determinados de la vida del lactante: los periodos de atención tranquila y los de atención activa (7). Según Wolf (1987), en la segunda semana de vida estos estados abarcan cerca del 25% del periodo de observación en tiempo diurno; al final del tercer mes, cerca del 65%. En los otros periodos el lactante duerme, está nervioso, somnoliento o llora (8) .

Pero, ¿en qué consiste la experiencia y la facultad de percepción del lactante en tales estados? Pine admite que en los momentos de atención tranquila/activa y de buena facultad de percepción, una experiencia simbiótica es en verdad poco verosímil. Como lo describieron los investigadores, el lactante puede distinguir el self del objeto, percibe al mundo exterior de manera diferenciada y no se vive como fusionado con la madre. Sin embargo, antes o después de haber sido alimentado, por ejemplo cuando está adormecido en el regazo de la madre en un estado de pasaje entre la vigilia y el sueño, la cosa cambia. Sus facultades de percepción no están en su apogeo, por lo que puede pensarse que, en esos momentos , el niño no se vive como delimitado por relación a la madre sino como fusionado con ella (ver también Kaplan, 1987; Horner, 1992, p. 41). Tales momentos pueden ser cortos, pero su importancia psíquica no está correlacionada en absoluto con su duración. Lo que dura poco también puede ser significativo, por lo que, según Pine, no podemos deducir que una experiencia tenga poca importancia debido a su carácter momentáneo. Un orgasmo tampoco dura mucho tiempo y no por ello es menos importante psíquicamente.

La analogía presenta al mismo tiempo un problema. Si queremos nombrar a una fase del desarrollo según una experiencia (supuestamente significativa), sería legítimo designar a la edad adulta como la «fase orgásmica» del hombre, lo que obviamente es inadecuado y arbitrario (Horner, 1986). Teniendo en cuenta esta objeción, Pine (en particular, 1990, 1992) propone dejar de lado el concepto de fase simbiótica y reemplazarlo por la representación de momentos simbióticos. Por otro lado, distingue la importancia que tienen esos momentos como tales y la que pueden adquirir en razón de las reacciones parentales que acarrean. Por lo tanto, su teoría revisada de la simbiosis afirma lo siguiente: no hay una fase simbiótica sino solamente momentos simbióticos. Es difícil decir si ellos son o no intrínsecamente significativos, pero, en todo caso, adquieren ese carácter cuando los padres tienen dificultades con tales momentos. Esas dificultades pueden ser de naturaleza diferente. Una madre o un padre pueden tener ellos mismos una fuerte necesidad de tales momentos simbióticos y por ello prolongarlos más de la cuenta; también pueden temerlos y por lo tanto acortarlos, o expresar de otro modo el malestar que les producen. Ello hace que el momento simbiótico sea «perturbado» y, entonces, adquiere importancia. El lactante nota ahí algo particular: es «mantenido» en un estado en contra de su propia tendencia interior, o bien, es «empujado» a otro estado. De ahí nace, pues, una acentuación o, según el caso, una fijación. Así mismo, una angustia de separación excepcionalmente fuerte en el lactante puede llevar a los padres, contra su tendencia espontánea, a prolongar los momentos simbióticos (Greenacre, 1959), lo que lleva a perturbaciones en el juego del intercambio amoroso. En todos estos casos, lo que vuelve problemática la superación de los momentos simbióticos son las particularidades individuales de una determinada pareja padre-o-madre/niño, y no una nostalgia simbiótica universal (11) . No tengo nada que objetar a una teoría así modificada de la fase simbiótica normal. Lo cierto es que supone una doble revisión. En primer lugar, ya no se habla de una fase simbiótica sino de momentos simbióticos. En segundo lugar, la importancia psicológica de esos momentos no resulta tanto de las sensaciones corporales-afectivas intrínsecas que los acompañan, sino más bien de las reacciones que los padres tienen a ellos. Reacciones sin coacción llevan a que tales momentos no adquieran una importancia especial. Son vivenciados, registrados, pero no llegan a ser algo que merezca ser denominado o distinguido como fase. Los momentos simbióticos solo pasan a ser algo relevante cuando son agravados por las reacciones parentales.

Así, esta teoría reduce la fase al momento e individualiza de forma interaccional la significación del momento: en un buen número de individuos los momentos simbióticos producen una fijación debido a las reacciones parentales, especialmente en ésos que posteriormente tendrán problemas de simbiosis clínicamente significativos. En los otros casos, se trata de momentos que no tienen ningún peso en particular (10) .

Esta relativización y esta individualización también explican por qué la tarea de separación/individuación no es igual para todos (y que no sea en todos los casos una tarea particular) y por qué puede ser resuelta de distinta forma por cada individuo. La solución del «problema» de la simbiosis, es decir, pasar de la ilusión (momentánea) de unidad a la percepción del hecho de estar separado, ya no es una tarea universal del desarrollo que se plantee a todos por igual. Los momentos de simbiosis coexisten desde el comienzo con los momentos de separación y el pasaje de uno a otro, su alternancia, es el estado normal que experimenta todo individuo. Cuando este equilibrio es perturbado surge un problema: el lactante tiene una experiencia de demasiada, o demasiado poca, simbiosis, y entonces debe hacerse cargo de ello. Pero esta preocupación solo alcanza un nivel problemático importante desde el punto de vista clínico en determinadas parejas padres-niño, aquéllas en las que el equilibrio está menos logrado.

De modo que podría ser que Stern y otros hayan exagerado las dimensiones del estado de separación, como Mahler había exagerado las dimensiones del estado de fusión. Cuando los investigadores dicen que el lactante no es simbiótico, o que solo lo será cuando unos afectos no modulados lo coloquen en ese estado, es porque están focalizados principalmente en los segmentos de atención tranquila y despierta en estados de tensión baja. Sin embargo, como lo señalan Pine y otros (p.e. Kaplan, 1987; Kernberg, 1987), hay estados de tensión baja, con atención reducida, en los que el sensorium de percepción funciona de manera menos eficiente, por ejemplo la somnolencia del bebé recostado sobre el pecho. En segundo lugar, también puede ocurrir que los estados de excitación fuerte, teñidos de placer, estén acompañados de una des-diferenciación de la percepción y, por lo tanto, lleven a experiencias de fusión.

Así mismo, puede pensarse que habría momentos simbióticos tranquilos y momentos simbióticos agitados. Pero lo que es decisivo por su significatividad son los destinos ulteriores y las elaboraciones interactivas de esos momentos, así como la rapidez o la lentitud con la cual los momentos de excitación son sustituidos por interacciones libres de tensión, o de menor tensión, las cuales constituyen una gran parte de la vida cotidiana del lactante (10) . Sólo por este medio cobran importancia por relación al flujo de diversos acontecimientos; sólo por este medio se decide la medida de su presencia y su significatividad y, por lo tanto, la posibilidad/verosimilitud de un punto de fijación para que más adelante se presente un problema simbiótico clínicamente observable. Así, en resumen, existen momentos simbióticos en la relación normal padres-niño, pero éstos no suponen nada de particular y coexisten con otros estados, como por ejemplo la atención tranquila/despierta y el estado de reparación. Solo llamarán la atención como algo problemático y se volverán clínicamente significativos en determinados casos de parejas padres-niño. De modo que no es oportuno llamar a un determinado episodio de la vida con el nombre de tal momento, porque ese momento tiene una significación completamente diferente (o ninguna en particular) para los diferentes individuos (12).

A partir de diferencias de comprensión entre la investigación sobre el lactante y el psicoanálisis –que, como mientras tanto ha podido mostrarse claramente, se deben en parte a que ambas disciplinas se concentran en «momentos» diferentes de la vida del lactante- Kernberg (1991) llegó a la conclusión de que hay al menos dos lactantes: el lactante afectivo del psicoanálisis, que describe las experiencias vividas durante estados de tensión elevada, y el lactante cognitivo de la investigación, que describe experiencias vividas durante estados de tensión más baja. Considero que esta dicotomía es problemática, pues los estados de tensión más baja, el curso sin excitación de experiencias cotidianas y distorsiones sutiles pero crónicas de la interacción, también constituyen una fuerza formadora para el carácter y la estructura. Las observaciones de los investigadores no se refieren únicamente al desarrollo del yo (el desarrollo cognitivo); también abarcan las micro-distorsiones de la regulación de los afectos y sus posibles consecuencias para la formación de la personalidad y la constitución del inconciente dinámico. La defensa y la represión solo tienen lugar, claro está, en los estados afectivos de alto nivel de excitación.

Dejando de lado esta objeción, la «teoría» de los dos lactantes tiene cierta plausibilidad pues pone en evidencia el hecho de que, con frecuencia, las dos disciplinas se centran en segmentos diferentes de la vida del lactante: una en estados de tensión baja y la otra en estados de tensión elevada. De acuerdo a ello, el psicoanálisis acentúa la desintegración, la fragmentación, la simbiosis, etc, mientras que la investigación sobre el lactante se centra más bien en la integración, la totalidad y el estado de separación. Una teoría del desarrollo completa debería abarcar ambos aspectos. En este punto las dos disciplinas se mantienen en una relación de complementariedad mutua: una articula lo que la otra deja en la sombra. Pero falta responder una cuestión: ¿qué predomina en el desarrollo normal? Aquí el psicoanálisis se inclina (se inclinaba) a generalizar sus descubrimientos a partir de investigaciones con pacientes adultos, considerando sus problemas (por ejemplo simbióticos, o de fragmentación) como marcas particulares de un problema fundamental común a todos. La afirmación de Winnicott (1960) de que con el lactante se aprende más sobre la cuestión del paciente adulto profundamente regresionado, ilustra bien esta inclinación patomorfa. Lo que ha sido expuesto hasta aquí debería contribuir a relativizar estos puntos de vista. No hay un problema fundamental que todos deben resolver sino que, en ciertas condiciones, en determinadas parejas padres-niño, los momentos simbióticos pueden volverse un problema. Pero para muchos otros ello no ocurre así.

Lo mismo puede decirse, mutatis mutandis , para la teoría kleiniana del desarrollo, que considera que dos «posiciones» son fundamentales para todo niño pequeño: la posición esquizo-paranoide y la posición depresiva. La indicación de Segal (1964) según la cual esas posiciones son momentos en la vida del lactante, anticipa en casi treinta años el argumento de Pine, pero me da la impresión de que no fue tomada suficientemente en serio por los propios kleinianos. Ellos también tienden a tomar un momento (posible) por el todo, y a totalizar la posición esquizo-paranoide y la posición depresiva, cuya relativización podría volver más aceptable la teoría kleiniana del desarrollo. En efecto, entonces solo habría que sostener que existen «momentos esquizo-paranoides» en la experiencia de vida del lactante, momentos cuya significación o ausencia de significación determinaría la evolución posterior y las experiencias relacionales subsiguientes (13) .

Mi impresión es que, sobre este tema, los kleinianos retroceden parcialmente y comienzan a relativizar la dimensión de estas posiciones desde el punto de vista de la psicología del desarrollo. Spillius (1994) se expresa de una forma novedosa, que vale la pena leer, diciendo que ya no está tan seguro de que las posiciones sean o no realidades del desarrollo, pero que está seguro de que son states of mind de pacientes adultos y, por lo tanto, realidades clínicas. No hay mucho que objetar a ello; a lo sumo que otros analistas no encuentren esos states of mind con la misma regularidad que los kleinianos. En todo caso, ello lleva a que la duplicidad de la teoría kleiniana en términos de la psicología del desarrollo se reduzca un poco. Dejo abierta la cuestión de saber si, clínicamente, ello es útil o más bien perjudicial.

Lo dicho hasta ahora se deja resumir como sigue: las declaraciones de Pine sobre el momento simbiótico ponen de manifiesto el hecho de que, por un lado, tales momentos podrían ser universales antropológicos; sin embargo, por otro lado, solo reciben su apreciable fuerza a través de una amplificación de su significación por la interacción. Dicho de otro modo: todo lactante podría estar en un estado de fragmentación oral temporal o en un estado simbiótico, pero tales estados temporales solo pasarían a ser un estado de hecho por el refuerzo interaccional. Dudo que todo lactante tenga «momentos» esquizo-paranoides, pues no puedo distinguir en él ningún momento de clivaje activo, de angustia de persecución o de envidia primaria. Pero incluso si lo tuviera, no sería oportuno hacer de esos momentos (o de otros) puntos de anclaje en la teoría, pues solo tienen o adquieren una significación particular en algunos casos.

Estas reflexiones llevan a que nos preguntemos si no sería necesaria una nueva taxonomía de temas de vida universales, e incluso si ella sería posible y si, después de todo, tendría algún sentido. (Daniel Stern. Comunicación personal). No tengo ninguna respuesta. Por regla general, los padres atribuyen a sus hijos una multiplicidad de roles y tareas. Pueden verlos, por ejemplo, como sustitutos de una pareja o como amantes incondicionalmente disponibles; como sustitutos de un hijo perdido o como antidepresivos contra la soledad; como aliados contra la pareja o como base de la relación; como un don de Dios o como obsequio; como moderador de conflictos o como aguafiestas; como medio de ascenso social o de aculturación en una tierra extranjera, etc. Según lo que prevalece y según el lugar que ocupa para los padres, uno o varios de estos temas adquieren una importancia dominante para el niño. Dada la multiplicidad casi ilimitada de temas pensables, yo soy más bien escéptico en lo que respecta a una taxonomía universal de tareas de vida. Es verosímil que cualquier intento de orden de este tipo nunca abarque más que algunas tareas importantes, dejando de lado y olvidando otras.

 
La crisis del acercamiento
 

Dejemos ahora la simbiosis –más o menos bien estudiada- y consideremos la crisis del acercamiento. Según los investigadores de la primera infancia ésta no ha encontrado la misma atención, aún cuando tiene una importancia considerable desde el punto de vista clínico. Tanto Kernberg (1975, 1980), Masterson (1976) y Settlage (1977) como la propia Mahler (1971, 1977), fundaron en este fenómeno una buena parte de su teoría sobre los borderline. Una de las propuestas centrales es que, en el periodo que va de los seis a los veinticuatro meses, debe lograrse ante todo la tarea que consiste en integrar las representaciones buenas y malas, es decir, construir representaciones unitarias del self y del objeto. En los casos borderline, debido a un exceso de agresividad constitucional o adquirida, esto no se logra suficientemente. Las representaciones «malas» del self y del objeto, cargadas agresivamente, predominan y amenazan con dominar a las representaciones «buenas». Por esta razón, se llega a utilizar el clivaje como un mecanismo de defensa que debe proteger el conjunto de lo que queda de representaciones buenas del self y el objeto contra la superioridad de las representaciones malas. Así, la no integración de representaciones opuestas -que era normal entre los doce y los dieciocho meses- será mantenida más allá del periodo de edad apropiado.

Los investigadores de la infancia temprana han criticado la idea de un estado de clivaje originario de la experiencia vivida, así como la de múltiples representaciones del self y el objeto como estado inicial del desarrollo humano. Los argumentos son, en mi opinión, convincentes (una visión de conjunto en Molitor/Naumann-Lerzen, 1992; Dornes, 1993; Reich, 1995). Observan que el lactante, como muy tarde al final de la primera mitad del primer año –puede que incluso antes- se ve a sí mismo y a su objeto de un modo predominantemente unitario y no fragmentado/clivado. El término «predominantemente» necesita de una mayor aclaración. Lo mismo que con la crítica de la simbiosis, lo que podemos decir de la vivencia unitaria del self y el objeto solo se aplica en caso de que las facultades de percepción del lactante estén intactas, sus afectos bien regulados, y si los comportamientos parentales son en cierta medida consistentes, lo que según estos investigadores es la norma (ver la nota número 11).

Incluso en las interacciones padres-niño bien reguladas, tan solo existen momentos de fuerte disrupción o de encantamiento extático que llevan a rupturas de la interacción, a restricciones de percepción y a afectos violentos. En esos momentos, la vivencia que el niño tiene de sí mismo y del objeto podría estar menos integrada y, por algunos instantes, ser simbiótica, fragmentada, o alternar entre ambas (14). Si esos momentos no son duraderos, no tienen consecuencias clínicas importantes y puede decirse que pasan sin dejar huella en el tejido psicosomático de base del individuo. Se trata de experiencias universales que, para lograr la importancia que justificaría su promoción teórica al nivel de tarea central de una fase de la vida, necesitarían del refuerzo interaccional o la cronicización. Sin embargo, este caso no es universal y solo se encuentra en determinadas parejas adulto-niño, razón por la cual son sólo ciertos niños los que devienen pacientes borderline. La teoría borderline del desarrollo solo es válida, tal vez, para ellos, aunque se ha instalado y pensado como descripción teóricamente válida para todos. Las reflexiones precedentes consideran que las experiencias de fragmentación o los estados de clivaje podrían ser universales, pero a la vez relativizan su importancia para el desarrollo posterior –que dependería de la fuerza y la frecuencia de esas experiencias- y demuestran que, en circunstancias favorables, ellas no causan ningún problema considerable en los niños.

Según Mahler, en el momento de la crisis del acercamiento, el niño se encuentra no solamente frente a la «cuestión del clivaje» sino también frente al dilema siguiente: en la fase anterior, la fase del ejercicio, se regocijaba por la facultad recientemente adquirida de la marcha, se alejaba cada vez más de la madre entusiasmado por las nuevas posibilidades de conocimiento del mundo y, por todo ello, se encontraba en un estado de elación. Sin embargo, con la maduración creciente de sus facultades cognitivas, el niño observa de una forma nueva su separación de la madre. Así mismo, constata que todavía no es tan autónomo como lo había imaginado en su exaltación relativa a su nueva capacidad de caminar. Comprende mucho mejor toda la amplitud de su dependencia afectiva respecto de su madre, lo que le produce temores relativos a la posibilidad de perderla (pérdida del amor), así como una mayor angustia de separación. Entonces las fantasías de grandeza del niño y «su relación amorosa con el mundo» (Greenacre, según Mahler, 1975, p. 98) reciben un golpe sensible y, para compensarlo, se vuelve nuevamente hacia la madre.

Pero incluso el niño pequeño no entra dos veces en el mismo río. Ya no puede utilizar a la madre como extensión de sí mismo de una forma tan evidente como antes, pues ahora tiene más claro que no son, ni pueden ser, la misma persona y es algo que él de ningún modo querría. Según Mahler, para el niño en esta fase, el retorno hacia la madre está ligado al miedo de ser «engullido» por ella, perdiendo así su propia separación/individuación. Esta constelación intrapsíquica de crisis de representaciones de grandeza de sí mismo y de angustia de engullimiento simbiótico se manifiesta en comportamientos de tendencia ambivalente. Por un lado, condicionado por la maduración y debido a sus necesidades psíquicas de autonomía, el niño intenta alejare de la madre; por otro lado, para compensar sus fantasías de grandeza en deflación, intenta acercarse (nuevamente) a ella. Sin embargo, el acercamiento vuelve a reavivar una angustia simbiótica y a movilizar una tendencia al rechazo. El ir-y-venir ambivalente del niño de un año y medio en la teoría de Mahler es, por un lado, la expresión de una dinámica intrapsíquica universal de fantasías de grandeza y miedos de pérdida del objeto, que entran en crisis suscitando un acercamiento hacia la madre; por otro lado, es una angustia de simbiosis que induce un movimiento de alejamiento. Como a veces Mahler subraya, esta dinámica -y los comportamientos opuestos que le son propios- puede verse reforzada por experiencias interpersonales: por ejemplo, los padres pueden reaccionar al acercamiento del niño, que parecía ya bastante más independiente en la fase de ejercicio , con malestar y rechazo, reforzando así su ambivalencia. Sin embargo, según Mahler y otros, esta ambivalencia no es creada de ese modo.

 

Las fuentes interpersonales de la ambivalencia del niño

 

¿No podría ser que la escisión en los padres engendre la escisión en los niños, de modo que la tendencia ambivalente de éstos sea causada por factores interpersonales y no por la supuesta dinámica intrapsíquica de grandeza y angustia de simbiosis? Esta es la opinión que defiende Horner (1988), uno de los pocos que se ha pronunciado sobre la teoría del acercamiento de Mahler. Su argumento es el siguiente: el periodo que va entre un año y un año y medio se caracteriza por avances en la maduración y el desarrollo que suponen una carga en la relación padres-niño. Los conflictos, siempre presentes, en este periodo se intensifican por varias razones. Ahora los niños pueden desplazarse caminando y apoderarse de más cosas. Ello hace que aumente su exposición al peligro y la posibilidad de que rompan cosas.

Inevitablemente, a esta edad aumenta el número de prohibiciones y, al mismo tiempo –probablemente en relación con la adquisición de la conciencia de sí mismos- los niños se vuelven más obstinados en la persecución de sus metas. No es posible desviar su atención tan fácilmente, lo que intensifica los conflictos potenciales. Pero los padres también se vuelven más «obstinados». Comienzan a ver a sus hijos de otro modo y a esperar más de ellos. Un buen ejemplo es su cambio en relación con la cólera del niño. Hasta la edad de un año los padres intentaban, en primer lugar, suprimir la fuente de la cólera; a partir del año comienzan a exhortar al niño a controlar su cólera. Además, comienzan a considerar esas manifestaciones de ira no tanto como una reacción a la frustración, sino como una expresión de oposición y de (malas) intenciones. (Más o menos a partir del primer año la agresividad infantil se articula, en efecto, en función de una meta. Véase Kinnert y col.). Así, los padres se convierten en una fuente de decepción, pues el niño ya no puede esperar, como lo hacía hasta entonces, que supriman los problemas que aparecen en su mundo. Por otro lado, los padres ya no quieren cargar a sus niños tan a menudo cuando éstos ya caminan. Ello suscita tendencias al agrippement en el pequeño, quien no renuncia fácilmente a esta costumbre. Sin embargo, ese agrippement es motivado de forma extrínseca, no intrínseca. No resulta de la percepción, amenazante para el niño, de la pérdida de una supuesta omnipotencia, sino del rechazo parental.

Existe aún otro aspecto en el que los padres se vuelven más exigentes. Celebran el hecho de que a partir de un año y medio su niño comienza a ser más sociable y se siente más atraído por los niños de su edad, lo que supone un alivio. Entonces ellos mismos se vuelven ambivalentes: se preguntan hasta qué punto deben seguir respondiendo a las demandas de sus hijos, pues temen ser «absorbidos» por sus exigencias. Esta ambivalencia parental es percibida por los niños y genera en ellos una escisión y una incertidumbre en cuanto a la disponibilidad de sus padres.

Así considerado, el concepto de crisis del acercamiento de Mahler es problemático, porque presta poca atención a los factores esenciales que producen en los adultos una ambivalencia en relación a sus hijos. La ambivalencia de los niños en esta fase con justa razón puede atribuirse a los padres, que cambian su forma de relacionarse con el niño y sus expectativas, volviéndose menos disponibles. Desde esta perspectiva, la crisis del acercamiento no es tanto un proceso en el cual deba superarse la pérdida de la unidad simbiótica y/o la pérdida de fantasías de grandeza –por lo tanto, un proceso en el que los padres lucharían con problemáticas que aparecen en el niño-, sino una fase del desarrollo en la que surgen perturbaciones en el equilibrio de las relaciones padres-niño debido al crecimiento y al desarrollo de los padres y del niño. Naturalmente, ello ocurre siempre pero, por las razones citadas (y algunas otras), el periodo entre uno y dos años se presta particularmente a perturbaciones.

Stern (1985) también propuso una nueva visión sobre la crisis del acercamiento que, al igual que la de Mahler, en realidad pone en evidencia las posibles fuentes intrapsíquicas de la escisión. En su teoría, el periodo alrededor del año y medio es particularmente difícil para el niño porque las experiencias pre-verbales vuelven a codificarse, esta vez verbalmente. Sin embargo, esta nueva codificación abarca solo una parte de la experiencia pre-verbal vivida, ya que ciertas experiencias no pueden ser capturadas en la red del lenguaje. Si una luz amarilla era hasta entonces la suma de sensaciones de calor, de color y de sentimientos provocados por esa luz, con la introducción del lenguaje la palabra «amarillo» acentúa el aspecto visual de esa totalidad, lo que hace que la sensación de calor, por ejemplo, se pierda o pase a segundo plano. Se rompe la totalidad original de la experiencia vivida, lo que provoca una crisis en la comprensión y en el sentimiento de sí mismo que tiene el niño (Stern, 1985, p. 247 y sig.). Es por esta razón que ese periodo se torna difícil para él, y no, como en Mahler, por ser víctima de una crisis de omnipotencia (16) .

Si se insiste en aceptar la teoría de Mahler, se podría argumentar que las dos explicaciones no se excluyen mutuamente sino que se complementan. Así, Stern y Horner aportarían pruebas de la existencia de fuentes suplementarias de ambivalencia, pruebas que Mahler no consideró suficientemente. Pero ello no contradice sus observaciones, solo las relativiza. Su concepción del origen específicamente intrapsíquico de la ambivalencia a partir del juego combinado de fantasías de grandeza frustradas y de angustia de simbiosis seguiría siendo válida, y solo se volvería cuestionable su pretensión de que ese hallazgo represente la fuente principal o más importante de la ambivalencia. Este punto de vista solo es legítimo si se otorga a la angustia de simbiosis y a la pérdida de fantasías de grandeza la misma posición central que tiene para Mahler. Pero yo dudo que ello sea exacto y me inclino por una crítica un poco más radical. En efecto, los dos conceptos (fantasías de grandeza y angustia de simbiosis) derivan ampliamente de análisis de niños mayores y de adultos. Su validez para niños de un año y medio hasta ahora no ha sido probada empíricamente: como máximo alcanza el estatuto de una suposición más o menso plausible. En otros términos, los conceptos cargan un lastre demasiado reconstructivo y especulativo. Hasta ahora nadie ha demostrado que los niños de un año y medio desarrollen fantasías de grandeza en relación con la marcha, que poco tiempo después ella les traiga problemas y que una angustia de engullimiento surja al momento de acercarse nuevamente a la madre. Mientras aquello siga sin ser demostrado, tendremos que optar por teorías alternativas mejor fundadas, por ejemplo aquéllas de Horner y Stern.

 

La teoría del apego y la crisis del acercamiento

 

Incluso si muchos de los conflictos solo aparecen en el periodo de alrededor de un año y medio, la forma en que son tratados no es, sin embargo, independiente de la historia anterior de la relación. Esta certeza psicoanalítica conduce a una nueva crítica, formulada por Lyons-Ruth (1991), de la crisis del acercamiento. El punto de partida de su reflexión son los resultados de la teoría del apego. Ésta fue introducida por Bowlby a partir de una descripción detallada de los comportamientos infantiles, estableciendo el vínculo entre la madre y el niño, así como por una explicación de las causas del apego independiente de la teoría de las pulsiones (Bowlby, 1958, 1969). Progresó estableciendo las bases de una situación de observación estandarizada (llamada «situación del extraño») para la investigación empírica de la relación madre-niño desde diferentes paradigmas. Ainsworth (1978) y muchos otros después de ella, exploraron las reacciones de niños de un año y un año y medio a separaciones breves de su madre, a encuentros con un extraño y al reencuentro con la madre, considerándolas como indicadores de la calidad de la relación madre-niño.

La situación del extraño consiste en 8 episodios y cada uno de ellos dura cerca de tres minutos: 1. Madre y niño entran en la sala de juego. 2. Hay un periodo de adaptación en el cual el niño tiene la posibilidad de explorar el lugar. 3. Una persona extraña entra en la sala y se pone en contacto con ellos. 4. La madre deja la sala y el extraño se queda con el niño. 5. La madre vuelve y el extraño se va. 6. La madre se va y el niño se queda solo. 7. El extraño vuelve. 8. La madre vuelve y el extraño se va (como en 5).

En estas situaciones, Ainsworth y sus colaboradores observaron tres modelos de comportamiento (10) . Algunos niños se muestran tristes cuando su madre deja la sala; interrumpen su juego y la buscan activamente. No están dispuestos a dejarse consolar por el extraño, aunque alguna vez se dejan convencer de retomar su juego. Cuando vuelve la madre la reciben con alegría, buscando su proximidad, y poco después continúan su juego. Se trata de niños que tienen un apego seguro (grupo b). Un segundo grupo se compone de niños que ignoran la salida de la madre. Continúan su juego como si nada y a menudo juegan con el extraño con más entusiasmo que con la madre. El regreso de la madre también es ignorado. Evitan su contacto visual, no la reciben y no buscan su proximidad. Ainsworth piensa que se trata de niños con un apego inseguro-evitativo (grupo a).

Un tercer grupo, de apego inseguro-ambivalente (grupo c), reacciona con inquietud y estrés cuando la madre se va. Les cuesta mucho dejarla partir y apenas se dejan consolar por el extraño. Cuando vuelve la madre la reciben bien y buscan su proximidad, pero después de algunos segundos comienzan a golpearla o a patearla. Alternan entre la búsqueda de proximidad y la toma de distancia. Algunos se echan a llorar pasivamente sin tranquilizarse por el contacto corporal. Según Ainsworth, que estudió a niños norteamericanos de clases medias, 68% de ellos tienen un apego seguro, 20% uno con evitación y 12% un apego ambivalente. Investigaciones interculturales en Alemania, Japón e Israel a veces mostraron resultados distintos. Sin embargo, también se encontraron diferencias según las muestras al interior de una misma cultura (una visión de conjunto en van Ijzendoorn/Kroonenberg, 1988; van Ijzendoorn et al, 1990) (18) .

En el contexto de este trabajo, las cifras mencionadas son menos importantes que el argumento fundamental que se deduce de ellas: el subgrupo de niños con apego ambivalente (c), muestra las características que Mahler había declarado como típicas para todos los niños en su descripción de la crisis del acercamiento: la preocupación constante respeto a la disponibilidad de la madre así como la tendencia a buscar y, a la vez, a evitar su proximidad. Si estos comportamientos ambivalentes solo se encuentran en aproximadamente el 10% (25% si se considera como ambivalentes a los apegos desorganizados) de una población normal de niños, parecen ser válidos más bien para un subgrupo de niños y no para todos, por lo que corresponderían a un fenómeno particular y no universal.

Una objeción evidente sería que al explorar la ambivalencia en un setting determinado ( situación del extraño ) aparece una imagen deformada de su frecuencia real. Tal vez sería más universal si observásemos su aparición no (solamente) ahí sino también en el ambiente natural. No lo creo. ¡Todo lo contrario! En efecto, en primer lugar la situación del extraño es sentida como propia a las condiciones de la vida cotidiana y, en esa medida, podría decirse que es ecológicamente válida. En segundo lugar, es una situación (moderadamente) dura para el niño, precisamente construida de ese modo para hacer aparecer más claramente, llegado el caso, reacciones que permanecen latentes en condiciones menos duras de la vida cotidiana. En suma, la situación del extraño llevaría más bien a una sobreestimación de la ambivalencia en las relaciones.

¿Cómo son las experiencias relacionales que preceden a la ambivalencia en la situación del extraño? Ainsworth y col. observaron la interacción padres-niño durante el primer año en el ambiente de casa. Descubrieron que las madres de los niños que posteriormente mostraban ambivalentes en la situación del extraño , tenían un comportamiento de interacción inconsistente. Si sus hijos se ponían tristes y buscaban consuelo, ellas a veces respondían a esta necesidad y otras veces no; a menudo cuando daban el consuelo lo hacían exageradamente pero, luego, la siguiente vez, lo omitían por completo. Su comportamiento era impredecible para los niños, que quedaban en una constante incertidumbre en cuanto a la accesibilidad de la madre. De modo que, al año y medio, los niños habían interiorizado esta disponibilidad inconsistente de los padres y mostraban los comportamientos ambivalentes correspondientes. Prenderse de la madre y no querer dejarla partir es un intento por consolidar la disponibilidad incierta. El consuelo imposible y la irritabilidad que sigue al regreso de la madre son la expresión del despecho por la siempre precaria satisfacción de las necesidades de apego. Así considerados, los niños ambivalentes más que tener el problema de oscilar entre fantasías de grandeza e impotencia, o de angustia de ser engullido, tienen el problema de haber desarrollado una relación ambivalente con sus padres sobre la base de unas reacciones inconsistentes de éstos últimos, con representaciones contradictorias de sí mismos, del objeto y de la relación. En ellos se mezclan las persistentes necesidades de apego con un despecho por su insuficiente satisfacción (lo que hace que ese despecho aún pueda expresarse, a diferencia de lo que ocurre en los niños con apego evitativo).

Así, la consideración de las observaciones esbozadas por la investigación sobre el apego conduce a la conclusión de que la ambivalencia descrita por Mahler no es la marca universal de una fase determinada del desarrollo, sino que se encuentra solo en el caso de un determinado porcentaje de niños. Parece ocurrir sobre todo en relaciones padres-niño que están cargadas con el peso de los problemas de los padres respecto a las necesidades de apego y de comunicación de sus niños. La mayoría de padres «normales» -por lo tanto, padres de niños con apego seguro- casi siempre reacciona de forma consistente y receptiva a esas necesidades y, de manera correspondiente, sus hijos son no-ambivalentes, disponen de una estrategia clara en relación a situaciones difíciles: buscar la proximidad de la persona objeto del apego. Es la expresión de una confianza interiorizada respecto a la disponibilidad y accesibilidad de esa persona. En los niños del grupo B, las representaciones de sí mismos, del objeto y de la relación (en la terminología de Bowlby (1973): los modelos de trabajo interiorizados) no son contradictorios, como en el caso de los niños ambivalentes (C), sino homogéneos.

Este juicio –que la ambivalencia de la crisis del acercamiento es, en primer lugar, consecuencia de la calidad de las experiencias de relaciones pasadas (y presentes) y no resultado de una dinámica intrapsíquica universal- se encuentra claramente indicado en los Films de Mahler y en los comentarios que los acompañan, pero siempre pasa a segundo plano en sus elaboraciones teóricas explícitas (véase Lyons-Ruth, 1991). Las indicaciones más claras se encuentran en Mahler y col. (1975, p. 129-140) y Bergman/Ellman (1985). Hasta donde sé, Stork (1978) fue uno de los primeros en observar que las características de la crisis del acercamiento, descritas por Mahler, casi no se encuentran en los niños que tienen una relación de confianza con la madre.

 
 

Resumen

En relación a la crisis del acercamiento se desprenden las siguientes conclusiones:

1. Se propuso considerar la ambivalencia del niño en la fase del acercamiento como respuesta a la ambivalencia parental, y no como expresión de la dinámica intrapsíquica descrita por Mahler. Se describió las particularidades de determinadas relaciones padres-niño como constitutivas en la formación de la ambivalencia.

2. Siguiendo a Horner (1988) y a algunos autores de orientación psicobiológica (19) , la ambivalencia parental y los conflictos interpersonales pueden ser considerados como universales, particularmente en el periodo que va entre uno y tres años, donde se suman procesos de maduración y de desarrollo que vuelven inevitable un cierto grado de escisión parental.

3. Parafraseando a Hartmann (1939), la cuestión decisiva fue saber si la «ambivalencia normal esperable» basta para explicar la ambitendencia infantil de la crisis del acercamiento. La respuesta a ello fue que no. Los resultados de la investigación sobre el apego prueban que, en poblaciones normales, solo se encuentra un grado importante de ambivalencia en aproximadamente 10 a 25% de niños de un año a un año y medio. Investigaciones longitudinales demostraron que esta ambivalencia es una estrategia desarrollada por los niños como respuesta a la escisión parental y a las propuestas de relación inconsistentes que de ella resultan.

4. Esos resultados confirman las ideas de Horner sobre los orígenes interpersonales de la ambivalencia y a la vez relativizan su importancia; la ambivalencia universalmente presente en los padres solo lleva a una ambivalencia pronunciada y duradera en los niños si sobrepasa un cierto «umbral» y, por lo tanto, se convierte en un tema esencial de la relación.

5. Estas consideraciones son comparables a aquéllas sobre la simbiosis. El momento simbiótico –así argumentado- bien puede ser universal, pero ello no implica que su resolución/elaboración sea la tarea central del niño en una fase determinada del desarrollo, ya que también puede ser pasajero y transitorio. Se vuelve un tema importante solo en determinadas parejas padres-niño por lo que, en última instancia, la medida de su importancia solo puede determinarse por la futura investigación empírica de casos individuales. El «momento» ambivalente también puede ser universal. Sin embargo, ello no justifica convertir la ambivalencia y su resolución en la característica central de una determinada fase del desarrollo, ya que, en ese supuesto periodo, tales «momentos» solo son significativos de forma demostrable para ciertos niños (alrededor de 10 a 25%) y no para todos.

6. Tal vez más de un lector se sentirá bastante decepcionado ante la lectura de estas reflexiones. En efecto, los argumentos precedentes nos llevan a la conclusión de que las «grandes» tareas del niño postuladas por la teoría de Mahler pierden importancia (hasta dejar de tenerla). Los temas universales de la simbiosis y del dominio de la crisis del acercamiento, aparentemente tan importantes y evidentes, fueron empíricamente «relativizados» y, por ello, quedaron un poco despojados de su magia. Pero el desencanto es la esencia de la ciencia (y al mismo tiempo uno de sus problemas). Como sabemos, las ideas académicas a menudo marchan en fila una tras otra, y esa marcha no depende de nadie en particular. Espero haber logrado convencer un poco al lector de que este camino también tiene su atractivo y sus oportunidades de conducir al conocimiento. O bien, según las palabras de un poeta citado por Freud (1920 b, p. 69): «lo que no puede alcanzarse volando debe alcanzarse cojeando».

 
 
 

* «La théorie de Margaret Mahler reconsidérée», extracto del libro de M. Dornes, Psychanalyse et psychologie du premier âge, Puf, 2002, cap.5, p. 147-176.

1. La investigación de Mahler fue criticada debido a fallas metodológicas que, sin embargo, no están en el centro de mi reflexión.
2. Una vez más, una analogía debería servir para aclarar un poco el problema. Hay niños que muestran sus excrementos y que se preocupan por sus funciones y sus productos de excreción, lo mismo que algunos adultos. De allí podría concluirse que las funciones de excreción tienen una gran importancia para todos los seres humanos y que quienes las sobreestiman no hacen más que exagerar un interés normal. Pero, ¿es realmente exacto que todos los niños muestran un gran interés por sus excrementos? Para responder a esta cuestión es necesario estudiar a niños normales.
3. Por lo que respecta a las diferentes corrientes en relación a la importancia del pasado en psicoanálisis, véase los excelentes libros de Wallace (1985), Stranger (1981), Lamm (1993), Mertens/Haubl (1996) y Haubl/Mertens (1996). Una variante menos modernista, basándose en una hipótesis de continuidad desde el punto de vista de la psicología del desarrollo (hipótesis problemática, hay que decirlo), dice que es recomendable buscar unos inicios posibles para los estados y los modos de experiencia que sabemos que tienen lugar posteriormente . Saber si esos inicios han ocurrido realmente tiene cierta importancia, aunque menor.
4. Es una restricción importante el que solo una parte del conflicto pueda ser resuelta por falsificación, es decir, por confrontación de la teoría con datos de observación divergentes. Lo que ocurre es que Baumgart admite totalmente que el concepto de simbiosis solo aporta una imagen indistinta de la fase en sí misma (p. 791); como metáfora narrativa no tiene ninguna relación con lo que se observa en la vida real en esta misma fase: es solamente una visión retrospectiva útil.
5. A veces la teoría pulsional es designada como «nuestra mitología» (Freud, 1933); en otros momentos Freud aspira a una nueva ciencia natural de las pulsiones (1914) y solo acepta la mitología como sustituto provisional de una ciencia aún faltante. Así mismo, la oscilación entre la identificación de la pulsión a una fuente de excitación intra-somática que se evacua de manera constante, y un concepto de pulsión más psicológico en el que se la define como el representante psíquico de esa fuente de excitación (Freud, 1915 a ; Laplanche y Pontalis, 1967, p. 443), muestra la plurivocidad de significaciones de este concepto en Freud.
6. Tal vez existe una secuela de incompatibilidad entre las formas científicas y metafóricas de considerar las cosas, pero no deberíamos partir del hecho de que las dos son incompatibles y que pertenecen a universos de discurso incompatibles. Si al final resultara ser así, habría que decidirse por una de las dos formas de entender las cosas. Hasta entonces hay que continuar aspirando a soluciones de compromiso.
7. Generalmente se distinguen 5 estados: sueño sin MOR (movimientos oculares rápidos), sueño con MOR, atención tranquila (alert inactivity), atención activa (alert/ walking activity) y gritos. La nomenclatura no es uniforme y también existen estados de pasaje, como el nerviosismo (fussiness) y la somnolencia (drowsiness). El lector encontrará una descripción detallada en Wolf (1966, 1987).
8. Lo cierto es que llora por menos tiempo y con menos frecuencia de lo que creían los investigadores en los años 1960-1970: en el primer mes casi nunca más de 6 minutos seguidos; en el segundo y tercer mes generalmente 3 minutos como máximo, aunque casi siempre menos. El tiempo total del llanto se calculaba, por ejemplo en Wolf (1987), en una medida de solo el 2% de un tiempo de observación de cuatro horas y media durante el día (o sea alrededor de 5.2 min.); en el segundo y tercer mes solamente en 0.5% (alrededor de 1.3 min. en cuatro horas y media), ¡con una tendencia a seguir disminuyendo con la edad! Las observaciones tenían lugar en diversos periodos del día, cuatro veces por semana durante cuatro o cinco horas y una vez por semana durante seis horas por más de seis meses.
9. Lo mismo podría decirse en el caso de la analidad. Es de suponer que el juego con el palo fecal causa un cierto placer corporal, pero el potencial de placer intrínseco es comparativamente reducido, siendo lo esperable que no sea más que una estimulación hasta cierto punto agradable de una mucosa. Pero si los padres reaccionan a la aparición de las deposiciones con un entusiasmo exagerado, o con asco, otorgan a la analidad una importancia que sobrecarga y magnifica el «momento» anal.
10. Para la explicación de fantasías simbióticas tardías tampoco es necesaria la hipótesis de una fase simbiótica (véase Ladmann/Brebe, 1989; Dornes, 1993).
11. Giamino/Tronick (1988) y Tronick (1989), describen que el 30% de las interacciones madre/niño están inicialmente coordinadas y que el 70% de todas las micro-rupturas y descoordinaciones ( mismatches ) que ocurren, son reparadas en el espacio de dos segundos (Véase también Lachmann/Breeke, 1989). Lo cierto es que estas constataciones hasta el presente solo valen para las interacciones en un marco definido de laboratorio, en el cual son estudiadas, en condiciones óptimas de vigilia tranquila y de actividad despierta, secuencias de interacción de 3 minutos. La generalización de estas constataciones aún debe ser demostrada. Naturalmente, la reparación de micro-rupturas tiene tanta importancia en el plano psíquico como la coordinación armoniosa, porque comunica al lactante un sentimiento de eficiencia y le hace vivir la regulación de la tensión y de la interacción como un resultado de sus propios esfuerzos.
12. Hasta donde sé, Grotstein (1980) y Eigen (1980; 1983) son los únicos autores que han postulado, hace ya quince años, la presencia simultánea de la simbiosis y la individuación sobre una base clínica intuitiva. En este punto solo puedo remitir al lector a esos trabajos precursores.
13. La propia Segal duda. Por un lado (1964), señala que «un niño normal no pasa la mayor parte del tiempo en estado de angustia»; sin embargo, en otro pasaje afirma que solo experimenta «instantes» de integración y que la desintegración/angustia regresa al primer plano de las consideraciones.
14. Esta fragmentación no debería ser designada como clivaje, pues no es causada por ninguna actividad del lactante, sino más bien como estado clivado o como desintegración, pues ella simplemente se produce. Más tarde –entre los 12 y los 18 meses- esta no-integración momentánea de proto-representaciones puede ser mantenida con propósitos defensivos y, entonces sí, deviene un clivaje.
15. Investigaciones recientes muestran que la marcha puede estar ligada a un aumento de afectos positivos y negativos (Nachmann, 1991). Solo en un subgrupo de niños –los que comienzan a caminar pronto- se encuentra el aumento relativo de afectos positivos descrito por Mahler. En los que caminan más tarde, la proporción de emociones positivas y negativas permanece más o menos constante (Ende, 1997). Así, la afirmación de Mahler de una exaltación del ánimo en la fase motriz solo parece apropiada para ciertos niños, no para todos.
16. Gramont (1987) señala algunos problemas ligados a la concepción de Stern sobre la propiedad alienante del lenguaje.
17. Mientras tanto se ha descrito un cuarto grupo: quienes se relacionan de manera descorganizada/desorientada (Main/Salomon, 1986, 1990; Main, 1995). Por razones de simplificación lo dejo de lado para la presentación que sigue.
18. En el meta-análisis más reciente de todos los estudios disponibles, Van Ijzendoorn llega a la siguiente distribución de frecuencias en poblaciones no clínicas: 55% de niños con apego seguro; 23% con apego evitativo; 8% con apego ambivalente y 15% con apego desorganizado.

19. Una visión de conjunto desde el punto de vista psicoanalítico en Slown (1985) y Slown/Kriegman (1992).
 

Bibliografía

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