1. Conviene prestar atención al hecho de que Freud no va a precisar de dónde puede proceder esa tensión, ya que sólo la da por supuesta o por una realidad presente con la que hay que contar y que, en definitiva, remite al «ámbito más oscuro e inaccesible de la vida anímica» (casi al final del segundo párrafo de la p.7). Un “ámbito” tanto más oscuro para Freud cuanto que él no pudo conceptualizar con precisión la pulsionalidad, implantada por el otro adulto y que introduce necesariamente excesos de cantidades psíquicas (inmetabolizables o inevacuables de entrada), que es de donde procede el displacer anímico.
2. Jean Laplanche ha señalado (en Daniel Widlöcher et al. Sexualité infantile et attachement, Puf, 2000, p.74) a este respecto que el apego está sostenido por una “comunicación” o intercambio de mensajes, que no son de entrada lenguajeros, sino en gran parte innatos. Lo que se opone a la idea de Freud de que es la vía mecánica de la descarga, o sea del llanto desordenado, lo que adquiere la función de una comprehensión mutua.
3. Qη significa la cantidad que circula dentro del aparato y que se diferencia de Q, que es la cantidad que circula por fuera del aparato. Diferenciación a través de la cual se está realizando por parte de Freud –tal y como es precisado por S.Bleichmar (cf. Clínica psicoanalítica y neogénesis, p.302)- un intento de señalar que aquello que está por fuera, al ingresar dentro del aparato psíquico, toma una cualidad diferente. Lo que no deja de comportar (puesto que introduce una discontinuidad entre el psiquismo y la realidad exterior) un cierto empeño de Freud por salir de una teoría mecanicista frente a todo su discurso manifiesto, que se mueve buscando y estableciendo una continuidad entre lo fisiológico o lo autoconservativo y lo pulsional.
4. Lo cual es a relacionar con la situación de lo que no se deja traducir (a diferenciar de los fallos de la traducción, inherentes al trabajo traductivo), porque ha sido impuesto abusivamente desde el otro y, entonces, el sujeto sólo ha podido vivenciarlo pero no experimentarlo y, por tanto, no puede retranscribirlo en su sistema psíquico.
5. Pero eso es plantear las cosas desde una perspectiva como muy mecanicista, que no precisa que, para que haya angustia o se tenga esa capacidad de angustia, se necesita que el sujeto cuente con un yo o tenga la capacidad yoica de angustiarse, es decir, que se haya constituido intrapsíquicamente el yo, que es siempre el lugar de la angustia.
6. Esa conexión entre “fijación” y “sufrimiento por reminiscencias” permite plantear y precisar que el trabajo psicoanalítico de la cura –ante esas fijaciones del sujeto a ciertas inscripciones que, por ser un efecto de traumatismos no metabolizables, circulan por el psiquismo sin estar retranscritas en el inconsciente y por tanto obligando al sujeto a la repetición insistente- en lugar de echar mano de una construcción, que va de la teoría general a lo particular, o de una interpretación simbólica, que va de lo particular a lo general, tendría que llevarse a cabo término a término o de lo particular en lo particular, en la medida en que ciertas representaciones funcionan en el psiquismo no como detalles pertenecientes a un todo, sino como fragmentos (al modo de reminiscencias) que, desgajados del todo al que pertenecieron, no remiten al todo y circulan como algo independiente y en sí mismos, provocando sufrimiento psíquico.
7. Renuncia pulsional que, por cierto, aquí Freud de manera bien perspicaz y acertada nos sitúa muy unida y muy cercana a lo que él llama “satisfacción de un impulso”, como si fueran dos momentos necesariamente muy entrelazados, a la vez que distintos en «el modo de trabajo del aparato anímico», según decía al comienzo de toda esta descripción sobre el juego infantil (véase: p.14, segundo párrafo). Lo que da una cierta idea de cómo lo pulsional se implanta por parte del otro a la vez en cuanto que desligado (o entregado al ejercicio pulsional directo que opera en el inconsciente) y en cuanto que ligado por el amor narcisista del otro para con el sujeto infantil.
8. Situación que –como señala con gran precisión S.Bleichmar en Clínica psicoanalítica y neogénesis, p.293- «no es sino un recorte en el devenir del sujeto ya constituido».
9. Fenómeno que, por cierto, no acaba de ceñir bien, porque su planteamiento es de tipo más bien mecanicista, esto es, de afirmar y partir de un principio o de una causa, que hay que hipotetizar porque viene requerido por la fuerza de los hechos, pero que no cuenta con aquellos elementos conceptuales que le permitan fundamentar rigurosamente ese planteamiento, como sería en este caso el que lo pulsional proviene o está originado por el otro y eso comporta que el objeto de la pulsión no es un objeto subjetivo o que el sujeto lo produce desde sí mismo o en relación con su deseo, sino que tiene existencia independiente del sujeto, una existencia material independiente de que el sujeto se la apropie o no y, por tanto, es algo más “originario” y “elemental” en la medida en que precede al establecimiento del sujeto.
10. Denominada por J.Laplanche “la transferencia plena”, a la que él opone “la transferencia en vacío”, esto es, una transferencia que no ha sido llenada por tal o cual imago inexpulsable. Una oposición que permite reinstaurar la transferencia originaria, caracterizada por el desdoblamiento del otro o por la presencia de la alteridad inconsciente y ajena en el otro.
11. Señalemos de pasada que esta defensa, la de la “proyección”, consiste en desplazar lo pulsional interno a lo externo o al exterior, cuyo ejemplo primordial es la fobia, en cuyo caso la pulsión es atribuida a un animal que puede ser encontrado en el mundo exterior y que por eso mismo se puede evitar o defenderse ante él. Y en la medida en que es una defensa, que aparece en los inicios de la constitución del aparato psíquico, puede ser planteada como precursora y marca de la presencia de una defensa más estructurante, como es la represión. Pero a la vez también es la que puede impedir que se establezca la represión, como sucede cuando se recurre a esa defensa de manera predominante, lo que da cuenta de que no se ha constituido realmente la represión, ya que al defenderse así de manera permanente no se deja que ésta se constituya.
12. Si bien eso es según el planteamiento de Freud, quien está confundiendo así las sensaciones de orden psicobiológico, marcadas por la inmediatez de la sensación misma, con un principio de orden intrapsíquico pulsional, marcado por la mediación de la ley, véase por la mediación del yo que pone orden y da sentido.
13. Y de ahí, por cierto, su pesimismo que hay que denunciar, psicoanalíticamente hablando.
14. Lo que remite a la cuestión del “perverso polimorfo”, señalado en los Tres ensayos, que no hay que confundir con la perversión en cuanto destino del sujeto y, por tanto, no procede asignarla al sujeto infantil, en cuya situación sólo podría hablarse de perversión una vez constituido el sujeto psíquico.
15. En definitiva, Freud liquida la idea de sexualidad ampliada en/con el segundo dualismo pulsional, al plantear la pulsión de muerte de un modo metafísico, esto es, como instinto de retorno a lo inorgánico. Y no hay que olvidar que en el primer dualismo pulsional se hace derivar lo pulsional de lo autoconservativo. Es decir, tanto hablar de “pulsiones de vida” (2º teoría) como de “pulsiones de autoconservación” (1º teoría) es una contradicción, porque lo pulsional es lo que viene a oponerse a la autoconservación o a la vida adaptativa. Y es que toda la sexualidad pulsional opera de manera disfuncional atacando precisamente los modos autoconservativos naturales.
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