« El yo y el ello »

 
José Gutiérrez Terrazas
 

Notas

 

1. Precisamente el no dar un valor capital a la no homogeneidad del inconsciente le condujo a Freud a pensar el complejo de Edipo como núcleo del inconsciente y a plantear un inconsciente no establecido por la represión y de origen endogenista, cuando tanto el Edipo como la castración son a ser pensados -tal y como la obra de J.Laplanche ha puesto con frecuencia de relieve- como esquemas organizadores de lo psíquico pulsional y nunca como núcleo del inconsciente. Una consideración que se desgaja directamente de la TSG , pues al recolocar J.Laplanche el eje principal del psiquismo en la propia constitución del inconsciente, la estructura del Edipo deja de ser un ordenador primario en el sujeto psíquico, quien está convocado ante todo a constituirse como “sujeto de inconsciente”, pero no en el sentido de que haya un sujeto en el inconsciente que enuncia la verdad frente al engaño o la falsa conciencia del yo, sino en el sentido de establecerse como escindido entre subjetividad e inconsciente o realidad psíquica en sentido psicoanalítico, ya que el inconsciente es materialidad representacional des-subjetivada, que no puede enunciar verdades.

2. A este respecto es importante señalar que la perspectiva conceptual inaugurada por J.Laplanche con su TSG separa claramente la existencia del inconsciente de su conocimiento, pues la materialidad del ics ha existido antes de que este conocimiento fuera posible. Y es que el descubrimiento freudiano implica su conceptualización no su invención. Freud no “crea” al inconsciente, como tampoco Newton inventa la gravedad. Y en continuidad con esa separación entre existencia y conocimiento del ics hay que hablar del realismo del inconsciente o de un inconsciente realista, tal y como lo propone la TSG. Una propuesta que plantea el ics en sentido estricto en cuanto cerrado a toda referencia exterior a sí mismo, así como cerrado a toda intencionalidad y a toda apertura subjetivista, ya que la intencionalidad y la apertura hacia el otro, hacia la comunicación, proceden y corresponden al yo o, mejor, al sistema cc-pcc.

3. Un supuesto que la TSG ha venido a cuestionar radicalmente al situar los orígenes mismos de las representaciones en las inscripciones provenientes de las primeras vivencias pulsionales, que acompañan a los cuidados con los cuales el adulto se ocupa de la cría humana. Primeras inscripciones que anteceden a toda instalación del sujeto en sentido estricto, es decir, son pre-subjetivas antes de devenir para-subjetivas con la instalación del ics. Lo que corresponde a un descubrimiento fundamental del psicoanálisis, que le hace inédito respecto de toda teoría precedente y, además, irreductible a toda psicología general.

4. Véase de modo especial su trabajo del año 2000, titulado “Sostener los paradigmas desprendiéndose del lastre. Una propuesta respecto al futuro del psicoanálisis”, en donde se expresaba así: «El descubrimiento fundamental del psicoanálisis… es la afirmación de que la representación antecede al sujeto pensante, vale decir, que en los orígenes existe, por decir así, un pensamiento sin sujeto» ( Aperturas psicoanalíticas , nº6, p.8).

5. Sin duda la teoría simplista de la cognición a partir de la relación sujeto-objeto, como relación dada y no mediada, es uno de los grandes problemas epistemológicos presentes en la obra freudiana.

6. Lo compulsivo arrasa al yo, porque se trata de algo que sólo ha sido vivenciado por el sujeto, pero no experimentado , lo cual impide que sea retranscripto en un sistema psíquico, quedándose en el psiquismo como algo que ingresó o se inscribió en él (por imposición abusiva desde el otro), pero no puede ser traspasado a uno de los sistemas del aparato psíquico.

7. Georg Walter Groddeck (1866-1934), doctor en medicina y director de una clínica en Baden-Baden, era muy famoso en toda Europa por consultas de tipo psicosomático. Con motivo de una crisis existencial descubre en 1910 los escritos de Freud y entra en relación epistolar con él en 1910, haciéndose miembro de la SP alemana en 1920. Se hizo célebre con su obra El libro del ello , publicada en 1923 y que influenció a Freud pero sobre todo a S.Ferenzci.

8. En la carta 52 del 6 de diciembre de 1896, si bien Freud deja abierto el camino a través de la noción de “signos de percepción” a lo que ingresa o se inscribe en el psiquismo, pero no se retranscribe en un sistema psíquico, sin embargo va a poner principalmente su acento en todo aquello (lo llama “material preexistente”) que “experimenta” una remodelación o una retranscripción “après-coup”.

De alguna manera sólo a través de la noción cargada de instintividad del “ello” y empujado por la clínica que le impone la llamada “compulsión a la repetición” (véase aquello que está en el psiquismo pero no pertenece a un sistema psíquico, porque –aunque irrumpe en lo manifiesto- no pertenece al sistema cs-prcs, ni tampoco a un deseo reprimido) Freud vuelve a recoger aquello que habla de lo que ha sido “vivenciado”, pero no ha podido ser “experimentado” o retranscripto y ,por eso, insiste de manera compulsiva ,es decir, por fuera del deseo propiamente dicho.

Precisamente los llamados “signos de percepción” remiten a lo que no se integra, no se articula, y que sin embargo insiste compulsivamente, pero no logra establecerse en ninguno de los sistemas psíquicos. Y es que una cosa es lo que se denomina “fallos o fracasos de la traducción” (que son inherentes al propio trabajo traductivo del sujeto) y otra cosa bien distinta es aquello que no se deja traducir porque ha sido impuesto abusivamente desde el otro y por parte del sujeto ha sido sólo vivenciado, pero no experimentado, lo cual impide que sea retranscripto en un sistema psíquico.

9. Véase por ejemplo el problema de la anorexia, cuyo conflicto se mueve entre la oralidad y el narcisismo. La anorexia no es efecto de la pulsión, sino defensa frente a la pulsión oral y es una captura del yo en el marco de una representación narcisista (aunque no suficientemente desgajada del autoerotismo), que puede poner en riesgo la autoconservación al servicio de la autopreservación.

10. Es decir, no hay separación sino una contigüidad entre el orden de la necesidad y el orden de la pulsión. En ese sentido, dado que Freud no establece una discriminación clara entre objeto de la necesidad y objeto de la pulsión, así como tampoco entre objeto de la pulsión y objeto de amor, parece que “investidura de objeto” puede ser entendida como una investidura correspondiente al objeto de la pulsión.

11. Freud describe al ello, al igual que lo hacía en la frase anterior, como si fuera un sujeto que vivenciara las experiencias (en este caso la de la pérdida), cuando quien vivencia es siempre el yo, una vez constituido el sujeto psíquico. Es, por tanto, un ello muy particular que para nada corresponde a sus características propias. Y es que se trata más bien del modo en que Freud concibe al psiquismo en sus inicios o en lo que él llama (p.32) “la frase primitiva oral del individuo”.

12. A este respecto, considero que en el quehacer psicoanalítico (tanto teórico como clínico) es fundamental preguntarse y precisar siempre sobre qué tipo de objeto estamos hablando y, en este caso referido a la sombra alienante del objeto, hay que decir que esa sombra remite a la sexualidad inconsciente del otro parental, a su lado sombrío, es decir, a lo pulsional desligado, que es lo que caracteriza por excelencia a esa sexualidad inconsciente.

13. Hay que hacer aquí dos advertencias antes de seguir trabajando el texto freudiano. La 1ª tiene que ver con que Freud se mueve bajo la idea de que, como da nombre a una situación (“trasposición de libido de objeto en libido narcisista”), ya está explicando esa situación psíquica. Ahora bien, ese procedimiento corresponde más a un modo de hacer de la ciencia psiquiátrica que al quehacer psicoanalítico. La 2ª advertencia tiene que ver con el contenido del planteamiento, ya que es un planteamiento en el que hay una gran falacia -que se ha recogido en la conceptualización psicoanalítica de modo ciego y doctrinario- al hacer del narcisismo o de la libido narcisista toda una regresión, dado el pasaje de lo objetal a lo yoico, puestos en contraposición, cuando no lo son para nada, metapsicológicamente hablando, que no es lo mismo que descriptivamente hablando.

14. Para que algo pueda sostenerse como reprimido tiene que pasar algo del placer de órgano y producirse así una transcripción. Por ej., es imposible reprimir el representante pulsional del pecho sin investir la comida. Con lo cual lo pregenital tiene que encontrar alguna forma de posicionamiento, que es del orden de la representación y a la vez del orden de placer de órgano, en tanto que placer investido. En ese sentido, el autoerotismo pertenece a las representaciones de base del Ics, de tal modo que sus retoños o subrogados van a encontrar una posición tópica tanto en el Ics como en el Prcs y en el yo. En otras palabras, el autoerotismo es parte de la vida adulta y hay restos siempre, en la relación con el otro, que son elementos de goce sin reconocimiento de la alteridad. Y es que no se subsume todo .

15. Es importante aclarar aquí que la identificación, en cuanto proceso estructurante del aparato psíquico, sin duda comporta un erigir o, mejor, un introyectar el objeto dentro del yo, pero se trata de un objeto, atravesado por el reconocimiento de la alteridad y establecido de modo predominante como objeto de amor, y no meramente como objeto erótico-autoerótico, que es el tipo de objeto que opera en los casos a los que Freud se está refiriendo.

16. Lo que no impide o no contradice el que la identificación sea un proceso que articula o engarza por desplazamiento objeto de la pulsión y objeto de amor, ya que es un proceso edificado sobre la base de movimientos tanto de represión como de sublimación (pues es imposible identificarse por ejemplo con la madre sin desear tenerla adentro o incorporarla, del mismo modo que es necesario que el padre sea deseado eróticamente para que la identificación con él sea posible), movimientos que permiten la mutación o transformación del erotismo en ternura amorosa.

Claro que ese engarzar por desplazamiento (a través de la represión y de la sublimación del enlace erótico) no es equivalente a la llamada “incorporación oral”, que no deja de ser para Freud desde Tótem y Tabú el modelo y el modo de relación privilegiada con el objeto con las consiguientes dificultades que ese modelo acarrea para dar cuenta de la identificación, que da origen al carácter del yo.

17. Conviene estar atentos a que ya desde Freud se confunde entre el estar presente en el inconsciente o lo que se encuentra en el sujeto ya constituido y el originarse de ese modo.

18. De ahí que en realidad su angustia sea predominantemente angustia de pasivización y de abuso y no tanto de castración (que por cierto no son angustias equivalentes, aunque tengan relación). En efecto, no son equivalentes, pues aunque hay temor a ser destituido de la masculinidad, se puede ser destituido de ella conservando el pene. Ningún varón teme que, porque abusen de él, le vayan a cortar el pene. Lo que teme realmente es dejar de ser un hombre o que su pene pierda sentido, porque ha dejado de ser hombre a raíz de haber sido o ser abusado.

En ese sentido, la angustia de castración en cuanto angustia de pérdida del pene es a ser profundamente replanteada, no sólo porque se trata de una teoría sexual infantil defensiva, sino porque no puede convertirse en el núcleo ni teórico ni clínico de la práctica psicoanalítica, aunque sólo sea porque lo genitaliza todo, es decir, pierde de vista el orden del goce pulsional y todo lo centra en el modo en el que el yo se posiciona narcisísticamente. Y es que la castración sólo puede definirse en relación al yo, pues para el ics. no hay parcial-total, eso sólo es para el yo. De ese modo, lo interesante de la castración tiene que ver o remite en definitiva al reconocimiento de la incompletud ontológica, a poder reconocer que no se tiene todo y esa es la condición del pacto intersubjetivo, del intercambio, de que el objeto no es propiedad de uno mismo, sino que es donado desde el otro y eso abre el camino a la oblación y al agradecimiento.

19. ¿Cómo se puede entender esto de que el ello lleve o pueda llevar a cabo elecciones de objeto?, ¿qué se entiende aquí por elecciones de objeto?, desde luego bajo ningún concepto puede corresponder a ese tercer momento (“autoerotismo, narcisismo y elección de objeto”) del devenir psíquico tras el establecimiento del narcisismo y que conlleva el reconocimiento del otro, nunca presente en el ello. Por otra parte, además, aquí aparece bien a las claras la resubjetivación del ics ., al colocar en el ello algo que sólo puede estar en relación con el yo, que es quien puede elegir (véase amar u odiar), algo que jamás puede pertenecer a un ello, compuesto de representaciones anárquicas parciales.

20. Enunciados que por cierto suele trasmitir la madre o la persona que se ocupa de los cuidados autoconservativos. Lo que viene a cuestionar aún más la expresión “función paterna”, referida de modo especial o exclusivamente al padre.

21. Una precisión que permite salir al paso y superar de algún modo la vieja y permanente discusión psicoanalítica sobre si se trata, en determinados casos clínicos, de una situación preedípica o por el contrario edípica, sobre si la lectura interpretativa debe hacerse desde una perspectiva centrada en las coordenadas de la castración o más bien desde unas coordenadas centradas en las angustias de despedazamiento, aniquilación, etc.

22. Estos dos últimos términos entrecomillados aparecen al final de la p.41 , cuando Freud pasa a hablar de las “dos variedades de pulsiones”.

23. Lo llamo un “a priori”, porque Freud parte de ello como un supuesto de entrada planteando esa mezcla-desmezcla como causa y origen, lo que sin embargo es una consecuencia o un efecto del modo de la implantación por el adulto de lo pulsional, en cuanto desligado y ligado a la vez.

24. De ahí que toda la psicopatología gire en torno al no reconocimiento de la alteridad y que el fundamento de la ética esté precisamente en el subjetivar al otro o reconocerlo en cuanto persona a tomar en consideración y respeto.

25. Tal y como ya se advirtió en otro momento, Freud sigue con la idea de una misma sexualidad en dos tiempos, en lugar de dos sexuales radicalmente distintas, como son la pulsional y la instintiva-madurativa.

26. Se trata de un debate entre los defensores de un superyó, cuya génesis está en el Edipo y en las identificaciones secundarias que jalonan y permiten la salida de éste, y los defensores de un superyó arcaico o de un origen preedípico del superyó.

27. Cuando entre el yo y el ideal del yo tiene que haber siempre tensión, en el sentido de distancia y de separación, pues cuando no hay esa distancia entre el yo y el ideal lo que hay es triunfo maníaco del yo, que se siente equivalente al ideal.

28. La culpa no es inconsciente por más que haya deseos ics. que puedan producir culpa, pero eso no significa que la culpa sea ics. Puede ser del orden del preconsciente y eso nos confunde, pero nunca es estrictamente ics., porque en el inconsciente no hay reconocimiento de la alteridad y, por tanto, del daño al otro.

29. La cuestión del ideal es poder ser aquello que todavía no se es y se debe llegar a ser, por lo cual siempre hay una distancia entre el yo y el ideal. Pero cuando está operando un yo ideal tiranizante, que impone ser como el otro demanda sin que quepa otra posibilidad y al que Freud parece realmente referirse, ahí se está en una situación de tipo melancolizante. Lo que es a relacionar con el llamado “superyó precoz”, que está vinculado a la tiranía primaria y no al modo de constituirse el superyó propiamente dicho, en cuanto instancia protectora interna ligada a la ética y constituida –metapsicológicamente hablando- tanto por “el ideal del yo”, como por “la conciencia moral”.

30. Como sucede cuando han sido pronunciados por un adulto que no cumple, que impone las cosas sin respeto amoroso, que abusa de su poder y de distintos modos, etc.

31. Sin preguntarse por el ¿qué tipo de culpa es esta, en la que sólo cuenta el propio sujeto o que se mueve en un modo de relación meramente vertical , es decir, desde sí mismo al yo ideal, sin ninguna referencia horizontal hacia el otro, otro que ciertamente puede o va a estar interiorizado, pero sólo en cuanto depositante de una idealización extrema (según el modelo de “su majestad el bebé”), que no está sustentada en el amor o en el reconocimiento de la alteridad.

32. En el caso de que el Edipo se haya podido establecer y, por tanto, sepultar en el inconsciente, tal y como trataré de precisar en el seminario dedicado a comentar el texto freudiano de 1924 El sepultamiento del complejo de Edipo .

33. Esa idea del criminal o delincuente por culpa (planteada en el segundo párrafo de la p.53) es una idea muy sugerente, siempre y cuando se considere que el criminal por culpa es alguien que está a la búsqueda de algo que toda su estructura psíquica da cuenta de que busca un castigo. Mientras que hay seres humanos que son castigados no porque sienten culpa, sino porque no saben eludir las formas que les llevan a ser culpables.

34. A propósito del castigo, quizá sea oportuno precisar que la melancolía no tiene que ver con la consciencia de culpa en el sentido estricto de ésta, sino que tiene que ver con el llamado “narcisismo primario” o “del yo ideal”. Y es que –a diferencia de lo señalado por Freud- lo que se pone en juego en la melancolía no está basado en la culpa relativa al objeto, sino en la culpa relacionada con ese llamado “narcisismo primario”. Eso no obsta para que una de las cosas que unen culpa y melancolía es el hecho de que el sujeto se siente culpable de lo que produjo, si bien no se siente para nada culpable por el daño que le produjo al otro (y es que el otro no se interiorizó como digno de amor y, por tanto, no se siente el daño a ese otro). Se trata meramente de la herida narcisista que siente por la acción cometida, es decir, el sujeto siente que se equivocó o falló y se ataca por eso, pero no siente culpa por lo que hizo al otro.

35. Lo que se explicita con/en esas expresiones del tipo “eso no se hace” o “eso no se piensa”, porque hacerlo o ponerlo puede acarrear daños para sí mismo o para el objeto amado. Exigencia que se admite o se hace propia cuando el legislador se ha hecho respetar y amar; o exigencia a la que uno se somete de mala gana cuando el legislador no ha sido respetuoso. Y, a propósito de esos enunciados, hay que decir que, aunque aparezcan como superyoicos, sin embargo están inscriptos en el yo, pues la ética en relación con el semejante se constituye precisamente en la limitación del goce (autoerótico), que es anterior a la prohibición edípica.

36. Una consideración que remite a la homologación entre ley y padre, que se hizo más incidente en el pensamiento psicoanalítico desde la aparición del estructuralismo lacaniano, que en buen parte hizo tabla rasa del inconsciente parental en razón de la articulación de las funciones (paterna y materna) con la estructura, confundiéndose padre con función paterna y haciendo equivalente al padre con la ley y a la madre con la naturaleza o con la arbitrariedad del goce. Y, al respecto de esa homologación entre ley y padre, hay que decir que se trata de algo ideológicamente incorrecto y teóricamente insostenible, en la medida en que todo padre está atravesado por su sexualidad inconsciente y, por tanto, por la presencia en él de deseos incestuosos y mortíferos, así como de sometimientos masoquistas e intentos de dominio sádico, etc. Es una homologación que se fundamenta, en último término, en la forma de concebir la constitución del superyó a partir de una legalidad que trasciende al sujeto y que antecede incluso su nacimiento.

37. Hay que prestar atención a esta consideración, calificada por Freud de “dura y cruel” y que está referida al “imperioso deber-ser”, es decir, al ideal. Llamo la atención porque el ideal que ahí está en juego es meramente el “yo ideal” y no el “ideal del yo”, pues éste captura siempre menos al sujeto y no lo somete al aniquilamiento.

38. En el interior de esa idea de una continuidad sin recomposición entre lo exterior y el ello está también implícita tanto la idea de la continuidad entre lo somático y lo psíquico, como la idea de la continuidad entre el inconsciente y el preconsciente y el yo , que sin duda parte de la concepción (bastante dominante en la obra de Freud) de que el preconsciente y el yo son derivados del inconsciente, al igual que los procesos secundarios serían derivados o estarían antecedidos por los procesos primarios.

Se trata de unos enunciados que están en la raíz de problemas muy serios de la clínica psicoanalítica, porque llevan a una concepción que considera todo lo preconsciente y el yo como algo del orden de una segunda o falsa consciencia, o como una defensa derivada. Con lo cual el asunto de la ideologización de la práctica psicoanalítica no está determinada solamente por variables que tienen que ver con elementos sociales, sino con ciertos postulados teóricos que se siguen defendiendo. Porque una cosa es que el preconsciente y el yo no sean totalmente independientes del ics. y otra cosa bien distinta es que sean simples derivados de lo inconsciente, tal y como se concibe frecuentemente a la sublimación, bajo la idea de que lo que elegimos es simplemente un derivado del ics. y no el efecto de representaciones complejas que tienen carácter social. Y es que cada instancia tiene su propia legalidad.

39. Quizá merezca la pena señalar aquí que, como el acento está puesto únicamente en el contenido, la legalidad o modo de funcionamiento de ese ello no es tenido en cuenta.

40. Cuando, para subjetivarse, uno tiene que ser pensado por otro y, para establecerse el yo (en cuanto instancia intrapsíquica), uno tiene que ser vivenciado como objeto de amor por el otro.

41. De ahí que la autoconservación pueda ser puesta en peligro por la dinámica pulsional, así como también es esa dinámica pulsional la que va a sostener a la autoconservación.

 

 
 
 
 
 


ISSN 1885-5660

 

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