El comienzo de este capítulo no puede ser más descorazonador para el empeño metapsicológico o para la especificidad del campo psicoanalítico, pues en una misma página se pasa de hablar de “la esencia del alma” al “ser vivo orgánico” para terminar dando cuenta de “la génesis de la vida”, como si esos diferentes términos fueran la misma cosa y, por tanto, el mismo objeto de estudio, del que el psicoanálisis tendría todo el derecho de dar cuenta a pesar de que su investigación está ceñida a “los vínculos dinámicos presentes en la vida anímica”, sobre los cuales no sólo pretende una “intelección”, sino una “comprensión más honda y la mejor descripción”, según la precisión bien matizada que Freud aporta aquí mismo nada más iniciar este nuevo capítulo.
Pero, a ver cómo cuadra ese objeto de estudio bien específico, que es “la vida anímica” y “los vínculos dinámicos” que la constituyen, con el “ser vivo orgánico” y con “la génesis de la vida” en su conjunto [22]. El salto de lo anímico o de lo psíquico humano a la vida, de la que participan todos los seres vivos, no puede ser más generalizador y abarcativo. Sin duda es espectacular y hasta sugerente, pero inadmisible rigurosa y científicamente hablando.
Ante lo cual parece conveniente preguntarse ¿cómo es posible dar un semejante salto, sobre qué se sustenta o qué le sirve a Freud de apoyo para poder saltar tanto? Pues bien, de un lado está el plantear al yo (que es una parte “de la esencia del alma”) en conexión con la percepción o el mundo exterior, por más que seguidamente se le conecte con lo radicalmente contrario al indicar que «no es más que un sector particularmente modificado del ello» ( v.XIX , p.41 al final del primer párrafo); y de otro lado está el que las pulsiones, que son la base y la razón de ser de esos “vínculos dinámicos presentes en la vida anímica”, resulta que o bien «persiguen la meta de complicar la vida… para conservarla», como hace “el Eros”; o bien se encargan «de reconducir al ser vivo orgánico al estado inerte», como corresponde a la « pulsión de muerte que suponemos sobre la base de consideraciones teóricas, apoyadas por la biología» (p.41 casi al final del segundo párrafo para las tres citas). Un apoyo que es ratificado a través de la siguiente consideración: «Con cada una de estas dos clases de pulsiones se coordinaría un proceso fisiológico particular (anabolismo y catabolismo); en cada fragmento de sustancia viva estarían activas las dos clases de pulsiones» (p.42, segundo párrafo).
Con ese planteamiento bio-cosmológico («Se diría, pues, que la pregunta por el origen de la vida sigue siendo cosmológica», p.42, primer párrafo, y poco antes, en la p.41, había afirmado que «sobre la base de consideraciones teóricas apoyadas por la biología, suponemos una pulsión de muerte ») no es de extrañar que -a esta altura de su edificación, trascurridos ya más de veinte y cinco años de su descubrimiento de la realidad psíquica inconsciente- siga siendo «totalmente irrepresentable aún el modo en que las pulsiones de estas dos clases se conectan entre sí, se entremezclan, se ligan» (p.42 al inicio del tercer párrafo). Y eso que se trata nada más y nada menos que de «un supuesto indispensable dentro de nuestra trabazón argumental» (p.42, tercer párrafo).
En otras palabras, en la medida en que Freud no ha sabido fundamentar con rigor el orden pulsional (cuya materialidad representativa es la base sobre la que se asienta la naturaleza y el modo de funcionamiento de los sistemas psíquicos) está en obligación de partir de unos “a priori” o de unos supuestos apriorísticos, que intervienen a modo de un “deus ex machina” y que, por tanto, no requieren una explicitación más acorde con el campo específico con el que tratan de dar cuenta (en este caso “los vínculos dinámicos presentes en la vida anímica”), si bien tampoco proporcionan “una comprensión más honda” del mismo, puesto que -hablar de que «la unión de los organismos elementales unicelulares en seres vivos pluricelulares… [ neutraliza ] la pulsión de muerte de las células singulares [ desviando ] hacia el mundo exterior [“y a otros seres vivos”], por la mediación de un órgano particular, las mociones destructivas. Este órgano sería la musculatura» (p.42, tercer párrafo); así como hablar de que «una vez que hemos adoptado la representación {la imagen} de una mezcla de las dos clases de pulsiones, se nos impone también la posibilidad de una desmezcla, más o menos completa, de ellas» (p.42 al inicio del cuarto párrafo)- no parece que nos aporte mucha aclaración sobre la constitución y el funcionamiento de la realidad psíquica inconsciente, por más que -según Freud- desde estos supuestos «se nos abre un panorama sobre un vasto ámbito de hechos, que aún no había sido considerado bajo esta luz» (p.42, cuarto párrafo).
La prueba de ello es que, al considerarlo “bajo esta luz”, ni el “ámbito” de los hechos es más “vasto”, por más que Freud recurra a lo que él llama generalizaciones súbitas («En una generalización súbita, nos gustaría conjeturar que la esencia de una regresión libidinal, por ej., de la fase genital a la sádico-anal, estriba en una desmezcla de pulsiones, así como, a la inversa…», p.43 casi al inicio) que, en definitiva, tratan de los mismos hechos de los que se ocupó el psicoanálisis desde sus comienzos; ni esos hechos reciben una “comprensión más honda”, puesto que lo que se nos ofrece aquí por parte de Freud es «sustituir la oposición entre las dos clases de pulsiones por la polaridad entre amor y odio» (p.43, tercer párrafo), algo que le conduce a caer en una flagrante contradicción. Veamos.
Freud pretende explicar y entender ese “a priori” de la mezcla y desmezcla de las pulsiones [23] recurriendo a la “polaridad entre amor y odio” y planteando que en diferentes casos clínicos (evocados por él en el segundo párrafo de la p.44) se da una “mudanza” del amor en odio y del odio en amor, pero que nunca se trata de «una trasposición directa de odio en amor» (al final del segundo párrafo de la p.44 y al comienzo del primero de la p.45), porque eso «sería inconciliable con la diversidad cualitativa de las dos clases de pulsiones» (p.45, primer párrafo), sobre las cuales acababa de señalar en ese mismo párrafo que «un distingo tan radical como el que media entre pulsiones eróticas y de muerte presupone procesos fisiológicos que corren en sentidos contrapuestos».
Ahora bien, si la diversidad de las pulsiones es de orden cualitativo, ¿cómo se articula o cómo cuadra eso con el supuesto de «una energía desplazable, en sí indiferente» (p.45, segundo párrafo), que Freud mismo enuncia ahí y del que afirma a continuación lo siguiente: «Sin el supuesto de una energía desplazable de esa índole no salimos adelante»? Si se trata efectivamente de una única y misma energía “en sí indiferente” no es diversa cualitativamente y mucho menos aún puede proceder de “procesos fisiológicos contrapuestos” ya que no es una energía de orden fisiológico, sino de orden pulsional, el cual sí se establece y se implanta bajo dos modos de funcionamiento cualitativamente distintos.
La contradicción y el embrollo de Freud proceden del hecho de que, a estas alturas de su trabajo, sigue sin haber aclarado de dónde proviene esa energía, porque él mismo se encargó de hurtarse esa procedencia al desbaratar y reprimir tanto su teoría de la seducción traumática, como las múltiples intervenciones de algunos de sus discípulos en el marco de las discusiones del círculo psicoanalítico de Viena sobre la patogénesis histórica de esa energía.
Toda esa compleja circunstancia, para nada tomada en consideración, es lo que sustenta que Freud tenga que reconocer en dos veces seguidas su desorientación al respecto, una desorientación que se presenta tanto más acentuada cuanto que además pretende averiguar la “intencionalidad” de esa energía, con lo que eso remite a subjetivar lo inconsciente. Su desorientación es reconocida del siguiente modo: «El único problema es averiguar de dónde viene, a quién pertenece y cuál es su intencionalidad» (p.45 al final del segundo párrafo). Y a continuación añade: «El problema de la cualidad de las mociones pulsionales, y de la conservación de esa cualidad en los diferentes destinos de pulsión, es todavía muy oscuro y, por ahora, apenas se lo ha acometido» (al inicio del tercer párrafo de la p.45).
Y ante esta situación de oscurecimiento, a pesar de que la edificación de la teoría freudiana está en su cénit o punto de culminación, Freud nos va a ofrecer ahora lo que él llama “sólo un supuesto y no una prueba”: «Y en verdad, en la presente elucidación tengo para ofrecer sólo un supuesto, no una prueba» (al inicio del cuarto párrafo de la p.45). Supuesto que inicia, además, no de manera categórica o muy firme, como lo hizo con el que explicitó dos párrafos más arriba de esta misma página 45 (el supuesto de “una energía desplazable, en sí indiferente”) hablando del siguiente modo: «Notamos, empero, que… hemos adoptado tácitamente otro supuesto que merece enunciarse», mientras que ahora habla en estos términos muchos más circunspectos: «Parece verosímil que…» (p.45, cuarto párrafo). Y lo que le parece verosímil a Freud es que «esta energía indiferente y desplazable, activa tanto en el yo como en el ello, provenga del acopio libidinal narcisista» (p.45, último párrafo). Con lo cual la proveniencia o el origen está en el propio sujeto, es decir, lo pulsional tiene un origen endogenista y como muy subjetivado e intencionalizado, puesto que Freud emplea el término “acopio”, aplicado a la libido narcisista, y cuando ponga un poco más adelante (p.47, segundo párrafo al inicio) ese origen de la libido en el ello (origen también endogenista) nos habla de un “acumular” por parte del ello, quien se encarga de enviar «una parte de esta libido a investiduras eróticas de objeto» (p.47, segundo párrafo).
Unos términos o expresiones que nos hablan de una acción del ello claramente dirigida hacia el objeto exterior, lo que para nada corresponde a lo que conjeturamos como un circuito acéfalo sin referente exterior, puesto que es un “en sí”, que Freud mismo sostiene con un parecer verosímil cuando habla de la «indiferencia en cuanto al camino por el cual acontezca la descarga, con tal que acontezca» (p.45, casi al final). Indiferencia que asigna claramente como un «rasgo… característico de los procesos de investidura en el ello» (p.45 al final) y que es matizada en estos términos bien precisos: «se desarrolla una particular indiferencia en relación con el objeto» (p.45-46) [24], términos que van a ser explicitados por Freud a través de una referencia a la transferencia en la situación psicoanalítica y a la aportación de O.Rank sobre las “reacciones neuróticas de venganza dirigidas contra terceros” (p.46, primer párrafo), que da cuenta de una “conducta del inconciente” (p.46, primer párrafo) para el que «castigo tiene que haber, aunque no recaiga sobre el culpable» (p.46, primer párrafo).
Todo lo cual muestra un funcionamiento de lo inconsciente y del ello claramente ciego o cerrado a la intención y, por tanto, a algo exterior a sí mismo, que se contrapone abiertamente al funcionamiento del yo , para quien es «más afín el persistir con mayor exactitud en la selección del objeto así como de la vía de descarga» (p.46, final del primer párrafo). Y acerca del yo Freud nos ofrece aquí algunas consideraciones dignas de relieve, como la de “distinguirse por la producción de unicidad”, «perseverando [ de ese modo ] en el propósito principal del Eros, el de unir y ligar» (p.46, segundo párrafo); y la de “sufragar” (o sea, “ayudar o favorecer”, según el Diccionario de la RAE ) «por una sublimación de fuerza pulsional erótica» (p.46, segundo párrafo), lo que le permite a Freud afirmar que «la sublimación se produce regularmente por la mediación del yo» (p.46, tercer párrafo). Pero frente a esas consideraciones, que hablan o dan cuenta de un yo en clara contraposición al ello por su labor de ligazón, de sublimación y de desexualización, dada la «trasposición de libido erótica en libido yoica» (p.46, tercer párrafo), Freud nos presenta al mismo tiempo o en yuxtaposición a un yo fuertemente sometido al ello, puesto que le “tiene que dar su consentimiento” (p.46, penúltima línea) y «en contra de los propósitos del Eros se pone al servicio de las mociones pulsionales enemigas» (p.46, tercer párrafo), al ofrecerse al ello bajo «la condición de único objeto de amor» (p.46), idea que es reafirmada en la p.47 del siguiente modo: «El ello envía una parte de esta libido a investiduras eróticas de objeto, luego de lo cual el yo fortalecido procura apoderarse de esta libido de objeto e imponerse al ello como objeto de amor».
Unas descripciones que requieren ciertas matizaciones críticas, tanto por lo que conllevan de antropomorfismo de las instancias, en las que se colocan unos rasgos y cualidades propias de un sujeto intencional, como sobre todo por lo que entran en abierta contradicción con ese funcionamiento ciego e indiferente que Freud asignaba al ello pocos párrafos antes, pues ahora el ello no sólo lleva a cabo “las primeras (y por cierto también las posteriores) investiduras de objeto” (p.46), sino que además el ello [al que, por cierto, Freud le asigna toda la libido de entrada: «Al principio, toda libido está acumulada en el ello», (p.47, segundo párrafo), y al mismo tiempo le sitúa en contra de la libido. «Es imposible rechazar la intuición de que el principio de placer sirve al ello como una brújula en la lucha contra la libido, que introduce perturbaciones en el decurso vital», (p.47, cuarto párrafo) o en contra de las exigencias pulsionales del Eros: «son las exigencias del Eros, de las pulsiones sexuales, las que, como necesidades pulsionales, detienen la caída del nivel e introducen nuevas tensiones. El ello… se defiende de esas necesidades por diversos caminos» (p.47, cuarto párrafo)] parece operar o intervenir de modo muy intencionalizado, puesto que “envía”, “se defiende” “cediendo”, “pugnando” y librando «las sustancias sexuales, que son, por así decir, portadores saturados de las tensiones eróticas» (p.48 al inicio), y todo eso “guiado por el principio de placer”, que en el texto de 1919-20, el de Más allá del principio de placer , aparecía claramente colocado del lado de la ligazón del yo.
Ante tales contradicciones, en las que incurre Freud, no es de extrañar que J.Strachey (véase: “Apéndice B. El gran reservorio de la libido”, p.63-66 en este v.XIX ) se haya visto obligado a presentar un apéndice, saliendo al paso de ellas, si bien todo su acento es puesto en las contradicciones en las que incurre Freud al asignar –en unos textos de su obra, como son la 3ª edición de los Tres ensayos de teoría sexual, Introducción del narcisismo, Una dificultad del psicoanálisis (artículo escrito a finales de 1916), Más allá del principio de placer, la Presentación autobiográfica de 1925 y el Esquema del psicoanálisis de 1938- el gran reservorio de la libido al yo, tal y como J.Strachey saca a relucir sirviéndose de diversas formulaciones freudianas presentes en esas obras y bien explícitas al respecto (cf. las pp.63-65 de ese Apéndice), mientras que ahora en El yo y el ello , tanto en la nota 7 de la p.32 como en el segundo párrafo de la p.47, coloca o asigna ese reservorio acumulativo al ello. Un planteamiento claramente contrapuesto que J.Strachey solventa posicionándose con Freud en el supuesto de un ello-yo indiferenciado presente de entrada: «La cláusula… apunta al primitivo estado de indiferenciación del yo y el ello, presupuesto de Freud muy conocido sin duda… Si vemos en esto la verdadera esencia de la teoría de Freud, se reduce la aparente contradicción en la expresión que él le diera. Este «ello-yo» era originalmente el «gran reservorio de libido», en el sentido de un tanque de almacenamiento» (cf. tercer y último párrafo de la p.65 del Apéndice).
Pero (a ese propósito de un ello-yo indiferenciado en el inicio) hay que decir que se trata de un supuesto de orden o de tipo mecanicista, al que Freud recurre como consecuencia de no reconocer y hasta de reprimir la implantación de lo pulsional por parte del otro adulto ya desde un inicio de sus cuidados para la supervivencia. |