Este texto de 1923, que constituye -en el decir de J.Strachey en su comentario introductorio a ese trabajo- “la última de las grandes obras teóricas de Freud” (S.Freud, O.C . Amorrortu, v.XIX, p.4), es iniciado a través de un Prólogo , breve pero intenso, porque en él se vierten dos consideraciones de gran importancia. La primera aparece tras haber señalado la articulación entre este nuevo trabajo y su escrito de 1920 Más allá del principio de placer . Una articulación que le sirve para mostrar la diferencia de “actitud” entre aquél trabajo y éste, pues mientras que en aquella ocasión fue “la de una cierta curiosidad benévola” (ibid ., p.13), ahora va a llevar a cabo una “síntesis” de “elevada meta”, si bien reconoce que los pensamientos que aquí desarrolla “se detienen en lo más grueso” (ibid. , p.13). Un reconocimiento, que a la vez es una advertencia para no deslizarnos hacia la excesiva idealización, que sin embargo ha suscitado y sigue suscitando esta obra en los medios psicoanalíticos, fácilmente entregados a la causa de la admiración incondicional por la llamada 2º tópica, lo que permite mantener la idea de la evolución en constante progreso del pensamiento y de la obra freudiana.
Por cierto que frente a esa idea del constante progreso del teorizar freudiano, tan extendida y defendida entre los psicoanalistas divulgadores de la obra de Freud, merece la pena tomar en consideración lo aportado por la teoría de la seducción generalizada (TSG), en la medida en que, al recolocar J.Laplanche el eje principal del orden psíquico en la constitución del inconsciente (como consecuencia de no plantear el inconsciente como presente de entrada o como existente desde los orígenes), esa constitución se lleva a cabo por medio de un proceso de represión y no de forma natural o progresivo-madurativa. Y con este planteamiento se puede pensar de un modo ya más riguroso y preciso que la elaboración de una teoría o la marcha de un pensamiento no progresa de manera creciente y continua, sino que es producida por represión, por repetición y por vuelta de lo reprimido, que es como –por otra parte- se establece siempre el orden psíquico, por más que la defensa yoica haga elipsis de ese proceso.
Pues bien, volviendo a la cuestión de la articulación y de la diferente actitud entre este texto y el de 1920, Freud deja caer una sutil precisión, según la cual no es el mismo camino el de seguir o utilizar los “préstamos de la biología” que entrelazar “pensamientos” y “hechos de la observación analítica”, sacando “conclusiones” de esa conexión, un camino que considera “más próximo al psicoanálisis” (ibid. , p.13, primer párrafo).
La segunda consideración relevante en este breve Prólogo está en continuidad o en relación directa con lo últimamente señalado, pues pone de relieve que el psicoanálisis sigue “un determinado camino”, que no tiene “deudas hacia otros trabajadores” y que le conduce a que las «mismas cosas se le presenten diversas que a los otros» (ibid. , p.13, segundo párrafo). Lo que puede ser conectado con algunas puntualizaciones de J.Laplanche en el sentido de que el pensamiento freudiano, como todo pensamiento de valía tiene un caminar propio que está en relación con la cosa misma, es decir, con su objeto de estudio, que sólo se descubre si se lleva a cabo un trabajo interno o que sigue el movimiento mismo de ese pensamiento y que no consiste en una trasposición a otro código, sea éste fenomenológico, dialéctico, lingüístico, etc. Y frente a ese pensamiento freudiano o en la confrontación con el mismo hay momentos necesarios de elección, puesto que se descubre o se puede observar que ciertas ideas (véase, por ej., la de la llamada “pulsión de muerte”) aparecen a consecuencia o en relación con la vuelta de algo reprimido en la teorización, ante lo cual se impone una cierta elección, que comporta el darla su verdadero lugar o su auténtico nombre, rechazando las diversas mercaderías que intentan siempre recubrir las cosas. |