« El yo y el ello »

 
José Gutiérrez Terrazas
 

Cap.II. El yo y el ello

 

Este segundo capítulo se inicia con una frase, cuya primera expresión “La investigación patológica” nos da cuenta de cómo un cierto procesamiento primario se nos cuela en la utilización de los vocablos, que debería estar regida claramente por el proceso secundario, ya que la investigación como tal no parece que sea en sí misma algo patológico, sino que se trata de la investigación sobre lo psicopatológico. Conviene tener en cuenta estos giros idiomáticos, que son repetidos con gran frecuencia en nuestro discurrir teorizante, contaminado sin duda por lo que sólo corresponde al quehacer propio de la práctica psicoanalítica, convocada para sacar a la luz aquello que funciona bajo la legalidad del proceso primario irrumpiendo de modo disruptivo en el proceso secundario.

Por otra parte, la frase de Freud en su conjunto: «La investigación patológica ha dirigido nuestro interés demasiado exclusivamente a lo reprimido» (ibid., p.21) abre el camino a poder teorizar con mayor precisión lo psicopatológico, en la medida en la que no todo lo que opera psicopatológicamente (como por ej. lo compulsivo no sintomático y los llamados “trastornos”) funciona bajo el gobierno de la represión. Pero Freud no sigue esa línea de fuerza, para él propiamente impensable, dado que sólo concibe al sujeto en cuanto que constituido necesariamente por la represión. Su derrotero le lleva por otro lado, ya enunciado en el final del cap.I, y que es el de la separación entre lo reprimido y lo inconsciente, que le dará paso y pie a concebir un inconsciente por fuera de la represión con el peligro (teórico-clínico) de que ese inconsciente sea planteado como una entidad en sí misma, apriorística y predeterminada y, por consiguiente, originándose de modo endogenista por fuera de unas inscripciones históricas procedentes del exterior.

De hecho, su separación entre lo patológico y lo reprimido a donde conduce es a conectar patológico (al no estar reducido “exclusivamente a lo reprimido”) con inconsciente, dentro de cuyo ámbito es colocado “también el yo” y sobre esa articulación entre yo e inconsciente es sobre lo que pretende ahora dirigir su investigación: «Desde que sabemos que también el yo puede ser inconciente en el sentido genuino, querríamos averiguar más acerca de él» (ibid., p.21, primer párrafo). Si bien es cierto que, ya en su artículo de 1915 Lo inconciente y de modo particular en el cap.VI de ese trabajo, había afirmado « que no sólo lo reprimido psíquicamente permanece ajeno a la conciencia; también una parte de las mociones que gobiernan nuestro yo, vale decir, del más fuerte opuesto funcional a lo reprimido » (v.XIV, p.189). Lo que puede entenderse en el sentido de que hay aspectos inconscientes que no necesariamente tienen que ser homologados con el proceso primario. Ciertamente, por su relación con lo reprimido han caído bajo el imperio de lo inconsciente, pero no necesariamente bajo los modos de circulación del proceso primario (véase, por ej., la fantasía ics y ¿por qué no la contrainvestidura del autoerotismo, es decir la defensa frente a lo pulsional?).

Ahora bien, como resulta que «todo nuestro saber está ligado siempre a la conciencia», pues «aún de lo Icc sólo podemos tomar noticia haciéndolo conciente», se va a plantear una interrogación bien conocida a lo largo de su obra: «¿Qué quiere decir “hacer conciente algo”? ¿Cómo puede ocurrir?» (v.XIX , p.21, segundo párrafo para las tres citas).

Se trata, en efecto, de una interrogación bien clásica de la obra freudiana, que no se prestó a confusión alguna hasta que por parte de cierta corriente lacaniana, se ha hecho equivalente “conocer” con “hacer advenir”, es decir, hasta que se ha homologado el conocimiento del inconsciente con su existencia, diciendo que el ics es algo que se produce entre el diván y el sillón, esto es, en el acto psicoanalítico, o también afirmando que Freud crea el inconsciente.

Sin duda es un problema epistemológico serio, pues decir que el inconsciente es un fragmento del discurso o que se produce en el acto psicoanalítico supone subsumir y reducir el existente a su conocimiento (2). Lo que nos plantea algo tan fundamental, como ¿qué ocurre cuando el ics no se ha constituido como tal?, ¿qué ocurre y cómo hay que trabajar cuando nos encontramos ante los fracasos de su constitución?.

Frente a cierto lacanismo, entonces, hay que defender que el inconsciente no se reduce, ni mucho menos, a su conocimiento . El hecho de que sólo podamos conocerlo mediante una “traducción” implica –por un lado- que no es posible subsumir conocimiento y existente, pues eso conduce a subordinar el existente al conocimiento con la consiguiente ilusión racionalista que eso conlleva respecto de lo que se mueve por/desde otra legalidad que la que nos propone el pensamiento consciente o el conocimiento. Y –por otro lado- implica que debe ser “traspuesto” o “trascripto” a otra lengua (véase transcripto en lenguaje) para que su conocimiento se haga posible. Pues no hay conocimiento legítimo que pueda regirse por otras leyes que las del proceso secundario o de la lógica racional. Y, en ese sentido, el ics es o actúa operando, mientras que quien sabe o no sabe es la consciencia o, mejor dicho, el sujeto capaz de estructurar y de articular significaciones.

Pero, además, aquí está en juego otra problemática que Freud abordó en el cap.II de su escrito metapsicológico de 1915 Lo inconciente (v.XIV , p.155-201) y que es la de cómo se lleva a cabo ese conocimiento, lo que dicho en términos más clínicos (puesto que aquí nos enfrentamos con una cuestión que está en el meollo mismo del trabajo de la cura psicoanalítica) se puede formular del siguiente modo: ¿cómo se hace consciente una representación inconsciente, cómo se realiza ese pasar del sistema ics al sistema cc?. De manera aún más matizada: ¿es que hay simetría entre el pasaje de lo consciente a lo inconsciente (que se realiza principalmente por medio de la represión, de ahí que lo ics sea definido esencialmente como lo reprimido) y el pasaje de lo inconsciente a lo consciente (que se realiza a través de una especie de toma de consciencia o de reconocimiento, denominado la “Agnoszierung”)?.

Se trata de una cuestión verdaderamente fundamental que Freud encaró allí , no sin cierto embarazo o dificultad, oscilando entre dos hipótesis posibles: la hipótesis tópica o de la doble inscripción y la hipóteis funcional , según la cual hay una sola inscripción o un mismo contenido representativo que sin embargo cambia de estado o de cualidad. Hablo de oscilación por parte de Freud porque dejaba coexistir esas dos hipótesis que son difícilmente conciliables -tal y como ha señalado con toda precisión J.Laplanche en su artículo «Breve tratado del inconsciente» (Revista de Psicoanálisis, LI, 3, 1994, p.421-451)-, pues desde una la represión es concebida de acuerdo con el modelo de la memorización de un recuerdo, mientras que, desde la otra, la inscripción ics (producto de la represión) se va a revelar como de una naturaleza bien distinta a la de un simple recuerdo.

Aquí en este texto de 1923 no parece haber ya oscilación alguna, puesto que Freud nos habla de manera clara de la diferencia entre una representación ics y una representación pcc-cc. Lo que indica que no es una simple cuestión tópica, ya que la representación ics no puede pasar a la consciencia sin la intermediación del preconsciente, pues sólo la legalidad de éste o del proceso secundario permite el pasaje a la consciencia. Lo que Freud plantea del modo siguiente: «Por tanto, la pregunta “¿Cómo algo deviene conciente?” se formularía más adecuadamente así: “¿Cómo algo deviene preconciente?”. Y la respuesta sería: “Por conexión con las correspondientes representaciones-palabra”» (v.XIX , p.22).

Es decir, la condición de consciente no se constituye sin el pasaje de la llamada “representación-cosa” a la “representación-palabra”. Ahora bien, como sabemos por la experiencia clínica no basta con poner en palabras o con pasar -como se repite a modo de slogan- de las “representaciones-cosa” a las “representaciones-palabra” (en el sentido de pasar del mundo de las cosas o de los objetos reales al mundo del lenguaje o de las representaciones verbales, que es como se entiende de manera general y equivocada estas expresiones freudianas , que deben ser referidas no a la procedencia sino al modo de funcionamiento), pues las palabras -tal y como lo atestigua la situación delirante- pueden también circular encerradas en sí mismas o sin ninguna relación a un referente. Lo que se necesita, por el contrario, para que algo se haga consciente es pasar de un funcionar u operar como objetos cerrados a toda circulación significante (que es propio del sistema inconsciente) a un tipo de funcionamiento abierto a la comunicación o a las relaciones sintagmáticas y paradigmáticas (que es lo que caracteriza por excelencia al sistema consciente-preconsciente).

Ciertamente este último sentido es el que parece que Freud otorga aquí a su fórmula de la “conexión con las correspondientes representaciones-palabra”, pero su texto se presta al sentido del slogan antes señalado, tanto más cuanto que lo que afirma en el siguiente párrafo nos muestra un Freud que no se sabe sacudir el empirismo, por más que él lo desborde una y otra vez en sus planteamientos e interrogaciones.

El párrafo en cuestión, el segundo de la página 22 se inicia con esta afirmación: «Estas representaciones-palabra son restos mnémicos; una vez fueron percepciones y, como todos los restos mnémicos, pueden devenir de nuevo conciente». Puede verse ahí el supuesto implícito de que toda representación es una reproducción de la percepción. Supuesto (3) empirista , sin duda presente (pues se enlaza directamente con la idea de la contigüidad entre lo psicobiológico, véase aquí el sistema P-Cc, y lo intrapsíquico pulsional, idea que aparece claramente expresada al comienzo del tercer párrafo de esta página 22 a través de esta afirmación: «Concebimos los restos mnémicos como contenidos en sistemas inmediatamente contiguos al sistema P-Cc»), que le lleva a Freud a pensar la realidad psíquica o la materialidad de la representación siempre en relación con la percepción , la conciencia y la memoria, dejando de lado o, mejor, no pudiendo conceptualizar de manera precisa esas marcas o huellas que se producen en el psiquismo, pero que no pueden ser capturadas por el significante. Me refiero a todos esos elementos del psiquismo que J.Lacan trató de dar cuenta a través del concepto “lo real como imposible”. Fórmula algo extraña, porque para él no hay psiquismo sin significante, pero que permite abrirse a la idea de lo que se inscribe en el psiquismo, pero no se transcribe ni se mataforiza, o sea, escapa a la simbolización.

Es cierto, no obstante, que aquí Freud vuelve a su concepto de huella mnémica , concepto que había ido perdiendo fuerza y casi desapareciendo en su obra a medida que fue siendo reemplazado por el concepto de representante representativo de la pulsión . Y el concepto de huella mnémica está o va ligado a la idea de un aparato psíquico que recibe del exterior. De hecho, Freud aquí parece dar mucha relevancia a ese exterior de manera particular al insistir a continuación en lo acústico, en lo oído: «Los restos de palabra provienen, en lo esencial, de percepciones acústicas… La palabra es entonces, propiamente, el resto mnémico de la palabra oída» (ibid. , p.22 y 23).

Pero parece quedarse en el plano de lo psicobiológico o de lo meramente sensorial del propio sujeto, pues en ningún momento conecta esa palabra oída con el otro significativo del que procede. Y eso a pesar de que se le entrecruzan cuestiones que parecerían abiertas a romper esta contigüidad entre la percepción y la vida representacional inscripta por la sexualidad pulsional del otro adulto. Me refiero a esa ocurrencia asociativa que tiene Freud en medio de este desarrollo y que él formula así: «En el acto nos vienen a la memoria aquí la alucinación y el hecho de que el recuerdo… Sólo que con igual rapidez caemos en la cuenta [ lo que aparece como un contraargumento u objeción a lo anteriormente dicho, contraargumento con un contenido muy significativo que parece acercar a Freud a la idea antes expuesta de las huellas psíquicas, que se producen en el psiquismo pero que no se dejan capturar por el significante ] … que la alucinación (que no es diferenciable de la percepción) quizá nace cuando la investidura no sólo desborda desde la huella mnémica sobre el elemento P, sino que se traspasa enteramente a este» (ibid., p.22, tercer párrafo). Esa idea del desbordamiento y del traspaso por entero hablan de una investidura, que lleva una carga tan excesiva que no se deja contener y que la expresión del “traspaso entero” al elemento Percepción no da idea exacta de lo que ahí está en juego. Es decir, Freud se plantea cuestiones que desbordan sus formulaciones cargadas o atravesadas por un pensamiento empirista, que lo acogota.

Del mismo modo sucede con esa interrogación que Freud se hizo unos párrafos antes y cuya temática continúa en el párrafo segundo de la p.23, me refiero a lo que Freud denomina “bajo el título de procesos de pensamiento” y que en el párrafo cuarto de la p.21 había formulado del modo interrogativo siguiente: «Ahora bien, ¿qué ocurre con aquellos otros procesos que acaso podemos reunir -de modo tosco e inexacto- bajo el título de “procesos de pensamiento”? ¿Son ellos los que, consumándose en algún lugar del interior del aparato como desplazamiento de energía anímica… advienen a la superficie que hace nacer la conciencia, o es la conciencia la que va hacia ellos? ».

Se trata de unas interrogaciones que sin duda desbordan los supuestos empiristas, en los que Freud está anclado y que le impiden responder a esas preguntas de modo pertinente a las mismas, ya que una interrogación semejante nos permite tomar contacto o conexión con esa idea, tan cara a S.Bleichmar en todos sus últimos trabajos (4), de “un pensamiento sin sujeto” como lo más característico de la realidad psíquica en cuanto establecida en sus inicios con anterioridad a la instalación del sujeto. Idea fundamental en el sentido de que permite librar al inconsciente de su re-subjetivación, una re-subjetivación explícita en tantas formulaciones de la cura psicoanalítica e implícita en diversas conceptualizaciones del movimiento psicoanalítico post freudiano.

Y hago esa conexión -a primera vista excesivamente atrevida- porque Freud habla en la p.23 de que “los procesos de pensamiento devienen concientes [ véase, de algún modo, ese devenir como equivalente a pertenecientes al sujeto ] por retroceso a los restos visuales”, es decir, a través de una trabajo que hemos solido llamar de re-significación o por “après-coup”. Dicho de otro modo, hay procesos de pensamiento en el psiquismo a los que el sujeto sólo tiene acceso por medio de un trabajo de capturación significante de los mismos, que Freud piensa y formula de modo meramente diacrónico, empíricamente hablando, al colocar lo visual, también llamado por él “los restos mnémicos ópticos de las cosas del mundo”, como lo primero o más primitivo. Una diacronía que también plantea y establece (ibid., p.23, segundo párrafo) entre “el pensar en imágenes” y “el pensar en palabras”, colocando el pensar en imágenes como “más próximo a los procesos inconcientes” y como “más antiguo, tanto ontogenética cuanto filogenéticamente”, reduciendo así su pertinente y profunda investigación a un mero acontecer psíquico que va de lo menos evolucionado a lo más evolucionado o de lo más antiguo a lo más nuevo.

Es ciertamente un planteamiento, al que llamo empirista o también psicologista, que ahoga al Freud que se entrecruza con ocurrencias e interrogaciones y que se le impone en su discurso, como puede verse en los párrafos siguientes de la p.23, en los que Freud se sigue haciendo preguntas bien significativas, como es la que apunta al tipo de relación entre el yo y lo que Freud llama la percepción interna: «Mientras que el vínculo de la percepción externa con el yo es totalmente evidente, el de la percepción interna con el yo reclama una indagación especial. Hace emerger, otra vez, la duda: ¿Estamos justificados en referir toda conciencia a un único sistema superficial, el sistema P-Cc?» (ibid., p.23, cuarto párrafo). La indagación es más que pertinente, porque remite a cómo hay que concebir las relaciones del yo con lo intrapsíquico pulsional, que Freud reduce a la percepción, la cual por más que se la adjetive de interna no deja de estar en ese nivel o plano de lo meramente psicológico o subjetivo, que no es equivalente a la realidad psíquica.

El lastre teórico sobre el que Freud se asienta y que considera al yo como el lugar del conocimiento de la realidad y al inconsciente como infiltrando de fantasía a un yo percepción-conciencia , que supuestamente se relacionaría de modo directo (5) con el objeto o con la realidad si no mediara la presencia contaminante de esa fantasía inconsciente, le impide sacar partido de lo que a continuación Freud indaga y profundiza a través de las sensaciones de la serie placer-displacer.

En efecto, no puede sacar partido a esas sensaciones porque las contrapone al “afuera” o a lo procedente del exterior, véase del otro adulto («Son más originarios, más elementales, que los provenientes de afuera», ibid. p.24 al inicio), cuando parecería que podía establecer una articulación entre lo interno y lo externo procedente del otro humano, que es su afuera por excelencia o su entorno específico, ya que habla de «sensaciones de procesos que vienen de los estratos más diversos, y por cierto también de los más profundos, del aparato anímico» (ibid. , p.23 al final). Sin embargo Freud se queda en un plano meramente endogenista, plano que se deja de tomar en consideración y hasta se niega por parte del pensamiento postfreudiano en general sirviéndose del aspecto cuantitativo, que Freud va a tomar en cuenta a continuación, poniendo su acento –como no podía ser de otro modo- en las sensaciones de displacer: «En otro lugar [ ese otro lugar es su texto Más allá del principio de placer ] me he pronunciado acerca de su [ se refiere a la serie placer-displacer ] mayor valencia económica, y del fundamento metapsicológico de esto último… Las sensaciones de carácter placentero no tienen en sí nada esforzante, a diferencia de las sensaciones de displacer, que son esforzantes en alto grado» (ibid. , p.24, primero y segundo párrafos).

Ahora bien, ¿de dónde procede ese exceso cuantitativo que “esfuerza a la alteración, a la descarga” (p.24, segundo párrafo)?. Está en el sujeto, sí en efecto, pero ¿cómo se ha gestado ese exceso, cómo y por qué ha surgido? Sin duda sólo puede proceder de las vivencias traumáticas con el otro externo , que es ante todo y sobre todo el otro adulto que cuida y se excita-se excede sobremanera ante y con el cuerpo infantil. Pero Freud sólo contempla el hecho en sí innegable, porque se lo impone la psicopatología (de la que ciertamente él se ocupa con denuedo e implicación compasiva y de identificación con el sufrimiento humano), un hecho en sí, que Freud entroniza aquí conceptualmente denominándolo “otro cuantitativo-cualitativo”: «Si a lo que deviene conciente como placer y displacer lo llamamos otro cuantitativo-cualitativo en el decurso anímico» (ibid. , p.24, segundo párrafo).

“Otro cuantitativo-cualitativo” que Freud pasa seguidamente a describir, comenzando por confundirlo con lo reprimido: «La experiencia clínica… muestra que ese otro se comporta como una moción reprimida» (ibid. , p.24, tercer párrafo). Pero la compulsión, que es como Freud llama a continuación a ese “otro cuantitativo-cualitativo” («Puede desplegar fuerzas pulsionantes sin que el yo note la compulsión», ibid., p.24, tercer párrafo), no opera como “una moción reprimida”, ya que precisamente está determinada por la imposibilidad del ejercicio de la represión respecto de aquello que tendría que contener. Dicho con otros términos, las compulsiones no son sintomáticas, como lo son las mociones reprimidas, porque no implican soluciones de compromiso, sino que son formas de pasaje al acto en la resolución de la economía libidinal, donde no hay ligazón ni represión de aquello “cuantitativo-cualitativo”, que produce unos efectos que dejan inerme a sujeto, porque eso arrasa al yo (6).

Freud, sin embargo, reduce esas formas arrasadoras del yo o ese “otro cuantitativo-cualitativo” a unas “reacciones de descarga”, para nada articuladas con lo que insiste (porque no se lo ha podido metabolizar-simbolizar), sino sólo en relación con el orden de la necesidad biológica, de la que va a hacer mención al momento, indicando así en plano en el que se mueve. Una “reacción de descarga” que, además, según Freud «hace conciente enseguida a ese otro» (ibid., p.24, tercer párrafo), confundiendo de ese modo lo consciente con lo manifiesto o lo que irrumpe de manera compulsiva en el pensar del sujeto consciente y, por tanto, olvidándose por entero de sus precisas discriminaciones en los escritos metapsicológicos de 1915.

Es cierto, no obstante, que, al poner Freud como “paradigma” a las sensaciones de placer y displacer, está hablando de algún modo de un psiquismo que, en lugar de guiarse por la satisfacción de las necesidades, se ve conducido por los indicios del placer-displacer y, en ese sentido, es un psiquismo que se mueve contra el apremio de la vida (véase: “la urgencia de la necesidad”, p.24) o por fuera de la satisfacción de las necesidades. Pero esa idea tan valiosa clínicamente y presente ya en el Proyecto de psicología no es la que aquí está conduciendo su discurso, pues éste se desliza una y otra vez hacia unas descripciones no muy precisas, que tratan de situarse y apresar las diferencias entre lo Pcc-Cc y lo Icc, así como los vínculos entre lo externo y lo interno, lo que le va a llevar a intentar dar cuenta de “la representación del yo”: «Tras esta aclaración [ se refiere a la aclaración sobre el papel de las representaciones-palabra, por cuya mediación «los procesos internos de pensamiento son convertidos en percepciones», haciendo así de la percepción el origen de toda representación, así como de todo conocimiento: «Todo saber proviene de la percepción externa» (p.25, segundo párrafo), que si bien hace proceder todo del exterior, se trata de un exterior no cualificado ni en discontinuidad con lo adaptativo o psicobiológico ] de los vínculos entre percepción externa e interna, por un lado, y el sistema superficie P-Cc, podemos pasar a edificar nuestra representación del yo» (ibid.,p.25, tercer párrafo).

Ahora bien, ¿qué edificio de la instancia yoica se nos brinda en este momento crucial, en el que la segunda tópica se está conceptualizando del modo metapsicológico más preciso y con el llamado mayor avance en el discurrir de la obra freudiana?, ¿qué representación del yo nos ofrece el Freud más maduro conceptualmente hablando y con mayor experiencia clínica?. Sus propias palabras claras y reincidentes lo expresan sin dar lugar a posibles interpretaciones desfigurantes de su texto: «Lo vemos partir del sistema P, como de su núcleo, y abrazar primero al Prcc… » (ibid., p.25). Lo que se corrobora con el siguiente párrafo, en el que hace una referencia explícita a la intelección de G.Groddeck (7) señalando: «Propongo dar razón de ella [ se refiere a la intelección de ese autor ] llamando “yo” a la esencia que parte del sistema P y que es primero prcc…».

Pero, por si no había quedado bien claro de dónde arranca y a partir de dónde se constituye para Freud la representación del yo, en el párrafo que sigue a continuación y que cabalga entre la p.25 y la p.26 tenemos esta formulación: «Un in-dividuo [ no el aparato psíquico, sino el propio ser psicobiológico en su conjunto, una diferenciación y discriminación capital que rescata y resalta la TSG ] es ahora para nosotros un ello psíquico, no conocido e inconciente, sobre el cual, como una superficie, se asienta el yo, desarrollado desde el sistema P como si fuera su núcleo».

Dejando de lado el aspecto sustancialista, que los vocablos “núcleo” y “esencia” connotan y que ni siquiera hoy se admiten en la Psicología científica para el concepto y la representación de la “personalidad”, ¿dónde colocamos al Freud de la carta 52 (112 de la edición completa de las Cartas a Wilhelm Fliess 1887-1904 ), para quien su primer esquema del aparato psíquico situaba los “ signos de percepción ” como “la primera escritura de las percepciones”?.

Se puede argumentar con toda razón que estamos a más de veinte y cinco años de distancia y sobre todo de maduración conceptual y clínica. Pero, entonces, el argumento tan traído y llevado por los historiadores y pensadores de la obra de Freud se vuelve en su contra, porque precisamente esa maduración conceptual, atravesada por la larga experiencia clínica, exige dar cuenta (lo que sin duda constituye el supuesto y el imperativo procedente del objeto de estudio, que está obligando a Freud a conceptualizar su segunda tópica) de aquello que se ha convertido en traumático para el psiquismo y no deja de repetirse, porque ni funciona como representación-cosa, reprimida en el inconsciente, ni se ha podido traducir a/en representación-palabra.

Esa idea, que corresponde a un cierto funcionamiento del aparato psíquico y que aparecía a través de la noción inicial (8) de “ signo de percepción ”, para nada es recogida aquí a pesar de la larga experiencia clínica que ha obligado a Freud tener que afrontar ese “más allá del principio de placer”, que los traumatismos imponen. Sin embargo, hay que decir y defender que esa idea debería aparecer ahora más que nunca, porque el signo de percepción (que se desgaja o desprende de lo que el exterior, véase el otro pulsional, propone-impone y el psiquismo no ha podido tramitar pasando a ser algo traumático insistente en el funcionamiento psíquico) es lo que está presente en los traumatismos y lo que requiere tramitación, dado que no es ni representación-cosa ni representación-palabra, porque no ha logrado una retranscripción en ninguno de los dos sistema psíquicos, quedando así librado a la repetición y a buscar-requerir reiteradamente, desarbolando o descolocando al sujeto, una tramitación. Lo que nos habla o abre la vía a pensar en percepciones-vivencias que no se retranscriben, que no se hacen preconscientes, puesto que no logran un ensamblaje o retranscripción y van a quedar sueltas en/desde el momento del traumatismo.

A esa cuestión clínica acuciante nos tendría que estar abriendo la edificación freudiana, sin embargo nos está brindando un planteamiento que favorece la idea de un ello origen del individuo con lo que eso conlleva de un sustancialismo preexistente y de un sujeto constituido de antemano (es decir, antes de establecerse en el vínculo con el otro significativo y a partir de la implantación pulsional por parte de ese otro), que se hace presente a través del ello y así lo inconsciente quedará subjetivado y como centro del psiquismo. Idea que contraviene de manera radical el descentramiento del yo y de la razón que Freud opera con su planteamiento del inconsciente , planteamiento conducido por dos cuestiones centrales: 1) la de su legalidad específica y 2) la de su posicionamiento respecto del preconsciente y de la represión, Y digo que lo contraviene, porque un ello subjetivado comporta simplemente hacer pasar el centralismo de la razón al ello inconsciente e irracional: «Un in-dividuo es ahora para nosotros un ello psíquico, no conocido [no discernido] e inconciente» (ibid., p.25, última línea).

Y a continuación Freud nos ofrece lo que él denomina (p.26) “una figuración gráfica”, es decir, un modelo del aparato psíquico o “anímico”. Modelo que debe ser comparado tanto con los modelos anteriores , presentes en la obra de Freud, como los de la carta 52 y del cap.VII de La interpretación de los sueños , como los posteriores , que en este caso es solamente el que aparece en las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis y más en concreto en la 31ª Conferencia , titulada “La descomposición de la personalidad psíquica”.

Según lo apuntado en la nota 13 de la recientemente citada p.26, en relación con este último modelo el diagrama de El yo y el ello es ”levemente distinto”, mientras que respecto de los modelos anteriores es “por entero diverso”, unos modelos anteriores que “están referidos tanto a la función como a la estructura”, se dice finalmente en esa nota 13.

Comencemos por señalar en qué sentido son “por entero diversos” los dos modelos anteriores. Efectivamente tanto el diagrama de la carta 52 , como el del cap.VII , son unos esquemas que nos muestran un aparato abierto al impacto de la realidad exterior , que ingresa por el polo perceptivo. Ahora bien, el modelo que Freud utiliza allí es el modelo del arco reflejo, donde por un lado están las percepciones y por otro la motricidad, un modelo en el cual lo que interesa indicar es que -de acuerdo con la neurofisiología de la época- lo que entra no sale igual, porque adentro se procesa, es decir, lo que viene de afuera son cantidades que forman un continuo que se convierte en elementos discretos al entrar en el aparato. Con ello Freud rompía con el modelo sensorial, para el cual lo único que se hace es registrar sensaciones y eso está definido por el sistema nervioso. Mientras que, al utilizar el concepto de percepción, se plantea que la percepción es el impacto que sufre el aparato. En definitiva, son unos modelos abiertos, en los que no predomina el endogenismo, puesto que el aparato se concibe en cuanto directamente relacionado con el exterior.

Por el contrario, el modelo de El yo y el ello y, de manera particular, el de la 31ª Conferencia son unos modelos cerrados, en donde la relación con la realidad exterior no es directa sino a través del yo que «lleva un casquete auditivo y, según el testimonio de la anatomía del cerebro, lo lleva sólo de un lado» (ibid., p.26). Pero, además, si bien el modelo de El yo y el ello tiene o muestra todavía una apertura, que establece una separación entre el yo y el ello y que remite a lo somático, descrito por Freud en estos términos: «otro factor parece ejercer una acción eficaz sobre la génesis del yo y su separación del ello. El cuerpo propio y sobre todo su superficie es un sitio del que pueden partir simultáneamente percepciones internas y externas» (ibid., p.27, tercer párrafo); en el modelo de la 31ª Conferencia esa apertura a lo somático ya no existe y aparece un diagrama totalmente cerrado como un huevito (cf. p.73 del v.XXIII) en el que sólo son tomadas en cuenta “las constelaciones estructurales de la personalidad anímica”, sin tomar en consideración lo funcional, que sí es contemplado por Freud en su descripción del modelo de El yo y el ello .

Ahora bien, en esa descripción -sostenida por una epistemología de la contigüidad entre el yo y el organismo y en la que predomina la teoría según la cual la relación con el exterior se construye de adentro hacia afuera (véase un ello, como punto de arranque “alterado por la influencia directa del mundo exterior, con mediación de la P-Cc ”, p.27, primera y segunda línea del primer párrafo)- el yo está concebido como órgano de percepción-consciencia que «se empeña en hacer valer sobre el ello el influjo del mundo exterior… se afana por reemplazar el principio de placer, que rige irrestrictamente en el ello, por el principio de realidad» (ibid., p.27, primer párrafo).

Se trata ciertamente de una descripción del yo sin articulación alguna con el yo del narcisismo o con el yo libidinal constituido por identificación , porque es un yo en mera “continuación” con la superficie exterior del organismo psicobiológico. De ahí su entero desgajamiento de la pulsión, colocada sólo en relación con el ello: «Para el yo, la percepción cumple el papel que en ello corresponde a la pulsión» y el que sea situado exclusivamente del lado de la razón: «El yo es el representante de lo que puede llamarse razón y prudencia, por oposición al ello, que contiene las pasiones» (ibid., p.27, primer párrafo para las dos últimas citas).

Pero de esa manera Freud una vez más está dando pie a pensar los orígenes y las funciones del yo bajo dos modelos contradictorios y separados, el uno es el de la continuidad con el organismo estableciéndose por mera diferenciación metonímica de la superficie corporal y el otro en cuanto masa libidinal ligadora o amorosa procedente y residuo de los enunciados identificatorios proporcionados por el otro adulto.

Los párrafos siguientes y últimos de este cap.II se alinean decidida y casi (digo “casi”, porque al final aparece el yo articulado con lo inconsciente) plenamente del lado de un yo percepción-conciencia, que en definitiva remite al yo como órgano y lugar o sujeto del conocimiento y no como el lugar por donde la libido pasa y se organiza o se unifica, se conjunta. En efecto, Freud va a poner su acento en plantear al yo en continuidad directa con el cuerpo o con las sensaciones corporales hasta el punto de describirle como una esencia-cuerpo y como una mera proyección de la superficie corporal: «El yo es sobre todo una esencia-cuerpo; no es sólo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una superficie» (ibid., p.27, al final).

Es cierto, no obstante, que esa idea del yo como proyección de una superficie corporal -que sin duda se presta a confusión o “nos despista” (según la expresión empleada por Freud, al hablar, p.28 al final, del “ sentimiento inconciente de culpa ”), porque hace derivar al yo directamente de las sensaciones corporales que parten de la superficie del cuerpo, tal y como se afirma en la nota 16 de las pp.27-28, y por tanto su origen estaría en el cuerpo o en lo somático y no en las identificaciones con el otro significativo- puede entenderse también (si bien para ello hay que puntualizar, frente al Freud que se mueve con una concepción dualista entre la subjetividad y los objetos del mundo, que las sensaciones corporales no son algo que produce sentido psíquico directamente, sino que siempre para el ser humano están atravesadas por ciertas valencias, dada la relación no dual sino triádica del sujeto con los objetos del mundo al estar esa relación siempre mediada por el lenguaje, que ya es una forma de recorte del mundo) como la representación de la totalidad del organismo (en la nota 16 de la p.28 se dice : «Cabe considerarlo, entonces, como la proyección psíquica de la superficie del cuerpo [atención al pasaje o a la derivación directa de lo somático a lo psíquico, que habla de la continuidad-contigüidad para Freud entre cuerpo y aparato psíquico], además de representar, como se ha visto antes, la superficie del aparato psíquico»). De esa forma, o en esa línea, se está tomando en consideración la función del yo que toma a su cargo la autoconservación preservando la vida en cuanto representación del organismo.

Pero aún cuando la podamos entender así, en esa descripción sólo se contempla una parte, puesto que además está el yo en cuanto residuo de enunciados identificatorios, de propuestas ideales, que toma en cuenta la función de la autopreservación narcisista y amorosa, que es la que puede otorgar el sentido de existencia respecto de la propia vida y respecto del objeto o del otro.

Este aspecto o esta otra función del yo aquí o en este momento no está contemplada, por más que Freud no deje de introducir a continuación lo que el llama (p.28, segundo párrafo) “el punto de vista de una valoración social o ética”. Punto de vista que aparece enmarcado dentro de lo que es considerado como “el nexo del yo con la conciencia”, consideración bajo la cual se cierra este capítulo segundo y a través de la cual Freud va a resaltar aquellos elementos yoicos de alta valoración ética o social que no están en relación con la conciencia, puesto que son inconscientes en determinados sujetos: «hay personas en quienes la autocrítica y la conciencia moral, vale decir, operaciones anímicas situadas en lo más alto de aquella escala de valoración, son inconcientes» (ibid., p.28, tercer párrafo).

En conexión directa con esa autocrítica y bajo la cualidad de “permanecer-inconcientes” Freud coloca a “las resistencias en el análisis”, poniendo el acento seguidamente en el “ sentimiento inconciente de culpa” que «desempeña un papel económico decisivo en gran número de neurosis y levanta los más poderosos obstáculos en el camino de la curación» (ibid., p.29), sobre cuyo asunto Freud va a volver detenidamente en el cap.V de este mismo texto.

Todo esto le lleva a Freud a afirmar que «No sólo lo más profundo, también lo más alto en el yo puede ser inconciente» y a concluir con esta reflexión: «Es como si de este modo nos fuera de-mostrado lo que antes dijimos del yo conciente, a saber, que es sobre todo un yo-cuerpo» (ibid., p.29 para ambas citas).

Ahora bien, ¿qué nos plantean esta afirmación y esta consideración final? Por lo pronto nos hablan de un yo inconsciente y de un yo consciente, siendo este último definido como “yo-cuerpo”, es decir, se trata del yo que toma a su cargo la supervivencia o la autoconservación; mientras que en el yo llamado inconsciente es colocado lo que corresponde a “lo más alto de nuestra escala de valores” o “la autocrítica o la conciencia moral”, véase lo que nosotros venimos contemplando y definiendo como la función de autopreservación narcisista, que al ser “lo más alto de la valoración” puede comportar en algunos casos el que la función autoconservativa quede enteramente doblegada por la función valorativa narcisista (9) .

Estamos, pues, frente a las dos funciones del yo que en Freud no aparecen suficientemente articuladas ni precisadas, sino sólo adjetivadas en cuanto consciente una e inconsciente la otra, con el riesgo de aplicar seguidamente las características del inconsciente a este yo inconsciente o a esta función yoica encargada de la autopreservación narcisista. Pero, ¿es qué acaso a esta función, que tiene a su cargo “lo más alto de nuestra escala de valores”, se le puede aplicar la característica del funcionamiento inconsciente cerrado a la dimensión intencional o a la apertura a un referente que no es él mismo?, ¿es que acaso a esa función de la autopreservación se la puede asignar la característica de un proceso psíquico no inhibido, no refrenado, en el que los pensamientos no tendrían un fin o un objetivo paradigmático o, por último, la característica de ser una especie de discurso que no estaría dirigido a nadie, un discurso cerrado y, por tanto, sin interlocutor?.

Parece claro que esas características, así como tampoco las de la atemporalidad y de ausencia de la contradicción, del funcionamiento del inconsciente propiamente dicho no son aplicables a este yo que se ocupa o atiende a lo más alto de nuestra valoración moral. Se trata ciertamente de algo inconsciente que funciona atravesado por la mediación del proceso y de la represión secundarios, al estilo de la prohibición edípica que hay que situar en relación con la elaboración secundaria, correspondiente al proceso yoico de simbolización, de totalización y de integración de lo fragmentado. De lo contrario, se corre el riesgo por el que Freud se va a deslizar en este texto de colocar una parte o un cierto yo, el yo inconsciente, del lado del ello, puesto que (para cuadrar bien con esta idea de que “no sólo lo más profundo, también lo más alto en el yo puede ser inconciente”, p.29) el yo va a ser concebido surgiendo del ello en su vinculación con la realidad exterior. Con lo cual lo que comenzó (en el Proyecto de psicología ) siendo pensado como inhibición, que organiza defendiéndose, terminó siendo planteado como aquello que toma la composición del propio enemigo, desapareciendo así la idea de un yo como efecto de identificación y como objeto de amor totalizado.

 
 
 
 
 


ISSN 1885-5660

 

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