Este capítulo es iniciado por Freud pidiendo una disculpa por el hecho de que «ninguno de los capítulos coincide enteramente con el contenido del capítulo y cada vez… volvemos de continuo a lo ya tratado» (p.49, primer párrafo), lo que achaca al «carácter enmarañado de nuestro asunto» (p.49 al inicio). Ahora bien, tanto la disculpa como la justificación de la misma dan cuenta de un Freud que tiene que volver una y otra vez sobre lo mismo, porque no se siente conforme con el despliegue conceptual que está llevando a cabo. Y es que, si se tiene que “volver de continuo a lo ya tratado”, es porque el asunto sigue “enmarañado”, o sea, sigue sin estar bien esclarecido.
Consideración que parece pertinente cuando, en lugar de acatar sin más la descripción que Freud hace acerca del superyó en los dos párrafos que van a continuación del párrafo introductorio, se trabaja atentamente la estructura paradójica de esa instancia intrapsíquica, que Freud nos despliega en esos dos párrafos pero sin que así sea percibida por él, ya que a su juicio se trata simplemente de dos aspectos o “lados” a yuxtaponer o que están juntos-unidos en un solo factor: «El superyó debe su posición particular dentro del yo o respecto de él a un factor que se ha de apreciar desde dos lados. El primero: es la identificación inicial, ocurrida cuando el yo era todavía endeble; y el segundo: es el heredero del complejo de Edipo, y por tanto introdujo en el yo los objetos más grandiosos» (p.49 al centro del segundo párrafo).
Efectivamente lo paradójico y contradictorio de la instancia superyoica es reducido ahí por Freud a un mero factor único con dos lados, al estilo de una moneda con sus dos caras, del mismo modo que seguidamente en su descripción lo reduce a dos momentos o fases de una misma realidad: «En cierta medida es a las posteriores alteraciones del yo lo que la fase sexual primaria de la infancia es a la posterior [25] vida sexual tras la pubertad. Es accesible, sin duda, a todos los influjos que puedan sobrevenir más tarde; no obstante, conserva a lo largo de toda la vida su carácter de origen, proveniente del complejo paterno…» (p.49), concluyendo ese párrafo con una comparación más que simplista al establecer una equivalencia entre el yo y el niño, así como entre el superyó y los progenitores: «Así como el niño estaba compelido a obedecer a sus progenitores, de la misma manera el yo se somete al imperativo categórico de su superyó».
Y todo ese segundo párrafo con esa descripción un tanto reduccionista, que acabamos de recoger, se iniciaba precisamente con unas frases que se prestan al enmarañamiento más que a un verdadero esclarecimiento, puesto que si –por un lado- Freud nos plantea un yo configurándose estructuralmente por identificaciones: «ya dijimos repetidamente que el yo se forma en buena parte desde identificaciones que toman el relevo de investiduras del ello, resignadas», sin embargo –por otro lado- se le entromete la perspectiva cronológica-evolutiva, que piensa al yo configurándose de modo progresivo-madurativo: «el yo fortalecido, más tarde, acaso ofrezca mayor resistencia». Es más, si el yo se establece o se constituye intrapsíquicamente identificándose, ¿cómo se puede entender eso de que «las primeras de estas identificaciones se comportan regularmente como una instancia particular dentro del yo, se contraponen al yo…» o bien eso de que «el yo… acaso ofrezca mayor resistencia a tales influjos de identificación»? (p.49 al inicio del segundo párrafo). Estamos ciertamente ante uno de los mayores enmarañamientos de la obra de Freud, en torno al cual sigue suscitándose en la actualidad el mismo debate polémico que ya surgió en tiempos de Freud a raíz de las aportaciones de M.Klein [26].
Pues bien -a mi entender- es un debate del que no se sale nunca porque está conceptualmente mal planteado y, en ese sentido, reaparece una y otra vez en el discurrir psicoanalítico, empeñado más –al estilo de un cierto Freud y quizá de una tendencia espontánea del propio psiquismo- en añadir o yuxtaponer que en afrontar las posiciones encontradas y en dialectizarlas, cuando eso sea posible y resulte exigido por los datos clínicos correspondientes.
Precisamente es esa misma exigencia clínica la que nos suele jugar malas pasadas ya que, urgidos por ella o por lo que deposita apresurada e intensamente en nuestro quehacer diario, dedicamos poco tiempo a la ardua y pesada labor de discriminar los conceptos. El propio Freud, quien sin embargo no dejó de llevar a cabo un trabajo conceptual más que considerable, no pudo menos de reconocerlo en la última década de su andadura al afirmar lo siguiente: «En el psicoanálisis hemos prestado poca atención a este problema del deslinde conceptual» (v.XXII, p.61).
Esta afirmación freudiana procede, por cierto, de la ya citada otras veces 31ª Conferencia de introducción al psicoanálisis y llamativamente el contexto en el que aparece es el de la descripción de «la formación del superyó, o sea, sobre la génesis de la conciencia moral» (ibid., p.57), sobre cuyo proceso va a decir ahí que «es tan enmarañado que… nosotros mismos no creemos haberlo penetrado por completo» (ibid., p.58), pidiendo a continuación que nos conformemos con algunas “indicaciones”, que inicia del siguiente modo: «La base de este proceso de lo que se llama una identificación, o sea una asimilación de un yo a un yo ajeno» (p.58) y concluye poco después así: «Ni yo mismo estoy satisfecho con estas puntualizaciones acerca de la identificación, pero basta con que les parezca posible concederme que la institución del superyó se describa como un caso logrado de identificación con la instancia parental» (p.59), matizando seguidamente las cosas de esta manera: «Ahora bien, el hecho decisivo a favor de esta concepción de una instancia superior dentro del yo se enlaza de la manera más íntima con el destino del complejo de Edipo, de modo que el superyó aparece como el heredero de esta ligazón de sentimientos tan sustantiva para la infancia. Lo comprendemos: con la liquidación del complejo de Edipo…» (ibid., p.59).
Conviene prestar atención a ciertos términos bien significativos que proporcionan un toque muy sutil al recién citado planteamiento de Freud, porque abren una vía para el entendimiento de la cuestión un tanto contrapuesta a la presentada en El yo y el ello. Esos términos son los de “destino” y “liquidación” del complejo de Edipo y no meramente el complejo de Edipo sin más, así como el de “ligazón”, calificada ésta además con el adjetivo de “tan sustantiva”. Unos términos que se mueven en una línea de fuerza muy concordante con la descripción que poco más adelante en ese texto de 1933 termina presentando Freud al respecto: «El superyó es para nosotros la subrogación de todas las limitaciones morales, el abogado del afán de perfección, en suma, lo que se nos ha vuelto psicológicamente palpable de lo que se llama lo superior en la vida humana» (ibid., p.62).
Pues bien, toda esa descripción acerca del superyó de la 31ª Conferencia contrasta fuertemente con la que nos ofrece Freud en este quinto y último capítulo de El yo y el ello , en donde lo que se afirma clara y rotundamente es esto: «descender de las primeras investiduras de objeto del ello, y por tanto del complejo de Edipo [esta equivalencia entre “investiduras de objeto del ello” y “complejo de Edipo” es insostenible metapsicológicamente hablando] …lo pone en relación con las adquisiciones filogenéticas del ello y lo convierte en reencarnación de anteriores formaciones yoicas [pero se trata de unas formaciones yoicas no sólo por fuera de la vivencia histórica, sino además en continuidad-contigüidad con el ello]… Por eso el superyó mantiene duradera afinidad con el ello… Se sumerge profundamente en el ello, en razón de lo cual está más distanciado de la conciencia que el yo» (v.XIX, p.49-50).
No obstante, se puede precisar aquí que esta idea de que el superyó hunde sus raíces en el ello tiene que ver con la problemática del deseo y de la estrecha relación de éste con la ley, la cual tiene un carácter no hipotético sino categórico o imperativo y por fuera de toda explicación, pues la ley no está definida pragmáticamente sino por imperativos legales, que no tienen una racionalidad práctica.
Además ese es un aspecto que se podría rescatar, de algún modo, de esa trasmisión de tipo filogenético en la que Freud no deja de insistir. Sin embargo, no es rescatable desde la perspectiva del enraizamiento más profundo en el ello, porque en el funcionamiento ciego de esta instancia no rige ética alguna basada en el reconocimiento del otro, mientras que en la instancia del superyó está inscripta la idea de que la acción puede producir daño a un tercero, con lo que eso conlleva de reconocimiento del otro.
En esa misma línea, la afirmación freudiana de que el superyó «está más distanciado de la conciencia que el yo» (p.50 al inicio) sería a entender en el sentido de que el superyó está constituido fundamentalmente desde una realidad discursiva, no desde una realidad perceptiva, pues es anterior a toda percepción. Realidad discursiva y no perceptiva, que es exterior al sujeto, de ahí su heteronomía o su provenir de un otro y que, a la hora de definir al superyó, hace que esta instancia psíquica resulte paradójica, ya que si bien es procedente del exterior, por otro lado no tiene relación con la realidad exterior al aparato psíquico, pues no se constituye en relación con las formas que va tomando la vida contemporánea, sino que las personas son educadas por el superyó de los padres y, en ese sentido, su modo de funcionar es arcaico.
Precisamente sobre el modo de funcionar o sobre el modo de comportarse de determinadas personas en la situación psicoanalítica va a incidir a continuación el texto de Freud, entrando así en el terreno de los «hechos clínicos que desde hace mucho tiempo han dejado de ser una novedad, pero todavía aguardan su procesamiento en la teoría» (p.50, segundo párrafo). Lo que da cuenta del procedimiento inductivo de Freud con lo que eso conlleva generalmente de pensar los hechos como un dato en sí mismo por fuera del marco y, por consiguiente, por fuera del contexto en y desde el cual aparecen. De hecho, Freud nos lo muestra cuando expone lo siguiente sin plantearse, además, para nada si ese modo de proceder metodológico es el correspondiente al trabajo psicoanalítico: «Si uno les da esperanza y les muestra contento por la marcha del tratamiento, parecen insatisfechos y por regla general su estado empeora» (p.50, tercer párrafo).
Pero, ¿qué es eso de dar cuenta de un hecho o de un fenómeno psíquico por fuera de un contexto o de un marco que puede ser la causa que lo está produciendo? Desde luego no es muy riguroso exponer un hecho en sí sacado de su contexto (que en este caso remite al modo de vinculación entre el psicoanalista y su paciente y, a su vez, al vínculo interiorizado del paciente con sus objetos primarios) y explicarlo luego desde unos supuestos o principios desconectados por entero de la estructura psíquica de esa persona. Es ciertamente un planteamiento muy mecanicista, que conduce a hablar –como hace Freud en el último párrafo de la p.50- de un “sentimiento de culpa”, que se explica en abstracto sin articulación o conexión precisa con el modo de vincularse con el otro, lo que a su vez es consecuencia del modo de vincularse impuesto en el inicio desde el otro adulto.
Planteamiento mecanicista que Freud va a repetir o en el que se va a mantener cuando habla (p.51, segundo párrafo) de “la conducta del ideal del yo”, como si el ideal del yo pudiera ser agente de conducta o pudiera expresarse directamente en el comportamiento, cuando quien se comporta o tiene una conducta es siempre un sujeto como tal y sólo a éste se le puede atribuir una determinada conducta.
Es un tipo de descripción de los fenómenos psíquicos que le va a conducir a Freud a conceptualizar el sentimiento de culpa -que denomina (p.51, tercer párrafo) “normal” y “conciente”- por fuera del vínculo y por tanto del modo de vinculación del sujeto con el otro, ya que lo plantea (p.51, tercer párrafo) como mero efecto de «la tensión entre el yo y el ideal del yo» [27]. Lo cual va a conllevar que hable y de cuenta de un sentimiento de culpa consciente también presente en la melancolía, y no meramente en la neurosis obsesiva, cuando para que exista o esté presente un sentimiento consciente de culpa (en el sentido estricto) se requiere el establecimiento y la permanencia o vigencia en el funcionamiento psíquico del sujeto de un reconocimiento del otro, en relación con el cual precisamente –por haberle procurado un daño -el sujeto se siente culpable, de tal modo que no puede haber sentimiento consciente de culpa sin reconocimiento del daño hecho a un otro, con el que se tiene un “vínculo amoroso”.
Precisión que, de algún modo, es sugerida en la larga nota al pie de la p.51, siempre y cuando se hagan algunas discriminaciones, que Freud no lleva a cabo cuando por ejemplo hace equivalentes las expresiones “investidura erótica”, “vínculo amoroso” e “investidura de objeto” y se ve conducido a relacionar o articular “asunción del sentimiento de culpa” con “el proceso de melancolía”.
Cuando, si se articula lo uno con lo otro, no estamos ante un auténtico “proceso de melancolía”, pues –si se puede producir eso que describe Freud, dentro de esa larga nota, en estos términos: «Si se logra descubrir tras el sentimiento icc [28] de culpa esa antigua investidura de objeto, la tarea terapéutica suele solucionarse brillantemente»-, estamos más bien ante la permanencia o vigencia en el sujeto de un cierto “vínculo amoroso” con el objeto, que ciertamente puede estar acompañado de una “investidura erótica” del objeto, pero siempre y cuando esos dos aspectos o modos de vinculación estén suficientemente conjuntados y no escindidos abiertamente. Pero eso no conlleva que hagamos equivalentes o llamemos por igual a esos dos modos de vinculación con el objeto (y es que “lo erótico”, igual a desligado, y “lo amoroso”, igual a ligado, deben ser diferenciados), pues las consecuencias psíquicas son bien diferentes. Del mismo modo que no se entiende bien el que Freud, al dar cuenta de “la asunción del sentimiento de culpa”, hable ahí de un “vínculo amoroso resignado”, porque si está resignado no está vigente ni es predominante en el sujeto. Lo que (me refiero a esa expresión) delata que Freud no está dando cuenta de un auténtico vínculo amoroso con el objeto, sino de un vínculo erótico o “incestuoso”, que sí podría estar resignado y, en ese sentido, reprimido, lo que lógicamente permite una “asunción del sentimiento de culpa”, pero eso ya no corresponde a un auténtico “proceso de la melancolía”.
Por lo demás, en esa larga nota 2 de la p.51, también está planteada una diferenciación entre un luchar “de manera directa” contra “el obstáculo del sentimiento inconciente de culpa” y un luchar “indirectamente”, poniendo de relieve que sólo se puede luchar dentro de la situación psicoanalítica indirectamente, es decir, poniendo al descubierto lo reprimido, allí o en aquellos casos –habría que añadir, ya que Freud no lo contempla- en los que se cuente con la tópica psíquica establecida. Pero en la medida en que Freud habla de una “manera directa” de luchar contra el obstáculo del sentimiento de culpa y que de ese modo “no se puede hacer nada”, parece que está aludiendo a un modo no específicamente psicoanalítico de trabajar, que no resulta muy claro de entrada, aunque al final de la nota parece relacionarse con ese modo el que «la persona del analista se presta a que el enfermo le ponga en el lugar de su ideal del yo, lo que trae consigo la tentación de desempeñar frente al enfermo el papel de profeta, salvador de almas, redentor» (p.51), añadiendo al momento que «las reglas del análisis desechan de manera terminante semejante uso de la personalidad médica», si bien a la vez no deja de considerar que ese uso a desechar es «una nueva barrera para el efecto del análisis». Lo que da cuenta de que Freud se mueve o, al menos oscila en cierta medida, dentro de una doble actitud ética o de posicionamiento ante la cura psicoanalítica.
A continuación Freud se adentra en esas “dos afecciones”, en las que «el sentimiento de culpa es conciente {notorio} de manera hiperintensa» (p.51, tercer párrafo), pasando en su descripción de utilizar el término de “ideal del yo” («el ideal del yo muestra en ellos una particular severidad, y se abate sobre el yo con una furia cruel», p.51, lo que plantea la cuestión acerca de qué tipo de “ideal del yo” está ahí siendo descripto o cómo conceptualiza Freud al ideal del yo, cuando lo describe en esos términos que parecen poco pertinentes [29] a la hora dar cuenta de esa instancia) a emplear el término de “superyó” (cf. los dos párrafos siguientes ya pertenecientes a la p.52), sin hacer la más mínima distinción entre los dos términos, como si fueran totalmente equivalentes y no una cierta doble cara de la instancia ideal, en tanto en cuanto ésta –de un lado- da cuenta de aquello que constituye las razones idealizadas que preservan y sustentan el amor del yo hacia sí mismo y hacia el objeto o el otro, así como el sentido que desde y con ese amor narcisista el yo otorga al orden o plano óntico-autoconservativo; y –de otro lado- se recogen la exigencias impositivas que, a modo de mandatos o imperativos categóricos, el sujeto en constitución y el yo constituido tienen que hacer suyas para ejecutar y mantener el proceso de represión (originaria y secundaria) que dura toda la vida. En ese sentido, la instancia del superyó daría cuenta, por excelencia, de esos enunciados imperativos que el yo requiere tener a disposición para poder hacer frente a las mociones pulsionales eróticas y así amarse y amar al otro.
Enunciados imperativos que al ser de orden meramente discursivo y al proceder directamente del exterior pueden no [30] articularse con el ideal amoroso y operar, entonces, como enclaves desarticulados. En cuyo caso sí cabe hablar de un trato despiadado o “cruel”, en definitiva sádico, que impide el reconocimiento amoroso necesario para la permanencia del yo y para su ejercicio ideal-represor, esto es, para su dique de contención frente a lo pulsional o para su trabajo de renuncia a lo autoerótico y lo pulsional desligado.
Desde ese marco la diferenciación que Freud, establece entre el caso de la neurosis obsesiva –en donde el yo del enfermo se revuelve contra la imputación «de culpabilidad» (p.52, segundo párrafo)- y el caso de la melancolía –en donde «el superyó ha arrastrado hacia sí a la conciencia. Pero aquí el yo no interpone ningún veto, se confiesa culpable y se somete al castigo» (p.52, tercer párrafo)- hay que entenderla en el sentido de que en el primer caso hay un yo en juego, es decir, el yo está operando activamente, dado que la representación de la investidura erótica permanece ajena al sujeto o está fijada en el inconsciente, de ahí que se hable de un yo que se rebela, que lucha, que se opone; mientras que en el segundo caso el yo no está operando activamente, sino sólo en cuanto sometido a los mandatos llamados “superyoicos”, mandatos que están ahí desarticulados o no conjuntados con el amor del otro y, por tanto, sin capacidad de que haya oblación o renuncia por parte del sujeto cuya caída está allí interviniendo, de ahí el funcionamiento sádico dentro o por parte del propio sujeto, que Freud va a describir de modo tal que él mismo tiene que reconocer al instante «que no resulta evidente sin más que en estas dos afecciones el sentimiento de culpa [31] haya de alcanzar una intensidad tan extraordinaria» (p.52, cuarto párrafo).
Esa descripción es la siguiente: «en la melancolía, en cambio, el objeto, a quien se dirige la cólera del superyó, ha sido acogido en el yo por identificación» (p.52, tercer párrafo). Se trata de una descripción que, por cierto, se asemeja a la ya presentada en su texto, escrito en 1915 y publicado en 1917, Duelo y melancolía, en donde hablaba de «la sombra del objeto cayó sobre el yo» (v.XIV, p.246) y también allí relacionaba el proceso con la identificación: «La investidura de objeto resultó poco resistente, fue cancelada, pero la libido libre no se desplazó a otro objeto sino que se retiró sobre el yo. Pero ahí no encontró un uso cualquiera, sino que sirvió para establecer una identificación del yo con el objeto resignado» (ibid., p.246).
Ahora bien, ¿cómo puede entenderse esto de que, interviniendo un proceso identificatorio, el objeto y el yo no estén separados, sino amalgamados (tal y como sugiere la propia expresión de “la sombra del objeto cayó sobre el yo”)? ¿Cómo hablar de identificación o de un proceso yoico identificatorio (regido siempre por la represión propiamente dicha o secundaria) en los casos de melancolía, en donde no sólo no opera la represión secundaria, sino que además ha fallado o se ha venido abajo la represión originaria? Parece claro que ese objeto que Freud describe como “acogido en el yo por identificación” no opera como un objeto de amor, no es otro reconocido en su alteridad y, por tanto, no es un objeto interiorizado en cuanto distinto y separado del sujeto, por lo cual el concepto de identificación no corresponde ahí y hay que hablar más bien de una no-separación o de una fusión entre el sujeto y el objeto, que ha impedido el establecimiento de una tópica intrapsíquica con sus instancias bien discriminadas y delimitadas. Por todo lo cual, aunque Freud emplee aquí los términos de las instancias intrapsíquicas, eso no comporta el que en la situación melancólica estén establecidas o interviniendo como tales instancias en el sentido estricto.
De todos modos, como ya he apuntado antes, Freud mismo se va a objetar su planteamiento, señalando además que «el principal problema que plantea esta situación reside en otro lugar» (p.52, casi al final del cuarto párrafo). Y bajo esa consideración va a posponer ese esclarecimiento o “elucidación”, presentando antes «otros casos, aquellos en que el sentimiento de culpa permanece inconciente» (p.52, final del cuarto párrafo). Esos otros casos son la “histeria y estados de tipo histérico”, en cuya situación está bien establecida la tópica psíquica con su doble modo de funcionamiento. Por eso Freud lo describe del siguiente modo: «El yo histérico [véase el yo del o en el sujeto histérico] se defiende de la percepción [véase más bien representación y no percepción] penosa… mediante un acto de represión. Se debe al yo, entonces, que el sentimiento de culpa permanezca inconciente» (p.52, quinto párrafo). Una descripción que le lleva a avanzar esta hipótesis: «gran parte del sentimiento de culpa tiene que ser normalmente inconciente, porque la génesis de la conciencia moral se enlaza de manera íntima con el complejo de Edipo, que pertenece [32] al inconciente» (p.52-53).
Pues bien, el que el sentimiento de culpa tenga que ser –según Freud- “normalmente inconciente” no conlleva el que pertenezca al núcleo de lo inconsciente o al inconsciente pulsional desubjetivado, sino que bien al contrario pertenece a aspectos inconscientes del yo (que por ejemplo tienen que ve con las identificaciones), que son aspectos subjetivados y atravesados por la estructura edípica. Lo que concuerda con lo que Freud explicita seguidamente, al conectar “la génesis de la conciencia moral” con el complejo de Edipo, en el sentido de que lo moral o lo inmoral se define por el reconocimiento de la alteridad, por el hacerse cargo del tercero que el acceso a la prohibición edípica impone.
Pero, tras ello, Freud se va a deslizar hacia la conexión entre el Edipo y el inconsciente en el sentido de la realización de los deseos edípicos y del castigo a consecuencia de ello, puesto que el párrafo siguiente nos habla de la culpa que lleva al ser humano a delinquir para, de ese modo, «poder enlazar ese sentimiento inconciente de culpa con algo real y actual» (p.53, al final del segundo párrafo). Un sentimiento inconsciente de culpa que Freud conecta directamente con la punición por la realización de «los dos grandes delitos de los hombres, los únicos que en sociedades primitivas son perseguidos y abominados como tales», es decir, el “parricidio e incesto con la madre”, tal y como se expresaba en su artículo de 1916 Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico (cf. v.XIV, p.339), al que se hace mención en la nota 4 perteneciente al segundo párrafo de la p.53 de nuestro texto.
Según esta conexión freudiana en determinados momentos históricos, como “los años de la prepubertad”, en ciertas situaciones infantiles («En ciertos niños puede observarse, sin más, que se vuelven “díscolos” para provocar un castigo y, cumplido éste, quedan calmos y satisfechos», ibid., p.339) y en muchos delincuentes «una motivación así de sus delitos muy bien podría entrar en cuenta, iluminar muchos puntos oscuros de la psicología del delincuente y proporcionar a la punición un nuevo fundamente psicológico» (ibid.,p.339). Por lo cual –y esto es lo que Freud resalta, tanto en ese trabajo suyo de 1916 como ahora aquí en este texto de 1923- el sentimiento de culpa no es en consecuencia del delito sino su motivo. Ya en 1916 se expresaba con unos términos que ahora no sólo no desmiente sino que persiste en la misma idea [33] : «Por paradójico que pueda sonar, debo sostener que ahí la conciencia de culpa preexistía a la falta, que no procedía de ésta, sino que, a la inversa, la falta provenía de la conciencia de culpa» (ibid., p.338).
Es decir, Freud no nos está dando cuenta de un sentimiento de culpa por haber hecho daño a alguien en relación con el reconocimiento de la alteridad, sino de una culpa que lleva a delinquir y que está alimentada por los deseos más prohibidos, de ahí la conexión que va a establecer a continuación en nuestro texto entre el superyó «que se exterioriza esencialmente como sentimiento de culpa» (p.53, cuarto párrafo, que se continúa en la p.54) y la pulsión de muerte, y entre el superyó y el ello pues, por más que en el párrafo tercero de esta p.53 Freud conecte el superyó con “los restos preconcientes de palabra” y con “lo oído”, sin embargo también al final de ese párrafo nos señala esto: «pero la energía de investidura no les es aportada a estos contenidos del superyó por la percepción auditiva, la instrucción, la lectura, sino que la aportan las fuentes del ello».
A este respecto, resulta pertinente señalar que la articulación entre el superyó y el ello puede entenderse, tanto en el sentido de que el superyó no está en contacto con la realidad exterior al aparato psíquico, porque aunque es obra o efecto de una realidad exterior que lo constituye, esa realidad es discursiva (por eso la conexión que hace Freud entre el superyó y “lo oído”), no perceptiva, pues es anterior a la percepción por parte del propio sujeto; como en el sentido de que la amenaza de castigo por parte del superyó está dada por el desconocimiento del sujeto respecto de su propio deseo (inconsciente) y por el carácter no hipotético, sino categórico de la ley. Es más, también puede entenderse esa articulación entre el superyó y el ello, porque el modo de funcionar del superyó es arcaico respecto de las formas que va tomando la vida contemporánea, dado que sus mandatos no están definidos por la pragmática de su época, sino por las formas con las cuales fueron acuñadas los modos de la moral. Y es que la ley no está definida pragmáticamente, sino que está definida por imperativos morales, unos imperativos que no tienen una racionalidad práctica.
Ahora bien, ¿cómo puede seguirse hablando de superyó –que es una instancia a la que van a parar los enunciados que tienen que ver con la ética universal, con lo que se espera que el sujeto sea en la vida, con lo que se debería ser y en donde está inscripta la idea de la categoría del tercero, es decir, de que la acción del sujeto puede hacer daño al otro- allí donde opera un «superyó hiperintenso, que ha arrastrado hacia sí a la conciencia, se abate con furia inmisericorde sobre el yo, como si se hubiera apoderado de todo el sadismo disponible en el individuo… Lo que ahora gobierna en el superyó es un cultivo puro de la pulsión de muerte, que a menudo logra efectivamente empujar al yo a la muerte, cuando el yo no consiguió defenderse antes de su tirano mediante el vuelco a la manía» (p.53 al final y primer párrafo de la p.54)? Parece que ahí estamos en una situación en la que el superyó ha capturado (“el superyó hiperintenso ha arrastrado hacia sí a la conciencia”) enteramente al yo, cuando precisamente lo que requiere el establecimiento y el mantenimiento de la tópica intrapsíquica es que una instancia no se fusione con la otra ni la liquide, de tal modo que el “deber ser” no aniquile al derecho de “ser”, como por ejemplo cuando alguien se enuncia “yo soy malo y caprichoso” está afirmando simultáneamente que puede existir siendo malo, con lo cual hay yo, es decir, la instancia yoica se mantiene y al mismo tiempo se está diciendo que su superyó lo está cualificando de una manera crítica que puede permitir que el yo se sienta culpable.
Y cuando el superyó captura por entero al yo, bien sea bajo la forma del ideal, en cuyo caso habría una “regresión” del ideal del yo al yo ideal, que es lo que ocurre en algunos cuadros de la manía o de la megalomanía; o bien sea bajo la forma o la estructura de la conciencia moral, en cuyo caso el yo está capturado totalmente por los mandatos y no puede disfrutar para nada, hasta el punto de que no hay esa distancia que permite un cierto juego y que incluso posibilita la transgresión. En esas situaciones, en las que no hay un mínimo de distancia que permita el carácter lúdico de la relación con el superyó, estamos ante un puro sometimiento a la relación intersubjetiva, desde la que nunca se facilitó la distancia necesaria para el establecimiento de una tópica intrapsíquica. Con lo cual el mandato, llamado “superyoico” o el “deber ser” arrasa al “ser”, arrasa a la existencia yoica y, entonces, no puede hablarse con propiedad o “stricto sensu” de un superyó como instancia intrapsíquica que se relaciona de determinada manera con el yo, ya que si la relación es de captura total de la una por la otra no hay relación propiamente dicha, en definitiva no hay tópica como tal, porque no hay “topos”, o sea, no hay lugares diferentes y distantes que permitan seguir hablando de esa tópica intrapsíquica, que en realidad nunca se constituyó como tal, aunque es cierto que puede pensarse (al menos como hipótesis) en un cierto establecimiento de la tópica y posteriormente en un derrumbamiento de la misma en circunstancias de catástrofes psíquicas, al igual que hablamos del posible derrumbe de la represión originaria.
Lo que ciertamente no es el caso de la situación psicopatológica, que Freud pasa a describir a continuación, la de la neurosis obsesiva, a cuya situación dedica ahora todo el extenso segundo párrafo de la p.54 y el tercer párrafo de la p.55. Esa descripción, que es iniciada en «oposición a lo que ocurre en la melancolía» (casi al comienzo del segundo párrafo de la p.54) es concluida estableciendo una semejanza con ella: «Pero, en los dos casos [neurosis obsesiva y melancolía], el yo, que ha dominado a la libido mediante identificación, sufriría a cambio, de parte del superyó, el castigo [34] por medio de la agresión entreverada con la libido» (al final del tercer párrafo de la p.55).
Por lo que respecta a la oposición con la melancolía es precisada del siguiente modo: «el neurótico obsesivo nunca llega a darse muerte; es como inmune al peligro de suicidio, está mucho mejor protegido contra él que el histérico. Lo comprendemos: es la conservación del objeto lo que garantiza la seguridad del yo» (p.54, segundo párrafo). Se trata de una precisión en la que Freud no indica bien lo fundamental, porque el fundamento o la razón capital por la cual no hay peligro de autodestrucción suicida consiste en que se mantiene el vínculo amoroso con el objeto y, por tanto, la separación y el reconocimiento del otro, lo que conlleva el reconocimiento y el amor por/hacia uno mismo. Y como Freud no precisa bien la razón de la diferencia entre neurosis obsesiva y melancolía, entonces pasa a continuar su descripción en unos términos, que le conducen a terminar por establecer una semejanza entre ellas.
Esos términos son los siguientes: «En la neurosis obsesiva, una regresión a la organización pregenital hace posible que los impulsos de amor se traspongan en impulsos de agresión hacia el objeto. A raíz de ello, la pulsión de destrucción queda liberada y quiere aniquilar al objeto… El yo no acoge esas tendencias, se revuelve contra ellas con formaciones reactivas y medidas precautorias; permanecen, entonces, en el ello. Pero el superyó se comporta como si el yo fuera responsable de ellas… el yo se defiende en vano de las insinuaciones del ello asesino y de los reproches de la conciencia moral castigadora… el resultado es, primero, un automartirio interminable y, en el ulterior desarrollo, una martirización sistemática del objeto toda vez que se encuentre a tiro» (p.54 desde el centro hasta el final del segundo párrafo).
Pues bien, considero que Freud establece una semejanza entre la neurosis obsesiva y la melancolía, porque pone la base de su argumentación en la trasposición del “amor” a una “agresión hacia el objeto”, que conduce al superyó a tratar al yo bajo el mismo modo que éste trata al objeto, esto es, a través de esa agresión o “pulsión de destrucción” que “queda” o ha sido “liberada” por la “desmezcla de pulsiones”, tal y como indicará más adelante, pero con anterioridad al párrafo en el que expresa la semejanza entre neurosis obsesiva y melancolía.
Pero, ¿es que acaso en la neurosis obsesiva se produce tal agresión o, mejor, esa “martirización sistemática del objeto toda vez que se encuentre a tiro”?, ¿no está confundiendo Freud –de un lado- el objeto y el yo y –de otro lado- el hecho de “un automartirio interminable” con una constante contrainvestidura a relacionar con ese revolverse el yo “con formaciones reactivas y medidas precautorias”?, ¿acaso esa llamada por Freud agresión hacia el objeto no es la otra cara del vínculo erótico con el objeto, que no se abandona o no se resigna precisamente por falta de conjunción amorosa?.
Por otra parte, Freud habla (segundo párrafo de la p.54) de una “regresión”, que “hace posible que los impulsos de amor se traspongan en impulsos de agresión hacia el objeto” o que lleva a “una efectiva sustitución de amor por odio”, pero ¿es que la clínica nos muestra eso?, ¿es que el amor puede ser sustituido por odio? Parece más bien que Freud está confundiendo una vez más lo que es un vínculo erótico con el objeto (o sea, un vínculo en el que el objeto no es contemplado desde la intersubjetividad, sino que está desubjetivado y, por tanto, sin reconocimiento de la alteridad) con el vínculo amoroso . Es decir, emplea el término “amor” de manera claramente inadecuada o no pertinente, puesto que ahí lo que está en juego es un vínculo con el objeto, en el que lo que predomina es el trato desubjetivado sin respeto ni reconocimiento del objeto o del otro, lo cual sí permite el pasaje directo o sustitución de lo erótico (en donde el objeto es meramente “objeto de la pulsión”, un en sí sin referente exterior u objetal, en el sentido estricto del término) en odio, que conlleva siempre un trato hiriente y sin respeto alguno por la integridad del objeto. Situación que sí se produce en la melancolía, en la cual Freud ve o encuentra «una suerte de cultivo puro de las pulsiones de muerte» (p.54, final del tercer párrafo), a las cuales acude ahora (en ese mismo tercer párrafo) o hace intervenir a modo de un “deus ex machina”, que explique todo esto, convertido por Freud en un embrollo como consecuencia de estar confundiendo: a) el amor con el vínculo erótico desubjetivado; b) “el ideal del yo” con una “agresión” dirigida hacia el yo (p.55, primer párrafo); c) “la moral normal” con “la prohibición cruel” (mismo párrafo de la p.55).
Ahora, si se prefiere no calificar todo eso de confusión, sí al menos hay que subrayar que Freud toma lo que es una parte o un componente de la estructura superyoica -parte que remite o tiene que ver con el imperativo categórico de la ley, es decir, con su aspecto de imposición impersonal y atemporal sin miramiento [35] por las explicaciones o razones de tipo práctico utilitario- con el superyó en su conjunto o en cuanto instancia intrapsíquica con su doble cara, articulada o conjuntada, de ideal del yo y de conciencia moral.
Y es que Freud se desliza aquí por una pendiente (que hará muy suya en Malestar en la cultura), en la que resalta el lado o «el carácter de dura restricción» (p.55, casi final del primer párrafo) o lo que llama también «el sesgo duro y cruel del imperioso deber-ser» (final del segundo párrafo de la p.55), un lado que contrapone al ejercicio de lo pulsional, ante cuyo campo, dado que él ha sido su gran descubridor, se ve empujado a idealizarlo o a identificarse con él, perdiendo de vista la estrecha conexión y la dialectización entre el mantenimiento de modo predominante del vínculo erótico con el objeto y ese superyó “hipermoral”, “cruel”, etc., en el que no deja de insistir, sin preguntarse si a esa caricatura del superyó la podemos o debemos seguir llamándola superyó, cuando resulta que apenas se distingue del ello («el superyó puede ser hipermoral y, entonces, volverse tan cruel como únicamente puede serlo el ello», p.54-55).
Es cierto, no obstante, que al deslizarse Freud por esa pendiente no deja de ser fiel a sus esquemas teóricos, si bien se trata de un deslizamiento que no le permite precisar las cosas con la delimitación pertinente. Así, por ejemplo, en el párrafo primero de la p.55 va a seguir el esquema desplegado ya en Introducción del narcisismo , según el cual el yo y el objeto se contraponen o lo yoico se opone a lo objetal («Vemos a grandes rasgos una oposición entre la libido yoica y la libido de objeto», v.XIV, p.73), pues «el ser humano, mientras más limita su agresión hacia fuera… tanto más aumentará la inclinación de su ideal a agredir a su yo. Es como… una vuelta hacia el yo propio». E igualmente sucede con el párrafo segundo de esa misma p.55, por más que Freud comience hablando de que no puede «seguir elucidando estas constelaciones sin introducir un supuesto nuevo», cuando ese supuesto, consistente en que: «El superyó se ha engendrado, sin duda, por una identificación con el arquetipo paterno» [36], está presente en su obra desde Tótem y tabú.
Claro que quizá Freud con su expresión de “supuesto nuevo” se esté refiriendo más a la conexión que establece aquí entre esa “identificación con el arquetipo paterno”, la “desexualización” o la “sublimación” y la “desmezcla de pulsiones”, que le conduce a terminar ese párrafo diciendo lo siguiente: «Sería de esta desmezcla, justamente, de donde el ideal extrae todo el sesgo duro y cruel del imperioso deber ser» [37]. Pero hay que puntualizar aquí que la amenaza de castigo del superyó está más bien dada por el desconocimiento del sujeto de su propio deseo y por el carácter no hipotético, sino categórico, de la ley. Es decir, el imperativo de la ley tiene que ver con que el sujeto acepta leyes cuya racionalidad desconoce, pero las acepta, por más que sea impositivamente, en razón de que provienen de otro que también se somete a ella, otro que trasmite una legalidad, la cual no está definida pragmáticamente sino por imperativos morales que no tienen una racionalidad práctica. Una legalidad que –como ya se ha señalado en otros momentos- se anacroniza permanentemente a través de las generaciones y que opera a modo de un enclave desadaptado, pero que paradójicamente es regulador. No es, pues, de la “desmezcla de pulsiones” de donde el ideal saca todo el sesgo duro y cruel. Freud echa mano de esa explicación, porque él pone todo su acento en la supuesta “crueldad” del superyó o, mejor dicho, en el superyó planteado como instancia puramente punitiva, cuando ese carácter procede de lo intemporal e impersonal del imperativo categórico, que tiene que ser así para ser eficaz o regulador.
Y a continuación Freud pasa a dar cuenta de las funciones del yo, ya que a su juicio «Nuestras representaciones sobre el yo comienzan a esclarecerse, y a ganar nitidez sus diferentes nexos» (p.55, último párrafo). Pero las funciones del yo que Freud seguidamente expone pertenecen más bien al preconsciente, al que hay que diferenciar del yo, pues por más que el preconsciente aporte la lógica y el código (véase también y específicamente la temporalidad, la exclusión y la negación), el yo es el que articula los discursos significantes, el que establece las valoraciones que da el sujeto sobre las categorías (alto-bajo, blanco-negro, etc.), y es que hay sujeto psíquico a partir de que hay yo, que es quien en definitiva da sentido a la lógica, al código y a la vida como tal. En esa línea, sus funciones fundamentales son las de representar o vicariar la autoconservación (a relacionar con el derecho a la existencia) y la autopreservación narcisista (a relacionar con el derecho a ser amado), mientras que Freud nos presenta unas funciones que obedecen a su plantear el yo, en cuanto que emerge del sistema percepción-consciencia y en cuanto sujeto de conocimiento. De ahí que nos exponga esto: «Se le han confiado importantes funciones, en virtud de su nexo con el sistema percepción establece el ordenamiento temporal de los procesos anímicos y los somete al examen de la realidad. Mediante la interpolación de los procesos de pensamiento consigue aplicar las descargas motrices y gobierna los accesos a la motilidad» (p.55-56).
Efectivamente, esa funciones que Freud asigna al yo (“ordenamiento temporal”, “examen de la realidad” y “procesos de pensamiento”) pertenecen en realidad al individuo humano o al sujeto en su conjunto, en cuanto efecto de un orden cultural, en cuanto efecto del orden de la subjetividad o del proceso de subjetivación socio-histórica (a diferenciar del orden de la materialidad psíquica, que no implica necesariamente un sujeto psíquico emplazado en ella).
Freud confunde esos dos planos o, mejor, no contempla la diferenciación entre esos dos planos, tal y como aparece en la continuidad que establece entre las experiencias de la vida en general o experiencias procedentes del exterior y el otro, también “exterior” para el sujeto, que es el ello: «El yo se enriquece a raíz de todas las experiencias de vida que le vienen de afuera; pero el ello es su otro mundo exterior que él procura someter» (p.56 al centro del primer párrafo). Y en el marco de esa continuidad entre el afuera exterior y el afuera interior [38] Freud plantea al yo en continuidad con el ello o, en sus palabras, «sustrae libido al ello, trasforma las investiduras de objeto del ello en conformaciones del yo» (p.56, primer párrafo). Una descripción claramente incorrecta, porque la libido del yo o la libido yoica es libido ligada, mientras que la libido del ello es libido desligada. Y de lo desligado no puede proceder lo ligado, no puede haber continuidad entre lo uno y lo otro. Es cierto que Freud utiliza los verbos “sustraer” y “trasformar” (si bien esa acción es endogenista o procedente del propio sujeto). Pero todo el contexto, que también aparece a través de la frase siguiente, avala esa continuidad para Freud: «Con la ayuda del superyó, se nutre, de una manera todavía oscura para nosotros [lo que habla de un Freud que no lo tiene bien conceptualizado, a pesar de encontrarse en el llamado “último trabajo metapsicológico”], de las experiencias de la prehistoria almacenadas en el ello» (final del primer párrafo de la p.56).
Es más, Freud persiste en ese planteamiento suyo de continuidad y de contigüidad entre el ello y el yo: «Hay dos caminos por los cuales el contenido [39] del ello puede penetrar en el yo. Uno es el directo, el otro pasa a través del ideal del yo; y acaso para muchas actividades anímicas sea decisivo que se produzcan por uno u otro de estos caminos» (p.56, inicio del segundo párrafo). Se diría que Freud está hablando de un ideal del yo como mero residuo o como equivalente al yo ideal, en cuanto efecto de ese narcisismo exacerbado de los padres, que Freud describe en su texto de 1914, en el sentido de ser objeto de una idealización desmesurada por parte de los progenitores, que hay que relacionar con la sensación de completud sin límite o sin castración que produce. Sin embargo, Freud añade algo seguidamente que coloca las cosas en otro plano, que si bien no es el plano de la sublimación propiamente dicha, sí es el que abre el camino a la transformación sublimatoria. La frase a la que me estoy refiriendo es la siguiente: «El yo se desarrolla desde la percepción de las pulsiones hacia su gobierno sobre estas, desde la obediencia a las pulsiones hacia su inhibición. En esta operación participa intensamente el ideal del yo, siendo, como lo es en parte, una formación reactiva contra los procesos pulsionales del ello» (p.56, segundo párrafo).
De todos modos, Freud va a seguir poniendo su acento en la relación siempre próxima y estrecha entre el ello y el yo, tal y como lo confirma el párrafo siguiente de esa p.56: «vemos a ese mismo yo como una pobre cosa [algo desubjetivado, por tanto] sometida a tres servidumbres y que, en consecuencia, sufre las amenazas de tres clases de peligro: de parte del mundo exterior, de la libido del ello y de la severidad del superyó». Y Freud continúa su discurso haciendo referencia a las clases de angustia relacionadas con esos tres peligros, asunto sobre el que incidirá de manera detenida más adelante y ahí habrá que precisar algo al respecto. Mientras tanto sigamos la línea de fuerza predominante en el desarrollo del discurso freudiano en este texto, una línea que acentúa de manera persistente –de un lado- el poderío del ello sobre el yo o el sometimiento de éste al dominio del ello: «se recomienda al ello como objeto libidinal… No sólo es el auxiliador del ello; es también su siervo sumiso, que corteja el amor de su amo» (p.56 al final). En lo cual o en esa formulaciones no deja de trasmitirse ciertas falacias, porque el ello nunca es sujeto de amor o de odio (eso es un resubjetivar al ello, con las consecuencias desastrosas que tal operación comporta para la clínica), así como tampoco el ello es el amo del yo, porque si así fuera éste no sería tal yo y no podría ejercer ninguna acción yoica, tanto inhibidora como sublimatoria.
De otro lado, también en ese tercer párrafo de la p.56 Freud hace referencia al “miramiento del yo por el mundo real” o al “mediar (del yo) entre el mundo y el ello”, en donde ciertamente asoma uno de los puntos más débiles de los enunciados freudianos, en la medida en que Freud se deja atrapar por la teoría clásica del conocimiento, según la cual el sujeto se confronta con la realidad directamente estableciéndose de entrada un dualismo sujeto-objeto [40] y el yo se desarrollaría como sujeto de conocimiento de la realidad, cuando precisamente la aportación freudiana capital tiene que ver o ha venido a dar cuenta de que la realidad con la que el sujeto se confronta es con esa realidad particular que constituyen los objetos libidinales, es decir, se trata de una realidad que no se reduce nunca al orden de la autoconservación biológica, puesto que ésta es trascendida de entrada por la palabra del otro y por su dinámica pulsional [41] . Con lo cual la relación del yo con la realidad externa pasa tanto por el preconsciente (que se define por la presencia de la lógica y del lenguaje articulado por el código), como por las representaciones de autoconservación y de autopreservación narcisista, que articulan en sentido estricto toda la relación social con el mundo.
En definitiva, estas descripciones del yo, un tanto variopintas y poco precisas, como las que Freud nos añade al comienzo de la p.57 («simula la obediencia del ello a las admoniciones de la realidad… disimula los conflictos del ello con la realidad… sucumbe con harta frecuencia de hacerse adulador, oportunista y mentiroso, como un estadista que… quiere seguir contando empero con el favor de la opinión pública»), dan cuenta en último término de que Freud nunca –puesto que estamos aquí en el cénit conceptual de su obra- llegó a dar al yo una legalidad propia, como consecuencia de ser concebido como un derivado del ello o del inconsciente, sin espesor específico, cuando sin embargo corresponden a legalidades bien distintas.
Por otro lado y en conexión con esta idea de una ausencia de legalidad propia para el yo, Freud va a continuar su descripción del yo en unos términos un tanto contradictorios, ya que si bien –por un lado- habla del trabajo yoico de identificación y de sublimación, por otro lado es planteado (en consecuencia con el modo de concebir Freud ese ejercicio identificatorio y sublimatorio) como que «presta auxilio a las pulsiones de muerte para dominar a la libido, pero así cae en el peligro de devenir objeto de las pulsiones de muerte y de sucumbir él mismo. A fin de prestar ese auxilio, él mismo tuvo que llenarse con libido» (p.57, segundo párrafo). Expresiones estas últimas que parecen indicar –por una parte- que el yo se da a sí mismo la libido y -por otra- que no se originaría ni procedería de lo libidinal. Con lo cual no se sabe bien qué tipo de yo Freud trata de describirnos, ya que se contrapone por entero al yo en cuanto masa libidinal, en la cual se juegan unas posiciones y unos modos de articulación de la identidad y de la defensa.
Y con respecto a las otras expresiones, en las que se hace referencia a que el yo deviene objeto de las pulsiones de muerte como consecuencia de su trabajo sublimatorio, hay que decir que se trata de una tesis repetida por Freud, que está sostenida en ciertos supuestos que atraviesan toda su obra, como es el supuesto de tipo mecanicista, que plantea el inicio del individuo en el marco de una “mezcla de pulsiones”, es decir, todo sujeto viene a este mundo con ese bagaje de una mezcla de pulsiones, mientras que determinadas operaciones (como por ejemplo “el trabajo de sublimación”) desencadenarían “una desmezcla de pulsiones”, cuando precisamente lo que comporta lo sublimatorio es que predomine el placer representativo sobre el placer de órgano, pero sin que este último quede liquidado o desaparezca, ya que sólo sobre su permanencia puede emerger el placer representativo. Pero para Freud lo que se produce es una desmezcla de pulsiones con el consiguiente peligro que eso conlleva, puesto que está postulado como situación de equilibrio y de arranque del psiquismo una hipotética, por no decir mitológica y metafísica, mezcla de pulsiones.
No es de extrañar, entonces, que dentro de ese marco Freud nos presente «la moral actuante en el superyó… como uno de estos productos catabólicos» (p.57 al final del tercer párrafo), entendiendo lo catabólico como algo autodestructivo, puesto que acababa de comparar al yo, que “padece o aún sucumbe bajo la agresión del superyó”, con esos protozoos “que perecen por los productos catabólicos que ellos mismos han creado”. Evidentemente no se trata de la moral en cuanto normativa universal o ley que regula las relaciones humanas, normativa basada ciertamente en la ley de la prohibición del incesto en cuanto renuncia, por amor, a la captura o a la apropiación del otro indefenso por parte de quien tiene la fuerza o el poder. Aquí se trata más bien, porque a eso específico alude Freud, de “la moral actuante en el superyó”, que parece dar cuenta de una situación como la que se produce cuando un yo es aplastado totalmente por la conciencia moral y no puede disfrutar, porque se lo impiden unos mandatos rígidos que no permiten la más mínima transgresión. Con lo cual estamos ante un superyó reducido unilateralmente (al estilo del funcionamiento de la pulsión parcial) a un perfil atacante o amenazador, que para nada recoge su aspecto amoroso y protector del yo, en tanto que ofrece premios y castigos, que no tienen que ver con el aniquilamiento del yo.
Justamente las distintas relaciones del yo con el superyó es lo que Freud encara más directamente en las páginas finales de su texto, relaciones que Freud denomina (p.57, cuarto párrafo) “los vasallajes del yo”, dando ya una pista por la que se va a mover en su descripción, puesto que además añade (en ese breve párrafo cuarto de la p.57) que el más interesante de esos vasallajes «es el que lo somete al superyó», si bien antes de pasar a analizar la reacción de angustia del yo frente a lo que llama seguidamente el peligro del superyó, englobado en “las tres clases de peligro” por las que se ve “amenazado el yo”, se va a detener (en una parte del párrafo último de la p.57, que es continuado en la p.58) en la angustia del yo «a raíz del peligro exterior o del peligro libidinal del ello» señalando (p.57-58) Freud que «no se puede indicar qué es lo que da miedo al yo… sabemos que es su avasallamiento o aniquilación, pero analíticamente no podemos aprehenderlo. El yo obedece, simplemente, a la puesta en guardia del principio de placer».
Ahora, ¿cómo hay que entender eso de que “no se puede indicar qué es lo que da miedo al yo”? A mi juicio, es precisamente porque Freud está conducido por esa línea de teorización ya señalada que se le impone ese “no se puede indicar” qué le da miedo al yo respecto del “peligro libidinal del ello”, cuando parece claro (al menos “analíticamente” hablando) que obedece al temor de ser aniquilado por lo pulsional desligado que arrasa enteramente al yo, al impedirle cumplir con aquello que le constituye, esto es, con sus funciones inhibidoras de lo desligado, para lo cual necesita de “la puesta en guardia del principio de placer”.
Y, en ese sentido, el “peligro exterior”, al que también alude Freud y que en el segundo párrafo de la p.58 vincula con lo que denomina “la angustia de objeto (realista)”, es una mera representación del auténtico peligro para el yo, que es siempre de orden intrapsíquico y procedente de lo pulsional o lo libidinal sin freno ni inhibición, que es a lo que impulsa el deseo inconsciente.
De ahí que esa angustia del yo (que es el lugar genuino de toda angustia y que, en ese caso, hay que calificar como angustia de muerte, si bien no en el sentido de la muerte real del individuo, porque lo que está en juego es la propia existencia de la instancia yoica) sea el único medio de defenderse ante el peligro pulsional, que se le impone al yo precisamente por no contar con la conciencia moral, que es siempre efecto de la ley del otro y del amor a la ley por encima del vínculo pasional desligado.
En esas circunstancias lo que en realidad falla es la protección superyoica o del ideal del yo, que Freud describe al comienzo de la p.59 con los términos de «función protectora y salvadora que al comienzo recayó sobre el padre, y después sobre la providencia o el Destino». Y con motivo de faltar o fallar esa instancia protectora entra en riesgo de aniquilamiento el yo, es decir, se produce una angustia de aniquilamiento o de muerte a relacionar con la pérdida del amor del otro, cuyo temor (a esa pérdida) –si bien Freud lo puso en la mujer como eje de su funcionamiento- está o interviene como base de toda la problemática del narcisismo, porque es lo que lleva al cumplimiento de los ideales del yo, que se inscriben como residuales al amor de objeto, de tal modo que no hay inscripción del superyó sin amor de objeto, ya que es imposible que algo se inscriba sólo por temor o amenaza.
Así, pues, el amor ocupa un lugar central en la constitución del superyó, de tal modo que sin el amor es imposible que se constituyan las premisas de la ética infantil (véase el reconocerse como fallido, como malo, que uno sienta dolor por lo que hizo y pueda pedir perdón), es decir, toda una propuesta ética, que permite el pasaje del yo ideal al ideal del yo, y sobre la que se inscribe el imperativo categórico y se consolida el superyó.
Y, en ese sentido, hay que diferenciar –al contrario de lo que Freud establece cuando plantea que «la angustia de muerte puede ser concebida, lo mismo que la angustia de la conciencia moral, como un procesamiento de la angustia de castración» (p.59, segundo párrafo)- la angustia de muerte, que es a relacionar directamente con la pérdida o la ausencia del amor del otro, que al yo se le hace efectivo cuando «se siente odiado y perseguido por el superyó, en vez de sentirse amado» (p.58, cuarto párrafo), según la descripción que Freud emplea para dar cuenta de “la angustia de muerte de la melancolía”; de la angustia de castración, que remite más bien a que el otro no nos puede dar todo, a que el otro nos falla o es falible, lo cual conduce en definitiva al reconocimiento de la castración del otro, quien así deja de estar investido de un poder ilimitado o, si se prefiere, de una representación fálica.
Sentir y vivenciar que el otro no nos puede dar todo y que, por tanto, no nos puede salvar del accidente, de la tristeza de la muerte, etc., sin duda que es amenazante (a conectar con la famosa y aquí también traída “amenaza de castración”, p.58, primer párrafo), pero una cosa es angustia de castración en el sentido de la pérdida de la completud total, del llamado “narcisismo” ilimitado o del “yo ideal” sin límites (a relacionar con el de “His Majesty the baby” de Introducción del narcisismo ) y otra cosa muy distinta es angustia de muerte como consecuencia de la pérdida o de la falla del superyó protector, a su vez consecuencia de una falla o de una pérdida del amor de objeto, en cuyo caso el riesgo de aniquilamiento o muerte del yo es una realidad material para el sujeto, quien va a perder todo el sentido de mantenerse en vida. Un sentido que sólo puede otorgar el yo en cuanto objeto de amor, lo que se mantiene y consolida gracias o por medio de contar con esa instancia del superyó, que tiene a su cargo el proporcionar al yo el amor que en los tiempos de infancia otorgaba el otro. Y, si esa función del superyó no se realiza, la vivencia es de un abandono total, que conduce a ese “dejarse morir” evocado por Freud (p.59).
Ahora bien, esa situación no es la misma que la del nacimiento, en contra de lo afirmado por Freud cuando, a continuación de esa frase en la que indica que “se ve abandonado por todos los poderes protectores, y se deja morir”, señala: «Por lo demás, esta situación sigue siendo la misma que estuvo en la base del primer gran estado de angustia del nacimiento y de la angustia infantil de añoranza: la separación de la madre protectora» (p.59, final del primer párrafo). Y es que en esa llamada por Freud “angustia de nacimiento” -pero que de ningún modo puede corresponder al nacimiento, porque no hay un yo presente ahí y, por tanto, no puede haber angustia- lo que realmente está en juego es una indefensión o desvalimiento, es decir, un sentimiento de des-ayuda o des-auxilio (que es como Laplanche traduce el “hilflosigkeit” freudiano), que remite al reconocimiento de un sentimiento de insuficiencia de presencia o de compañía del otro. No es, pues, una carencia de ser (que es como tradujo Lacan el “hilflosigkeit”: “des-être”), sino una carencia del otro, que comporta algo del orden de la ausencia de sentido en las cosas, en la medida en que el sentido no se puede obtener más que a partir de la relación con el otro y de la posibilidad, gracias a ese vínculo con el otro, de trascender la miseria biológica.
Creo que en esa misma línea debería ser situada y puntualizada la formulación de Freud al final de la p.58, cuando afirma «que también en esto [ el superyó ] se presenta como subrogado del ello». Es decir, el superyó, en cuanto subrogado del ello, es más bien o por excelencia ausencia de instancia protectora y ciertamente, en o bajo esas condiciones, el yo corre el riesgo de ser aniquilado, con el consiguiente peligro de que el sujeto “se deje morir”.
Unas condiciones que sin duda son extremas y fruto o efecto de circunstancias y/o vínculos catastróficos que no se han dejado metabolizar. Lo que no es equivalente a la situación común o generalizada, que Freud describe en el último párrafo de la p.59, que es también el último párrafo de todo el texto. Se trata en efecto de una descripción, en la que –de un lado- Freud señala, en contra de tantas afirmaciones suyas en las que trata al ello como si fuera un sujeto, que «el ello… no tiene medio alguno para testimoniar amor u odio al yo… no ha consumado ninguna voluntad unitaria». Luego, por consiguiente, sólo el yo puede sentir amor u odio, así como sólo el yo puede guiar con/desde su conjunción unitaria la voluntad del sujeto. Y –de otro lado- coloca en el interior del ello lo que sin embargo en otras formulaciones suyas es situado en el plano del individuo en su conjunto. Me refiero a esa lucha de “Eros y pulsión de muerte”, esas dos fuerzas psíquicas que Freud eleva a la categoría de entidades metabiológicas, en cuanto rigen para todo ser vivo, tal y como describió en su Más allá del principio de placer . Ahora bien, si tanto Eros como pulsión de muerte están en el ello defendiéndose “cada una de la otra”, ¿de qué está hecho o compuesto el yo? ¿cómo se defiende éste o se va a poder defender? |